Imágenes de Barrio y Ciudad, parte 4

Me gustaría una ciudad donde no maten los pajaritos

La ciudad deseada de los niños populares está hecha de la ausencia de aquello que configura las tensiones y los miedos en la experiencia urbana. La imagen de un «posible» no se construye desde las sueños comunes de la infancia, en los que habitan personajes fantásticos, duendes y sirenas. Al contrario, hay un «realismo» que da cuenta de la manera como esa experiencia de la violencia y los miedos atraviesa de un modo intenso sus imaginarios.

En ellos el mundo está conformado fundamentalmente de problemas reales, tangibles: por un lado, una atmósfera de violencia que cubre gran parte de sus vivencias y de sus narraciones y nociones de la ciudad – la guerra, la gente mala, los ladrones, la guerrilla -; y por otro lado, la contaminación del ambiente.

Al lado de las imágenes de la violencia aparece de nuevo la contaminación, así, en abstracto, o específicamente nombrada como «malos olores», «suciedad del rio», «basuras en las calles». Entonces la ciudad deseada que ellos construyen es nombrada con un reiterado «sin». Ciudad deseo, ciudad «posible», literalmente idéntica a la ciudad del futuro que imaginan. «Me gustaría que en la ciudad la gente no fuera tan cruel», dice una niña del estrato medio de Cali.

¿Qué es la ciudad del futuro para los niños de estratos populares sino la realización de sus sueños de ciudad?. Al lado de los que no pueden imaginarla, que son varios, los niños inventan la ciudad del futuro «sin guerra, ni violencia, con paz»; «sin contaminación, sin basuras, sin el humo de las fábricas». El futuro es para ellos no sólo un tiempo próximo, asociado al presente, sino una construcción humana. Es decir, una especie de consecuencia de lo «actual», asociado a las carencias y a los deseos del presente, y en el que se encuentra comprometida la gente.

Pregunta: ¿Cómo te imaginas el futuro?.
Respuesta: Con el problema del agua, pero si la gente colabora puede mejorar.

De fondo esa imagen de futuro devela un optimismo, una creencia «arraigada» en el mejoramiento, la prosperidad, el progreso. Porque además de todas estas frases mencionadas está la ciudad «linda, gigante, con muchos edificios y muchas escuelas, ordenada, con calles más anchas».

Pregunta: ¿Cómo te imaginas la ciudad del futuro?
Respuesta: Que todo el mundo tenga mucha actividad.
(Decir «que todo el mundo» es deseo).
Respuesta: Que nos respeten la vida, que no nos maten.
(Es miedo, pero también deseo).

Para estos niños su futuro parece ser imaginado en otras ciudades. La experiencia de habitantes de una ciudad violenta – más violenta que otras y contaminada, ha generado desarraigos. Otras ciudades, casi siempre en otros países, hacen parte de sus sueños: Estados Unidos, pero también Holanda, Francia, Italia, Europa, y pocos Medellín y Cartagena.

En la ciudad del futuro que imaginan los niños aparecen diferencias dentro del grupo que hemos denominado niños populares. La ciudad imaginada por los de estrato medio de Cali es distinta a la que imaginan los de estrato bajo de ambas ciudades. Para los primeros es idéntica la ciudad deseada a la ciudad del futuro, como en los niños de estrato popular, pero hay una diferencia gigantesca en el tono en que nombran esa ciudad «posible» y esa ciudad «imaginaria».

Pregunta: ¿Cómo te imaginas la ciudad del futuro?
Respuesta: No va a haber agua, ya casi se va a acabar el mundo porque no lo estamos cuidando.

La idea del «mejoramiento» presente en las imágenes de los niños de estrato popular está ausente aquí. Estos niños tienen miedo al futuro, «un futuro más amenazante cuanto más precario es el presente», diría Lechner |5| . Antes que optimismo hay cierta incredibilidad.

“No va a haber cosas más buenas como ahora”, “va a ser igual, con gente mala”, “ya no van a existir los lugares que nos gustan”, son las respuestas de éstos niños, las cuales expresan desconfianza y pesimismo en lo que viene, pero al mismo tiempo dan cuenta de cierta idea “positiva” del tiempo presente. De hecho, al lado de sus relatos de violencia, existe en ellos una fascinación por el mundo, por “las cosas y los lugares de ahora”.

Esos modos de nombrar el futuro nos llevan a plantear dos hipótesis:

Hay una interiorización de la destrucción y renovación que caracteriza la lógica de crecimiento y modernización de la ciudad, y que, seguramente, viene de su propia experiencia de lo urbano (el barrio en el que viven es uno de los barrios más viejos de la ciudad y ha sido sometido a una destrucción permanente en las dos últimas décadas).
parece que la frecuencia de información y advertencia sobre el estado del medio ambiente, no solamente en los medios masivos sino también en la escuela, ha generado una atmósfera un poco terrorista en relación al futuro ambiental, que los niños han consumido y se han apropiado.

La fascinación tecnológica de los niños de estrato medio

En los niños del estrato medio de Pereira, en cambio, las imágenes del futuro parecen estar construidas a partir de sus referentes de películas de ciencia ficción. La tecnología es considerada como una señal que indica el paso del tiempo, es decir, la medida del desarrollo de la humanidad. La ciudad del futuro para ellos está hecha de carros y patinetas que vuelan, cachuchas que cambian de color, servicio doméstico robotizado.

Todo un mundo de «fantasía» que desborda la idea de ciudad, y que inventa otras formas de futuro como viajar a la luna o vivir en Marte. Esta posibilidad de imaginar un futuro sin una conexión muy próxima con el mundo real, estaría asociada, a nuestro modo de ver, a una experiencia de lo real por la que no pasan, de manera tan directa e intensa, las formas de violencia que sí vivencian los niños populares y los de estrato medio de Cali.

Esto, al mismo tiempo, nos lleva a plantear una hipótesis con relación al consumo de las imágenes de violencia que pasan por los massmedia: no es únicamente desde la experiencia de consumidores de los medios que se construyen los imaginarios de estos niños. Sigue teniendo vital importancia, intensidad, su experiencia directa del mundo porque es desde ahí que se construyen los miedos más hondos.

En las imágenes que los niños de estrato medio tienen de la ciudad encontramos mayores diferencias con los niños de estratos bajos, que en las imágenes y nociones de barrio. Estas diferencias están en gran medida determinadas por una experiencia urbana extendida un poco más allá del pedazo de ciudad que habitan.

Los lugares reconocidos de la ciudad – aunque nombran también los centros comerciales y sitios de recreación popular – se amplían a otros barrios de distintos estratos, parques, avenidas, plaza de toros, supermercados; lo que da cuenta de una mayor familiaridad con la ciudad, en relación con los niños populares.

La ciudad es una avenida repleta de carros para los niños de estrato alto

La ciudad que experimentan los niños de estrato alto de las dos ciudades Cali y Pereira – son bastante distintas. Aunque el crecimiento y la urbanizacion de Pereira en los ultimos años ha sido notable, la segmentación y descentralización de la ciudad, así como la construcción de los nuevos lugares del consumo, no es, todavía, de la misma magnitud que en Cali. Incluso los niños que participaron en la investigación, estudiantes del mismo colegio, pertenecían a los estratos 4, 5 y 6.

De ahí las diferencias en las vivencias, percepciones y sueños de los niños de las dos ciudades. En Pereira, por ejemplo, los niños se han apropiado de todas las campañas publicitarias que intentan crear una imagen “oficial” de la ciudad, entonces dicen que su ciudad “es la más querendona, trasnochadora y morena”, que “lo tiene todo”, que “hace parte de la zona cafetera del pais”.

Sin embargo, al aludir a aquellos lugares que conocen de la ciudad, no son muchas las diferencias con los niños de los otros estratos: también nombran el centro, que sigue siendo importante en la actividad urbana de esta ciudad. Adicionalmente mencionan algunos barrios de su mismo estrato y las fiestas de la cosecha. En estos niños de Pereira, a diferencia de los del mismo estrato de Cali, la violencia y la inseguridad si aparece como aquello que les genera los miedos en la ciudad.

Los niños del estrato alto de Cali viven dispersos en los barrios más altos de la ciudad, algunos en modernos edificios al oeste, otros en barrios un poco alejados(campestres), y algunos en grandes y viejas casas de barrios tradicionales.

Su cotidianidad está hecha de frecuentes viajes urbanos: el colegio, que casi siempre queda retirado de la ciudad (algunos tienen que atravesarla para llegar allá), y los recorridos en el carro a heladerías, centros comerciales, restaurantes, visitas a familiares y amigos.

La ciudad es para ellos vista desde la ventanilla del carro a la velocidad que el tráfico impone. Ciudad dispersa, conformada por atmósferas que resultan homogéneas entre un sitio y otro. Existe una ciudad totalmente desconocida por ellos, la ciudad que denominamos periférica, la de los barrios y lugares que no pertenecen a su estrato.

Cuando nombran la ciudad que conocen se refieren, básicamente, a centros comerciales, especialmente el último construido en el norte de la ciudad (Chipichape), supermercados, Mac Donalds, librerías |6|.

Aunque se mencionan otros sitios, a excepción del Museo de Arte Moderno La Tertulia, ninguno está asociado a los espacios que habían sido tradicionalmente simbólicos para los habitantes de la ciudad, espacios históricos, contenidos de pasado, como plazas, iglesias, etc. El centro, por ejemplo, no hace parte de los lugares que conforman el imaginario de su propia ciudad. No lo han caminado, no reconocen ninguna de sus calles.

Al lado de la ausencia, en la mayoría de ellos, de un territorio próximo, análogo al barrio de los niños populares, no hay otros espacios, en toda la ciudad, que ellos caminen, recorran, dominen. “Los centro comerciales me gustan porque son muy sociables”, dice una niña.

Si más allá de su ventana hay una ciudad lejana, de edificios y lucesitas encendidas, y el único lugar que la niña de estrato alto puede caminar con tranquilidad, sin el miedo a lo “otro”, a lo distinto, es el centro comercial, lógicamente para ella es el lugar más amado de la ciudad. Representación o metáfora de lo social.

Su ciudad es una avenida repleta de carros donde el consumo constituye la unica posibilidad de vivirla como espacio. Esta experiencia se convierte en la forma de reconocimiento y representacion de la ciudad que se habita. Más allá de ésto no hay otra percepción ni sentimiento de pertenencia a un espacio urbano, que se haga visible en sus relatos y discursos. Los viajes y el consumo constituyen las dos dimensiones que conforman su experiencia de la ciudad.

Lo particular es que el consumo es para ellos, a la vez, una de las formas principales de recreación dentro de la ciudad, análoga a la de los sitios populares de recreación nombrados por los niños de estrato bajo y medio. La diferencia es que esa recreación-consumo constituye una especie de hábito para los sectores altos, mientras que en los estratos populares, la recreación representa algo esporádico, inusual, quizás de contadas veces al año.

La experiencia de la ciudad desde los trayectos en vehículo les genera a estos niños las tensiones del tráfico y la congestión urbana, hasta tal punto que los perciben como lo que más les molesta de la ciudad. Percepción que hace visible las diferencias en las nociones de lo urbano que ellos han construido, en relación con la de los niños populares |7|.

La violencia, en sus diversas formas, no es para ellos el elemento que atraviesa sus vivencias y configura sus miedos. Los problemas que tiene la ciudad son que “no se puede llegar rápido a ninguna parte”, que “hay gente que maneja muy animal”; al lado, aunque en menor medida, de aquello que aparece nombrado por la mayoría de niños de los otros estratos: la polución y contaminación del río y de las calles.

Parece también que natural a la ciudad fuera la polución. Es posible que en otro lugar “no haya tanta”, dicen, pero nunca dirían que en otro lugar “no hay”. La conciencia alrededor de los problemas del ambiente en las ciudades y en el mundo, parece caracterizar a todos los niños habitantes de las ciudades.

Las imágenes de ciudad de los niños de estrato alto – de Pereira y de Cali tienen como referente otras ciudades conocidas. Las principales ciudades de Colombia y, en el caso de los niños de Cali, algunas ciudades extranjeras que han sido visitadas por ellos durante las vacaciones.

Las miradas a su ciudad están, entonces, definidas por aquellas ciudades, incluso más grandes que la propia. En las imágenes de los niños de Cali, casi siempre ésta sale mal librada. Todas las extranjeras parecen ser mejores: “en Canadá no hay tanta polucion y los paisajes son mas bonitos”; “Estados Unidos es más organizado y tiene menos polución”, “Venezuela es más organizado y hay menos violencia”.

La manera como José Luis Romero describía la sociedad normalizada de las ciudades latinoamericanas, nos da cuenta de esta experiencia que narran los niños de estrato alto |8 |.

Otra idea que nombran, y que es específica a este grupo de niños, es la de ‘organización’, una especie de noción inmanente a la ciudad, pero sobretodo, construcción de un “posible”, que además da cuenta de sus referentes, pero sobre todo, de un modo de vivir, de moverse en la ciudad, más normativo que en los sectores populares.

Sólo en dos niños la imagen de su ciudad es “positiva”, determinada, quizás, por una carga afectiva fuerte, una especie de arraigo a la ciudad: “Cali es más civilizada”, y “me gusta porque nací aquí”. Sin embargo, son casos excepcionales en relación a la mayoría, quienes prefieren las ciudades extranjeras, específicamente de los Estados Unidos.

Las razones de estas preferencias se inscriben en tres dimensiones que conformarían las imágenes-deseo de la ciudad de los niños de estrato alto: de nuevo, la organización (“las ciudades de los Estados Unidos son más organizadas”), la recreación (“en los Estados Unidos hay juegos para los niños”), y una dimensión asociada a las formas de violencia (“en los Estados Unidos no hay guerrilla”).

Por primera vez nombran esta palabra en el estrato alto para dar cuenta de las nociones de ciudad. Lo particular de estas imágenes de la ciudad de los Estados Unidos es que, distinto a los niños populares, viene de su experiencia real y directa de visitantes.

Las ciudades colombianas, en cambio, sólo son nombradas por dos niños como ideal para vivir: Bogotá y las ciudades de la costa Atlantica (lo cual se explica porque este niño nació en Barranquilla).

En Pereira, al contrario, parece existir una imagen y un arraigo fuerte a la ciudad. Los niños la comparan con las ciudades más grandes del país (Bogotá, Medellín y Cali), planteando las ventajas y desventajas de ser una ciudad más pequeña: Hay menos robos, menos violencia, es menos sucia, pero, a la vez, es menos desarrollada, por ejemplo, “no hay metro como en Medellín que es más linda”.

La violencia y la contaminación, que son los problemas más agudos desde sus percepciones, aparecen en las nociones de ciudad de estos niños asociados al tamaño de la ciudad. Varios prefieren continuar viviendo en Pereira y otros en las otras ciudades del país.

La ciudad deseo del niño de estrato alto: Que uno pudiera salir solo a la calle

Sólo en el momento en que imaginan cómo les gustaría que fuera la ciudad y nombran el sueño de una ciudad “posible”, emerge el asunto de los miedos y las demandas de seguridad planteadas también por los niños de los otros estratos. La calle es para ellos una especie de lugar prohibido, al que no se puede salir solo.

Para el niño de estrato alto, más que para cualquier niño de otro estrato – para quien la calle “vedada” estaría localizada más allá de la frontera de su barrio -, la calle es el paisaje visto desde la ventana o la reja del edificio donde vive. Signos y marcas de la seguridad (vigilantes uniformados, rejas terminadas en puntas) lo protegen de lo “otro”, lo cual representa el riesgo, el peligro.

Eso que para él significa propio de su ciudad (la violencia, los ladrones), es el punto de partida para la elaboracion de la ciudad ideal: una ciudad tranquila, segura, con gente solidaria y amigable. Tal vez por eso la ciudad extranjera que conocen se convierte, particularmente en los niños de Cali, en el referente desde el cual imaginan una ciudad “posible”.

Imaginamos, dicen los niños de estrato alto, una ciudad como Disneyword, con toda la diversión del mundo, con cosas distintas, nuevas, con muchísimos almacenes y Mac Donalds y heladerías. Elemento o dimensión del sueño de ciudad, particular en los niños de estrato alto: el que se refiere, de nuevo, al lugar del consumo en su imaginario.

A esto se le suma una demanda de cosas nuevas, que nos habla de la velocidad con la que experimentan el mundo. “Que hubiera algo para probar, aqui en Cali casi siempre es lo mismo”. Una ciudad con carros eléctricos, por ejemplo.

En el intento de imaginar la ciudad del futuro los niños de este estrato (en ambas ciudades) coinciden con los niños del estrato medio de Pereira: la ciudad imaginaria ha roto sus vínculos con el presente, con lo real, para ser una construcción más cercana a la ciencia ficción (con carros voladores que viajen por el tiempo, con bolígrafos que escriban hacia el pasado y hacia el futuro, con posibilidades de ir al espacio).

Estas imágenes nos dan cuenta de la articulación o encuentro que la era tecnologizada crea entre lo real y lo ficticio en el imaginario de los ninos urbanos que han tenido una relación próxima con la tecnología y los massmedia.

Imaginar y desear “una pantalla que tenga la capacidad de ver como lo real”, o “un televisor con pantalla dividida para ver simultáneamente varios programas”, nos habla de esta compleja relación que llega, o puede llegar, a borrar los límites de cada esfera en sus construcciones imaginarias.

Lo cual, a su vez, nos está hablando de un modo de vivir el desarrollo tecnológico desde la fascinación, la seducción, y de percibirlo como medida del progreso humano.

Una ciudad sin polución, sin basuras, conforma, de nuevo, el “ideal” de los niños urbanos. Sus imágenes del futuro también son construidas desde el conocimiento y la conciencia de los problemas ecológicos o ambientales.

Pregunta: ¿Cómo te imaginas la ciudad del futuro?
Respuesta: Sin vegetación, sin animales.
Expresión de un escepticismo, provocado, tal vez, por la saturación de información que circula en los colegios y en los medios masivos sobre estos asuntos.
Respuesta: Sin buses, sin contaminacion.
Es deseo.

La multiplicidad de experiencias

Las imágenes y nociones de la ciudad nos hablan de la cada vez más difícil inabarcabilidad del espacio urbano. Se ha hecho difícil pensar la ciudad en medio de la diversidad de estilos, memorias y sueños que la componen, y del “ritmo vertiginoso de sus transformaciones”.

La ciudad son múltiples ciudades, fragmentos y pedazos de ciudad sin centro. La experiencia de los diferentes grupos de niños en la ciudad es la experiencia de la distinción o de la segregación, que ha ido abriendo grandes brechas entre los niños de estrato alto y los de estratos populares (medios y bajos). Brechas en los imaginarios urbanos y en los sueños de una ciudad futura o una ciudad posible, deseada.

Esa brecha se funda, a nuestro modo de ver, en dos experiencias que representan un universo de posibilidades para el niño de estrato alto, negadas – en términos de posibilidad – a los otros.

Una es la experiencia del viajero de ciudades – posibilidad de recorrer y caminar otras calles, de mirar otras formas de lo urbano, las cuales constituyen referentes importantes que confrontan la ciudad donde viven, a la vez que participan en la construcción del sueño de la ciudad donde quisieran vivir.

Otra es la relación próxima con las tecnologías que permanentemente se renuevan y salen al mercado: el nintendo, la videocámara, el computador, Internet y todas las posibilidades lúdicas que estos desarrollos abren. Ambas experiencias conforman las imágenes, nociones y ficciones desde donde se construyen los sueños de una ciudad posible o imaginaria.

Pero hay otro elemento que aparece en el discurso de todos los niños urbanos, sobre todo en los estratos populares: la violencia y los miedos, y las demandas de seguridad. La experiencia de la violencia en los estratos populares es tan intensa y cotidiana que ésta parece natural a la ciudad: desde ella se construye el imaginario de la ciudad como universo articulado a la experiencia directa del mundo, expresión de sus demandas vitales como ciudadanos. Para las mentes chicas la violencia parece ser tan natural al mundo como lo es alimentarse, envejecer, morir .

Quizás estos miedos estén más enraizados en los sectores populares debido a la incertidumbre que atraviesan las diversas dimensiones de sus vidas. Pero en el estrato alto de ambas ciudades y en el medio de Pereira, sería un poco distinto. Sus viviendas se construyen precisamente para la protección del roce, la mirada y la agresión del “otro”, “ser extraño y diferente”; y sus miedos parecen estar `focalizados’ a un determinado sector social (el popular).

Marcas de seguridad parecen reducir o resolver estos miedos; lo que se expresa en la posibilidad que tienen de imaginar mundos que no necesariamente están ligados a sus demandas como ciudadanos; sino que, al contrario, nos hablan del universo de posibilidades del cual está hecha su experiencia.

Los modos de nombrar los problemas de las ciudades por todos los grupos de niños, nos lleva a plantear la siguiente hipótesis; el encerramiento en el espacio doméstico y la reducción del uso de los espacios públicos de la ciudad, son consecuencias de esa experiencia de las tensiones y los miedos urbanos; que encuentra simultáneamente en los medios contemporáneos de comunicacion, particularmente en los audiovisuales; las posibilidades de entretenimiento, consumo de información y desplazamientos; anteriormente resueltos sólo en los espacios públicos de la ciudad. “Si la televisión atrae es porque la calle expulsa”, dice Jesús Martín Barbero.

Este encerramiento, a su vez, ha significado la pérdida de contacto con los otros y de pertenencia y arraigo a algún territorio. Los habitantes de una misma ciudad difícilmente podrían “disponer colectivamente sobre su espacio social”.

Un poco escéptica Beatriz Sarlo se refería a esta experiencia; “la sociedad corre un riesgo: el de desaparecer, transmutada en microsociedades de gente muy parecida entre si; y macrosociedades perforadas por el miedo, el desconocimiento y la ausencia de un sentido de pertenencia” |9|.

Desde la infancia se experimenta, o el repliegue a un territorio cerrado como única forma de vivir afectivamente la ciudad; (lo que experimentan los niños populares), o el recorrido por no lugares, sin el arraigo a ningún espacio o fragmento de ciudad.

El roce o encuentro entre los diferentes grupos ha disminuido al mismo tiempo que ha disminuido la vivencia de caminar la ciudad. Sin embargo, según los relatos de los niños populares, el centro comercial es hoy día el espacio del paseo, donde se experimenta la mirada y el encuentro con la “otra” ciudad.

Encuentros hechos de una comunicación ficticia o un simulacro de comunicación entre los diversos grupos de la ciudad. Esta es la importancia que adquieren “los nuevos escenarios de la comunicación”; ya que están imponiendo transformaciones en los modos de estar juntos en nuestras ciudades.

A estos escenarios tendríamos que agregar el de los medios y la televisión; ya que es desde estos referentes audiovisuales compartidos que están emergiendo las nuevas identidades generacionales; que interactúan con las memorias territoriales (o la ausencia de éstas) en las nuevas experiencias de los habitantes urbanos.

“En unas ciudades cada día más extensas y desarticuladas …. la radio y la TV acaban siendo el dispositivo de comunicación; capaz de ofrecer formas de contrarrestar el aislamiento de las poblaciones marginadas estableciendo vínculos culturales comunes a la mayoría de la población” |10| .

La ciudad de los niños rurales

Ninguno de los niños de Zaragoza ha vivido en la ciudad. Su experiencia directa en ella se reduce al paso o paseo rápido. Sin embargo, nombran un repertorio de ciudades en el que incluyen algunas del departamento como Buenaventura – que es la más próxima -; Cali, y en menor medida Palmira, Buga, Tuluá; así como localidades cercanas a la suya, a las que también denominan ciudades.

La ciudad para el niño de Zaragoza es un entorno físico conformado por cuatro elementos; la arquitectura (casas y edificios), el transporte (carreteras y vehículos; entre los que mencionan motos, carros y aviones), la recreación (zoológico, parques y juegos) y los habitantes (la gente).

Pero al lado de esta descripción la ciudad parece ser una escena de una película como Diaz Extraños o, más cercana aún a nosotros; Pura Sangre: las calles y la atmósfera que estos niños describen está hecha de robo de niños y de bicicletas, de asesinatos – «hay muertos tirados en cualquier parte»; chupasangres que secuestran niños: «los llevan de la mano a un taxi, les chupan la sangre, les sacan los ojos y los venden, les sacan lo de adentro y los rellenan de cocaína y los mandan en un camión para lejos» -; de inseguridad – «se deja la puerta abierta y entran a robar» -, y de basuras y lugares sucios.

En la carencia de una experiencia directa de la ciudad parecen instalarse, sin distinción de tiempo y espacio, las imágenes de un noticiero televisivo.

Mientras en la ciudad vivida y percibida de manera directa por el niño urbano se configuran unas representaciones que vienen de los trayectos e itinerarios; antes que de los medios de comunicación, en zonas rurales las representaciones de la ciudad apenas visitada se construirían a partir, esencialmente; del consumo de las imágenes de la televisión, además de los relatos contados por familiares o vecinos que fueron a la ciudad en busca de «algo».

Entonces emergen otras representaciones de la ciudad que contrastan con la anterior: La ciudad como espacio de oportunidades y como lugar que proporciona «entretenimiento»: ir al cine, por ejemplo.

Como espacio que ofrece oportunidades la ciudad significa dos cosas, que incluso llegan a estar articuladas en algún momento; posibilidad de estudiar y posibilidad de trabajar. «Hay más escuelas y colegios» – no nombran instituciones de educación superior como si sus aspiraciones se limitaran a la secundaria -.

Frente al «trabajo» la ciudad representa la posibilidad de empleo pero también del «rebusque». Además de que «hay fábricas y oficinas», «se puede salir a vender cosas como papa frita, frutas, carne, ropa, zapatos».

Contrario a las representaciones de los niños urbanos que parecen identificar la ciudad con el consumo; el niño de Zaragoza identifica la ciudad con la posibilidad de la productividad o la sobrevivencia para «hacer la vida más fácil».

Pero la ciudad también «impone» ciertas condiciones: en ella «prefieren a la gente más estudiada». Participar de la ciudad exige el paso por la escuela.

Sin embargo, hay un gran problema que estos niños nombran y que no sólo indica una representación más de la ciudad; sino que constituye un lugar de conflicto con la imagen de ciudad como «posibilidad»: la discriminación.

«Para los negros no es fácil conseguir trabajo en la ciudad, en cambio a los paisas sí |11|”; “a los negros no les están dando trabajo en oficinas”. La ciudad es para el niño negro exclusión: las oportunidades reales de trabajo se reducen a la de obreros de la construcción, barrenderos o vigilantes; para el caso de los hombres, y de empleadas domésticas en “las casas de los ricos”, lavanderas o meseras en restaurantes, para el caso de las mujeres.

La ciudad del niño de Zaragoza representa un universo ambiguo y contradictorio, bonito y violento a la vez, espacio de oportunidades y exclusiones. Imágenes oídas de los relatos de aquellos que fueron a la ciudad y de los que desean ir, y vistas en la pantalla del tv.

La ciudad del niño indígena de Pueblo Nuevo

Los niños indígenas nombran como las ciudades que conocen a Popayán – capital de su departamento -; y a algunos pueblos cercanos a su resguardo como Caldono, Siberia, Pescador, Piendamó y Santander de Quilichao. Las únicas ciudades mencionadas que quedan un poco distantes son Cali y Pereira. De Cali conocen el Parque de la Caña y de Pereira el Zoológico y el Parque del Café.

Lo que le atrae de la ciudad al niño indígena es esencialmente su magnitud (es grande); las avenidas llenas de carros y la posibilidad de recreación (hay parques y piscinas).

Esta representación de la ciudad se convierte en el deseo de ocho niños de vivir en ella; aunque nombran también algunos aspectos «negativos» como el ruido y la contaminación (les duele la garganta cuando van a la ciudad); y el robo y asesinato de niños, el secuestro de personas «los encuentran en zanjones».

Aunque su experiencia de la ciudad también ha sido esporádica o indirecta, las representaciones «negativas»; son muchísimo menos radicales e intensas que la que narran los niños de Zaragoza.

Pero son fundamentalmente tres elementos los que constituyen las representaciones de ciudad del niño indígena; todos asociados a su experiencia como habitantes del campo; más que a los relatos de aquellos de su comunidad que han visitado o vivido en la ciudad o de las imágenes de ciudad representadas en la televisión.

Por un lado, el vínculo estrecho que tienen con la naturaleza, específicamente con la tierra, les hace mirar la ciudad desde ahí; «en la ciudad no hay bastante tierra para sembrar porque está llena de casas», «el campo es bueno porque da ullucos y trigo»; y la ciudad es contaminación porque «pasan carros».

Por otro lado, la relación libre que tienen con el espacio y la comunidad, negada en el espacio urbano; las normas, señales, organización racional del tráfico crean un universo que el niño indígena percibe como espacio de prohibiciones.

Por último, lo que tiene que ver con las formas de vida diferenciadas entre campo y ciudad, lo cual incluye alimentación, vestido; la comida del campo es sancocho, mazamorra y mole, mientras que en la ciudad es arroz, plátano, papa, pollo y pescado

En el campo la gente usa zapatos de caucho, pantalones viejos y rotos, y en la ciudad la gente viste con corbata, pantalones finos y caros. Esta imagen si parece estar atravesada por las imágenes de la televisión, específicamente las de la publicidad.

El niño paez reconoce que el lado oscuro o negativo de la ciudad lo ha aprendido de los medios, básicamente de la televisión; «por la tv pasan tragedias, matan y roban», dice.

Los cinco relatos

La ciudad no es una sola, única y absoluta en los imaginarios de los niños. Las representaciones de la ciudad se construyen desde el encuentro de la experiencia directa de lo urbano; – en el pedazo de territorio que se habita y en los desplazamientos y viajes por ella; – con las imágenes construidas por los medios, particularmente por la televisión.

Por momentos la ciudad es el barrio en tanto es en él, en el pequeño espacio delimitado, en donde se localiza. Pero también es lo que hay más allá de sus fronteras, el paseo, el recorrido. En otros momentos – para los niños rurales – las imágenes de ciudad están mediatizadas y; sin embargo, las diferencias entre las de los dos grupos (de Zaragoza y de Pueblo Nuevo); nos hablan de ese encuentro con la experiencia directa, del modo como esa experiencia define una mirada, una percepción diferenciada.

La coincidencia – tal vez sea más preciso decir homogenización -; de las imágenes de ciudad-mundo en lo que tiene que ver con aspectos negativos que atraviesan los imaginarios de todos los grupos de niños; nos lleva a rastrear los discursos o imágenes reiteradas alrededor de ciertos items noticiosos.

Estos aspectos negativos de la ciudad que los niños mencionan coinciden con los que nombran del país: no sólo en su contenido o agenda temática; sino en la forma como son nombrados: frases repetidas, vagas, no referidas a situaciones reales ni concretas.

De igual modo el país deseado es la ciudad deseada. En tanto experiencia vivida, la ciudad representa el lugar donde se localizan el país y el mundo. Algunos elementos presentes en las representaciones de país se perciben cuando hablan de lo cotidiano.

Otros si constituyen un universo mediatizado en la medida en que se comportan como datos homogéneos en el mundo de las representaciones. «Tanto lo «nacional» como lo «global» sólo pueden existir mientras resulten encarnados en vivencias», escribe Renato Ortiz |12| .


|5|. Veáse a Norbert Lechner, “Los miedos como problema político”, FLACSO No. 79, Santiago de Chile: mimeo, enero 1986.

|6|. Lugares que Marc Augé ha denominado no lugares, es decir, aquellos espacios “que no pueden definirse ni como espacios de identidad ni como relacionales ni como históricos”, en oposición a los lugares de la memoria. Veáse a Marc Augé, “De los lugares a los no lugares”. En Espacios de Anonimato Barcelona, Gedisa, 1993. pp 83.

|7|. “El caos urbano, escribe Jesús Martín Barbero, tendrá entonces su máxima expresión no en el desconcierto y los miedos de sus habitantes perdidos en la enormidad de las distancias o en la inseguridad creciente, sino en el <>”. Op cit. pp 59.

|8|. Ya José Luis Romero planteaba esta cuestión en relación con los estilos de vida que se configuraron en el periódo de masificación de las ciudades latinoamericanas: “Era el estilo de vida que correspondía a una cultura cosmopolita, creación de las metrópolis, o mejor dicho, de una capa común a muchas metrópolis de las que integraron el nuevo mundo urbano de Latinoamerica, relacionado, sobre todo, con los Estados Unidos. En todas ellas crecían los grupos que se envanecían de ser cosmopolitas, de hablar varias lenguas…, de deslizarse toda la jornada a través de un sistema de actividades que suponían su inserción en el mundo y no en su país o en su ciudad”. Op. cit. pp 370.

|9|. Sarlo, Beatriz.”Casi como animales”. En Instantáneas. Medios, ciudad y costumbres en el fin de siglo. Argentina, Ariel, 1996. pp86.

|10|. Barbero, Jesús Martín. Op cit. pp. 63

|11|. En el mundo de representaciones de la comunidad negra el “paisa” es todo aquél que no es negro

|12|. Veáse a Renato Ortiz en “Otro Territorio”. Revista Nueva Antropología No. 12. Madrid: octubre 1996, pp 15.

 

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