Imágenes de Barrio y Ciudad, parte 2

LOS NIÑOS URBANOS:

El barrio y los miedos.

Quizás es en esta dimensión del barrio y la ciudad donde mayores diferencias encontramos entre las imágenes elaboradas por los niños de los distintos estratos. La ciudad está hecha de experiencias múltiples y cada barrio representa una historia singular.

Es esto lo que detiene la tentación a la generalización y da cuenta del peso que el universo de lo real tiene sobre la “virtualidad” audiovisual, y de la compleja manera como se dan las articulaciones entre lo real y las representaciones que los medios hacen de esa experiencia.

Antes de entrar en una reflexión más detallada es necesario plantear que los grupos de estrato medio de Cali y Pereira son distintos. En Cali el grupo habita el barrio San Nicolás, que pertenece al estrato medio bajo (estrato tres) dentro de la clasificación de las empresas públicas. En Pereira, al contrario, pertenece al estrato medio medio.

Es clave esta aclaración ya que en Cali la experiencia y nociones de los niños de este estrato son más próximas (aunque no idénticas) a los del estrato bajo de esta ciudad que a los del medio de Pereira.

Los niños populares (que pertenecen al estrato bajo y medio de la ciudad) están viviendo la complicada experiencia de un universo cerrado que – por la permanencia de algunas características tradicionales – aún guarda una similitud con la vida en los pueblos o en las ciudades pequeñas. Experiencia que puede ser señalada como anacrónica dentro de la lógica de crecimiento de la ciudad y las nuevas maneras de ser ciudadano – que parecen ser vivenciadas básicamente por los sectores medios y altos de la población -.

El barrio es para estos niños un mundo cerrado ya que se movilizan poco por la ciudad. Entonces, es el lugar clave de la experiencia, territorio recorrido, caminado y dominado por ellos, incluyendo los barrios cercanos, donde también tienen amigos. Los referentes de otros barrios están limitados a los lugares donde viven sus familias: las visitas familiares y los paseos esporádicos constituyen sus únicos desplazamientos urbanos.

Lo particular es que los barrios que nombran los niños son aquellos que visitan, que caminan, y que generalmente pertenecen también a estratos populares. Los pobres se mueven por sitios pobres. Una expresión de la segregación en la ciudad.

Pero esta experiencia es similar a la de los niños de estratos altos: los únicos barrios que reconocen son los barrios altos de la ciudad. Ellos también experimentan la diferencia pero desde la distinción: los barrios pobres representan para ellos el peligro. Lo que menos le gustaba de su barrio a una niña de estrato alto es que “arriba queda un barrio pobre y a veces es peligroso”.

Para los niños populares el barrio es la vivencia del juego, de lo lúdico, de las primeras relaciones distintas a las familiares y a las de la escuela. Es la aventura, el descubrimiento de calles, de personajes, la identificación de lugares, la primera sensación de apego a un espacio que tiene fronteras y que es realtivamente limitado.

El barrio es la vivencia más próxima de la ciudad – a esta edad los niños aún no se desplazan solos por un espacio que traspase las fronteras de lo que se vive como “propio”- y es al mismo tiempo el único lugar donde se ejerce la identificación.

Cuando los niños nombran otros barrios generalmente tienen claras sus diferencias con la “otra” ciudad, y en sus discursos expresan un reconocimiento afectivo de su territorio: hay amigos, hay calles para patinar, hay juego. A la vez, es en estas miradas a otros barrios que aparece el sentimiento de “desplazado” o excluido.

Dos niños, en Cali, hablan de esto al narrar su experiencia de ir de paso por otras partes de la ciudad: “en los otros barrios hay gente rica que humilla”.

“La ciudad integra a los pobladores de los nuevos sectores populares, dice Sonia Muñoz, pero los segrega, hace distinciones. El poblador del barrio popular debe enfrentarse, en desigual pugna, a un sin número de discursos sociales que lo disminuyen” |1|.

Su territorio le pertenece a la vez que él hace parte de ese territorio. Ahí se mueve sin el miedo de ser excluido porque todos son como él, todos comparten el mismo lugar dentro de la ciudad.

Encuentro dos ciudades

Lo que hay de anacrónico en la experiencia del barrio popular es que funciona a la manera de la comunidad tradicional: las preferencias de los niños por lugares tradicionales como la tienda, el parque, la escuela pública, la iglesia, los callejones, que representan los lugares de encuentro, dan cuenta de ésto.

Sin embargo, la experiencia particular de los niños del estrato bajo de Cali se hace más compleja: cerca a su barrio, al otro lado de la Calle Quinta, una de las avenidas más importantes de la ciudad, que la atraviesa de norte a sur, están ubicados dos centros comerciales: Unicentro y el Trade Center, ambos lugares de consumo de sectores medios y altos de la población caleña.

Los niños bajan de Meléndez a estos lugares y se fascinan con el repertorio de objetos de consumo puestos tras las vitrinas. Lo sorprendente es la atracción que este recorrido les produce, expresada en el hecho de que ocho niños nombran Unicentro como el lugar que más les gusta de su barrio.

Este centro comercial hace parte de su territorio, no es vivido por ellos como más allá de la frontera |2| . Es la extraña permeabilidad que permite la escena urbana.

Quizás en el grupo de niños con los que trabajamos aún no se ponen en evidencia (por lo menos en sus discursos) las diferencias, la exclusión o segregación que estos lugares imponen. Lo cual nos da pistas para entender la naturaleza que hace distintos los espacios del arraigo (como el barrio) de estos nuevos espacios urbanos.

Lugares de nadie, sin propiedad, en el sentido en que se proponen como espacios que les pertenecen a todos – todos pueden caminarlo – pero no les pertenecen a nadie en particular, entonces nadie los defiende, como lo hace el niño del barrio “rico” cuando “otro” visita su territorio.

La tienda y el centro comercial ocupan para ellos el mismo lugar, la misma valoración. A la pregunta de qué es lo que más les gusta de su barrio responden “Unicentro, la panadería y la tienda”.

El Barrio y los Miedos.

Pero también en el barrio popular aparece lo que a nuestro modo de ver es la primera experiencia de los miedos en la ciudad, que en el caso de Cali es bastante notorio, tal vez por el hecho de que en el barrio Meléndez se encuentra el Batallón Pichincha del ejército.

Para estos niños su barrio significa la proximidad con la guerra: hablan de las armas, la guerrilla, los paramilitares. El barrio como el primer lugar que desborda la vida familiar es también la primera experiencia de lo “otro” que representa el peligro, la agresión.

La calle es la posibilidad de las relaciones con los amigos, y es al mismo tiempo la experiencia directa, cotidiana, de la violencia. Pero esta experiencia es singular en los niños de estrato popular de las dos ciudades, ya que son diversas las formas de violencia presentes en sus entornos.

En los niños de Cali hay una mención permanente de la guerrilla, pero también de otras formas que aparecen difusas en sus discursos.

La localización de diversas violencias en su territorio ha creado una confusión que se expresa en la imposibilidad de saber diferenciar las formas organizativas que actúan ahí: nombran la guerrilla, los paramilitares, “ellos” – no sabemos si son los unos o los otros: “yo he hablado con ellos y dicen que nos van a proteger a todos. Ellos tienen la P aquí (señalando el brazo) y son todos de verde y viven por la casa”, dice una niña -.

De un lado lo que les violenta y de otro lado lo que los protege. Desde el barrio estos niños experimentan la lucha entre los dos bandos, pero con la pregunta silenciosa acerca del sentido de ese enfrentamiento.

Una niña cuenta que su hermano le habló de “ellos”, que eran buenos y que querían proteger a los pobres; otro niño cuenta del enfrentamiento entre los García y los de Leo. A estas violencias se le suman la de los ladrones, los drogadictos que recorren sus calles – los cuales también hacen parte del mundo de los niños de Pereira -.

En la memoria de estos niños habitan tantas historias asociadas a miedos (y una que otra historia de un asesinato) que las fábulas que inventan giran alrededor de diversas violencias.

En este entorno el niño aprende que la ciudad y el mundo están hechos de ésto. Para él no es mayor la violencia que pasa por TV, sencillamente es coherente con su experiencia real del miedo.

De alguna manera el barrio donde viven también es un barrio no deseado, entonces cuando imaginan el barrio “posible” éste no sólo está hecho de casas bonitas, con árboles, piscinas, sino también de una atmósfera distinta, donde se pueda vivir la calle con tranquilidad, un espacio sano donde no haya guerrilla, ni ladrones.

Estas primeras imágenes “ideales” no están referidas exclusivamente a las representaciones de barrios que pasan por la TV. También se construyen desde sus trayectos por la ciudad en los cuales han percibido otras atmósferas menos miedosas, más tranquilas, etc.

Una niña, pensando en los rasgos que diferencian su barrio, nos decía que en otros la gente podía dejar las puertas abiertas, y lo decía sorprendida y fascinada.

La calle, a la vez que significa el lugar de lo deseado – “salir a jugar”-, es al mismo tiempo la posibilidad del riesgo, del peligro. A la vez que es el espacio donde se construyen las primeras relaciones arraigadas a un territorio, el barrio representa el lugar donde se realiza la violencia y se generan los miedos de la ciudad.

Ese es su lugar ambiguo, que da cuenta de la manera contradictoria como se le ama. Y esta experiencia es común a los niños de estrato medio de Cali, sólo que para éstos las agresiones vienen de los “locos”- así les nombran ellos -, de los ladrones o los drogadictos. En su barrio su presencia es tan cotidiana como la de la guerrilla en el barrio popular.

Otro elemento que aparece, aunque sin tanto énfasis, en las maneras como los niños populares nombran su barrio, es el de la contaminación del río y las basuras de las calles.

Pero lo particular de esta última “imagen” es que está asociada, en el caso de Cali, al mercado móvil que una vez a la semana se realiza en la calle del barrio donde queda la escuela.

Imagen que revela lo que hay de transformación en las valoraciones tradicionales de estos espacios de encuentro que cambiaban la dinámica del barrio popular porque significaban la participación en una atmósfera distinta, de mirada y roce con los otros.

Lo que no podríamos afirmar con certeza es de dónde vienen estos rechazos, qué referentes han modificado la percepción de una práctica propia de la vida de las gentes, sobre todo de las mujeres (Muñoz, Barrio e Identidad). En la valoración de los niños pesan las consecuencias del mercado, sus huellas (las basuras y los desechos), más que el espacio y el tiempo que propicia el encuentro y la conformación de relaciones vecinales.

El barrio imaginado.

La experiencia vital del barrio – las prácticas, percepciones y atmósferas de que está hecha – contiene en sí misma lo “posible”. Desde ahí se realiza la construcción imaginaria de un espacio ideal, desprovisto de todo aquello que representa lo no deseado del universo “real”.

Los niños cierran sus ojos e imaginan un lugar en el todo lo que les genera los miedos, los rechazos, esté ausente. En eso son claros. El escepticismo aún no les pertenece porque saben que si esos miedos existen también es posible que exista otra cosa, un “deseo”.

Es ahí, en el espacio del barrio, donde se construyen las primeras demandas sociales, las cuales están asociadas a las prácticas comunicativas que el espacio niega o, en algunos casos, concede de manera restringida.

La noción del barrio popular como lugar de constitución de solidaridades, donde la gente se junta a inventar maneras de hacer menos dura la vida de la ciudad – el encuentro alrededor de la “fiesta”, la charla – se ha desvanecido en las nuevas imágenes del barrio de estos niños. Ellos, al contrario, hablan de todo lo que hay de malentendido, chisme, “desencuentro” y conflicto en la comunicación vecinal, referida específicamente a los adultos.

Esta imagen es singular en los niños de estrato bajo del grupo de Pereira y, lógicamente, se revierte en el ideal del barrio que ellos inventan: todos desean un barrio con gente amable, que se reúna, se visite, se colabore, y sobre todo, que no se pelee.

Si el barrio llegó a constituirse en un universo donde se podían experimentar los encuentros que la lógica competitiva de la ciudad no permitía, esta posibilidad se ha hecho hoy difusa. Pareciera que se estuvieran quebrando las viejas formas de solidaridad y convivencia que caracterizó las prácticas de los habitantes populares de las periferias.

Y tal vez estas demandas nuevas son la consecuencia de la ampliación de los referentes del barrio con las imágenes que vienen de la televisión y que se experimentan en el mundo infantil como una carencia de su propio universo real.

Porque en el caso de Pereira, a estas demandas se le suman la de espacios de encuentro – parque de diversiones con piscina, columpios, árboles, canchas de fútbol – y la de habitar en conjuntos cerrados, en apartamentos bonitos o casas grandes, limpios, ordenados, tranquilos.

Lo singular es que los niños de estrato medio en Pereira son los únicos que se refieren a la familiaridad y solidaridad entre vecinos, y a los parques y zonas de recreación como partes de sus vivencias.

En sus imágenes de barrio está ausente la experiencia de la violencia cotidiana, lo que nos lleva a aventurarnos y proponer la siguiente pregunta a manera de hipótesis: la penetración de formas de violencia al barrio popular es uno de los ingredientes que genera la dispersión y el encerramiento de los vecinos, y desvanece los rasgos de solidaridad e identidad que han caracterizado las relaciones entre los habitantes de las periferias de la ciudad.

Las imágenes ideales que nombran dan cuenta de dos aspectos fundamentales en la experiencia de los niños populares: de un lado, está el mundo de expectativas que la ciudad les ha negado. Vivir en la periferia significa cada vez más la experiencia de la segregación, la constatación de la diferencia con respecto a la “otra ciudad”, la sensación de desposeer todos los privilegios que la ciudad ofrece.

De otro lado, están las diversas maneras como opera el consumo de relatos mediáticos; – que diferencian la experiencia de los niños que pertenecen al mismo estrato social en dos ciudades distintas -.

Mientras en una ciudad como Cali los niños del barrio Meléndez viven la violencia desde su cotidianidad y por lo tanto; sus construcciones imaginarias del barrio están asociadas a los miedos que desde ahí experimentan (ellos desean un barrio tranquilo); en Pereira, donde la experiencia de las violencias y el miedo no es tan intensa, la mediación de las representaciones de la TV se hace más visible: los “ideales” de estos niños resultan de la articulación entre lo que por un lado han visto, desde lejos, en su ciudad, y por otro lado de las imágenes del barrio que pasan por la televisión.

La descripción de su barrio ideal coincide con la descripción que hacen de los barrios de Conjunto Cerrado o de De pies a cabeza; y da cuenta de la manera como han sido seducidos por las propuestas de la ciudad y del consumo.

Algo similar ocurre con los niños de estrato medio de Cali; El barrio donde viven ha sufrido en los últimos años grandes transformaciones – por la proximidad al “centro” se ha visto “invadido” por el comercio -.

El tránsito permanente de carros dificulta la posibilidad del juego en las calles; – sus encuentros con los amigos y vecinos se reduce al juego en los andenes (siempre corriendo el riesgo de los carros); a las casas o a los domingos, cuando el tráfico se reduce -.

Entonces en el imaginario de estos niños también habitan parques y sitios recreativos, canchas de fútbol; imágenes que también les han seducido ya que se instalan en el lugar de la carencia.

Al contrario, las familias de clase media de Pereira, que viven en conjuntos de edificios o casas; han intentado participar de las ventajas que la modernización de la ciudad ha ofrecido; insertándose en las lógicas de trabajo de la ciudad han conseguido los recursos para construir su propio territorio.

Desde el esfuerzo que cada familia ha hecho se han creado las identidades de los ciudadanos medios; han compartido con sus vecinos la ampliación de la vivienda, la educación de los hijos; la construcción de zonas verdes y canchas deportivas, la financiación de la parabólica, etc.

Se trata de las nuevas identidades urbanas que juntan a los vecinos alrededor de la gestión comunal y otras actividades colectivas; (fiestas barriales, por ejemplo). Esta sería la otra cara de la hipótesis planteada antes; los lazos de solidaridad permiten la cohesión del grupo y desplazan los posibles miedos que la ciudad genera: a la vez que crean el arraigo de los niños a su territorio.

Ellos no desean vivir en otro barrio. Lo extraño es que el afecto hacia él esté presente también en los niños de estrato medio de Cali; habitantes de un entorno de cemento (sin parques, sin zonas verdes), rodeados del peligro, los niños del barrio San Nicolás quieren vivir ahí.

Tal vez este arraigo está asociado a la vejez de sus calles, a su pasado contenido en la iglesia gigante, en las casas viejas de bahareque y paredes altas; – a pesar de que cada día se tumba una para construir un edificio, o se abre un hueco para “mejorar” una calle-; o tal vez esté asociado al tiempo – la duración – en que ellos o sus familias han habitado el mismo territorio.

Para los niños de estrato alto el barrio no existe.

El barrio popular es el universo donde tiene lugar el conflicto y la negociación de los vínculos afectivos entre sus habitantes; (el sentido de pertenencia a un territorio – fundado en el juego y los trayectos por sus calles -) con las carencias que tiene ese espacio; (su infraestructura, los miedos que genera), y los sueños, es decir, la construcción imaginaria que cada niño hace de un barrio ideal.

Para los niños de estrato alto ese conflicto no existe. Ellos habitan en un mundo de bienestar, con todos los privilegios que la ciudad ofrece; participación activa en el mercado de consumo, seguridad, zonas recreativas, protección, cero polución, etc. Su experiencia como habitantes de la ciudad es absolutamente distinta a la de los niños populares; así como el discurso con el que nombran su territorio.

La tienda, la iglesia, el parque están ausentes en su repertorio. Sin embargo, es distinta la experiencia en los dos grupos de niños de las dos ciudades estudiadas. En Pereira las imágenes y vivencias que los niños de estrato alto tienen de su barrio; es bastante cercana a la de los niños de clase media de esta ciudad; viven en conjunto cerrado, con zonas verdes, parqueaderos y tienen amigos.

En Cali la experiencia de estos niños es bastante singular. La ciudad ha ido construyendo espacios que proponen una única forma de relación a sus habitantes: la del consumo. Esos son los lugares nombrados por los niños cuando hablan de sus barrios: Ventolini, Super A, De Ricura, La 14, heladerías, super market, librerías. Espacios de la ciudad cercanos al lugar donde viven, pero que no representan el encuentro con los otros.

Sólo los que cuentan con zonas verdes para jugar y esconderse tienen amigos y conocen el territorio; pero la mayoría vive en edificios o casas y no pueden salir a la calle, no dominan su entorno; entonces les gustaría que “la gente del barrio fuera amigable y uno pudiera salir a jugar”; porque “la gente es muy antisocial y no le gusta salir con nadie”. Los juegos con los pocos vecinos se reducen al nintendo o a la piscina.

Ellos experimentan el encerramiento, el aislamiento, y un uso cada vez menor del espacio público. El encuentro lúdico con los otros ocurre en los interiores – espacios domésticos – o se reduce a los parqueaderos de los edificios. No hay callejones, ni paseos, ni aventuras dentro del barrio. Ellos nunca han caminado la ciudad – que es el barrio en los niños populares -.

El niño de estrato alto demanda el encuentro con los otros, la socialidad que su espacio no le permite, el juego y la aventura; y de esta forma experimenta la tendencia a la desurbanización, la pérdida del recorrido y de la experiencia de lo público; que está produciendo la vida en la ciudad. Las rejas y vigilancia que lo protegen del “exterior” son a la vez las marcas del peligro.

Al lado de los privilegios de consumo ellos sueñan con un espacio seguro pero sin encierro, un lugar que les permita jugar, correr. El sentido del barrio como macrouniverso, espacio donde se experimenta de manera singular la ciudad, no hace parte de su imaginario.

La imagen del barrio como lugar de socialidad y posibilidad del encuentro con los otros es nombrada como carencia.

En la descripción inicial que el niño de estrato alto hace de su barrio emerge la noción que reduce el barrio al entorno físico; dejando de lado todo lo que hay de encuentro y relaciones con los vecinos. La noción de barrio ha comenzado a desaparecer en estos nuevos habitantes; que experimentan uno de los procesos propios de la ciudad contemporánea : el de desurbanización.


|1|. Muñoz, Sonia. “Barrio e Identidad. Comunicación cotidiana entre las mujeres de un barrio popular”. México: Editorial Trillas. Felafacs, 1994. Pág. 70.
|2|. Esto nos recuerda los encuentros que la ciudad moderna hizo posible y que fueron relatados por Baudelaire en las Escenas Primarias. La posibilidad del encuentro de la Familia de los ojos, una familia pobre de París del siglo pasado, con una pareja que está sentada en un café de un bulevar, posibilidad de mirar, de ser mirados, y de reconocer las diferencias. Los niños del barrio Meléndez parecen recorrer Unicentro a la manera de los recorridos de la familia de los ojos por el bulevar.

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