Introducción: Los Niños Como Audiencia

Jesús Martín Barbero
Asesor de la Investigación

1. Buena parte de la investigación sobe la influencia de la televisión en los niños encubre una doble paradoja. De un lado, los investigadores se dicen preocupados por los niños, pero en la mayoría de lo que se publica a ese respecto, lo que ocupa el centro no es el mundo infantil sino el “dañino” mundo de la televisión; obsesionados con su poder maléfico los investigadores acaban olvidándose de los niños o, lo que es lo mismo, reduciéndolos a su condición de espectadores de televisión.

De otro, muchos de los estudios sobre recepción de televisión han estado y están aún; dirigidos a corregir el ver de los telespectadores partiendo de las concepciones y prejuicios de quienes no ocultan su receloso desprecio; hacia este medio, es decir de quienes no miran la televisión sino para estudiarla, y así poder “educar” el ver y el gusto de los que gozan viéndola.

Es contra esa doble trampa que proponemos una investigación en la que caracterizar a los niños como audiencias; significa asumirlos a la vez como consumidores y como ciudadanos, como sujetos que dedican muchas horas a ver programas de televisión; y como actores sociales que elaboran con ellos representaciones de sí mismos y sobre los demás.

De ahí que el objetivo explícito y crucial de este estudio sea la exploración de los imaginarios que sobre la familia; el barrio, la ciudad, el país y el mundo, se hacen los niños, y del complejo y ambiguo papel que la televisión juega ahí; en el hacerse y deshacerse de las imágenes desde y con las que nuestros niños sueñan el país, sufren y aman la familia, disfrutan y recrean el barrio, temen y habitan la ciudad.

Una investigación así no busca escamotear el debate sobre la acción que la televisión ejerce en nuestra sociedad.

Por el contrario, lo que intenta es sacar ese debate de los ámbitos académicos -de sus inercias ideológicas y sus modas teóricas, de sus circuitos de prestigio y de sus narcisismos- para interpelar directa y especialmente a los educadores, a los creadores de televisión y a los que trazan sus políticas.

A los primeros porque la escuela no puede seguir desconociendo el reto cultural que le plantea la brecha cada día más ancha que los medios -y en especial la televisión- introducen entre la sensibilidad, la cultura, desde la que enseñan los maestros, y aquella otra desde la que los alumnos aprenden.

Pues sólo asumiendo a los medios como dimensión estratégica de la cultura hoy podrá la escuela interactuar con el país; con los nuevos campos de experiencia -reorganización de los saberes, flujos de información y redes de intercambios, hibridaciones de la ciencia, el arte, del trabajo y el ocio- con el horizonte laboral de las nueva figuras profesionales, y con los nuevos modos de representación y acción ciudadanas.

A los creadores de televisión este estudio les hace un llamado a pensar una televisión para niños que no los infantilice sino que los asuma como sujetos y ciudadanos en construcción, dotados de una especial sensibilidad hacia el juego de las imágenes y los sonidos, y por lo tanto hacia la multiplicidad de narrativas y escrituras que posibilitan las nuevas tecnologías audiovisuales e informáticas.

Lo que en modo alguno significa que los niños no puedan pensar o analizar sino que lo hacen de otras formas y con otros discursos, que los creadores deben aprender para poder interesarlos verdaderamente.

Por qué si hoy tenemos una espléndida y creciente literatura escrita para niños no podemos contar con una literatura televisiva para ellos?

La respuesta a esa pregunta se halla básicamente en la ausencia de unas políticas de televisión que estimulen esa literatura.

Es por ello que a los que trazan las políticas de televisión; en un momento en que ese medio atraviesa en Colombia su más compleja y contradictoria transformación; la investigación que presentamos les plantea la responsabilidad ineludible de abrir para los niños y adolescentes un lugar tanto en la televisión pública como en la privada o la mixta.

Un lugar digno de lo que nuestra sociedad se juega en ellos, esto es no en el tiempo más barato; ni en los géneros más facilones, sino en horas y géneros que exijan tanto o más creatividad que aquéllos que resultan más rentables.

El Estado no puede dimitir de su obligación constitucional de tutelar los derechos de las colectividades, como lo son los de los niños; lo que decididamente implica abrir la televisión pública a una investigación y experimentación estética y pedagógica que ponga en juego, que active la propia creatividad narrativa y analítica de los niños.

Y también el Estado puede y debe exigirles a los nuevos canales privados un mínimo de inversión social en el desarrollo de una programación familiar que se haga cargo, no moralista sino culturalmente; de la profunda relación entre una crisis de sociedad que afecta a todas sus instituciones y organizaciones; y una crisis de familia que tiene en la relación de los niños con la televisión uno de sus momentos más delicados y a la vez promisorios.

Joshua Meyrowitz ha comprendido como pocos lo que hay de verdaderamente revolucionario en la televisión cuando afirma; “Al autorizar a los niños a asistir a las guerras, a los entierros, a los juegos de seducción, los interludios sexuales y las intrigas criminales; la pequeña pantalla les expone a los temas y los comportamientos que los adultos se esforzaron por ocultarles durante siglos”.

Que no se nos malinterprete lo que esta investigación busca plantearle a la Comisión Nacional de Televisión, al Ministerio de Comunicaciones, a Inravisión; y al Ministerio de Cultura

-que es el llamado en adelante a trazar las políticas estratégicas que articulen la cultura; la comunicación y la educación- es que si los niños dedican en promedio solo el 25% de sus preferencias a la programación infantil y el resto a la de adultos; ello obedece a que al no depender su uso de algún complejo código de acceso la televisión ha transformado radicalmente los seculares modos de circulación de la información en el hogar.

Estamos ante un desafío que pone al descubierto no solo el desconcierto de nuestra sociedad ante la profunda reorganización que hoy atraviesan los modelos de socialización; -pues ni los padres constituyen ya el patrón-eje de las conductas, ni la escuela es el único lugar legitimado del saber, ni el libro es el centro que articula la cultura-; sino también lo que implica de perversión social que el escenario de los nuevos modelos sean unos medios de comunicación; sometidos cada día más descaradamente a la misma lógica, del negocio, que rige los conglomerados económicos, y a los ritmos de obsolescencia de cualquier otro producto mercantil.

2. Tanto en sus hipótesis como en sus estrategias metodológicas; esta investigación busca romper al mismo tiempo con el análisis behaviorista que torna protagónicos los efectos de la televisión sobre los comportamientos del niño; y con el análisis contenidista que se agota en el moralismo o en el ideologismo denuncista.

Frente a ese doble reduccionismo proponemos una investigación que explora el universo de los imaginarios infantiles desde dos tipos de ámbitos sociales.

Uno, el que implican las “relaciones de proximidad”, de identificación y pertenencia que en la realidad cotidiana de los niños configuran la familia y el barrio; otro, el que sólo es percibido por los niños como objeto de proyección más que de vivencia, de ensoñaciones más que de experiencia; que es el conformado por la ciudad, el país y el mundo.

En el primero sólo la familia aparece implicando a los niños de todos los estratos sociales, a diferencia del barrio que; en la presencia/ausencia de su implicación real, marca una clara diferencia de culturas de clase; mientras para los niños de sectores populares el barrio constituye “su mundo”; para los estratos medios y altos o no existe o el barrio juega las veces del conjunto cerrado.

En el segundo tipo de ámbitos tanto la ciudad como el país y el mundo se revelan para los niños como ámbitos sobre los que proyectan sus frustraciones o sus expectativas; territorios cuya realidad está hecha de sueños y de pesadillas. Pero aún así la ciudad configura un ámbito especial, pues a la vez que configura un lugar mediador entre la pertenencia y la proyección; lo que más fuertemente marca su imaginario es también la diferencia de culturas de clase.

Es esa densa gama de relaciones sociales, de implicaciones identitarias y proyecciones deslocalizantes; la que permite a la investigación escapar a la mirada especular que reduce el ver de los niños; a lo que con él hace la televisión y asimila ésta al oficio maléfico de seducirlos y atontarlos.

Y nos posibilita poner al descubierto la compleja red de interacciones que los niños mantienen con la televisión.

Pues si en una primera aproximación pareciera que la televisión resulta mucho más protagónica; en los imaginarios marcados por la proyección -el país y el mundo, a los que la mayoría de los niños accedería sólo imaginariamente-; una segunda mirada descubre que la interacción de los niños con la televisión es mucho más activa, estrecha y rica; fuente a la vez de asombro y cuestionamiento al examinar las imágenes que moldean la percepción de la familia y del barrio.

Lo que conduce a la investigación hacia un serio esfuerzo metodológico que permita deshacer la confusión entre la imaginación de los niños y las imágenes de la televisión; ya que lo que ahí está en juego es nada menos que la posibilidad de desentrañar y descifrar la percepción que los niños tienen de su entorno vital; y los modos y grados en que esa percepción se halla moldeada, menos por los contenidos y las imágenes que brinda el medio; que por una nueva sensibilidad en la que trabajan no solo la televisión sino el conjunto de los medios audiovisuales: videoclips, videojuegos, cinevideo, etc.

Esfuerzo metodológico que se ha visto recompensado, por ejemplo, al permitir contrastar las positivas y hasta idílicas imágenes de la familia; que los niños exponen en un taller en que se les invita a hablar directamente de la familia de cada uno; con las críticas y dolorosas imágenes que aparecen en los psicodramas mediante los cuales los niños relatan y escenifican su vida cotidiana.

O, caso contrario, la intrincada mezcla de experiencias e imágenes; de percepción cotidiana y lenguaje televisivo; con que los niños construyen los noticieros en los que escenifican la vida del país y del mundo.

Frente a las borrosas y evasivas imágenes que se ese mismo mundo; y del país expresaron especialmente los niños de sectores populares al construir mapas, gráficos y relatos con dibujos y fotografías tomadas de periódicos y revistas.

Investigar la relación de los niños con la televisión es algo muy distinto a contar el número de escenas de violencia que contiene un programa, o a observar; -como en ratitas de laboratorio- las reacciones de los niños, incluidas las que contienen sus propios relatos.

Investigar las interacciones obliga a desmontar las versiones aparentemente más espontáneas y realistas; multiplicando los contrastes que hoy posibilitan la etnografía, la discusión en grupo, las encuestas o los diferentes tipos de relatos y escenificaciones. Solo así se hace posible escapar a los “clichés” y los estereotipos que tenazmente siguen simplificando y deformando la relación de los niños con la televisión.

3. Resulta indispensable explicitar el hecho de que haya sido el Ministerio de Comunicaciones, a través de su División de Comunicación Social, el que ha patrocinado y financiado esta investigación.

Afortunadamente en los últimos años se ha ido abriendo campo a la investigación entre las actividades de este Ministerio. Pero se trata aún de una actividad esporádica, lo que está impidiendo avanzar verdaderamente en un tipo de investigación como el que estamos proponiendo; esto es ligado expresamente a las demandas de los educadores, de los creadores en medios y de los que trazan sus políticas.

El esfuerzo que representan las nuevas pistas de indagación abiertas por esta investigación necesitan de un continuidad; sin la cual resulta imposible valorar lo que realmente hay en ellas de aporte a la comprensión de lo que nuestros niños hacen.

Con lo que ven en la televisión y de la construcción de una televisión que ayude a la formación de ciudadanos, desde que son niños.

Vivimos un país que sigue atrapado en la más flagrante contradicción entre la continua modernización de los medios y tecnologías; mientras la incomunicación entre gobernantes y gobernados, entre campo y ciudad, entre centro y regiones marginadas, entre actores sociales, económicos y políticos, crece cada día.

Y más hoy cuando, de un lado, los acontecimientos que ha vivido el país en los últimos años han hecho evidente el papel estratégico de la televisión; en la vida política y en la renovación de su democracia.

Y de otro, cuando el sistema nacional de televisión está atravesando la enorme y contradictoria transformación que implica la aparición de los canales privados; de los canales locales y los comunitarios; al mismo tiempo que los sistemas vía satélite y cable replantean radicalmente la relación de la televisión con lo nacional y con lo regional latinoamericano.

Sin investigación de lo que esos cambios están produciendo culturalmente en el país; -y especialmente en lo que atañe a la relación de los niños y los jóvenes con los medios y las tecnologías audiovisuales-

Las políticas de comunicación, y particularmente las de televisión; seguirán atrapadas en la impotencia y la retórica a la que las reducen los intereses cruzados de los conglomerados económicos y los grupos políticos; o limitadas a seguir normativamente a la zaga de los incesantes y cada día más acelerados cambios tecnológicos.

En adelante será aún más difícil que el país pueda aprovechar el aporte que los medios de comunicación podrían brindarle a sus procesos de paz; de reconstrucción del tejido social y de renovación política si las instituciones que tienen que ver con los procesos de comunicación y las dinámicas del cambio cultural; -Ministerios de Comunicación, de Cultura y Educación, y Comisión Nacional de Televisión-; no aúnan esfuerzos para hacer de la investigación uno de los elementos constitutivos del mapa que requieren las políticas de comunicación y de cultura.

Y si no logran movilizar a las universidades para que inserten su investigación en ese empeño.

Bogotá, Enero 10 de 1998

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