Imágenes de Barrio y Ciudad, parte 3

EN EL CAMPO LOS BARRIOS NO EXISTEN

En el imaginario de los niños indígenas el barrio sólo existe en las ciudades, sin embargo, por el tamaño de su vereda, ésta sería análoga al barrio popular de la ciudad: tiene parque, tienda, iglesia, escuela, mercado semanal; los mismos lugares que los niños populares mencionan de sus barrios.

Y al igual que ellos, los niños indígenas también quieren su vereda, les parece bonita, incluyendo el mercado de cada jueves, que transforma la vida porque llega gente de todas partes. Este sentimiento expresa un fuerte arraigo a su territorio y a la comunidad indígena.

Y al igual que los niños populares de la ciudad, también han vivido directamente la violencia, aunque tampoco saben de dónde viene: se refieren a la violación de derechos humanos, a las matanzas, a la guerra, pero no parecen tener conciencia del conflicto. Las historias que cuentan de su comunidad nos hablan de las maneras como el mundo de la familia se disuelve en el resguardo: las fronteras entre los dos ámbitos son borrosas.

Sus vivencias en cada universo se instalan en el mismo lugar de la memoria: relatos de peleas entre los papás y peleas entre borrachos por tierras. La separación entre el mundo público o privado es una característica de la vida de las ciudades que no ha penetrado en las comunidades indígenas.

Tal vez esa articulación ha mantenido los vínculos y afectos entre sus miembros: los niños sienten la pertenencia a una comunidad y a un territorio, y a pesar de las violencias que narran, no experimentan los miedos de los niños de la ciudad como experiencia generalizada, asociada al peligro que cada uno corre. Ellos dominan sus calles y caminos, los han recorrido, éstos les pertenecen.

Para los niños negros de Zaragoza, el barrio también está relacionado con lo urbano. Sus imágenes de barrio se han construido desde la experiencia de visitar algunos barrios de Buenaventura y de Cali: el barrio es uniformidad – todas las casas son iguales en su forma y color – y es pantano.

Los barrios que han visitado son algunos de los más pobres de la ciudad (invasiones), porque es ahí donde vive la mayoría de la población negra que ha emigrado. Desde esta experiencia, para el niño negro los barrios de la televisión son absolutamente distintos a los de la “realidad”. Su noción de barrio está hecha de una instalación física.

LAS IMAGENES DE BARRIO Y LAS REPRESENTACIONES DEL BARRIO QUE PASAN POR LA TELEVISIÓN.

Los cruces entre las nociones de barrio asociadas a la experiencia vivida y las representaciones de la TV, no son del todo claras. De un lado, las imágenes que nacen de los trayectos y vínculos con sus propios barrios, en donde pasan gran parte de su tiempo. De otro lado, los barrios de la televisión — bastante distintos los unos de los otros: desde el vecindario de El Chavo del Ocho hasta el condominio de Conjunto Cerrado.

Es posible que en las descripciones de los barrios que desean aparezcan rasgos de algunos de esos barrios “mediáticos”, pero realmente no podríamos aseverar que son ellos los que se instalan seductoramente en su imaginario. Lo que si podemos ver de manera clara es la incorporación que el lenguaje de la televisión ha hecho de algunas de las transformaciones que han experimentado los habitantes de la ciudad y de las nuevas formas de lo barrial que se han ido configurando.

El barrio sigue siendo un espacio clave de la socialización, es ahí donde se crean las primeras representaciones de la ciudad. Sin embargo, la televisión se ha constituido en un lugar importante de la vida de los niños. Los niños viven su cotidianidad entre la escuela, el barrio, la casa – que es en gran medida la TV ya que el tiempo que los niños pasan ahí es potencialmente el tiempo de la recepción -.

Las imágenes de barrio resultan de la articulación conflictiva y difusa de la realidad y la ficción – y más específicamente de las lecturas que desde esa realidad hacen los niños de esas ficciones -: los referentes son construcciones de la mirada y en este sentido son el producto de arraigos, memorias, carencias, miedos, sueños que configuran los imaginarios del niño. Pero el conflicto resulta en el momento de la confrontación que hace el niño en su lectura de las representaciones de la televisión con su propia vida.

Antes de este momento los sueños del barrio están hechos de la solución de las carencias: sin violencias, sin contaminación, con buenas relaciones entre vecinos.

Al enfocar la mirada a las historias del barrio que pasan por la televisión, constatan la diferencia con la “otra” ciudad, y el sueño adquiere visibilidad: es que es exactamente el barrio de De Pies a Cabeza o de Conjunto Cerrado el que han soñado: A través de la TV los niños miran la “otra ciudad”.

A través de la TV han accedido “visualmente a un mundo happy”: el conflicto con los amigos y vecinos siempre es resuelto, se puede caminar tranquilo, correr por zonas verdes, tener casa propia o apartamento moderno. Y es en esa mirada de un barrio o una ciudad distinta que el sueño se convierte en “posible”: “Es como un jardín grande, bello, no hay problemas, hay con quien jugar, los vecinos se tratan bien y se entienden, no hay peligro”, dicen los niños de Cali del barrio de De Pies a Cabezas.

Desear vivir en uno de los barrios representados en la televisión a menudo significa preferirlo a su propio barrio. En pocos casos, sobre todo en los niños de estrato medio, el arraigo territorial, los recuerdos, los amigos, son tan fuertes que prefieren su barrio.

La mayoría expresa el deseo de un espacio bonito, sano y seguro, y unas relaciones amigables entre los vecinos, como en los barrios de la TV (específicamente de De Pies a Cabeza y Conjunto Cerrado, porque El Chavo, aunque es uno de los programas favoritos, no representa un barrio atractivo para ellos: algunos incluso encuentran parecidos con su barrio).

Las imágenes de seguridad, tranquilidad y ausencia de peligro que proporcionan los barrios de la televisión, representan, quizás, lo más atractivo para los niños de estrato popular y medio: “Casi en todos los barrios roban niños menos en el de María la del Barrio porque es una novela”, dice una niña de estrato popular de Cali.

La TV permite mirar y conocer de fondo lo que sólo es posible ojear a través de los trayectos por la ciudad. En este sentido, la vida en un conjunto cerrado parece imaginarse conforme a lo que representa la televisión y, como tal, es deseada.

Pero la forma como se da la articulación entre referentes televisivos y referentes reales (construidos desde la experiencia directa con la ciudad) es tan compleja, que entre los barrios de la ciudad los niños prefieren su barrio – específicamente los niños de San Nicolás – pero entre los barrios de la TV y su barrio prefieren los de la TV.

En la descripción que los niños populares hacen de lo barrios de la televisión aparecen dos aspectos que conformarían su noción de barrio: la idea de las relaciones (amistosas o conflictivas) entre sus habitantes o vecinos, y la idea de un entorno físico y unos usos específicos de ese entorno (para reunión de los vecinos, para el juego, etc).

En los niños de estrato alto la lectura de estas representaciones resulta más complicada: ellos habitan un mundo real de privilegios y carencias, y esta paradoja hace que haya tanto, por un lado, valoración de ciertos rasgos presentes en esas representaciones (los que tienen que ver con las relaciones de amistad), como crítica radical, a veces cargada de cierto tono prepotente, de otros rasgos (la antigüedad del barrio de El Chavo, la polución de unos, lo aburrido de otros. Un niño de estrato alto dice que “los pelados de Conjunto Cerrado y de De Pies a Cabeza son pirobos y gomelos”).

Sin embargo, esta lectura, por lo menos en sus discursos, no conduce a la elaboración de un “posible” o un sueño de barrio. Para algunos la naturaleza de la televisión es distinta a la de la vida y no permite comparaciones: “los barrios de la TV son mejores porque uno tiene superamigos, pero eso es mucha mentira porque no creo que haya tantos amigos”, dice un niño de estrato alto de Cali. A pesar de las demandas reales de estos niños se niegan a ver en los referentes televisivos una posibilidad.

El barrio es cotidianidad, es paisaje que se recorre. Los niños del campo participan de la ciudad a través del consumo de imágenes televisivas. No obstante, las lecturas del discurso de la televisión realizada por los niños negros e indígenas señalan un abismo gigante entre estos dos grupos. Lógicamente para ellos el barrio y la ciudad son representaciones aprehendidas a través de los massmedia, referentes visuales o virtuales, ausentes de su experiencia “real”, en tanto directa, con el mundo.

Para los niños indígenas esta diferencia no opera como confrontación de la propia experiencia. Desde su lugar, en el campo, reconocen lo específico de la vida del barrio pero no la añoran ni la convierten en deseo.

Los niños negros si viven el sueño de la ciudad como progreso y en este sentido, a través de las representaciones televisivas del barrio, experimentan su entorno como carente de los espacios propios de la ciudad (centros comerciales, parques, casas bonitas, etc.). Para ellos las imágenes de barrio y de ciudad que pasan por la TV ni siquiera compiten con su entorno sino que son vistas desde la carencia y del deseo de una experiencia urbana.

MIRAR LA CIUDAD

Las ciudades han sido pensadas desde diversos lugares y disciplinas. Desde distintas perspectivas las ciencias sociales han desplazado sus miradas a los modos de vivirlas y habitarlas. Hace dos años (1995) un grupo de intelectuales convocados por el Ministerio de Desarrollo en nuestro país, plantearon una manera de focalizar los estudios alrdedor de la ciudad:

«La ciudad como unidad socioespacial básica de soporte de la producción cultural, de la innovación social y de la actividad económica del mundo contemporáneo, no es un objeto simple, ni un artefacto, ni un bien manufacturado, es un organismo complejo…» |1| .

El reconocimiento de la ciudad como un espacio clave en la producción y el consumo simbólico, y sobre todo como experiencia vital donde se construyen las percepciones, los miedos, los lenguajes y las utopías de nuestra época, nos condujo a la pregunta acerca de los modos como los niños y niñas, urbanos pero también rurales, perciben esta experiencia; de qué estan hechas sus imágenes de ciudad; en qué medida las transformaciones que atraviesa la cultura cotidiana de las gentes se están haciendo presentes en esas imágenes y percepciones infantiles de la experiencia urbana; nos están hablando estas imágenes de cambios en los comportamientos y las sensibilidades de los habitantes de nuestras ciudades; de qué modo los medios de comunicación generan o atraviesan estos cambios.

Partimos del hecho de reconocer que los niños conocen, saben de la ciudad, bien sea como habitantes de ella, como visitantes esporádicos, como oyentes fieles de las narraciones que hacen de su paso por la ciudad sus familiares o amigos, o como consumidores de una información a través de la radio y de monitores o pantallas de TV.

Nos interesa la ciudad como experiencia, en el sentido en que Walter Benjamin lo planteaba, como universo vivido y sentido. Espacio que determina e impone una serie de comportamientos, hábitos y destrezas, pero también lugar móvil, hecho o construido por sus habitantes, por sus miedos, y también por sus sueños. Y sobre todo, como espacio donde tienen lugar los nuevos modos de vivir, ver y percibir el mundo.

Las imágenes y representaciones de la ciudad, hechas de recuerdos, sensaciones múltiples, percepciones cotidianas, se construyen, a nuestro modo de ver, desde tres lugares claves: De un lado, desde el pedazo de ciudad que habitamos y todo lo que esto significa de dominio y participación o de segregación y exclusión de los privilegios que la ciudad ofrece: en las periferias un niño habita y contempla una ciudad que excluye, una ciudad distinta a la que otro contempla desde un apartamento en el décimo piso de un edificio.

De otro lado está el asunto generacional que determina las diversas percepciones del espacio urbano – más específicamente de la calle – y los vínculos o arraigos con territorios o fragmentos de territorio urbano.

«… la ciudad, en cuanto «representación», es algo mucho más complejo y móvil que ese pesado artefacto físico de casas y torres de hormigón. Ella deviene cambiante y es históricamente relativa a las racionalidades éticas y estéticas que imponen las generaciones» |2| .

Finalmente están las representaciones de la ciudad y del mundo que circulan por los medios masivos y que entran a hacer parte, atravesándolo de diversos modos, del universo imaginario de los habitantes de la ciudad.

La reconstrucción de las imágenes y nociones que los niños tienen de la ciudad la realizamos a través del cruce de dos aspectos: En primer lugar, los usos y recorridos que los niños hacen de su ciudad y las maneras como nombran esos recorridos, lo cual daría cuenta de sus modos de habitarla y de sus percepciones de esta experiencia.

De otro lado, miraríamos la manera como aparecen en sus «relatos» las imágenes vistas y «aprendidas» de los discursos audiovisuales y massmediáticos a través de los cuales describen la ciudad. En medio de la diversidad de percepciones y sueños que componen la ciudad, de su fragmentación y de la velocidad de sus transformaciones, «descifrar» y pensar la ciudad de los niños termina siendo una tarea bastante compleja.

La tv es la ciudad, la ciudad es la tv

En la ciudad, en cualquier casa, calle, oficina, consultorio, restaurante, está puesto un monitor de televisión que permanentemente emite imágenes de distintas ciudades y desde distintos ángulos.

La ciudad vivida se cruza en cualquier lugar, aunque de una manera no muy clara, con la ciudad virtual; así, los habitantes de aquella ciudad en particular, saben de las otras y aprenden incluso a amarlas o a odiarlas, y del mismo modo ocurre con las ciudades «propias».

Tal vez el signo tecnológico de la ciudad es la televisión. Otros replicarán diciendo que es el computador, el Internet. Pero aún a pesar de esta posibilidad informativa que prolifera en las ciudades, la televisión sigue estando presente en todas o casi todas las viviendas de la ciudad y ocupando gran parte del tiempo, no siempre libre, de sus habitantes.

Ciudad invadida de pantallas y pantallas invadidas de ciudades. Vivencia directa de la ciudad y consumo de imágenes de la propia ciudad y de otras. De esta doble experiencia nacen las representaciones de ciudad, la ciudad imaginada o imaginaria.

«En la ciudad diseminada o inabarcable sólo el medio posibilita una experiencia – simulacro de la ciudad global: es en la televisión donde la cámara del helicóptero nos permite acceder a una imagen de la densidad del tráfico en las avenidas o de la vastedad y desolación de los barrios de invasión, es en la televisión o en la radio donde cotidianamente conectamos con lo que en la ciudad «que vivimos» sucede y nos implica por más lejos que de ello estemos…» |3| .

¿Hacen parte – y de qué modo – estas imágenes televisivas de ciudades próximas o lejanas, de las representaciones o imágenes que los niños tienen de la ciudad? ¿De qué manera se realiza el encuentro entre la experiencia directa de la ciudad y las imágenes y discursos massmediáticos o experiencia indirecta? ¿Qué elementos conforman las representaciones de la ciudad que construyen los niños urbanos y rurales?

LOS NIÑOS URBANOS: LA CIUDAD DEL CONSUMO

Los niños de los distintos estratos parecen habitar ciudades distintas. No sólo – es casi obvio decirlo – porque los barrios donde viven y la ubicación de estos barrios dentro de la totalidad de la ciudad determinan, o la posibilidad de participar y dominar una ciudad que es central – la “tacita de plata” que crece y prospera – o la marginación a las periferias y cerros de esa ciudad, y desde ahí percibirla; sino por los tipos de desplazamientos y viajes que hacen dentro de la ciudad y la frecuencia con que se realizan esos viajes.

Estos viajes constituyen una de las experiencias que terminan fijando las marcas o huellas que crea la experiencia «directa» de la ciudad. Pero otro elemento clave en ese imaginario es la vivencia «real» de caminar y visitar otras ciudades.

La ciudad querida de los niños populares

Los niños de estrato bajo de Cali y Pereira y medio de Cali – a los que hemos denominado niños populares; – conforman la segunda o tercera generación de migrantes. Sus padres vinieron a la ciudad seducidos por el universo de posibilidades que las ciudades ofrecen; conformando las masas urbanas, aquello que José Luis Romero denominó sociedades anómicas |4|.

Pero ellos han nacido en la ciudad, y atrás; sólo en la memoria de sus padres, ha quedado el conflicto entre el pasado rural y la lógica que imponía lo urbano. «El pasado se perdía irremisiblemente en las grandes ciudades»; escribe Romero con respecto a esa inserción de migrantes a la vida urbana.

La ciudad vivida de estos niños parece reducirse a su propio barrio. Su experiencia cotidiana de ciudadanos es la de pertenecer a un fragmento de ciudad donde viven, juegan, estudian. Aquellas dimensiones que conforman la vida de la infancia – la escuela, la calle y la familia – hacen parte del mismo territorio; entonces sus vínculos afectivos con la ciudad y la memoria que construyen de ella están hechos de la estrecha relación con su barrio.

Sus desplazamientos o viajes dentro de la ciudad son bastante limitados. Tal vez la recreación, que incluye las visitas a los familiares y, en menor medida, el consumo; constituyen sus únicos recorridos por la otra ciudad, aquella que se extiende más allá de las fronteras de su entorno.

Estos desplazamientos son realizados en buses, quizás la forma más frecuente de viajar por la ciudad que han experimentado. Y esto, lógicamente, significa reconocer ciertas calles por las que pasan las rutas, que seguramente son siempre las mismas. La ciudad es vista a través de una ventanilla.

Al lado de los lugares populares de recreación (centros deportivos con piscinas, zoológicos); existen dos lugares que hacen parte de las visitas que las familias de los barrios populares hacen en la ciudad: los centros comerciales y el centro histórico.

Las calles vacías de un domingo, las plazoletas, las iglesias, son revisitadas como una manera de reconocimiento y apropiación de la ciudad que se habita. La ciudad es algo grande, con muchas vías y con grandes distancias, pero además es un lugar bello porque hay sitios históricos.

El centro tradicional sigue siendo en los niños populares una especie de condensación de toda la ciudad. Allí se toman las fotografías con sus padres, al lado de la palomas de la Plaza de San Francisco o de la Ermita en Cali. Caminar y fotografiarse en el centro constituye un paseo familiar.

Pero uno de los lugares que más les gusta de la ciudad a los niños populares son los centros comerciales; – indicio de la seducción que el consumo ejerce sobre estos estratos -.

A pesar de que los objetos son comprados en el centro (por los bajos precios); los niños se refieren al centro comercial como ese lugar que les ofrece las cosas «bonitas»; donde pueden deleitarse tranquilamente con la mirada, aún sabiendo de la imposibilidad de poseerlas.

Incluso los otros sitios del consumo popular como el centro, la galería, la «olla»; representan los lugares de la ciudad más criticados, menos deseados por ellos. Aunque constituyen los sitios habitados y construidos por sectores populares; son los lugares de la «otra» ciudad, de la ciudad próspera, los que seducen sus miradas.

Sitios que no sólo representan un tipo de consumo al que no tienen acceso; sino una estética, un modo de caminar, de vivir la ciudad desde el «lujo ostentoso». Segregados a las periferias participan, a través de la mirada y el deseo, de un universo, un look; que impone su lógica y su estética a la ciudad.

Su mundo imaginario está hecho de experiencias incoherentes, desencontradas; al mismo tiempo que el centro comercial se convierte en uno de los pocos lugares que «convoca» hoy a los habitantes de diversos sectores de la ciudad a estar juntos.

Al lado de éstos los niños nombran con bastante entusiasmo los sitios construidos explícitamente para la recreación popular: parques, zoológicos, centros recreativos con piscinas, etc.

La violencia nos va a dañar nuestra vida y nuestro futuro: la ciudad no deseada de los niños populares.

Quizás en las imágenes violentas de la ciudad podemos hablar de una correspondencia entre los niños de los estratos bajo y medio de Cali. Si el barrio representa para ellos el lugar más próximo, el más amado, espacio donde experimentan cotidianamente la ciudad; y, a la vez, espacio y experiencia que genera los miedos a la calle, la ciudad parece ser una extensión sobredimensionada de esa sensación.

Aquí la ciudad ha dejado de ser una abstracción, es decir, un referente total, para ser una imagen de la ciudad propia, la que se habita, a la que se pertenece. La ciudad es entonces violencia, robos, «locos». Así, su propia experiencia parece ser corroborada y extendida a la totalidad de la ciudad, a la otra ciudad; aquella que queda más allá de las fronteras de sus barrios.

La ciudad, la «otra ciudad», no sólo representada desde esos viajes narrados sino, también; desde la construcción que hacen los medios masivos, especialmente la televisión, de la propia ciudad. Y decimos que es una construcción de los medios no sólo porque la mayoría de relatos televisivos «representan» un paisaje y una sensibilidad urbanas; sino por el modo como esa violencia es nombrada por los niños.

A diferencia de los relatos violentos sobre el barrio, experimentados directamente y descritos de manera intensa como aquello que «realmente» les genera los miedos; sus formas de nombrar la violencia de la ciudad parecen hablarnos de una idea aprendida, una imagen que hace natural a la ciudad esas violencias; a la vez que las vuelve abstractas, vagas.

Ellos no nombran hechos o situaciones concretas que hagan parte de su propia experiencia como habitantes urbanos – como lo hacen al hablar del barrio -; sino que se refieren a «la guerra», a «la gente mala», a «la gente que roba», a «los ladrones», a «la violencia».

Para los niños de estrato medio de Cali resulta difícil mencionar y pensar en las cosas que les gustan o no; de los ambientes generales de la vida urbana: «no me gusta que la guerrilla se está viniendo para Cali»; y «la gente cruel de la ciudad», dicen.

A estas imágenes «negativas» les podemos agregar el disgusto de los niños de Pereira por la congestión de las calles; y la inseguridad de algunos lugares como la galería. Lo primero daría cuenta de los desplazamientos y viajes urbanos que realizan; los cuales parecen ser más frecuentes en el niño de estrato medio que en el de estrato popular.

Lo segundo nos hablaría de la confrontación de esos espacios tradicionales con los nuevos lugares que han venido desplazándolos; en los cuales los niños se sienten más seguros. Nos referimos a los supermercados, donde a las ofertas de consumo y a la limpieza, se suman las garantías de seguridad.

Esta cuestión de la inseguridad en la ciudad, nombrada reiteradamente en sus discursos; parece sobrepasar la asociación a lugares específicos y atravesar sus representaciones e imágenes de la ciudad como totalidad.

Al momento de comparar sus “propias” ciudades con otras, casi siempre lo hacen en relación con lo rural. «En los pueblos la gente es fresca y deja la puerta abierta», dice una niña.

Nuevamente la inseguridad es percibida como algo natural a la ciudad. Sin embargo, algunas ciudades resultan más seguras que otras. Pereira, por ejemplo, «es más segura que Bogotá o Medellín».

Sus mediciones de la violencia de la ciudad tienen como referente los Estados Unidos. Para algunos «allá» es más violento, para otros «aquí». ¿De qué nos están hablando estas imágenes de violencia si no es de un consumo de referentes mediáticos; que ponen como espejo las ciudades, la política, la economía y la cultura de los Estados Unidos?.


|1|. Del informe del Ministerio de Desarrollo. Tomado de “Ciudad y Complejidad: la magnitud del reto”. En Pensar la ciudad. Bogotá: TM Editores, 1996. pp 22.
|2|. Cruz Kronfly, Fernando. “La ciudad como Representación”. Revista Politeia. Pg 45.
|3|. Barbero, Jesús Martín. “Paradigmas de la comunicación y sensibilidades urbanas”. En Pensar la ciudad. Bogotá: TM Editores. 1996. pp. 62.
|4|. Veáse José Luis Romero, “Las Ciudades Masificadas”. En Latinoamerica, las ciudades y las ideas. Bogotá: Siglo XXI, 1984.

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