Gustavo Humberto Rodríguez, un Hombre Íntrego(Homenaje póstumo)

María Carolina Rodríguez Ruiz1

I. Los Primeros Años en Boyacá

UNA LLUVIOSA TARDE DE OCTUBRE, EN PLENA PLAZA principal de Tunja, el Presidente de la Academia Boyacense de Historia, Javier Ocampo López, le dijo a mi hija cuando tenía cuatro años: “Tu abuelo fue un hombre muy importante”. En efecto lo fue, pero debo agregar que fue un gran ser humano. Así he tratado de explicárselo a mi hija, para quien cada día que pasa su recuerdo más se desvanece.

Mi padre nació el 30 de enero de 1922 en una hermosa población del oriente boyacense llamada Miraflores, cuna de ilustres personajes de la vida nacional como el General Santos Acosta, Sergio Camargo y el pintor Jesús María Zamora, ubicada en la Provincia de Lengupá, “El Quindío Boyacense”, como alguna vez la llamó. Fue el hijo número doce de trece, de los que solamente sobrevivieron seis, y el menor de los hombres. Recuerdo que fue el consentido de su madre y de sus hermanos mayores. Humbertico, le decían cariñosamente, mientras que sus amigos de infancia y juventud, lo llamaban el Mono Rodríguez.

Desde muy temprana edad reveló su prodigiosa inteligencia, cuando cursando segundo de primaria fue el creador y rudimentario editor de un periódico, llamado Rasguñitos, de un solo ejemplar que escribía con su puño y letra para contar los acontecimientos del pueblo, que circulaba de mano en mano entre los habitantes de Miraflores. Literalmente, fueron éstos sus primeros rasguños para incursionar en el mundo intelectual, del cual mi padre fue un gran exponente, como pedagogo, jurista, periodista, historiador y escritor prolífico.

Siendo todavía un niño perdió a su padre, de quien había aprendido el buen desempeño en la función pública. Mi abuelo fue varias veces alcalde y juez de su pueblo, me contó. Al poco tiempo, su madre lo envió a estudiar interno a la Escuela Normal para varones de Tunja, la capital de Boyacá, donde muy joven se hizo Institutor. Con grandes esfuerzos económicos concluyó su bachillerato en el Colegio de Boyacá y se quedó por varios años en Tunja, jugando buen fútbol, ganándose la vida como profesor y soñando con estudiar en Bogotá una carrera universitaria.

II. “La Violencia Me Puso a Estudiar Derecho”.

Quería estudiar arquitectura por su gran disposición al dibujo. Lamentablemente, cuando tuvo que salir de Tunja para Bogotá en la época de la violencia política, no pudo encontrar una facultad nocturna de arquitectura, razón por la cual se decidió a estudiar Derecho en la Universidad Libre. Si así se hizo abogado, no puedo imaginarme sus éxitos si hubiera logrado ser arquitecto. Durante el día, era profesor en reconocidos colegios de la ciudad. Impartió clases de geografía, historia, español, literatura y hasta de aritmética. Su primer libro, que aún conservo, lo escribió a mano en 1950, con “3000 ejercicios de mecanización y problemas de aplicación de aritmética”.

Una vez me contó que en el Colegio de las Señoritas Tovar de Bogotá, si mal no recuerdo, también era profesor el Dr. Carlos Medellín Forero, su colega y amigo, a quien mi padre le presentó a su alumna Susanita Becerra, quien se convertiría más tarde en su esposa y madre de sus hijos. Dicha amistad se truncó el 6 de noviembre de 1985 en el holocausto del Palacio de Justicia con la inútil muerte del Ex Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, el Dr. Carlos Medellín.

Pese al poco tiempo disponible para estudiar, mi padre fue un alumno ejemplar en la Facultad de Derecho, muy recordado por sus compañeros y profesores, muchos de éstos grandes personajes de la vida nacional, como el Dr. Carlos Lleras Restrepo (Hacienda Pública), Luis Carlos Pérez (Derecho Penal) Diego Montaña Cuéllar, Darío Echandía, Gerardo Molina (éstos tres últimos de filosofía) y Tulio Enrique Tascón (Derecho Constitucional), entre otros. Recientemente, el Dr. Samuel Buitrago, ex Consejero de Estado, me contó que mi papá le inspiraba a sus compañeros de curso tanto respeto, no solamente por ser unos años mayor que ellos, sino por su gran cultura y madurez, que le decían “Don Gustavo”. En abril de 1953, fue cofundador y redactor de un periódico universitario al que llamaron “Divulgación” del cual conservo solamente las cuatro primeras, no sé si únicas, entregas. En la primera, encabezaban el siguiente titular y artículo que reflejaban muy bien su pensamiento:

“I. Nuestros Propósitos

“Los pregona el título de esta hoja universitaria, que sin pretensiones de ninguna naturaleza va en busca del estudiantado en un gesto fraternal. DIVULGACIÓN no es un órgano de agitación partidista. Es y seguirá siendo una invitación a pensar. Y a examinar los grandes problemas humanos con un criterio objetivo y científico.

“Creemos sinceramente que las exigencias del momento histórico obligan al futuro profesional a capacitarse integralmente. A investigar y a reflexionar. Lo que supone el conocimiento de las grandes corrientes del pensamiento económico y político moderno.

“Y la adhesión a una fe constructiva en la inmanente eficacia del Derecho como elemento regulador de la vida social y en los postulados de una democracia orgánica, tecnificada y humanizada”.

Al poco tiempo de haber terminado su carrera, mi padre fue designado profesor y Decano de la Facultad de Educación de la misma Universidad Libre (junio de 1962), en donde más tarde ocuparía los cargos de Rector (encargado en 1965 y en propiedad en octubre de 1983) y de Presidente (1993-1995). Durante casi veinte años fue también profesor de la Facultad de Derecho, tanto en pregrado, como en postgrado, de ese claustro al que amó con verdadera pasión.

III. El Grado y el Matrimonio

Conocía a mi mamá Emmita Ruiz de casi toda la vida, porque su hermano Miguel Rodríguez se había casado con una hermana de mi abuela materna. Pero solamente a finales de 1956, se decidió a conquistar a esa bella mujer, emocionalmente inteligente. Tuvieron un noviazgo muy corto que terminó en matrimonio el 25 de mayo de 1957. La condición que le impuso mi mamá fue que se graduara como abogado y entonces, muy motivado presentó sus preparatorios y obtuvo el título de Doctor en Derecho el día 5 de abril de 1957. Para entonces, ya había adelantado el año rural como Juez en Ráquira, otra pintoresca población boyacense, en donde la primera noche lo “estrenaron” con el levantamiento de un cadáver. Primero optó por repasar todos sus apuntes de clase y el Código Penal para ver si encontraba cómo se hacía, pero no tuvo éxito, de manera que le tocó improvisar en tal levantamiento, me contó alguna vez muerto de risa.

Recién casados, mis padres se fueron a vivir a Barranquilla, en donde él desempeñó su primer cargo de abogado en Seguros La Libertad. Vivían modestamente en una pensión de una señora en un sector tradicional de esa ciudad. Pocos meses después se fueron para Sogamoso, en Boyacá, donde vivieron cerca de cinco años. Allí mi padre fue miembro principal del Directorio Liberal Municipal y Juez. En esta última calidad, orgullosamente le dio posesión a la primera Alcaldesa de Sogamoso, Merceditas Montejo. Después ejerció la profesión en forma independiente. Aunque sé que fue muy exitoso, en especial como penalista, la situación económica se resistía a mejorar: Huevos, gallinas y otras viandas eran los honorarios profesionales que a menudo recibía de sus clientes oriundos de la región.

Mi mamá lo persuadió de vivir en Bogotá. Ella creía premonitoriamente, que en esta ciudad él podría crecer profesional y económicamente. Fue nombrado juez de instrucción criminal y, en dicha calidad, comenzó a investigar a unos militares que habían posiblemente cometido un peculado. Las presiones no se hicieron esperar, pero él no cedía. Cuando estaba a punto de dictar los primeros autos de detención, su jefe lo citó para decirle que había un problema con su cargo, pues “la plaza” era para un conservador y no para un liberal, a lo que mi padre le respondió: “A buen entendedor, pocas palabras”. Acto seguido, le pidió prestada una máquina de escribir y redactó la renuncia que presentó en ese preciso momento.

IV. Sus Primeros Libros.- La Paternidad.

Literalmente, mis padres pasaron “las duras y las maduras” durante un largo tiempo. El no encontró un mejor oficio que pasarse las horas sentado a la máquina de escribir y, después, leyéndole a mi mamá los primeros capítulos de sus libros. Así nacieron Pruebas Criminales, Tomo I (1962), Tomo II (1963) y Tomo III (1965). Cuando comenzó a llegarle uno que otro caso, entonces escribía y después ensayaba sus magníficas defensas penales frente a ella como “jurado de conciencia”.

Por la misma época nací yo y, entonces, alternaba sus interminables jornadas de investigación y escritura, con el ritual de mi baño, una práctica muy poco común en los padres de los años sesentas. El ruido que hacía el tecleo de su máquina de escribir fue mi primer sonajero y, por muchos años, me sirvió de despertador, en especial, los fines de semana!. Yo era solo una bebé de tres meses cuando mi padre fue invitado a representar al país, entre otros delegados, a un Congreso Mundial de la Paz en Helsinki, donde el poco dinero extra que llevaba lo gastó en llamadas para preguntar por su “morraca”2 que casi se muere de una infección intestinal, y en una muñeca finlandesa que me compró y que adorna el cuarto de mi hija de siete años.

V. De Regreso a “La Tierra”3 .

Al poco tiempo, mi papá fue elegido Diputado a la Asamblea de Boyacá, para la legislatura de 1962-1963, Corporación de la cual fue su Presidente en noviembre de 1963. Fue su primer cargo políticoadministrativo. Obró como ponente de importantes proyectos de Ordenanzas, como la que aprobó el primer Código Fiscal Municipal, el primero en el país, y el Banco de Boyacá, entidad crediticia creada al servicio de los intereses sociales y públicos de ese Departamento. También impulsó la fundación del Municipio de Páez en su querida provincia de Lengupá, del Fondo de Préstamos Educativos del Departamento y la creación del Instituto Boyacense de Bellas Artes, con sede en Sogamoso. La prensa de la época registró así su desempeño como Diputado:

“Cuando Gustavo Humberto Rodríguez interviene en los debates de la Asamblea, se tiene la inconfundible sensación de estar asistiendo a una cátedra universitaria: sus planteamientos tienen el respaldo de un criterio maduro, de una mentalidad estructurada”4 .

Su labor como Diputado fue tan admirable y fructífera que, en octubre de 1965, la misma Asamblea lo eligió Contralor Departamental y él aceptó con la osada condición de que lo dejaran “controlar”, sin compromisos políticos partidistas. Como quiera que, por unanimidad, los demás Diputados aceptaron esa condición, ejerció el cargo con su apoyo y con lujo de resultados. En su discurso de posesión afirmó con contundencia: “(…). Se acabó conmigo la Contraloría como maquinaria electoral y nacerá, si es que no ha nacido antes, la Contraloría como institución de garantía y de vigilancia con autoridad, con prestigio y con seriedad! (…)”5 .

Alcanzo a recordar que me llevaba los sábados por la mañana a su oficina de la Contraloría Departamental, en donde me apoderaba de su escritorio para dibujar. La primera vez que lo hizo, llegué muy impactada a la casa, a contarle a mi mamá que mi papá tenía un trabajo de “bobos” pues solamente leía y leía y leía papeles (…). Sobraría explicar que, a mis tres años, tenía una concepción del trabajo totalmente física y no intelectual, tomada de la serie animada Los Picapiedra, que aún se transmite por televisión. Siendo Contralor de Boyacá, mi padre escribió El Peculado (1966), La Jurisdicción Coactiva (1967) y el Código Fiscal de Boyacá (1967), obras publicadas por cuenta del Fondo Rotatorio de Publicaciones de la Contraloría dentro de su colección Ciencias Jurídico-Fiscales.

En 1968 fue nombrado Gerente de la Lotería de Boyacá, cuando acuñó el eslogan publicitario que la hizo famosa: “Lotería de Boyacá, un sábado de pobre la sacará”, entidad a la que colocó, por sus utilidades, en los primeros lugares en el país. Desde allí, paralelamente, fue un promotor de la cultura, del turismo y del arte en Boyacá, organizando caravanas artísticas y magníficos espectáculos públicos en distintas poblaciones boyacenses para llevar a cabo los sorteos de la Lotería, en los que el producto bruto de las entradas lo destinaba al funcionamiento de los hospitales de la región. Hasta tuvo un programa de televisión que se transmitía los sábados a las ocho de la noche. Conservo vagos recuerdos de esos lúdicos eventos, en donde pude conocer a grandes artistas nacionales de ese entonces como Mario Gareña y la Negra Grande de Colombia, entre otros.

Al respecto de su encomiable labor, comentaba un periodista regional (lamentablemente carezco de la cita bibliográfica exacta): “Nos parece que esa es una forma laudable de servir a los intereses de Boyacá, y a los muy altos de la cultura. Los sorteos, que en hora nefanda fueron diversiones sub-judice de ingeniosos avivatos, son hoy, en la forma descrita, espectáculos de la más pública honestidad, y novedosa forma de llevar alegría y cultura a nuestros municipios olvidados (…)”.

VI. La Magistratura.- Su Primera Obra de Historia

Al poco tiempo y, luego de un paso fugaz por la Sala Penal del Tribunal Superior de Bogotá, fue elegido Magistrado del Tribunal Contencioso Administrativo de Cundinamarca, en reemplazo de otro gran jurista, el Dr. Hernando Herrera Vergara, quien hace pocos días me contó que, dado que contaba con tan solo 22 años de edad, no había podido ser nombrado en propiedad en el cargo, y por eso nombraron a mi papá en su reemplazo.

Al despedirse de su natal y amada Boyacá, en la prensa regional se escribieron estas letras que describen con gran acierto y fidelidad a Gustavo Humberto Rodríguez:

“En el panorama humano de Boyacá destácase la imagen de Gustavo Humberto Rodríguez con perfiles inconfundibles. No es un hombre del montón, uno de tantos seres inteligentes pero de común significación. No. El es un ser de excepcionales calidades en lo intelectual y en lo moral. Una mente despejada y abierta a los mil horizontes de la cultura. Un espíritu de selecta conformación, en que se enseñorea la bondad y rige el bien.

“Por tan eximias configuraciones, dondequiera que su presencia ha sido solicitada, lucen la eficiencia y compostura, el gentil ademán y la pulcra actuación, el brillo del talento, y la extraordinaria dedicación, la sencillez y la sobriedad en el desempeño aún de las más complicadas y exigentes situaciones. Ello ha ocurrido siempre. Si en el desempeño de la cátedra – que arranca desde el aula de la escuela primaria, pasa por la enseñanza media y se remota (sic) a las salas universitarias- es el profesor cumplido, diserto y extenso; si en el cargo público –tal la Contraloría Departamental de Boyacá- es el severo y digno funcionario, revaluador de sistemas, implantador de métodos modernos de vigilancia de la misión fiscal, honesto y emprendedor; si en la dirección de empresas comerciales –como la Lotería de Boyacá- es el ejecutivo dinámico, que explaya su conducta a planos insospechados en beneficio cultural y revelador de su amor al terruño.

“En suma, su paso por los distintos organismos estatales o particulares, deja honda, perdurable y ejemplarizante memoria. (…)”6 .

En 1970 mi padre escribió Pruebas Penales Colombianas y su primera obra de historia, Ezequiel Rojas y la Primera República Liberal, en la que además de dar abundantes e importantes datos biográficos del también boyacense Rojas, quien fuera el primer Rector de la Universidad Nacional y el fundador del Partido Liberal, demuestra que Colombia fue el primer país del mundo en el cual se organizaron, como instituciones, los partidos políticos. Sobre el particular, escribió:

“Pero una es la filosofía liberal y otra el partido liberal como institución. La antigüedad de aquélla se revitaliza con la Reforma, con el Iluminismo, con las revoluciones francesas de 1789 y 1848. Con sus postulados se libró la guerra de la independencia. En cambio, los partidos liberales de Colombia se organizan en 1848, cuando Ezequiel Rojas, su jefe nacional, proclama la candidatura presidencial de José Hilario López y lanza el primer programa ideológico de su agrupación, publicado en el periódico santafereño `El Aviso´, número 26, correspondiente al 16 de julio de aquel año.

“Así, con López, se inicia la primera república liberal, que cambia las instituciones coloniales por otras republicanas, y que impregnado de librecambismo, introduce en Colombia las formas capitalistas que aún hoy nos gobiernan. El profesor francés Maurice Duverger ha sostenido que los partidos políticos aparecieron en el mundo por vez primera en 1850. Habrá que decirle que aquí en la Nueva Granada y desde 1848 dos filósofos criollos – Ezequiel Rojas y Mariano Ospina Rodríguez- lanzaron los primeros programas doctrinarios de nuestros partidos políticos tradicionales, convirtiéndose así, para sorpresa universal, en los creadores indiscutibles de esa institución a cuyo contorno gira la vida política de los pueblos, por ser el instrumento de expresión de su filosofía y el canal de su realización vital”7 .

Esa primera obra de historia le sirvió de escaño para ser recibido, el 6 de agosto de 1970, como Miembro Académico de la Academia Boyacense de Historia, a la que después de su muerte, doné trescientos ejemplares de Boyacences en la Historia de Colombia (1994), la última obra que escribió mi padre, la cual contiene bocetos biográficos de personajes boyacenses en la historia de Colombia, desde la época de la Conquista hasta el Siglo XIX. Añoraba escribir la segunda parte correspondiente al Siglo XX, así como una novela histórica sobre la relación amorosa entre la hermosa indígena “La Cardeñosa”8 y uno de los conquistadores españoles. Infortunadamente, la vida no le alcanzó para tanto.

En agosto de 1971, recibió el primer premio nacional de Historia otorgado por el Instituto Colombiano de Cultura, por su biografía de Santos Acosta, Caudillo del Radicalismo que firmó bajo el seudónimo de Novato Caballero y fue publicada dentro de la Biblioteca Colombiana de Cultura, Colección de Autores Nacionales, por cuenta del mencionado Instituto, hoy extinto. Muy fieles a los acontecimientos de la historia colombiana, sus obras históricas lograron lo que le ha faltado a tantas de su género: La sencillez y amenidad de sus relatos, así como las hermosas descripciones que hacen el deleite del lector.

A finales del mismo año, mi padre tomó nuevamente la pluma jurídica y escribió, en mi opinión, una de sus mejores obras: Nuevo Procedimiento Penal Colombiano –El sumario-, publicada en 1972. La segunda edición actualizada sobre El sumario y El Juicio, fue publicada en 1976. La cuarta y última, en 1982. Pese a las muchas reformas que se han introducido al proceso penal, sigue siendo una obra muy consultada y apreciada por estudiantes y especialistas en la materia.

VII. De Regreso a la Función Pública

Siendo Magistrado del Tribunal Contencioso Administrativo de Cundinamarca, en 1973 fue nombrado nuevo Gerente de la Empresa Colombiana de Minas –Ecominas–, cargo que desempeñó por poco tiempo, en medio de una gran crisis financiera, debida en gran parte a la explotación ilegal de minas en el país, en especial las esmeraldíferas.

De esa época, recuerdo la tensión que generaba en mi familia un cargo como ese y las muchas e indebidas presiones de que mi papá era objeto. Una noche mis padres fueron invitados a una comida, no supe en casa de quién, en donde el anfitrión lo llevó a conversar “a solas” cerca de un piano de cola, apresurándose a abrir su tapa. Dentro, mi papá vio miles de billetes de la más alta denominación, que hubieran ido a parar a su honrado bolsillo de haber aceptado las propuestas que su interlocutor le hizo. Desconozco en qué consistieron éstas, pero lo vi llegar muy indignado cuando regresó pronto a nuestra casa. “Me moriré pobre”, creo que dijo.

En el mismo año de 1973, fue recibido como Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de Historia y publicó su nueva obra de historia Benjamín Herrera en la Guerra y en la Paz, editada por la Universidad Libre al cumplirse el cincuentenario de su fundación, la cual se atribuye en gran parte a ese egregio militar y caudillo liberal de la historia nacional.

Para el verano del mismo año, mi padre fue invitado a la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas –URSS-, invitación que no podía declinar, dada su clara ideología de izquierda y la gran admiración que sentía por el régimen socialista. Se apresuró a reunir los pocos ahorros que tenía y a conseguir algunos pesos prestados, con el fin de podernos llevar a mi mamá y a mí. Casi todo el mundo opinó que estaba loco al querer llevar a ese viaje a una niña de diez años, pero no le importó. Fue al Colegio Liceo Segovia, donde yo cursaba 5º de primaria, a solicitar un permiso para ausentarme por más de un mes y allí le dijeron que lo darían si él corría el riesgo de la pérdida del año lectivo. La contundente respuesta a las Directivas del Colegio no se hizo esperar: “Mi hija va a aprender más en este viaje, que en un año de estudios escolares”, dijo. A pesar de los años transcurridos, recuerdo como si fuera ayer ese, mi primer viaje a Europa, y las elocuentes pero sencillas explicaciones que mi padre me dio sobre la Unión Soviética, el socialismo, el comunismo, Carlos Marx y Lenin, mientras recorríamos las ciudades de Moscú, Minks, Leningrado9 y Kiev.

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