El Renacimiento

El concepto de Renacimiento, como lo ha señalado Agnes Heller en su clásico libro “El Hombre del Renacimiento”, abarca un proceso social global que se extiende desde las esferas económica y social en las que resulta afectada la estructura básica de la sociedad, hasta el campo de la cultura, comprendiendo en él la vida cotidiana y la mentalidad diaria, la práctica de las normas morales y los ideales éticos, las formas de conciencia religiosa, las artes y las ciencias. (A.. Heller. “El Hombre del Renacimiento”. 1980). Se habla de Renacimiento especialmente en países como Italia, Inglaterra, Francia y los Países Bajos, en donde los factores señalados antes aparecen reunidos en un mismo período. El Renacimiento, en opinión de algunos historiadores, fue un tipo de revolución social y económica en el largo proceso de transición del feudalismo al capitalismo.

A la corriente espiritual relacionada con el Renacimiento se la suele llamar “Humanismo”, como lo señalamos anteriormente al hablar de las definiciones del término. En este sentido, el Humanismo Renacentista no es en realidad más que uno de los reflejos ideológicos del Renacimiento, capaz de adoptar una autonomía relativa y de mostrar manifestaciones éticas y eruditas separables de la estructura social y de las realidades de la vida cotidiana. Un estilo de Humanismo que quiso proceder a la rehabilitación antropocéntrica del hombre, cuyo símbolo sensible, si se buscara en la arquitectura religiosa una correspondencia con el alma, podría encontrarse en la substitución del estilo románico y del gótico por el barroco, por lo demás muy hermoso en sí mismo como acertadamente lo ha señalado Jacques Maritain.

En el centro de la sociedad renacentista aparece un nuevo tipo de hombre diferente del concepto antiguo y del medieval que sobre él se tenía: el hombre dinámico para el cual se desplazan los conceptos de valor. Lo infinito del espacio, el tiempo y el conocimiento, se convierten no sólo en objetos de especulación sino también en experiencia inmediata; la perfección deja de ser una norma absoluta, pues donde todo está en curso sólo puede haber búsqueda constante del perfeccionamiento; desde luego, no en el sentido del perfeccionamiento absoluto de los antiguos ni en el de la santidad de los cristianos. Y se desplaza también la idea de Dios como centro absoluto de la inquietud intelectual de los pensadores, como se había tenido en la Edad Media, para trasladarse al hombre, al hombre del Renacimiento.

Nació entonces el individualismo renacentista en el que la consideración más importante era la medida en que el individuo había dejado su impronta en el mundo y surgió la idea de que el hombre le puede “conquistar” algo a la naturaleza, para crear a partir de ella una segunda naturaleza. La conciencia de la conquista de la naturaleza corre paralela al descubrimiento de la idea de la evolución de la humanidad y del progreso. El sujeto, hombre o humanidad, se encontró frente a frente con una naturaleza que tenía sus propias leyes; aprender a conocerla intensivamente se volvió una tarea infinita. Sobre la base de una naturaleza infinita que se comportaba según sus propias necesidades, Nicolás de Cusa fue el primero en formular el divorcio del proceso del conocimiento, tanto de la ética como de la lógica.

Por otra parte, la aparición del interés por las cosas de este mundo no implicó necesariamente la irreligiosidad; el ateísmo en el pleno sentido de la palabra, fue muy raro en el Renacimiento. La religión renacentista, sin embargo, se caracterizó por la desintegración del dogma, como si esta modalidad religiosa quisiera expresar que la fe se había vuelto menos firme, más libre y que se podía elegir por voluntad propia. Los hombres buscaban cada vez mas los senderos individuales hacia Dios, porque éstos ya podían buscarse; ya fuera “grande o pequeño”, el hombre renacentista era un ser relativamente autónomo que creaba su propio destino, luchaba con la suerte y se formaba a sí mismo. Mientras que el contenido ideal de la representación medieval de Cristo fue siempre la del Dios que sufre y redime, en la representación renacentista se cambió por la de rey, soberano o señor con el corazón desbordante de amor; es decir, un Cristo más humanizado. En el campo de los valores morales, se modificó la concepción uniforme que sobre ellos se tenía, en el sentido de hacerlos plurales, y se estableció una interpretación profana de los pecados y virtudes tradicionales; por primera vez, por ejemplo, se aseveró que la caridad no era una virtud y que la vanidad no era un pecado.

Durante el Renacimiento, fue cada vez más común encontrar por parte del individuo, una actitud hacia la Iglesia de marcada indiferencia y en ocasiones de desprecio, sin que esta actitud tuviera la menor conexión con sus sentimientos religiosos ni con su conducta. La asistencia a la iglesia y la observancia de las fiestas religiosas se convirtieron muchas veces en simples costumbres sociales. Por otra parte, las crecientes aspiraciones artísticas manifestadas en la arquitectura, la pintura, la literatura o la música, transformaron la experiencia religiosa de los miembros ilustrados de la sociedad en experiencia artística, y ésta sustituyó a aquella. El irrespeto creciente a las iglesias se deduce del hecho de que muchos de los asesinatos políticos célebres de la época se perpetraron en ellas. Superstición y religión coexistieron pacíficamente y la demanda de verificación científica, que apareció por entonces, condujo a que en un medio de elevada cultura pudieran coexistir pacíficamente y en un plano de igualdad, la superstición, la religión y la ciencia.

El hecho de relegar la religión al estado de convención, permitió por una parte que surgiera para algunos una especie de ateísmo práctico, y por otra, que se individualizara la idea de la religión como relación personal con la Divinidad y se tornara en esa forma más subjetiva. Ese fue, en realidad, el fundamento del cristianismo racional o “religión intelectual tolerante” del Renacimiento que, como lo señala Agnes Heller, en parte trataba de juntar todos los elementos que conservaban un carácter religioso común en un mundo en que los hombres se conducían como ateos en la práctica; y en parte, mantenía una postura crítica ante cualquier clase de dogma que se alzara en el camino de la individualidad, la pluralidad, la libertad, la subjetividad y la opción libre de cualquier perspectiva religiosa o semireligiosa. En esa forma se abrió el camino a un saludable escepticismo, a las especulaciones de la fantasía, a la investigación científica y los análisis racionales y a la frui-ción individual.

Los hombres renacentistas, al decir de Jacob Burckhardt, “distinguían con plena perspicacia entre lo bueno y lo malo, pero no conocían el pecado. Tenían el ímpetu necesario para restablecer y controlar toda perturbación de la armonía íntima, en virtud de su capa-cidad, y desconocían el arrepentimiento. También la necesidad de redención perdía fuerzas con ello, y al mismo tiempo, ante la ambición y el esfuerzo intelectual de cada día, desaparecía totalmente la idea del más allá o adquiría una fisonomía poética en sustitución de la dogmática”. (J. Burckhardt. “The Civilization of the Renaissance in Italy”, 1944).

Una de las principales características del Renacimiento fue lo que se conoce como “secularización del mito”. Este concepto que hace relación a la humanización del mito, se encuentra sobretodo expresado en el arte. Dioses y santos se fueron transformando paulatinamente en hombres. María se convierte cada vez más en una figura maternal diferente de la Reina de los Cielos. Deja de existir la diferencia entre lo “divino” y lo “humano” que caracterizó al arte gótico, en el cual lo divino y el mundo sagrado se describían como una belleza espiritual etérea, en tanto que el mundo de los mortales aparecía con frecuencia distorsionado y grotesco.

Como lo ha señalado Agnes Heller, “en el Renacimiento, el mundo que se representaba era homogéneo; seguía existiendo lo bello y lo bellísimo, lo bueno y lo mejor, lo malo y lo peor, pero las figuras “terrenales” eran igual de bellas a las divinas, con lo cual se venía a demostrar que no había dos mundos sino uno solo y que la jerarquía ética se realiza y se habilita en este mundo único y totalizador” (A. Heller, ibid). En el interior de esa organización homogénea del mito, puede distinguirse como tema la humanización de lo divino, que es al mismo tiempo la deificación del hombre. En la medida en que Dios se vuelve hombre, los hombres se vuelven dioses a la vez. En la escultura, los héroes humanos son figuras divinas en su fuerza, su potencia y su grandeza, como puede apreciarse en el “David” y en el “Moisés” de Miguel Angel. En la Capilla Sixtina, no es Dios la figura principal sino son las formas gigantescas de los grandes hombres, los héroes y los hacedores de la historia las que dominan la composición.

El arte del Renacimiento fue necesariamente diferente del arte medieval y del antiguo. Pero no podría decirse que fuera mejor que el que le antecedió ni que fuera superior al que le sucedió en los siglos siguientes. En el arte, no se suele hablar de los paradigmas que señalamos al hablar de las ciencias e incluso de la religión. Obras de arte magníficas como las pinturas rupestres de hace 25000 años, fueron consideradas como falsificaciones hechas por artistas del siglo pasado, ya que por su monumentalidad y su belleza bien hubieran podido atribuirse a los grandes artistas del siglo XIX.

La aparición de la perspectiva en la pintura renacentista, con Piero della Francesca, o su eliminación en un cuadro de Henri Matisse, son sólo aspectos de la búsqueda de expresión artística, sin que lo uno o lo otro signifique “progreso” en el campo de las artes plásticas. Algo similar ocurre con la escultura, en donde no es posible decir que una Afrodita Griega sea superior o inferior a una escultura de Bernini, de Miguel Angel o de Botero. En el arte pueden existir, y de hecho existen, cambios en las técnicas y concepciones artísticas y mejoramiento de los materiales utilizados, pero el arte en sí es universal en su belleza a través de todos los tiempos, y como el genio, no está limitado por barreras cronológicas o geográficas de ninguna especie.

A partir del Renacimiento, la felicidad pasó a convertirse en categoría de la vida cotidiana, con dos rasgos característicos, implícitos también en el concepto griego de la misma: la vida racional y la sensación de dicha. Llevar una vida racional con felicidad, significaba darle sentido a la vida, implantando objetivos acordes con la tendencia general de la evolución humana, que al mismo tiempo dieran satisfacción a los deseos del individuo. La experiencia de la felicidad o sensación de dicha o plenitud eufórica, se da sólo por breves instantes, tal como lo había señalado Platón al vincular ese genero de felicidad con el amor y la contemplación de la belleza.

Los valores humanos heredados de la Antigüedad fueron reinterpretados en el Renacimiento: la templanza, que era una de sus virtudes cardinales, se tornó en equivalente de la autonomía y la libertad según se manifiestan en el placer y el goce. El hombre moderado que seguía la norma del justo medio se oponía al ascetismo cristiano que se veía como una forma de desmesura; la templanza, ya no era una virtud entre tantas sino el patrón general del comportamiento ético correcto. En tanto que la templanza perdía su carácter de virtud, la justicia continuó siendo un valor absoluto, tal como lo había sido en el humanismo de los griegos.

La sabiduría comenzó por dividirse tajantemente en una parte cognoscitiva y una parte práctica; ser sabio significó cada vez menos poseer conocimientos universales; los hombres se hicieron sabios en esto o en aquello, es decir se especializaron. El sabio renacentista era un individuo capaz de plantear nuevos problemas y descubrir nuevos secretos en un terreno concreto, pero ese tipo de “sabiduría” no lo calificaba para ser consejero universal de los hombres ya que sólo era sabio en una o en varias materias. Pero es evidente que aunque la “sabiduría” se disolvió cuando las ciencias particulares se separaron de la filosofía, siguieron en pie, sin embargo, la constancia moral ante la verdad y la aceptación del contenido axonal de la verdad.

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