La última ejecución (Legal) en Colombia

Un abogado chocoano fue la última víctima de la pena de muerte en Colombia. Un séquito triste acompañó a Manuel Saturio Valencia por las calles de Quibdó la tarde de su ejecución. Trompetas y tambores marcaron el paso. Descalzo, humillado y maltratado, él presidió el tumulto que lo escoltó hasta el árbol de palosanto que hizo las veces de paredón. Todos los fusileros del pelotón aseguraron luego los testigos le apuntaron directo al corazón.

“Esto a mí no me extraña”, había escrito Manuel Saturio la víspera, inspirado en su desvelo de condenado a muerte. “Desde que tuve uso de razón comprendí que la fatalidad me perseguía”, añadió.

Manuel Saturio Valencia Mena, el último condenado a muerte en la historia del país, había nacido en los barrios marginales de Quibdó, cuarenta años atrás, en 1867, en tiempos en que el recuerdo de la esclavitud estaba aún fresco en la memoria. Quibdó, capital de una provincia minera del Estado del Cauca, era una ciudad segregada, con las casas de la clase pudiente alineadas a lo largo de una sola calle larga, la Carrera Primera, que estaba vedada para los de piel oscura.

La aristocracia chocoana era boyante; había industria y había comercio. Además del oro, y del platino, que vivía entonces sus mejores precios, del puerto de Quibdó partían por el río Atrato, rumbo al Darién, al Caribe y a los mercados del mundo, vapores cargados de maderas finas, caucho, quina y tagua.

A su regreso los mismos barcos traían telas y porcelanas, vajillas y cubiertos de plata, sólo para los ricos, claro. Cuando niño, Manuel Saturio cantó en el coro parroquial, y aprendió pronto el latín y el francés que le enseñaron los capuchinos. Fue un estudiante destacado, tanto que los mismos curas se encargaron luego de sus estudios superiores. Manuel Saturio Valencia fue así el primer hombre de su color de piel admitido en la Universidad del Cauca, en su Escuela de Leyes.

De regreso a Quibdó, Manuel Saturio se alineó con el conservatismo, un partido minoritario en la región. Vino la guerra de los Mil Días, y Valencia alcanzó el grado de capitán en las tropas gobiernistas.

Luego, en tiempos de paz, fue abogado de los pobres, personero municipal, y juez penal del distrito. Era, aseguran sus varios biógrafos, un hombre de buena presencia, educado, elocuente y, sobre todo, excelente bailarín. Un día, porque así son las cosas, nuestro próspero abogado sedujo a una jovencita blanca, de nombre Deyanira Castro, hija de un importante líder liberal. La joven salió embarazada de aquella aventura.

La venganza de la familia ofendida no tuvo que esperar mucho. En la madrugada del primero de mayo de 1907 se dieron las circunstancias para el desquite. El plan que habían urdido era sencillo. Había que embriagar a Manuel Saturio y quitarle algunas prendas que lo inculparan luego en un incendio que ellos mismos provocarían. Fue así como se quemaron un par de casas de techo pajizo, en la famosa Carrera Primera. Entre las cenizas recuperaron, además de una bola de trapo con restos de petróleo, el cinturón de Manuel Saturio, y unos documentos con su nombre.

La Constitución Nacional de 1886, en su artículo 29, era explícita al castigar con pena de muerte a los incendiarios. No importaba que, como en este caso, el incendio no alcanzara mayores proporciones. El juicio fue breve. Solo seis días transcurrieron entre los hechos y la ejecución de la condena, todo un registro de celeridad en la aplicación de la justicia en Colombia.

Resultaron inútiles, entonces, los lamentos de las mujeres de Quibdó, tanto blancas como negras, que clamaban perdón para el acusado. Inútil fue también el indulto que, estrenando telégrafo, le solicitaron los abogados de la defensa al presidente de la república Rafael Reyes.

No, hoy los historiadores no creen que Manuel Saturio Valencia haya sido una víctima de la lucha racial, como algunos pretenden presentarlo. Blancos fueron, después de todo, sus abogados defensores. Muchos hombres y mujeres, blancos y negros, intercedieron en su favor. A este abogado chocoano, como al guajiro José Prudencio Padilla, lo que finalmente lo llevó al cadalso fue un enredo de faldas. Heroico tampoco es que haya sido él, aseguran los que lo tachan de corruptor de menores y de ser un buenavida.

Sea como fuere, hoy la municipalidad de Quibdó ha decidido bautizar con el nombre de Manuel Saturio Valencia aquella misma Carrera Primera, la del incendio, en donde no se aceptaba entonces que caminara un negro. “Esta es la ley del mundo: todo lo que nace tiene que morir” dijo Manuel Saturio en su última noche de insomnio “A mí, por mi mala estrella, me toca hoy dar cumplimiento a esa inexorable ley”.

Así fue. La descarga de los fusiles del gobierno resonó en las riberas del Atrato ese 7 de mayo para ejecutar a un inocente. Eran las cuatro y treinta de la tarde.

Diego Andrés Rosselli Cock, MD

Médico neurólogo, profesor universitario de varias asignaturas relacionadas ya con las neurociencias, ya con la docencia y la investigación en medicina. Desde enero de 2004 se ha dedicado a recorrer a Colombia y a escribir una crónica sobre cada una de sus cien principales ciudades (siendo laxo con la definición de “ciudad”),
(Quibdó, 7 de mayo de 1907). Tomado de www.portafolio.com.co

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