La Historia de los Libros

Galeno escribía… luego sabía leer, algo que parece obvio en un médico de este tercer milenio pero no lo era igual en el siglo II d.C. Recordemos que entre Hipócrates y Galeno hubo un espacio de cerca de seis siglos, y que entre él y Gutemberg más de doce. Muchos de los médicos del Imperio Romano de Marco Aurelio eran bien esclavos o simples charlatanes, incluso muchos que dictaban conferencias eran teóricos con malas bases de anatomía. La regla general era el analfabetismo, y la cultura y las grandes bibliotecas eran espacios cerrados para el gran público que jamás podía acceder a las estanterías. Excepto por el caso de los copistas –los precursores de la imprenta- para escribir algo había que estudiar, observar, pensar y leer mucho. Era absolutamente necesario pasar a papiro la información para transmitir a otras generaciones lo expresado; salvo en el caso de Sócrates y por supuesto en el de Jesús de Nazareth -cuyas enseñanzas fueron publicadas por sus discípulos, en el primer caso por Platón- la única posibilidad era que lo dicho causara tanto impacto que fuera sometido a la dura prueba de la tradición oral, la única posible durante muchos siglos.

En la autobiografía novelada de Claudio Galeno, El Médico del Emperador de la alemana Tessa Korber, se describe a este médico griego del Imperio Romano como proveniente de una distinguida familia de Pérgamo –ciudad helénica cercana a Éfeso y Esmirna- quien podría haberse dedicado a la arquitectura como su padre, pero en virtud a un sueño profético que tuvo, decidió ser médico y estudiar a Hipócrates. Viaja luego a Alejandría –el gran centro de la cultura- donde estudia, trabaja, desarrolla conceptos y escribe libros. Se desilusiona de la metrópolis greco-egipcia, pues considera que continúan enseñando lo del gran anatomista Erasístrato de siglos atrás, pero sin cuestionamiento alguno ni avances adicionales. Lo de Galeno era atender a los demás, cuidar pacientes, formular teorías e ideas que plasmó en numerosos libros, más de cien. Imaginaríamos que aquellos libros siempre se referirían a conocimientos médicos per se, que se trataría de libros técnicos.

Pero no, muchos trataron de conceptos generales y de comentarios de los clásicos. Veamos algunos de los primeros títulos: Sobre el mejor método de enseñanza, el buen médico ha de ser también filósofo, Exhortación al estudio de las artes, sobre la estructuración del arte médico, sobre las costumbres, comentarios a libros de Platón, a los escritos de Hipócrates (compilados en varios volúmenes conocidos como el Corpus Hippocraticum, escritos por él mismo y discípulos de años posteriores). Uno de los primeros expone sus deseos de discutir, de no tragar entero: Contra las contradicciones de Juliano en torno a los aforismos de Hipócrates (Juliano fue su profesor de anatomía en Alejandría, frecuentemente rebatido por Galeno pues se limitaba a decir lo de Erasístrato de siglos anteriores). Las últimas dos terceras partes de su obra si se refieren a temas médicos, donde discute sobre los órganos, las enfermedades, la clínica, los tratamientos… Los papiros de Galeno fueron aceptados como dogma por siglos –por cristianos y musulmanes, gracias a las ideas monoteístas del médico griego- y sólo en las épocas de Paracelso, de Vesalio y de otros, vinieron a cuestionarse sus conceptos, y a cambiarse la teoría de los cuatro humores, que ya venía de los tiempos hipocráticos.

Según la argentina Victoria Sayago, todo este asunto del libro empezó entre el 3500 y el 3100 a.C., de manera separada, en las ciudades de algunos estados de antiguas civilizaciones; en Sumeria se empezó a escribir sobre tablillas de arcilla fresca; en Egipto, sobre algunas tumbas; y en Harappa sobre cerámicas. En tiempo de Pisístrato se coleccionaron en un libro los fragmentos de la poesía épica de Homero –la época de Asclepio o Esculapio- con las largas historias del astuto Odiseo o del valiente Aquiles; estas aventuras que vivían en boca de la gente, fueron redactadas –lo que modernamente se dice editar- y pasadas a papiros. Los libros egipcios -continúa la señora Sayago- se confeccionaban con este papiro, un material bueno, pero frágil y poco durable; se hacían con tiras de una planta acuática, cruzada y prensada hasta pegarla y formar hojas lisas, unidas entre sí por largos rollos. Los griegos y romanos lo usaron, hasta que en el siglo II a.C., los primeros inventaron el pergamino de cuero de cordero o de cabra. En la Edad Media se empezaron a encuadernar las hojas de pergamino, poniéndoles tapas duras. Y el libro tomó la forma actual. En la antigüedad muy poca gente tenía libros porque eran muy caros pues eran manuscritos y porque poca gente sabía leer. Dos siglos antes de Cristo. El historiador Ptolomeo –uno de los tres grandes generales de Alejandro Magno- fundó la famosa biblioteca de Alejandría, tantas veces destruída, actualmente reinaugurada con toda la tecnología moderna, y en su mejor época llegó a tener setecientos mil rollos o volúmenes, con obras de filósofos y científicos que eran consultadas por estudiosos de muchos países. Lamentablemente, se incendió durante una guerra en el año 47 a.C. Gutemberg y su imprenta revolucionó la difusión del libro. En el Renacimiento ya no se dependió más de los monjes copistas, y empezaron a traducirse los clásicos del griego, latín y árabe a las lenguas vernáculas. En Europa, la imprenta y el papel simplificaron y abarataron la producción de los libros y -al mismo tiempo- se aumentó la alfabetización, creciendo así el público lector.

Por supuesto los libros se tornaron muchas veces sospechosos, pues –además de los clásicos- se empezaron a publicar (que quiere decir, se dieron a conocer al pueblo) muchos manuscritos que traían ideas nuevas (obviamente no necesariamente correctas), que hizo que los grandes mecenas guardaran cierto recelo con esta nueva tecnología. Y así como se llevaron a la hoguera a brujas y apóstatas, también se hizo lo mismo con los libros. El venezolano Fernando Báez ha publicado un interesante libro – Historia Universal de la Destrucción de Libros- itinerario que comienza cuando los libros son pasto de la voracidad de los insectos, las inundaciones, las llamas, las guerras y de la vocación destructora de los fanáticos políticos y religiosos o de la vigilancia dogmática de los censores. Romanos, musulmanes, cristianos, chinos, comunistas, inquisidores, nazis, conquistadores españoles, todos pusieron su grano de arena en esta historia de la desaparición de la cultura. Por motivos sexuales, religiosos, políticos o muchos otros, muchos libros han sido prohibidos y autores perseguidos. Pero –al igual que el cine, la televisión o el Internet- la influencia que el contenido tenga sobre el público depende mucho de su formación intelectual y moral, y –en el caso de menores- de la vigilancia de los progenitores.

El argentino Alberto Manguel destaca la asombrosa y no siempre predecible naturaleza de los verdugos: Platón destruyó las obras de Demócrito; Descartes pidió a sus lectores que quemaran los libros anteriores a su Discurso del Método; Hume exigió la supresión de todos los manuales de metafísica; los futuristas propusieron la quema de todas las bibliotecas; Nabokov quemó el Quijote en el Memorial Hall de Harvard ante más de seiscientos alumnos. De los libros se imprimieron miles de copias, reimpresiones, nuevas ediciones, traducciones, que se colocaron en miles de bibliotecas públicas y privadas alrededor del mundo. El costo del papel, de la tinta y del correo, la mala comercialización de los libros que no son best-sellers, ha limitado hasta cierto punto el acceso a muchos contenidos. Los libros –y por supuesto las revistas- no desaparecerán, pero cada vez más dependeremos de obras que se publican en Internet –los e-books- o en CDs, y de publicaciones periódicas actualizadas recibidas a través de este medio; cada vez más accederemos a las bibliotecas virtuales y al encuentro de la información a través de los grandes buscadores. Hace poco oí que la primera palabra en inglés que se aprende en el Asia es ¡Google!

Alfredo Jácome Roca, MD
Editor, Tensiómetro Virtual

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