¿Napoleón Asesinado?

Aun cuando la investigación histórica con la forense, el dentista sueco y toxicólogo aficionado, Sten Forshufvud, se ha atrevido a postular la hipótesis de que el Emperador murió lentamente en Santa Helena pues le ponían arsénico en su vino. Un obsesivo idólatra del gran derrotado de Waterloo, debidamente asesorado de Weider, un estudioso napoleónico y de Smith, un médico legista, ha contrariado la teoría reinante -el gran corzo murió de cáncer del estómago-, en un libro sobre el tema.

Ludwig, el gran biógrafo, toca tangencialmente el momento de la autopsia: el diagnóstico pre-mortem apuntaba hacia una molestia gástrica (¿un tumor hereditario del píloro?), pero en la necropsia hay opiniones divididas: unos declaran sana la víscera, aunque en realidad hay adherencias al hígado y se observa una perforación. Después de leer el diario de Marchand -el inseparable valet de Napoleón-, convencido de que aunque aislado, el futuro morador de la fascinante cripta de Los Inválidos, seguía constituyéndose en un motivo de preocupación para los poderes europeos, Forshufvud, decide complementar su pesquisa histórica con la investigación forense. El análisis del pelo de Napoleón muestra 10 partes de arsénico por millón, cuando lo aceptado es hasta una parte, y muestra concentraciones diferentes en los distintos segmentos de la fanera, lo que coincidiría con el cambiante cuadro clínico de recaídas, y mejoras de náuseas, vómito, diarrea, astenia y aletargamiento, rinitis y laringitis, parestesias y dolor muscular.

Como también había antimonio en el pelo, Forshubvud, muestra a los médicos del Genio como involuntarios cómplices de su asesinato. Le dan tártaro emético (basándose en antimonio) para que el vómito le limpie de la fuente de la enfermedad; pero con el tiempo, este corroe la mucosa e inhibe el reflejo del vómito. Aunque la cantidad de arsénico previamente administrada sólo era suficiente para enfermarlo, la administración de Almendras Amargas, un tónico de la época que presumiblemente contenía cianuro, y Calomel (cloruro de mercurio, usado para todo desde Aristóteles) constituirían la letal combinación que llevaría a la falla respiratoria. ¿Ciencia-ficción?. Tal vez. Pero muestra cómo la investigación histórica puede nutrirse de la ciencia.

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