La Farmacia en la Edad Media

ÁRABES Y MEDICINA

La letra A es popular entre los árabes, quienes cuidadosamente recogieron las enseñanzas de los antiguos y de los occidentales, las divulgaron, perfeccionaron y pusieron en práctica. Palabras árabes son alquimia, alcanfor, alcohol, álcali, azúcar, azafrán, almizcle, álgebra, ajedrez, ábaco; también Avicena, Albucasis, Averroes, Al-Baitar y Avenzoar (con su libro “Asistencia” y su descubrimiento sobre el Ácaro de la sarna). “Al” era un dios solar.

La Edad Media se caracterizó por el desarrollo y contraposición de dos culturas, que aún hoy en día siguen enfrentadas: la occidental, europeo-cristiana y la del oriente medio, árabe y musulmán. El pueblo hebreo, precursor de la civilización judeo-árabe, tuvo que convivir en frecuente conflicto con ambos, como se vio en la expulsión (o en la conversión) de los judíos sefarditas de España por los cristianos, o como lo vemos en pleno siglo XXI con su perenne enfrentamiento con los palestinos.

En cuanto a la medicina, el último gran impulsador de esta ciencia había sido Galeno; aún con sus errores y su dogmatismo, consiguió ser aceptado por esos dos actores del medioevo, cristianos y musulmanes, por sus ideas monoteístas y por reconocer la supeioridad del alma sobre el cuerpo. Cómo continuó la medicina en Europa, ligada a la Iglesia y a los Monasterios, será tema de discusión posterior.

Con relación a los árabes, su cultura cambió con la fundación del Islam por Mahoma en el siglo VII. El Profeta logró trasmitirles sus ideas iluminadas a través del Corán y de su propia vida, y en sus enseñanzas proclamó que había que ayudar y sanar al pobre y al que sufre. Fue sin embargo abogado de la medicina preventiva: “una onza de prevención es mejor que una tonelada de tratamiento”. Así que recomendó mucho la higiene y las dietas.

Quisiéramos aclarar que aún en nuestros tiempos se confunde la raza con el idioma y la religión. No todos los árabes son musulmanes (como por ejemplo los libaneses, de mayoría católica), ni todos los musulmanes son árabes (como los afganos, iraníes e indonesios), mientras que los árabes (originarios de Arabia), representan una relativa minoría en este conglomerado. La verdad es que todo surgió con los sucesores de Mahoma, que fueron llamados “califas”, y sus reinos, los califatos. La vida de los califatos comenzó en el siglo VII y llegó hasta el XX, con sus sucesivas capitales de Damasco, Bagdad, Córdoba, El Cairo y Constantinopla. La época de mayor expansión del Islam fue durante el califato Omeya (Damasco), quienes sucedieron a los ortodoxos que venían del grupo mahometano original, y su carácter era hereditario. Sin embargo los Abbasi, que siguieron con el califato de Bagdad, con su poder absoluto lograron el mayor esplendor cultural, al igual que los del califato de Córdoba, descendientes de los Omeyas y radicados en el sur de España (Al-andaluz); todavía podemos observar la magnificencia de sus construcciones en ciudades como Granada, en Andalucía, y el imponente palacio de La Alhambra.

Las relaciones del Islam con la civilización judeo-cristiana sufrieron un impresionante deterioro con el lanzamiento de las Cruzadas, que con una excepción no fueron exitosas en sus ocho principales versiones. Sin embargo, los árabes tomaron una actitud abierta con los conocimientos generados por los antiguos, particularmente los griegos. Así que en un comienzo, se dedicaron a traducir al árabe los grandes libros griegos, a veces no directamente sino a través de traducciones previas al sirio, por ejemplo. Ellos querían construir la “ciencia árabe”, y en verdad conservaron y mejoraron lo que ya había. Así desarrollaron la alquimia, cuyo padre, Geber, escribió muchos libros. Fueron excelentes químicos e inventaron los métodos de destilación, sublimación y cristalización, además de que perfeccionaron muchos otros procedimientos químicos. Errónea fue su búsqueda de la “Piedra filosofal”, del “Elíxir de la eterna juventud”, de la influencia de las estrellas sobre los metales, y el de tratar de conseguir que los cuatro elementos se convirtiesen finalmente en oro. El polvo de oro fue recomendado por muchos médicos árabes como una especie de panacea para múltiples enfermedades. Separaron el arte del boticario y el del médico, estableciendo las primeras farmacias privadas en Bagdad hacia finales del siglo VIII; escribieron las primeras farmacopeas; preservaron la sabiduría greco-romana pero le añadieron, gracias a sus recursos naturales, jarabes, confecciones, conservas, aguas destiladas y líquidos alcohólicos. Impulsaron la geología, idearon y crearon el alumbrado de las calles, los vidrios para las ventanas, los juegos artificiales y los instrumentos musicales de cuerda.

“Droga” es una palabra de origen árabe, y además de las que arriba mencionamos también están jarabe, espinaca, benzol, mirra, láudano y nafta, entre muchas otras.

“Alcohol” es otra. Este término viene del color negro, que en árabe se escribe “àkhal” y de allí se derivó “alkohol” con el que se designaba el polvo de antimonio utilizado por las mujeres como cosmético para ensombrecer los párpados. Los moros llevaron este polvo negro a España en el siglo VIII DC. , pero luego los alquimistas empezaron a llamar alcohol a todo polvo utilizado en sus experimentos, o “cuerpo sutil”. Después el término se extrapoló a lo más puro de algún compuesto, es decir su “quintaesencia”. De polvo pasó entonces a líquido, pues esta forma física se consideraba la más pura, de manera que la quintaesencia del azufre o ácido sulfúrico se llamó “alcohol sulphuris”. Luego se pensó que la quintaesencia del vino era el líquido de olor fuerte obtenido de su destilación (“espíritu” del vino), por lo que Paracelso lo denominó “alcohol vini”. Así pues las bebidas alcohólicas son también llamadas “espirituosas”. En química orgánica se llaman alcoholes aquellos compuestos que contienen en su molécula un radical alquilo y otro, hidroxilo.

Cabe a estas gentes el desarrollo de los verdaderos hospitales, que estuvieron al lado de las mezquitas. La medicina galènica entró a través de Pablo de Egina (625-690) autor de una famosa enciclopedia médica que influyó mucho en el mundo árabe, y presenció la entrada de estos a Alejandría. Les ayudó también el acoger a grupos intelectuales cristianos como los nestorianos, que por sus ideas fueron considerados herejes. Nestorio, Patriarca de Jerusalén, huyó al Asia Menor y estableció una escuela de medicina, y sus partidarios trabajaron durante dos siglos en la traducción de textos griegos de medicina al árabe.

Al igual que ocurrió con la antigua Grecia y en la Europa medieval, muchos de estos importantes médicos y científicos eran también filósofos, astrónomos, matemáticos y en general cultivaban las diferentes ramas del saber. Algunos aportaron al conocimiento de la cirugía, o de la oftalmología.

Razès y Avicena (www.museodeldiabete.org), los más importantes, incluyeron en sus obras el estudio de la terapéutica y de las drogas y plantas medicinales. El quinto volumen del “Canon” (o código médico) de Avicena, es una materia médica que incluye los métodos para preparar las drogas, eficacia y sus efectos sobre las enfermedades; Describió 760 medicamentos y aconsejó probar primero las nuevas medicinas en animales y humanos, antes de autorizar su uso generalizado. Este persa Ibn Sina (980-1037), o Avicena, fue droguista, poeta, médico, filósofo y diplomático; muchos de sus escritos fueron hechos mientras se recluía en la casa de un amigo boticario y sus enseñanzas farmacéuticas, aún con dominante influencia en el oriente, fueron aceptadas en el occidente como autoridad, hasta el siglo XVII.

Maimònides (1135-1204), judío que vivió en el siglo XII, nació en Córdoba y ejerció en El Cairo; escribió “el Libro sobre la explicación del nombre de las drogas“, con el estudio de unas 1800 de estas; aconsejó las drogas simples (con un solo principio activo), mejor que combinaciones o mezclas complicadas, concepto que con pocas excepciones se acepta actualmente.

Otro hebreo, Isaac Judaeus (832-932) quien vivió en Egipto, escribió interesantes aforismos; dentro de estos me permitiré citar los siguientes pues siguen teniendo validez:

“La mayor parte de las enfermedades curan sin ayuda del médico, gracias a la acción de la naturaleza”.
“Si puedes curar al paciente valiéndote de una dieta, no recurras a los medicamentos”.
“No confíes en las panaceas, porque casi siempre son fruto de la ignorancia y de la superstición”.
“Debes procurar que el paciente tenga fe en su curación, incluso aunque no estés seguro de ella, porque así favoreces la fuerza sanadora de la naturaleza”.

El malagueño Ibn Al-Baitar (Siglo XIII) fue uno de los más importantes científicos de la España musulmana, y el más importante botánico de la Edad Media. Pasó su vida coleccionando y estudiando las diversas plantas, y organizó expediciones con este fin, llegando a Damasco, Trípoli, Constantinopla, Túnez y muchos otros sitios. Su mayor contribución, basada en la observación, análisis y clasificación, fue el “Jami” o “Colección de drogas y alimentos simples”; este gozó de gran estima entre los botánicos hasta el siglo XVI y es un trabajo sistemático que incluye y critica los trabajos anteriores a él, y añade una buena parte de contribución original pues de los 1400 tópicos estudiados (más que todo plantas y vegetales), unas 200 no eran conocidas de antes. Sus referencias son a 150 autores, árabes en su mayoría, pero también se refiere a unos veinte griegos. Como cita los nombres de las plantas en árabe, bere-bere, latín y griego, facilita la transmisión de los conocimientos.

Además del “Jami” escribió el “Mlughni”, enciclopedia de medicina con 20 capítulos que cataloga las drogas de acuerdo a su valor terapéutico, y habla de las plantas que son importantes para el tratamiento de las enfermedades de la cabeza, ojos y oídos, etc.

Es pues el Dioscòrides árabe.

La devoción de este pueblo por los conocimientos griegos, su traducción y enriquecimiento, sólo viene a ser conocido tardíamente por occidente. Fueron ellos sin embargo la semilla de la fundación de la famosa escuela italiana de Salerno, pues allí llevó sus estudios y aportes el legendario Constantino El Africano.

SANTOS Y MONJES

La expansión del cristianismo continuó imparable y penetró todas las instancias del gran imperio romano, tanto que en el 313, en el último siglo de la Edad Antigua, Constantino lo adoptó como la religión oficial. Esto era así cuando Teodosio dividió sus territorios en dos grandes partes, el imperio bizantino que duraría algo más de 1000 años, y el de occidente que terminaría unos años después, al ser depuesto el joven emperador Rómulo Augusto en el 476.

Este último episodio dio comienzo a la edad media, llamado por algunos la edad oscura, en cuanto a que fue inferior en avances a su etapa previa y a la posterior, el renacimiento. Fue una época en la que la Iglesia Católica jugó un papel preponderante, y en la que convivió Bizancio con el pujante imperio musulmán, fundado por Mahoma en el siglo VII. Si bien la ciencia árabe conservaría los conocimientos médicos y aportaría cosas propias y otras provenientes de la India, la Europa continental, ahora bajo el dominio de los pueblos germánicos, en los reinos ostrogodos, visigodos, francos y otros territorios, estuvo bajo la égida espiritual –y también política- del cristianismo.

Religión que aportó la nueva civilización del amor, pero que en el campo médico por ejemplo, lo redujo a un oficio menor y colateral donde el cuerpo era simplemente el asiento del alma, y sus males muy secundarios a los males espirituales. Así que se trasladó a los monasterios, donde se conservó el conocimiento humano y se copiaron por siglos los grandes libros, al tiempo que se cultivaron plantas medicinales sencillas en sus jardines y se anexaron algunos hospitales algo rudimentarios. La disección se consideró innoble, y la cirugía decayó pues era algo que debía evitarse si fuera posible, pues conllevaba derramamiento de sangre.

Volvió el arte de curar a manos sacerdotales, algunos padecimientos se convirtieron en trastornos del espíritu, y aunque no se volvió asunto de magia, si tuvo un estancamiento notorio, si se compara con la actividad desarrollada por los musulmanes. Las enseñanzas de Galeno se conservaron en ambas culturas, aceptadas por considerarse monoteístas. Y se trató de cambiar aquella costumbre de asignar a los órganos del cuerpo los diversos signos del Zodíaco, dándole nombres de santos.

Monjes y santos fueron pues los que se relacionaron con la medicina medieval europea.

Cultura y libros encontraron refugio entre los hombres de iglesia, y la práctica misma se volvió monástica. Algunos importantes jefes de gobierno estimularon esta labor de los monjes, entre ellos Carlomagno, quien a finales del siglo VIII regentaba un imperio que incluía la parte central de Europa, limitado por unas “marcas” fortificadas para defenderse de los bárbaros. Fue reconocido emperador por León III, pero sus descendientes no pudieron mantener la unidad territorial. Durante este imperio carolingio hubo un gran resurgimiento cultural, pues aparecieron escuelas monásticas, episcopales y la Escuela Palatina de Aquisgràn, centros culturales dedicados a elevar el nivel intelectual de los habitantes.

Una lista más bien larga de santos patronos dominaba y protegía el organismo humano; dice Guthrie: “San Blas curaba los males de garganta; San Bernardino, los de pecho; Santa Apolonia, las muelas; San Lorenzo, la espalda, y San Erasmo, el abdomen; los ojos Santa Brígida, Santa Triduana o Santa Lucía”. Recordemos el dicho: “cuando está el ojo afuera, no vale Santa Lucía”.

Santa Difna se invocaba en la locura, San Avertino en el vértigo y la epilepsia. San Fiacre en las hemorroides y San Roque en la peste. Los que estudiaron con los salesianos recordarán la imagen del santo de origen noble, que por tanto cuidar enfermos de la Muerte Negra, terminó afectado por La Peste, y así yacía afuera de las murallas, mientras su fiel perro le lamía sus llagas. San Sebastián y San Cipriano fueron otros que se ligaron a La Peste. Los cristianos árabes Cosme (farmaceuta) y Damián (médico), fueron consagrados santos patronos de la cirugía, y también de la farmacia; San Patricio, quien fue a Irlanda, el país de los tréboles, tuvo como discípulos a San Columbano, que en su monasterio tuvo jardín botánico y hospital, San Cutberto, que hizo maravillosas curas, y San Gall de Suiza, en cuyo monasterio cultivó lirio, salvia, hinojo, poleo, menta, romero, comino, y otras plantas de uso medicinal; San Alberto Magno (1192-1280) escribió sobre plantas medicinales.

San Vito protegía de la danzomanìa, curiosa epidemia de corea, que se creyó también se debía a picadura de tarántula, que se curaba con la música de las tarantelas. San Antonio se asoció al “Fuego”, posiblemente casos de erisipela por un lado, o de ergotismo por otro, pues al comer el pan elaborado con centeno contaminado por un hongo, resultaban intoxicados. Teodorico, rey ostrogodo, animó a los monjes a cuidar de los más pobres, y se asoció con San Benito, fundador de la orden benedictina, y su monasterio de Montecassino jugó un papel en el inicio de la futura escuela médica de Salerno. Otro Teodorico, hijo del cirujano Hugo de Lucca y cirujano él mismo, fue Obispo de Cervia y usó la esponja anestésica que llevaba mandrágora y opio. Juan XXI fue un papa médico portugués llamado Pedro Hispano, quien estudió en Montpellier.

La Iglesia hasta nuestros días ha intervenido activamente en la pastoral de la salud, habiéndose dedicado numerosas órdenes religiosas a menesteres de enfermería; también administran clínicas y hospitales, que a menudo llevan nombres de santos (San Juan de Dios, San Vicente, San Ignacio, San José) o de arcángeles (San Rafael). San Lucas Evangelista, que fue médico, no es tradicionalmente invocado para curar algún mal en especial. Muchos hospitales llevan sin embargo su nombre.

San Diego por medio de su momia logró el milagro de su propia canonización. Don Carlos, heredero de la Corona Española e hijo de Felipe II, había sufrido un grave accidente y agonizaba. Andrea Vesalio y otros ocho colegas se encargaban del tratamiento, mientras se realizaban decenas de juntas médicas. Ante la gravedad del paciente, se pidió ayuda a los monjes. Un grupo de ellos apareció con el cadáver incorrupto de Didacus, un fraile fallecido un siglo antes en Alcalá de Henares, que fue colocado en la cama al lado del príncipe moribundo. Los médicos por su lado siguieron un procedimiento recomendado por don Bartolomé Hidalgo de Agüero, que evitaba el pus llamado “loable”y buscaba la debridaciòn y limpieza de la herida. Se inició también una trepanación que en buena hora fue suspendida y el herido comenzó su mejoría. Se retiró la momia que sin embargo había logrado el agradecimiento del poderoso monarca de El Escorial, quien logró la canonización de San Didacus; este santo es mejor conocido como San Diego, el de la ciudad norteamericana y el de las recoletas, como la que tenemos en Bogotá. La curación del controvertido don Carlos, quien finalmente moriría joven, a los 23 años de edad, es narrada por Adolfo De Francisco en su muy documentado libro “Sobre Ideas de Vida y Muerte”.

En nuestro medio en cambio, a un médico que era un santo, se le embolatò la canonización precisamente por la cantidad de curaciones “milagrosas” que ejecutan sus “Hermanos” en los años posteriores a su muerte. Sus cirugías sin cicatriz visible y populares tratamientos han hecho que mucha gente humilde llame a este venezolano “San Gregorio Hernández”.

En asuntos de terapia medicamentosa, poco o nada se progresó en el medioevo desde Dioscòrides, lo que se empezó a lograr lentamente en la edad moderna con la quina, y luego ciertamente en el siglo XX. La Edad Media, precedida por las enseñanzas del santo obispo de Hippona, fue definitivamente el periodo de los santos sanadores, de los frailes copistas y botánicos, del desprecio de los malestares del cuerpo y de la valorización de las virtudes del alma. El medicamento estuvo hibernando en aquel interregno entre la cultura helenística y el posterior Renacimiento.

ESCUELAS MÉDICAS DEL MEDIOEVO

La conexión de la medicina árabe con la Europa continental se hizo a través de la Escuela Médica de Salerno, fundada hacia el siglo IX y que tuvo un gran impulso a raíz de la vinculación del cartaginés Constantino El Africano(1015-1087), tal vez comerciante pero ciertamente viajero y estudiante de la medicina; después de 30 años es perseguido en su patria, viaja a Salerno e ingresa al convento de Montecassino, y convertido al cristianismo solicita dedicar su vida y su fortuna a la traducción al latín de las más importantes obras árabes y griegas. Qué tanto influyó en la fundación de Salerno la orden benedictina, qué tanto Carlomagno o qué tanto los árabes, es algo que está por resolverse. Pero esta escuela médica fue sin duda la semilla de los adelantos que se lograrían en la época renacentista, y del desarrollo de otras grandes escuelas del viejo mundo, como Bolonia, Montpellier, París y Padua.

Salerno y Montpellier tuvieron una gran influencia de la medicina árabe, y París fue muy similar a la última en su programa educativo. Las dos primeras escuelas médicas fueron llamadas las gemelas de la educación médica, y tomaron de los musulmanes la enseñanza en las bibliotecas y en los hospitales, realizada por grupos de médicos y grupos de estudiantes. Salerno es un puerto del sur de Italia, y por su localización no era infrecuente que al regreso de las cruzadas, sus comandantes hicieran escala allí para curarse sus males y sus heridas. Algunos famosos médicos egresados dejaron obras, como Nicolás de Salerno(siglo XI), quien escribió el “Antidotarium”, colección de algunas fórmulas galènicas y muchas de los árabes, y que se constituyó en el libro de los boticarios. Como sabemos, los árabes le dieron gran impulso a la farmacia y además la organizaron en su estructura. Todavía se conservan algunas colecciones de bellos frascos de porcelana de las “apothekas” (boticas) donde se guardaban las diferentes hierbas medicinales, con su correspondiente nombre en latín. Otro “Antidotarium” que tuvo algún renombre fue el escrito por Avicenna.

Uno de los poemas médicos y literarios más famosos de la Edad Media fue el libro de la salud de Salerno (“Regimen Sanitatis Salernitanum”), cuyo autor es anónimo pero que se cree se basó en un libro árabe, y fue traducido al latín por Juan de España, y puesto en poesía (364 versos) por Juan de Milán. También se dijo que un rey (Roberto, hijo de Guillermo el Conquistador) fue el escritor anónimo, quien se basó en las enseñanzas de la escuela salernitana. Los textos fueron traducidos al inglés por John Harington (1561-1612), inventor del inodoro, y traen información sobre la cotidianidad, los buenos y malos hábitos higiénicos del medioevo, con gran información sobre cuales son los alimentos y bebidas que se deben comer y cuales no, en qué momento y en qué cantidad. Habla sobre las bondades del ajo y de la salvia, por ejemplo.

Por qué ha de morir un hombre que en su huerto tiene salvia?
Contra la venida de la muerte no hay medicina en el huerto.
La salvia mejora los nervios y los temblores de las manos,
Y quita la fiebre.
Salvia salvadora, conciliadora de la naturaleza.

En verdad la higiene y la dieta son prescripciones que siguen el precepto hipocrático de “primero, no hacer daño” y ante la relativa efectividad de los medicamentos de la época, recomendar un régimen alimenticio como eje de la manutención de la salud y la prevención de la enfermedad, parece algo muy lógico.

Montpellier fue un apéndice de Salerno, y en ella se educaron muchos de los médicos ingleses. Uno de sus famosos egresados fue Arnaldo de Vilanova (1235-1311), que dejó muchos escritos, quiso huir del dogma y del empirismo reinantes y tuvo un espíritu de investigador. En su busca del elixir de la vida usó mucho el aguardiente que preparaba y que llamó “acqua vitae”. Extraía los elementos activos de las plantas medicinales por medio del alcohol, por lo que fue el verdadero inventor de las tinturas. Otro fue Gilberto el Inglés, que preparaba un famoso ungüento para la gota, hecho con el relleno de un perro – estilo lechona-, con “pepino, enebro, ruda, grasa de ganso, zorro y oso en partes iguales, hervir y añadir cera, para lograr la untura”.

De París también hubo famosos profesores y egresados. Guido Lanfranchi (Siglo XIV) fue un famoso cirujano, que aprendió a hacer la hemostasia poniendo el dedo a presión sobre el vaso sangrante, y utilizaba un preparado hemostático basado en áloe, incienso, clara de huevo y piel de liebre. Enseñaron en París Roger Bacon (1214-1294), filósofo que preconizaba la investigación, dándole más peso al experimento que al argumento. Algo similar a lo que sucedería con el “pienso, luego existo” de Descartes, quien en el siglo XVII escribiría su “Discurso del método”, en el que comenzaba negando todo lo enseñado para partir de cero y hacer sus propios razonamientos. O el socrático “sólo sé que nada sé”.

Alberto Magno fue santo, filósofo, teólogo, astrólogo, fue autoridad en hierbas medicinales, realizó una compilación botánica en el libro “De vegetabilibus”, escrita en el siglo XIII y que se basó en una obra previa de Nicolás el de Damasco (Siglo I A.C.).

En Padua había un profesor de avanzada, Pedro de Abano (1250-1315), quien por virtud de sus conocimientos del griego, pudo leer muchas de las obras en su lenguaje original. Era un conciliador entre la filosofía y la medicina, y en su empeño de encontrarle explicaciones naturales a los milagros, afirmó que “Lázaro debió haber padecido de catalepsia”.

En Bolonia hubo famosos cirujanos como Hugo de Lucca y su hijo Teodorico, obispo de Cervia, quien utilizó la esponja anestésica. También estuvo Lanfranchi –que ya mencionamos- y Henri De Mondeville (1260-1320). De la esponja anestésica y de la mandrágora hablaremos más adelante.

Otra universidad que se gestó en aquellas épocas medievales fue Oxford, pero su escuela médica no iniciaría labores sino siglos más tarde. De estas semillas universitarias surgiría luego el renacer de la disección, con genios como Leonardo, anatomistas como Vesalio, o fisiólogos como Serveto y Harvey, ya en el período renacentista y luego en la Edad Moderna.

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