Un producto de su medio

Por contraste, los filósofos de la naturaleza y la ciencia positiva que vino después. Situaron al hombre en una posición diametralmente opuesta al considerarlo como “un producto de su medio” o como el resultado de las influencias físicas y sociológicas que lo determinan desde fuera (exterioridad) y lo llevan a ser simplemente una cosa entre las cosas.

Tales tipos de consideraciones tenían que conducir a la imposibilidad de reconciliar el espíritu y la naturaleza, convertidos así en dos sustancias incomunicables.

En la medida en que los científicos comenzaron a ahondar en los detalles de los procesos naturales y lograron demostrar que muchos de ellos podían ser descritos matemáticamente. Y, por lo tanto, explicados, la actitud del hombre frente a la naturaleza quedó profundamente alterada.

Se aceptó a la naturaleza como un concepto colectivo de todos los dominios de la experiencia que resultan asequibles al hombre con los medios de la técnica y la ciencia natural. Prescindiendo de si algunos de tales dominios formaban parte de la “naturaleza” que conocemos por la experiencia ordinaria.

Así surgió, a la larga, la imagen simplista que el materialismo del siglo XIX daba al universo:los átomos son la realidad que existe auténticamente en el universo. Se mueven en el tiempo y en el espacio y, gracias a su posición relativa y a sus movimientos, generan la policromía fenoménica de nuestro mundo sensible.

La concepción materialista del mundo se agrietó en el siglo XX cuando el desarrollo de la electricidad postuló que lo auténticamente existente no era la materia sino el campo de fuerzas, a pesar de lo cual los materialistas continuaron considerando a las partículas subatómicas que se iban descubriendo como la última realidad objetiva del universo.

En la medida en que han continuado desarrollándose los hallazgos y las postulaciones de la ciencia:

Se han producido hondas alteraciones en los fundamentos de la física del átomo que, a su vez, modifican las concepciones filosóficas sobre el universo y sobre el hombre.

La existencia de 92 átomos cualitativamente distintos, que estableciera Mendelejev, se consideró insatisfactoria y se intuyó la posibilidad de reducir aquellas 92 clases de átomos a tres partículas elementales, el protón, el neutrón y el electrón, que tendrían las características de la estabilidad.

Luego, se describieron múltiples partículas subatómicas inestables que tomaron el nombre genérico de mesones. Constituidos por idéntica materia, y de los tres componentes básicos se pasó a uno solamente. Hoy en día, se afirma que sólo existe una única materia. En estados estables como el protón, el neutrón y el electrón y en estados inestables como los mesones.

Werner Heisenberg se expresa así: “Se ha puesto de manifiesto que aquella expresada realidad objetiva de las partículas elementales constituye una simplificación demasiado tosca de los hechos efectivos y que debe ceder el paso a concepciones más abstractas.

Lo cierto es que cuando queremos formarnos una imagen del modo de ser de las partículas elementales. Nos encontramos ante la imposibilidad de hacer abstracción de los procesos físicos mediante los cuales ganamos acceso a la observación de aquellas partículas…

La cuestión de si las partículas existen “en sí” en el espacio y en el tiempo, no puede ya plantearse en esa forma. Puesto que en todo caso no podemos hablar más de los procesos que tienen lugar cuando la interacción entre las partículas y algún otro sistema físico. Por ejemplo, los aparatos de medición, revele el comportamiento de la partícula.

(Lea También: Las Variedades de la Experiencia Religiosa)

La noción de la realidad objetiva de las partículas elementales se ha disuelto:

Por consiguiente en forma muy significativa, y no en la niebla de alguna noción nueva de la realidad, oscura o todavía no bien comprendida. Sino en la transparente claridad de una matemática que describe. No el comportamiento de las partículas elementales, sino nuestro conocimiento de dicho comportamiento.

El físico entiende que su ciencia no es más que un eslabón en la cadena sin fin de las contraposiciones del hombre y la naturaleza y que no le es lícito hablar sin más de la naturaleza “en sí”.

La ciencia natural presupone siempre al hombre y no nos es permitido olvidar que, según lo ha dicho Niels Bohr. Nunca somos sólo espectadores, sino siempre también actores en la comedia de la vida”.

Uno de los filósofos del siglo XX que más influencia ha tenido en el estudio de las relaciones entre la conciencia y la naturaleza. Ha sido indudablemente el francés Maurice Merleau Ponty, fallecido hace apenas treinta años.

En sus libros “La estructura del pensamiento”y “La fenomenología de la percepción”. Señala la discordancia existente entre la visión que el hombre pueda tener en sí mismo por reflexión o conciencia y la que obtiene relacionando sus conductas con las condiciones exteriores de las que manifiestamente depende.

La filosofía pontyana, trazada con maestría en esas obras, intenta superar la discordancia que se observa entre el punto de vista reflexivo o perspectiva idealista y el punto de vista objetivo o perspectiva realista. Y su problema crucial estriba en saber dónde termina lo percibido y dónde comienza lo pensado y cómo se da el tránsito de lo implícito a lo explícito.

El filósofo parte de la noción de estructura del comportamiento, cuyo estudio:

En los tres órdenes fundamentales del universo, el físico, el vital y el humano, constituye el único método de abordar la realidad.

El orden físico,el análisis de los hechos nos obliga a reconocer la prioridad del todo como una unidad, en la que cabe distinguir pero no aislar las partes.

En relación al todo, las partes no gozan de individualidad; no poseen propiedades o funciones constantes, no son externas entre sí.

Para Merleau Ponty, la forma y, en particular,los sistemas físicos se definen como procesos totales en los que las propiedades no son la suma de las que poseerían las partes aisladas, sino más bien procesos totales que pueden ser indiscernibles el uno del otro,aun cuando sus partes comparadas una con otra difieran en magnitud absoluta.

La forma se nos presenta como un “individuo”, una “unidad interior”, inscrita en un segmento de espacio y resistente a la deformación de las influencias externas.

La forma, para Merleau Ponty, no puede definirse en términos de realidad, sino en términos de conocimiento, es decir, como objeto de percepción.

En el orden vital, se establece además un nexo indisociable entre la estructura y la significación que la complementa.

Señala que no podría comprenderse biológicamente el organismo reduciéndolo a un conjunto de partes iguales yuxtapuestas en el espacio, existentes unas fuera de otras, como sumas de acciones físicas y químicas.

Esta “coordinación por el sentido”, que descubre en el organismo una “unidad de significación”, se funda en la originalidad del propio comportamiento animal.

Significación, sentido y valor no son nociones que se introducen arbitrariamente, sino determinaciones intrínsecas del propio organismo.

Toda acción o situación particular, incluso en el caso del comportamiento humano,participa en la estructura del comportamiento total.

El orden físico, el orden vital y, finalmente, el orden psíquico representan tres tipos de relaciones o estructuraciones y constituyen una jerarquía en donde la individualidad se realiza cada vez más.

Materia, vida y espíritu no pueden definirse como tres órdenes de realidad sino como tres planos de significación o tres formas de unidad.

En el orden humano, la conciencia no es aquella entidad cuya esencia consiste totalmente en conocer, sino primordialmente la conciencia de percepción de experiencias vividas.

La percepción resultará de una acción de las cosas de la naturaleza sobre el cuerpo y del cuerpo sobre el alma.

Nuestra experiencia externa es la de una multiplicidad de conjuntos significativos para la conciencia que los conoce; aquéllo que llamamos naturaleza es ya conciencia de naturaleza, lo que llamamos vida es conciencia de vida y aquéllo que llamamos psiquismo es ya un objeto de la conciencia.

En la filosofía pontyana la conciencia no es la facultad separable del cuerpo en que se efectúa. La subjetividad originaria es corporeidad y la conciencia se manifiesta corpóreamente.

Introduce el concepto de cuerpo propio como unidad indivisible de espíritu y materia. El acto más instintivo no es nunca un acto maquinal sino un acto impregnado de sentido, a la vez que el acto más elevado del espíritu es siempre también un acto corpóreo.

El yo, en estas postulaciones, no es la “res cogitans ” de Descartes, sino un yo operante, cuya unidad engloba todas las percepciones y todos los movimientos del cuerpo.

Cuando estoy de pie y tengo la pipa en mi mano cerrada:

La posición de mi mano no está determinada por el ángulo que forma con mi antebrazo, mi antebrazo con el brazo, mi brazo con el tronco y mi tronco finalmente con el suelo. Se donde está mi pipa por un saber absoluto y, por ello, se donde está mi brazo y dónde está todo mi cuerpo.

La fenomenología del cuerpo propio, -yo soy mi cuerpo y por mi cuerpo estoy presente en el mundo y me inserto en él-, es fundamento de mi existencia y sentido de mi ser como ser-en-el-mundo. Yo soy mi cuerpo, es decir, subjetividad encarnada, intrínseca e inmediatamente comprometida en el seno de una realidad.

La existencia es, por lo tanto, experiencia perspectivista, no pura sucesión de imágenes o representaciones que la subjetividad contemplara más o menos activamente sin estar implicada en ella. En cada momento de la vida, somos una cierta perspectiva, la cargamos con nosotros y sólo a partir de ella el resto comienza a presentársenos.

Merleau Ponty designa como “esquema corporal” a la unidad corpórea, es decir, a la posesión indivisa de todos los órganos. La dinámica de tal esquema revela la espacialidad del cuerpo propio y su capacidad para orientarse o situarse en el mundo; es la esencia concreta de la espacialidad objetiva. En la idea pontyana, “el cuerpo propio” está en el mundo como el corazón en el organismo: mantiene constantemente en vida el espectáculo visible, lo anima y lo alimenta interiormente formando con él “un sistema”.

Esta unidad corpórea o esquema corporal del plano físico, del vital y del psíquico, constituye la totalidad cuya existencia es experiencia perspectiva. Cuando experimentamos un dolor físico intenso, es la totalidad corpórea la que se ve afectada, y lo propio ocurre cuando una dolencia afecta el núcleo de nuestro psiquismo.

Es, precisamente, la integridad del esquema corporal, concebida en los términos antes descritos:

La que permite que un amputado perciba su miembro seccionado como si aún fuera propio. Y la que, así mismo, se afecta sensiblemente cuando se siente agobiada o amenazada por la destrucción parcial o total de la esfera biológica o del psiquismo.

Nos quedaríamos, sin embargo, cortos en el análisis de los elementos fundamentales que configuran la relación médico-paciente. Si no tomáramos en consideración los aspectos espirituales de los seres humanos. Que trascienden y van más allá de los hechos que ocurren en la esfera de lo físico-orgánico y de los que se presentan en el campo del psiquismo.

Tales aspectos espirituales han sido señalados en sus estudios sobre la persona humana y el análisis existencial, por Víctor Frankl. Catedrático de neuropsiquiatría de la Universidad de Viena, muy recientemente fallecido.

El distinguido psiquiatra austríaco, en su estudio titulado “Diez tesis sobre la persona”. Parte del concepto de que la persona es un individuum. Es decir, algo que no admite partición y no se puede subdividir o escindir porque es una unidad. Incluso en estados patológicos del tipo de la esquizofrenia, no se llega realmente a la división de la persona y hoy en día ya no se habla más de doble personalidad sino de conciencia alternante.

Pero, además de ser un individuum, la persona es también insumabile, nada se le puede agregar tampoco. Porque no sólo es una unidad sino una totalidad. A esto se añade que la persona como tal, no puede propagarse por sí misma. Sólo el organismo se propaga a partir del organismo de los padres; la persona, la mente personal, la existencia espiritual, no pueden ser propagadas por el hombre. La persona es espiritual.

Por su carácter, la persona espiritual se halla en contraposición con el organismo psicofísico.

Este, el organismo, es la totalidad de los órganos, es decir, de los instrumentos.

La función del organismo es instrumental y expresiva: la persona necesita de su organismo para actuar y expresarse. Como instrumento que es en este sentido, constituye un medio para un fin y, como tal, tiene valor utilitario.

El concepto opuesto al de valor utilitario, es el concepto de dignidad, pero la dignidad pertenece sólo a la persona; le corresponde naturalmente con independencia de toda utilidad social o vital.

Aquél que tiene conciencia de la dignidad de cada persona, siente también absoluto respeto por la persona humana, por el enfermo,por el incurable y por el insano irreversible.

Quien ve solamente el organismo psicofísico y pierde de vista la persona que se halla detrás,es el médico absolutamente técnico. Para quien el hombre enfermo es solamente el hombre máquina al que he hecho referencia anteriormente.

Los aspectos espirituales de la persona humana, en el sentir de Frankl, no son alcanzados por la fisiología ni tampoco por la psicología; están más allá de estos dos campos de estudio del ser humano.

Por otra parte, la persona es existencial,con lo cual se quiere decir que no es fáctica ni pertenece a la facticidad. El hombre, como persona, es un ser facultativo; él existe de acuerdo a su propia posibilidad, por la cual o contra la cual puede decidirse. Ser hombre es, ante todo, ser profunda y finalmente responsable.

Con esto también se quiere decir que es mucho más que meramente libre. En la responsabilidad se incluye el para qué de la libertad humana, aquéllo para lo que el hombre es libre. En favor de qué o contra qué se decide.

La postulación de Frankl, la persona es “yoica ” y el yo no se puede derivar del ello como lo sugiriera Freud:

Pero admite aspectos inconscientes del yo y diferencia el inconsciente instintivo, que también aceptan los psicoanalistas, del inconsciente espiritual.

Al inconsciente espiritual, señala Frankl,” le concierne la fe inconsciente, la religiosidad inconsciente como innata relación inconsciente y, a menudo, reprimida, del hombre con la trascendencia”.

La persona no es sólo unidad y totalidad en sí misma. En ella está presente la unidad físico-psíquico-espiritual y la totalidad representada por la criatura “hombre”. El hombre, entonces, representa un punto de interacción, un cruce de tres niveles de existencia o de tres dimensiones, la física, la psíquica y la espiritual. Pues es unidad o totalidad; pero, dentro de esta unidad o totalidad, lo espiritual del hombre, se contrapone a lo físico y lo psíquico.

Si se proyecta al hombre, desde el ámbito espiritual que le corresponde naturalmente al plano de lo meramente psíquico o físico. Se sacrifica no sólo una dimensión, sino justamente la dimensión humana.

El aspecto espiritual del ser humano que lo diferencia del animal es su capacidad de trascender y de enfrentarse consigo mismo. La persona no se comprende a sí misma sino desde el punto de vista de la trascendencia; más que eso, el hombre es hombre sólo en la medida en que se comprende desde la trascendencia. Y, también, es sólo persona en la medida en que la trascendencia lo hace persona.

Ideas similares sobre la trascendencia y la conciencia autorreflexiva producida a través de siglos de evolución. Han sido expresadas magistralmente por Teilhard de Chardin en su célebre libro “El fenómeno humano”.

En forma análoga a Merleau Ponty, Frankl se refiere al sentido de la existencia o de la vida en términos más espirituales que los que se advierten en las postulaciones del filósofo francés.

A la manera kantiana:

Considera la fe del hombre en el sentido de su propia existencia como una de las patologías del espíritu de la época actual y recuerda las palabras de Albert Einstein quien se expresó así: “Quien siente su vida vacía de sentido, no solamente es desgraciado sino que apenas es capaz de sobrevivir”.

En la búsqueda del sentido de la vida,el hombre es guiado por su conciencia. Que podría definirse como la capacidad de percibir totalidades llenas de sentido en situaciones concretas de la vida.

Refiriéndose al análisis existencial que preconiza, dice: “No podemos dar un sentido a la vida de los demás;lo que podemos brindarles en su camino por la vida es, más bien y únicamente, el mostrarles el ejemplo de lo que somos. Pues la respuesta al problema final de la vida humana no puede ser intelectual, sino sólo existencial”.

Múltiples han sido las respuestas, optimistas unas, nihilistas otras, que intentan dar al interrogante del sentido de la vida las filosofías existencialistas del siglo XX. Desde Kirkegaard y Bergson hasta Heidegger y Sartre.

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