Estudios sobre la Histeria

 

En el campo de la relación médico-paciente que hoy nos ocupa:

El nexo que vincula entre sí al terapeuta y al enfermo, la antigua philia, se ha convertido en transferencia. En sus “Estudios sobre la histeria”, Freud describió esa particular relación afectiva que en curso de la cura analítica suele establecerse entre el médico y el paciente y la concibió como una transferencia a la vez necesaria y perturbadora.

La transferencia presupone en el paciente honda confianza en el médico y se la encuentra en toda actividad médica que exija una colaboración con el enfermo y tienda a una modificación de su estado psíquico. El manejo de la transferencia, que es condición indispensable para la resolución del problema psicológico, es la pieza central del tratamiento psicoanalítico.

La actitud del médico en cuanto a saber escuchar e interpretar el material suministrado por el paciente, es la ayuda técnica que se le presta al enfermo para la adecuada solución de sus conflictos.

Freud estableció inicialmente la regla de la “pasividad” del médico, según la cual éste debe conducirse como una pantalla neutra respecto a las expresiones y actitudes del paciente. Psicoterapeutas posteriores, incluso de corte analítico, consideran sin embargo que, para la adecuada y pronta solución de los conflictos, se requiere de la intervención activa del médico en la relación analítica.

El fenómeno complementario de la transferencia es la contratransferencia:

Que implica la reviviscencia de situaciones transferenciales en el alma del terapeuta como consecuencia de la cura analítica y la consecutiva proyección de las mismas sobre la persona del paciente. Spitz define la contratransferencia como una reacción espontánea del analista a la personalidad del paciente.

Este proceso se resuelve en formaciones inconscientes, que alcanzan expresión en la actitud del analista; actitud que, a su vez, produce modificaciones en la transferencia del paciente.

A la interpretación clásica, erótica si se quiere, del psicoanálisis ortodoxo freudiano, Adler y los adeptos a la “psicología individual” piensan que el fenómeno de la transferencia debe ser interpretado desde el punto de vista del instinto del poder de Jung y se refiere al inconsciente colectivo en que se halla implantada el alma del enfermo.

No es habitual hablar de transferencia y contra transferencia en la relación ordinaria médico-paciente y se reservan los términos solamente para las relaciones psicoanalíticas.

Sin embargo, es claro que fenómenos análogos ocurren en la relación médico-paciente ordinaria y condicionan, como lo expresé en un comienzo, la situación de tensión ambivalente de las tendencias espontáneas y antagónicas hacia la ayuda y el abandono, que se suscitan en el médico que se enfrenta a la enfermedad.

Ser médico, dije antes, es hallarse habitual y profesionalmente dispuesto a una resolución favorable de la tensión ayuda-abandono.

En el curso de las últimas décadas, se han venido presentando cambios importantes en el ejercicio de la profesión médica que influyen en la relación médico-paciente.

El desarrollo impresionante de la tecnología médica y la ampliación de todos los conocimientos, hace que el profesional de nuestra época se vea precisado a solicitar la ayuda técnica de sus colegas para el diagnóstico y el tratamiento de sus pacientes; esto es especialmente evidente, y en ocasiones dramático, en el caso de pacientes graves o complicados que necesitan atención especializada en las unidades de cuidado intensivo.

El costo de la asistencia médica de ese tipo de enfermos es considerable y está por fuera de los presupuestos de salud de una persona corriente.

Esto ha conducido al desarrollo de sistemas de atención médica de modalidades diferentes, generalmente agrupadas bajo el nombre de sistemas de medicina prepagada.

En ellas, el paciente es más consciente de su derecho a ser asistido y el médico menos libre en el ejercicio de una medicina antiguamente llamada liberal.

Estas nuevas situaciones se reflejan en la modalidad de la relación médico-paciente de los tiempos actuales, tal como otras diversas, en otros tiempos, se reflejaron en la relación médica al superarse la esclavitud, al minimizarse el sentido mágico de la medicina, al desarrollarse el método experimental y la medicina científica, al establecerse la medicina privada y las modernas concepciones psicoanalíticas y, finalmente, al implantarse la socialización de la medicina.

Todas estas etapas tan distintas unas de otras,con modalidades diversas de la relación médico-paciente, tienen, sin embargo, si se analizan en profundidad, un común denominador: el encuentro de una totalidad, la del médico, con otra totalidad, la del paciente, empeñadas en lograr un objetivo común, la salud del enfermo.

Totalidad del médico, en sus aspectos físicos y biológicos, psicológicos y espirituales

Pero, es la totalidad del médico, en sus aspectos físicos y biológicos, psicológicos y espirituales, la que forma la base de una buena relación con el enfermo, independientemente de las circunstancias coyunturales en que se desarrolle tal situación en los tiempos actuales.

Es el médico consciente de su misión profesional, plenamente identificado con la esencia de la medicina que practica, el que puede lograr el encuentro de su propia conciencia, con la confianza que le entrega su enfermo.

Para lograr que la relación médico-paciente se obtenga de la mejor manera posible, tanto médicos como enfermos tienen deberes que cumplir: del lado del paciente, sus obligaciones para con el médico se sintetizan en tres:lealtad en la información que le suministra sobre la enfermedad, confianza en la pericia médica del profesional y, por ende, obediencia a sus prescripciones; y finalmente, distancia, la afectuosa distancia que evitará que la confianza y la amistad dejen de ser transferencia útil y se truequen en transferencia perniciosa.

Del lado del médico, sus obligaciones para con el paciente se sintetizan:

En el cumplimiento de la regla de oro del arte de curar cual es la búsqueda del bien del paciente.

Para lograrlo no basta simplemente con poseer la habilidad adecuada y unos conocimientos sobre el arte ampliados por desarrollos técnicos suficientes.

Es necesario para el médico poner, en su noble empeño de curar o consolar, todas las fuerzas biológicas, físicas y espirituales que le permitan establecer diagnósticos acertados e implantar los tratamientos pertinentes; impregnarse y comprender con benevolencia, como si fueran propios, los sentimientos de aceptación y de rechazo del paciente, captando y entendiendo serenamente sus actitudes, sus angustias y sus depresiones; estimar el grado de información que debe dar al enfermo sobre sus dolencia, valorando cuidadosamente la forma y la oportunidad de suministrarla; entender cuán importante es muchas veces el silencio, frente a la abundancia de palabras; establecer la afectuosa distancia que él mismo pide al paciente y estar en todo momento bien dispuesto a entregar al enfermo, con generosidad y altura, su amistad invariable y lo mejor de su saber profesional.

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