Salud Pública, Enfermedades y Epidemias

Enfermedades y Epidemias

Las principales enfermedades y las que más mortali­dad y conmoción causaban en la población del Tolima en el siglo XIX eran: la viruela, que permanecía en­démica y asaltaba con brotes epidémicos a la pobla­ción; el cólera, que causaba gran mortalidad y que se presentó en el Tolima durante la epidemia nacional de 1850; las denominadas “fiebres”.

Entre ellas las “fie­bres malignas del Magdalena”, presentes especialmente en Honda, Mariquita, Neiva y Ambalema; la lepra o “elefantiasis, elefantiasis de las orejas” enfermedad endémica en algunas zonas de Colombia como San­tander y Boyacá, y en menor medida en el Tolima; además, se encuentran alusiones a “epidemias” de hidrofobia o “peste de rabia”.

Dolencias incómodas como las niguas por la pobreza y el pie descalzo, vía que también tomaba el parásito necátor americano y, la uncinariasis, que penetraba por la planta del pie y causaba la anemia ferropénica; el carate o mal de pin­to, de mayor incidencia en el sur del Tolima; se habla­ba de los caratejos de Chaparral y se atribuía su conta­gio a las aguas de un río (charco del Chocho).

Cólera

El cólera apareció por primera vez en el te­rritorio de la Nueva Granada en 1850. Salvador Ca­macho Roldán, hace un recuento de la forma como se inició la epidemia en la costa caribe colombiana y cómo se expandió por el país y alcanzó al Tolima.

“El año de 1849 fue cruel para las poblaciones de nuestra costa atlántica por la visita de un viajero despiadado: el cólera asiático. Proce­dente de Europa a los Estados Unidos, de Nue­va York vino a Colón en donde hizo estragos entre los pasajeros del navío “California” y la ciudad de Panamá.

Luego pasó a Cartagena y Barranquilla, en donde el flagelo se encarnizó en los meses de junio y julio. En general, se calculó que, entre las ciudades del litoral y las márgenes del Magdalena hasta Honda, el azo­te en tres meses había causado la muerte a más de 20.000 personas (…) Entre Honda y Am­balema la mortalidad fue muy grande en los meses de enero y abril de 1850.

En Guaduas y Villeta, a 900 metros de altura sobre el nivel del mar, fue ya menor la propagación de la epi­demia.

Puede juzgarse del terror despertado por una enfermedad desconocida en medio de poblaciones esparcidas en los campos, sin re­curso alguno, en los momentos de esperanza que traía consigo la libertad de las siembras de tabaco” (18).

Camacho Roldán, quien padeció la enfermedad del cólera en Ambalema, siendo subdirector de ventas del tabaco, la describía así:“vómito constante, deyecciones frecuentes de aspecto de agua de arroz, calambres violentos, sed devorante, frío en las extremidades, color lívido en un principio, después azulado, hun­dimiento de los ojos, demacración rápida, pér­dida de las fuerzas, y muerte a las veinticuatro horas y, a veces, a los tres o cuatro días.

La en­fermedad se atribuía a una posible relación en­tre la descomposición pútrida de los cadáveres y las corrientes de aire. Nace así la policía sani­taria dedicada a controlar entierros, cadáveres y corrientes aéreas en el espacio urbano. Se uti­lizan disparos de cañón y sonido de campanas de iglesia para conmocionar el aire y disminuir la amenaza pútrida” (18).

Viruela

En el Tolima, la viruela llegó a Mariquita en 1588 traída por una esclava negra procedente de Guinea. Murió la tercera parte de la población. La cifra de morta­lidad indígena alcanzó el 90%. Hacia 1590, en inmedia­ciones del río Coello, Tolima, en las huestes del Capitán Bocanegra se desató otra epidemia de viruela (19).

En 1696, durante un brote epidémico procedente de Cartagena, el fiscal de la Audiencia y el procurador de Santafé, dictaron autos para establecer vigilancia en el puerto de Honda, impidiendo el desembarco de pasajeros sin ser examinados.

Las cuarentenas y “de­gredos” eran motivo de controversia con comerciantes y viajeros, que argüían incomodidades y obstáculos al comercio. El Archivo Histórico de Ibagué, documenta casos de viruela hacia 1722, donde se habla de “la con­ducción de 150 negros bozales infectados de viruela” (20). En 1755 se había notificado la presencia de la viruela en Ibagué y nuevamente se hizo en 1765 (22), cuando se aludió a una epidemia de viruela (21).

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La epidemia de 1802, sucedida en todo el territorio de la Nueva Granada, afectó al Tolima por el intercambio de comercio y gentes entre Santa Fe y Honda. Según Renán Silva, el 11 de junio, el Virrey Mendinueta es­cribía al alcalde ordinario de Ibagué ordenándole es­tablecer puestos de control en los lugares que, desde esa ciudad daban salida para Santa Fe, con el fin “de que no pase persona alguna en que se reconozcan los accidentes de la viruela o señales de habelas pasado recientemente” (23).

El mismo Renán Silva se refiere a la situación de la epidemia en lugares diferentes a Santa Fe de Bogotá.

Viruela en el Tolima

Afirma que la viruela había invadido todo el territorio del Tolima, pero presentándose en forma benigna:

“La noticias que llegaban de la ciudad de Ibagué eran un poco sorprendentes (aunque no tanto si recordamos que esta ciudad y sus áreas aledañas habían sido un epicentro de inoculación durante la epidemia de 1782). El 16 de junio de 1801, el acalde informaba que el contagio estaba presente en la región, que la ciudad padecía el mal (…) en términos de que en pocos días la habría (la viruela) en todas las casas (….).

En ese momento era imposible de­tener ya el contagio siquiera en los límites de la ciudad, por estar regada en las casas de campo, y por haberla en el pueblo de Piedras, en la jurisdicción de Honda (….). El funcionario ase­guraba que era de las epidemias más benignas que había conocido, al punto que los peones salían a trabajar diariamente sin abrigo, ni hu­mano socorro… y (luego) los vemos paseándo­nos ya sanos.

Para el alcalde, la situación de contagio había llevado al regidor del cabildo y al administrador de correos a decidirse por la inoculación de los miembros de sus propias familias, en total 11 personas, entre ellas una niña de tres días de parida y una criada mayor de 40 años, que hace muchos años padece el mal venéreo (…); en todos los casos con exce­lentes resultados, pues los granos brotados se anunciaban como pocos y buenos. Todo ello no obstante, no haber médico en la ciudad que dirija los preparativos (…), la cura ha resultado de la mayor satisfacción” (23).

Vacuna brazo a bra­zo

Para disminuir los estragos de la viruela, se utilizaba la “inoculación”, “variolación” o” “vacuna brazo a bra­zo”, que consistía en introducir en una persona no con­tagiada, la viruela humana extraída de las pústulas se­cas de los contagiados, como método preventivo frente al contagio de las viruelas naturales.

La inoculación o “variolación” era ordenada por las autoridades civiles y por las Juntas de Sanidad, las cuales designaban ciu­dadanos a fin de que seleccionaran niños y jóvenes que deberían ser inoculados para llevar a la vacuna con la cual se propagaría este medio de prevención.

Como no había médicos oficiales, se seleccionaban como vacunadores a las personas más cultas y edu­cadas de la población, quienes en ocasiones manifes­taban su descontento por lo complejo de la tarea. En 1852, en nota dirigida a la Prefectura del Cantón de Ibagué, se hace alusión a la vacunación brazo a brazo:

“República de la Nueva Granada
Alcaldía del Distrito
Coello, septiembre 16 de 1852, No 57

Señor Prefecto del Cantón

“Perdidos han sido los esfuerzos por conseguir el pus vacuno; pues uno de los jóvenes que lo trajeron tan solo en un brazo, le crecieron muy poco las dos inocu­laciones y de ellas en este día se pasará a otros; más en el otro joven no creció, ni los accidentes fueron como los de aquel. Acepte usted las ofertas de consideración y respeto con que me suscribo. Atento servidor. Ansel­mo López” (24).

Las epidemias de viruela

Se presentaron en repetidas oportunidades. Por ejemplo, en 1858 se notificó acerca de una epidemia de viruela “maligna” en el Tolima y se solicitaron vacunadores (25). La viruela se clasifica­ba en maligna y benigna dependiendo de sus caracte­rísticas y agresividad.

Después, en 1871, se presentó en el Tolima una epi­demia de gran magnitud. El 16 de noviembre de 1871 la municipalidad del Distrito de Ibagué expidió un acuerdo sobre Policía de Salud Pública según el Có­digo Político y Municipal.

La epidemia de viruela de 1871 en el Tolima fue una de las de mayor propaga­ción y mortalidad, según los documentos revisados y citados anteriormente. A pesar de la existencia de la técnica de vacunación, las coberturas que se lograban eran muy precarias por lo que los brotes epidémicos eran frecuentes.

Las autoridades estatales y distritales no contaban con medios para detener las epidemias y su actuación se reducía al nombramiento esporádico de vacunadores.

Entonces, ¿qué hacer? Se recurría a la medicina em­pírica y no pocos de los médicos prescribían y reco­mendaban todo tipo de remedios para su curación. La enfermedad cursaba su proceso natural y los que no morían quedaban marcados por cicatrices que dejaban en la piel constancia del padecimiento.

A las personas afectadas y con cicatrices faciales, se les decía “tusos” o con la cara “tusa”. Los contagiados de las clases menos favorecidas morían escondidos en sus casas, en descampados o en los hospitales de degredo en condi­ciones pavorosas. Las ropas y enseres de los contagia­dos eran quemadas bajo la mirada de la autoridad de la policía de salubridad. Quien no denunciara el enfer­mo en su familia era objeto de sanción.

Letalidad de la viruela

Todos estos estragos y el mortífero índice de la epide­mia se ponen de manifiesto en uno de los documentos de la época, del 24 de Julio de 1871, que resulta de gran mérito pues presenta una cifra estadística que revela la alta letalidad de la viruela.

En Ortega, de treinta en­fermos murieron veinticuatro, según la comunicación del alcalde del Distrito de Ibagué. El temor a la viruela ya contraída hacía que los enfermos aceptaran toda clase de tratamientos ante la inminencia de la muerte.

En el periódico La Luz, del municipio de Honda, un médico/vacunador describe la etapa final de la viruela maligna como, “una muerte sin treguas; venían luego a com­plementar este cortejo de síntomas horribles, la fiebre hética, el marasmo, las diarreas colicua­tivas, el olor cadavérico, el insomnio, la ansie­dad, el sudor frío, una extrema postración, la escacela o la gangrena, y por último, la muerte ponía término a los rudos tormentos de aque­llos desgraciados, pero no sin haberse compla­cido primero en su prolongado martirio” (26).

El año de 1880 se notificó en el Espinal, además de la viruela, una epidemia de fiebre amarilla que cobró la vida de muchos de sus pobladores. En 1881 se pre­sentó una epidemia de viruela con grave impacto en la población del municipio de Purificación, especial­mente en las fracciones de Ilarco, Chenche y Ejido.

En abril 20 de 1881 y, en relación con la epidemia de Puri­ficación, el Diario Oficial entregó información sobre la viruela, sus síntomas y su tratamiento. Las instruccio­nes se hicieron circular en un folleto (300 ejemplares):

La viruela y sus síntomas

Ligeros calofríos más o menos repetidos: cuando estos faltan o hay solamente una mayor sensibilidad al frío, la viruela será benigna. Luego se aumenta el calor natural con propensión al sudor y fiebre, cuyo estado cesa para volver a aparecer muy pronto.

La lengua se cubre de una capa blan­quecina; hay sed y a veces náuseas y vómito; y no son estraños los dolores en el estómago y en las tripas. generalmente hay estreñimiento, la diarrea se presenta raras veces. El dolor de cabeza hacia la frente lo hay desde el principio i puede durar por todo el curso de la enferme­dad. El dolor de la cintura y de los lomos es síntoma que molesta mucho a los enfermos.

Desde los primeros momentos se siente mucho desfallecimiento, laxitud, quebrantamiento de huesos, trastornos y dolores contusivos en los miembros.

Suele haber dolor de garganta y no son raros los dolores en el pecho, la ronquera, estornudos y dificultad de respirar. La agitación febril, la falta de sueño y a veces el delirio o pos­tración, atontamiento y somnolencia son dos grupos de síntomas que con frecuencia se alter­nan. A los dos o tres días de haber empezado el mal, se empiezan a ver manchitas o punticos rojos cuya forma se percibe al tocarlos.

Estas manchitas aparecen primero en la barba y alre­dedor de los labios, luego en la frente y en los carrillos y van invadiendo el cuello, el tronco y las estremidades; pero a veces se presentan en las partes más cubiertas y más propensas. Aparecen las pústulas notándose exacerbacio­nes al principio y al 8º y 9º día.

Por lo regular se marca bien el período de descamación; si las pústulas están aisladas, no se revientan, presen­tando un puntico negro en su centro, color que toma toda la pústula, la que se endurece indi­cando que termina la enfermedad.

Cuando las pústulas están muy juntas o son muy grandes, se abren, se revientan se riega el pus, escoria la piel, se desprende la epidermis y se nota una mala situación por la inflamación en la piel que, al calmar, deja grandes y profundad cica­trices (tusas). Este trabajo empieza por la cara y termina por la extremidades.

La viruela puede ser complicada por otra enfermedad de la que casi siempre es causa, como la inflamación de los ojos, los oídos, boca, garganta, de las vías digestivas, y respiratorias, de las urinarias, de la cabeza y hasta de la misma piel” (26).

Buscando afrontar los efectos de esta calamidad públi­ca, se expidieron normas de vigilancia epidemiológica:

“apremiando tanto a los comisarios como a los dueños de las casas en las que hubiere la virue­la para que impidan el contacto de las personas sanas con las enfermas de viruela, i en caso de muerte de alguna persona en su casa, hagan inhumar el cadáver conforme a las reglas pres­critas, es decir, a una distancia de los caminos y habitaciones por lo menos de doscientos me­tros y a una profundidad de por lo menos metro y medio. También se debe prohibir a los conva­lecientes de la viruela, que aún está fresca su descamación, salgan a rozarse con el pueblo sano (26)”

Con todo, la viruela continuó siendo endémica en Iba­gué al finalizar el siglo XIX, con brotes epidémicos periódicos. Todavía en 1905, comunicaciones tanto de la Alcaldía como de la Junta de Sanidad y el Inspec­tor de Policía, se refieren a la enfermedad con carácter epidémico.

Fiebres malignas del Magdalena

La noción de fie­bres malignas del Magdalena se desarrolló en Colom­bia durante la segunda mitad del siglo XIX, específi­camente entre 1850 y 1880. Sus principales teóricos médicos fueron el Dr. Rafael Rocha Castilla, médico chaparraluno, y el Dr. Antonio Vargas Reyes. Am­bos describieron estas fiebres como una enfermedad diferente a la fiebre como síntoma de algunas enfer­medades.

En 1872, el médico ibaguereño Domingo Esguerra Ortiz publicó la Memoria sobre las Fiebres del Magdalena. Tanto Esguerra como Rocha Castilla y Vargas Reyes, relacionaban estas fiebres malignas con el clima y el agua pútrida de los pantanos.

Se afirma­ba que el clima de los valles del Magdalena, cálido y propicio para la descomposición de materias orgánicas y la proliferación de mosquitos y otros insectos, eran la principal causa de las fiebres malignas. Así, en lo que toca al Tolima, la región de Ambalema, Honda y Neiva, era más que propicia para que las personas contrajeran las fiebres.

La región tabacalera de Ambalema, con gran pre­sencia de trabajadores migratorios, las fiebres causaban gran mortalidad.

En 1856 se presentó una epidemia de fiebres en Ambalema y Honda que causó la muerte de 1.900 trabajadores.

En un trabajo realizado por Leo­nardo Briceño Ayala y Mariela Andrea Suarez Mesa sobre la mortalidad y su relación con la economía del tabaco en Ambalema, Honda, Girardot, Peñalisa y Neiva, se encuentran epidemias periódicas entre 1830 y 1880, así: en 1830, en Ambalema y Honda murieron 1.800 habitantes de los 4.000 o 5.000 que tenía Am­balema; de diciembre de 1856 a enero 1857 en Amba­lema, Guaduas y Honda, murieron 1.900 habitantes, la mayoría obreros del tabaco; en 1870 en Espinal y Honda, con 1.000 a 1.5000 enfermos, se registraron de 200 a 357 muertes en el Espinal (27).

De igual manera, en marzo de 1872 El Espectador, pe­riódico del Guamo, traía el siguiente comentario ha­ciendo mención a las fiebres del Magdalena:

“Se hacen ligeras observaciones acerca de la naturaleza de las fiebres que asuelan estas po­blaciones y se dice ser las paludianas, cuyo ori­gen se debe a las emanaciones que las aguas es­tancadas del Magdalena desarrollan durante el verano, después de un fuerte invierno; recuerda que en todas las comarcas dominadas por las aguas de esta gran arteria surgen de ellas en­démicamente, notándose en los habitantes ese color característico que constituye la caquexia palúdica; que estas fiebres, así como el cólera morbus y todas las enfermedades miasmáticas cuando son epidémicas, por lo general, germi­nan en un terreno labrantío, eficazmente abo­nado por la carencia de higiene pública y priva­da, por la mala situación topográfica, por una pésima e insuficiente alimentación, así como el relajamiento de costumbres” (27).

Considerando lo anterior y como sumario del tema de las fiebres del Magdalena, queda para la Medicina, la valoración latente de la rigurosidad con la que los mé­dicos de la época, el Dr. Vargas Reyes y los médicos tolimenses Rocha Castilla y Domingo Esguerra, en primera línea, describieron y clasificaron estas fiebres.

Rabia

En los documentos encontrados y revisados so­bre la presencia de la rabia en Ibagué y el Tolima, es posible encontrar referencias a la enfermedad y las me­didas de eliminación de perros callejeros, infectados o no.

En 1795 se presentó una epidemia de rabia canina y se ordenó matar a palo a los perros callejeros, que eran numerosos, labor llevada a cabo por “los indios”. También se utilizaron lanzas para esta tarea (28). To­davía, en 1897, se notificaba una epidemia de rabia ca­nina pero no se hacía alusión a muertes humanas (29).

El 24 de septiembre de 1861, la Prefectura del Estado Soberano del Tolima envió una comunicación al alcal­de del Distrito de Ibagué, en los siguientes términos:

“Varias quejas ha recibido esta prefectura por los frecuentes casos que últimamente han ocu­rrido en la mayor parte de los pueblos y campo del Departamento, por consecuencia de la hi­drofobia que se está desarrollando en los ani­males de la raza canina; y como al no evitar a tiempo esta epidemia serían inmensos los ma­les que sufrirá la población, se hace preciso que Ud. dicte todas las medidas más activas y efica­ces, a fin de que tales animales sean destruidos en su totalidad o al menos que los dueños que quieran conservarlos se contribuya a tenerlos con todas las seguridades dentro de sus casas.

Esta misma regla hará observar Ud. respecto a toda otra clase de animales que aparezcan con la misma epidemia:

Para mí particularmente se le llama la atención hacia la raza canina. Atentamente, Firma Ilegible. Septiembre 24 de 1861” (30).

Un hecho llamativo en relación con la rabia, lo consti­tuye el relato del médico estadunidense Herbert Spen­cer Dickey quien en su libro The Midsadventures of a Tropical Medico, narra un episodio sucedido en las in­mediaciones de Frías.

Spencer Dickey había llegado a Colombia en 1899 como médico de la Tolima Mining Company. Tuvo oportunidad de tratar al “Negro” Marín, guerrillero en la Guerra de los Mil Días. Preci­samente regresando de Armero, donde había aliviado a Marín de un dolor de muelas con la aplicación de morfina, se vio súbitamente atacado por un cerdo al cual describe como “enorme, con los ojos inyectados, bufando y echando espuma por el hocico”.

Al sobre­salto de su caballo, bajó de él, disparó su arma hacia el cerdo y lo mató. Todo sucedió en segundos frente a una modesta vivienda que tenía su puerta entreabier­ta. Al entrar, se encontró con el terrible cuadro de tres cadáveres, una mujer y dos niños, y en una cama, un hombre dominado por las convulsiones. Afuera, cerca de la puerta se encontraban dos pequeños cerdos en estado de descomposición.

El aspecto del gran cerdo, la situación y los síntomas del hombre, le dieron el rápido diagnóstico: rabia. Se acercó al hombre de la cama y con todas las precauciones, le aplicó una fuerte dosis de morfina. Cesaron las convulsiones y el hom­bre murió. Saliendo de la casa, le prendió fuego a ésta y abandonó el lugar (31).

Conclusión

La reconstrucción histórica de la higiene, la salud pú­blica, las enfermedades y epidemias durante el siglo XIX en el Tolima, era una necesidad sentida de la co­munidad médica del departamento, pero no solo de ella sino también de historiadores y académicos de otras disciplinas.

La revisión exhaustiva y minuciosa de bibliografía, especialmente de cartas, notas y do­cumentos oficiales de las autoridades de la época, así como noticias, denuncias y artículos de los principales periódicos del departamento, permitieron una aproxi­mación cercana a las condiciones de salud, higiene y enfermedades padecidas por la población.

Al finalizar el siglo XIX, la totalidad de la población tolimense era menor al millón de habitantes. Tanto la mortalidad generada por las guerras civiles como las epidemias, causaron estragos en el Tolima mantenien­do las tasas de crecimiento en niveles cercanos al uno por ciento.

Aspectos como la nutrición desbalanceada, la higiene precaria y la ignorancia, eran condicionan­tes fundamentales de la enfermedad y de las epidemias que causaron grandes estragos, especialmente la virue­la y las denominadas fiebres malignas.

Las secuelas y efectos de todo ello, se mantuvieron y extendieron a la salud pública por largos períodos. Por consiguiente, es válido afirmar que el departamento del Tolima hizo la transición al siglo XX, con condiciones de salud pro­pias de los inicios del siglo XIX (32).

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Conflicto de intereses

El autor declara no tener ningún conflicto de interés.

Financiación

Este trabajo no tuvo financiación diferente a los recur­sos del autor.

Agradecimientos

Un agradecimiento a Nelly Flores, bibliotecaria del Archivo Histórico de Ibagué, por su colaboración y orientación en la búsqueda de información y docu­mentos, lo que permitió la culminación de este trabajo.

Referencias

  1. Melo JO. Colombia es un Tema. Historia de la población y ocupación del territorio colombiano. Conferencia leída; 1990.
  2. Flórez CE, Romero L. La demografía de Colombia en el siglo XIX. En: Meisel A y Ramírez M (eds.). La eco­nomía colombiana en el siglo XIX. Bogotá: Banco de la República-FCE-Universidad de los Andes; 2009.
  3. Rueda Plata JO. Historia de la población de Colombia: 1880-2000. En: Tirado A (Dir.). Nueva Historia de Co­lombia. Vol. 5, Cap. 15. Bogotá: Planeta; 1989.
  4. Pérez F. Geografía Física y Política del Estado del Toli­ma. Bogotá: Imprenta de la Nación; 1863.
  5. Camacho Roldán S. Memorias. Cap. XVI. Año 1852. Bogotá: Bedout; 1923. P.129-134. Biblioteca virtual del Banco de la República. Disponible en http://babel.ban­repcultural.org/cdm/ref/collection/p17054coll10/id/3166
  6. Palacio M, Safford F. Colombia país fragmentado, socie­dad dividida: su historia. Bogotá: Norma; 2005.
  7. Reclus E. Colombia: traducida y anotada con autoriza­ción del autor por F.J. Vergara y Velasco. Edición Oficial. Bogotá: Papelería de Samper Matiz; 1893.
  8. Archivo Histórico de Ibagué. Caja 10, Doc. 10, Legajo 1. p. 43 45.
  9. Le Moyne A. Viajes y estancias en América del Sur, la Nueva Granada, Santiago de Cuba, Jamaica y el Istmo
  10. de Panamá. Bogotá. Bogotá: Centro Instituto Gráfico. Biblioteca Popular de Cultura; 1945.                                                                                                   
  11. El Tolima. Ibagué, 9 de marzo de 1889. Serie 2ª, No. 28.

    Bibliografía

  12. Holton I. La Nueva Granada, veinte meses en los Andes. Bogotá́: Ediciones del Banco de la República; 1981.
  13. Forero Caballero H. Momentos Históricos de la Medici­na colombiana. Bogotá: Prismagraf. Academia Nacional de Medicina; 2011.
  14. Archivo Histórico del Tolima. Caja 66, Doc. 9, Legajo 2.
  15. El Tolima. Ibagué, 20 de agosto de 1891. Año III, Serie III, No. 140.
  16. Archivo Histórico de Ibagué, Caja 73, Doc. 5, Legajo 2.
  17. El Tolima. Ibagué, 31 de mayo de 1889. Serie 2º, No. 39.
  18. Credencial Historia. Salvador Camacho Roldán, notas de viaje. La cuartilla del lector, Credencial. Ed. 215. Agosto de 2016. Disponible en https://bit.ly/2qAyahI
  19. Camacho Roldán S. Memorias. Bogotá: Bedout; 1923. Volumen 74.
  20. Acero M. De la viruela y otras plagas en América. Heral­do Médico. XXV (230); Agosto de 2002. Disponible en https://bit.ly/2ARhXua
  21. Archivo Histórico de Ibagué. Caja 12, Legajo 12, Folios 47-49.

    Fuentes

  22. Archivo histórico de Ibagué. Caja 6, Legajo 5, Folios 25- 30.
  23. Archivo histórico de Ibagué. Caja 6, Legajo 6, Folios 10- 12.
  24. Silva R. Las epidemias de viruela de 1782 y 1802 en el Virreinato de Nueva Granada: contribución a un análi­sis histórico de los procesos de apropiación de modelos culturales. 2. ed. Medellín: La Carreta Editores; 2007.
  25. Archivo Histórico de Ibagué. Caja 75, Legajo 4, Doc. 1.
  26. Archivo Histórico de Ibagué. Legajo 2. Doc. 2.
  27. Archivo Histórico de Ibagué. Caja 123, Legajo 3, Doc. 2, Folio 82.
  28. Briceño L, Mesa MA. El efecto de la mortalidad ocupa­cional sobre la economía. Las Fiebres del Magdalena y la siembra de tabaco en Colombia en el siglo XIX. Rev. Cienc. Salud 2009; 7 (3): 69-76.
  29. Archivo Histórico de Ibagué. Caja 12, Legajo 7, Doc. 2.
  30. Archivo Histórico de Ibagué. Caja 3, Legajo 1, Doc. 3.
  31. Archivo Histórico de Ibagué, Caja 88 Legajo 109, Do­cumento 5.
  32. Dickey HS. In collaboration with Hawthorne D. The mi­sadventures of a tropical medico. New York: Dood, Mead Company; 1929. P. 33-84, Printed in the United States of América, by Vail-Ballou Press, Inc., Binghamton.
  33. Isaza-Nieto P. Medicina, Salud Pública y Epidemias en el Tolima durante el siglo XIX. 1ª Ed. Ibagué: Editorial Carlos Hernández; 2017.

Correspondencia:
Pablo Isaza Nieto pabloisaza37@gmail.com

Autores


Médico Cirujano. Especialista en Salud Pública. Especialista en Administración de Salud. Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Medicina y presidente del Capítulo del Tolima. Miembro de la Asociación de Salud Pública de Colombia. American Public Health Association. Miembro de la Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina. Miembro de la Academia de Historia del Tolima. Ibagué, Colombia.

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