De la viruela y otras plagas en América

Por MAURICIO ACERO MARTÍNEZ. M.D.
Acero, médico y estudiante de la maestría de literatura de la U. Javeriana hace una interesante revisión de los aspectos históricos de las enfermedades infecciosas en Bogotá, del cual publicamos esta primera entrega.

En 1802, la ciudad de Santafé de Bogotá vivó pánico general ante la inminencia de un nuevo brote epidémico de viruela. Y no era para menos. Tan solo treinta años antes, los pobladores de Santafé habían sido diezmados por el virus; alrededor de tres mil personas perdieron la vida, de las quince mil que habitaban el casco urbano.

Al parecer, la viruela apareció hace 12000 años en el nordeste de África, pero la primera epidemia registrada en los anales de la historia fue en 1350 A. C., durante una guerra entre egipcios e hititas. En Europa, durante el medioevo, morían de viruela alrededor de 400.000 personas al año y una tercera parte de los sobrevivientes quedaban ciegos.

A América llegó en un barco portugués que traía esclavos negros del África, durante el año de 1518. Ese año, se desató una epidemia en la isla de La Española, diezmando principalmente a las poblaciones nativas que no conocían la enfermedad. En 1520, los hombres de Cortés la introdujeron en el Continente. Casi la mitad de la población de México feneció ese año, entre ellos el sucesor del emperador Moctezuma. En América, los pueblos nativos se redujeron, pasando de aproximadamente 25 millones a 1,6 millones de habitantes durante todo el periodo de la conquista, a causa de las enfermedades traídas desde el viejo mundo, no solo la viruela, sino también el sarampión, la difteria, la rubéola y la gripa, entre otras. A Perú arribó en 1524, donde segó la vida de Huayna Capac, emperador Inca a la sazón.

En 1558, la viruela llegó al interior del Nuevo Reino de Granada, por lo que perecieron cerca de 40.000 naturales. Tres décadas después, en 1588, una vez más la viruela hacía su aparición en tierras del Nuevo Reino de Granada, en la población de Mariquita, traída por una esclava desde Guinea. La enfermedad se extendió entonces con gran velocidad, dando muerte a una tercera parte de la población. Uno de cada tres enfermos era sepultado. Los indígenas, que eran la población más afectada, recurrían al bautizo dentro de la fe católica, buscando un alivió a la plaga, al ver que ni sus curanderos ni sus dioses lograban detener el avance de la enfermedad; otros, atemorizados por la gran mortalidad, huyeron a los bosques y montañas dejando abandonadas las poblaciones. Hay quien asegura que la cifra de mortalidad entre los indígenas alcanzó el 90%. Se les trataba como a parias y se les dejaba morir sin que recibieran atención. Hacia 1590, en inmediaciones del río Coello, Tolima, en las huestes del Capitán Bocanegra se desató otra epidemia de viruela. Otro brote en el Nuevo Reino de Granada (en 1688) acabó con poblaciones indígenas de Boyacá y Cauca. Sin embargo, el mayor brote que se registró, inició en 1770 y duró alrededor de 900 días, mató a 700 personas de las 20000 que habitaban entonces el casco urbano de Santafé de Bogotá.

Dentro de la historia natural de la viruela se sabía que nunca se padecía por segunda vez. Entonces, se intuyó que si una persona se encontraba con la fortaleza física suficiente, podría sobrevivir a la enfermedad si recibía la inoculación de una variedad de la enfermedad “debilitada”. Ya en el siglo XVIII se practicaba este método preventivo con el nombre de “injerto”, que no era otra cosa que la inoculación de una pequeña cantidad de material infeccioso, recogido con la punta de una aguja de la pústula de un enfermo, en el organismo de una persona sana. Esto le producía un síndrome febril que duraba alrededor de 8 días, sin ninguna otra consecuencia.

A partir de esto y gracias a los informes llegados desde Gloucestershire sobre los casos de ordeñadoras que no enfermaban de viruela que habían entrado en contacto con vacas que padecían una enfermedad llamada “fiebre vacuna”, es que el médico inglés Edward Jenner labró el camino hacía la invención de un suero que, inoculado en la persona sana, prevenía la aparición de la enfermedad ante la exposición del sujeto a la fuente infecciosa. En 1756 Jenner inoculó a un niño con material procedente de las lesiones de las ubres de las vacas y, dos meses después, lo inoculó con material procedente de las lesiones de un paciente con viruela, obteniendo como resultado la total inmunidad del niño contra ésta. De allí el suero y el método de inmunización obtuvieron el nombre de vacuna.

La viruela se empezó a replegar en América por acción de la inoculación, introducida en 1779 y 1780; sin embargo, la cobertura fue muy pobre. Ante la epidemia que se presentó en el Nuevo Reino de Granada en 1801, que contó con una mortalidad del 13.7% cuando Santafé tenía alrededor de 30.000 habitantes, el rey Carlos IV de España, quien había perdido uno de sus hijos a causa de la viruela y su ministro Godoy, emitieron un edicto dirigido a todos los funcionarios de la corona y autoridades religiosas de sus dominios de Filipinas y América, en el cual se anunciaba la llegada de una expedición de vacunación. La idea general era la de vacunar gratis a las masas, enseñar a preparar la vacuna antivariólica en los dominios ultramarinos y organizar juntas municipales de vacunación para llevar un registro de las vacunaciones realizadas y mantener suero con virus vivo para vacunaciones futuras.

Esta expedición fue la campaña de salud pública más grande que se haya registrado durante el siglo XIX. Un grupo pequeño zarpó con rumbo a los actuales territorios de Puerto Rico, Venezuela, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Bolivia, llevando la vacuna y administrándola en los pueblos y ciudades por los que pasaba. Los expedicionarios viajaron en embarcaciones fluviales primitivas y a lomo de mula. El director fue Francisco Xavier Balmis, médico español, ayudado de cerca por el Doctor José Salvany Lleopart. Otros de sus colaboradores fueron Manuel Julián Grajales, Antonio Gutiérrez Robredo y doña Isabel Gandalla, rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, con 22 niños a su cuidado, inoculados de antemano, como reservorio para la vacuna. El buque llegó a Puerto Rico en febrero de 1804 con su carga de suero de la vacuna guardado entre placas de vidrio selladas.

A Cartagena de Indias llegó el grupo del Dr. Salvany, después de un naufragio que sufrió en el camino al puerto, donde fueron rescatados junto con su equipaje. Atravesaron las murallas el 24 de mayo de 1804 y enseguida comenzaron a vacunar a la población.

Durante la travesía por el río Magdalena, desde la costa del Caribe hasta Santa Fe, el Doctor Salvany contrajo una enfermedad que le hizo perder un ojo. No obstante, en cada puerto donde hicieron escala, los expedicionarios bajaban a vacunar. Solamente en Mompox y sus alrededores fueron vacunadas 24.410 personas y antes de llegar a Santafé se realizaron alrededor de 56.000 vacunaciones. El 18 de diciembre de 1804 los expedicionarios llegaron a Santa Fe de Bogotá, donde fueron recibidos con honores por el virrey, don Antonio Amar y Borbón, y el arzobispo de la época. Y fue aquí donde el Doctor Salvany conoció a José Celestino Mutis, médico también, quien había leído sobre la vacunación contra la viruela. Los pobladores de Santafé aún recordaban el brote de hacía tan solo dos años y estallaron en júbilo ante la llegada del Doctor Salvany. En la capital del virreinato vacunaron a 53.327 personas, según los propios registros del grupo del Doctor Salvany. Luego de vacunar en Bogotá, los expedicionarios partieron rumbo a Popayán vacunando en cada pueblo por el que pasaban. El 27 de mayo arribaron y también fueron recibidos con júbilo. Una vez salieron del territorio de la Nueva Granada, no descansaron hasta llegar a Tierra del Fuego.

Al final de la expedición, más de un millón de americanos recibieron la inoculación, gracias a ésta, tal vez la primera campaña masiva de salud preventiva en territorio colombiano, y americano. Solamente en México, se vacunaron alrededor de 100.000 niños entre 1804 y 1806. Una vez más, la viruela atacó en Bogotá y Tunja en el año de 1810. Fue la última vez que se la vio como una epidemia mortal. Durante el resto del siglo XIX y las primeras tres cuartas partes del siglo XX la viruela se mantuvo, pero perdió fuerza gradualmente. Sin embargo, fue después de la epidemia de 1802, que la visión de la medicina en América cambió; se consideró la prevención como una opción y se empezó a pensar en los hospitales como lugares para el tratamiento y no como simples centros de aislamiento para evitar el contagio del resto de la comunidad.

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