La Medicina en la Obra Literaria de Gabriel García Márquez

Académico Fernando Sánchez Torres

Es sabido que los temas médicos han tenido marcada atracción para muchos escritores reconocidos como tales por la crítica literaria mundial. No ha sido condición sine qua non que simultáneamente hayan pertenecido a la familia médica; basta que hayan sido escritores, y sobre todo escritores románticos: novelistas, cronistas o cuentistas. En algunos de ellos el amor y la medicina han ido de brazo. Y el amor, para el personaje de quien voy a ocuparme, es, según sus palabras, el motor de sus libros, su único argumento, su ideología exclusiva (1). No es de extrañar, como que su venerado maestro Lope de Vega ya lo decía:

“Amor, divina invención
… extraños efetos son
los que de tu ciencia nacen,
pues las tinieblas deshacen,
pues hacen hablar los mudos;
pues los ingenios más rudos
sabios y discretos hacen”. (2)

Está bien, el amor ha servido de acicate, de inspiración, al laureado escritor colombiano. Pero, ¿y la medicina? No es difícil demostrar que ha sido una ciencia muy afin a él. En 1981, en Crónica de una muerte anunciada, pone en boca del narrador, que se supone era él mismo, que “en una época incierta en que trataba de entender algo de mí mismo vendiendo enciclopedias y libros de medicina por los pueblos de la Goajira…” (3). Tal noticia es corroborada por Juan Gustavo Cobo Borda (4), a quien el mismo escritor le confesó en alguna ocasión que había sido vendedor de libros (enciclopedias de la Editorial Uteha) por lados de Valledupar y la Guajira.

Por su parte, Dasso Saldívar -buen biografista de Gabo- refiere que éste, en los pueblos, “visitaba a los médicos, jueces, notarios, alcaldes” para convencerlos de la bondad de los libros técnicos que ofrecía (5); de seguro antes los había hojeado todos y leído algunos.

Si analizamos sus novelas, crónicas y cuentos con el propósito de extraer de ellos los temas médi-cos -que es lo que hice para poder escribir este ensayo- encontraremos que, en efecto, Gabriel García Márquez estaba muy familiarizado con los asuntos galénicos. Se advierte su afición y hasta su pasión por ellos. Además de haber leído enciclo-pedias, tuvo también que documentarse muy bien en otras fuentes para poder escribir con tanta propiedad, no siendo la medicina su profesión.

En la década de los 60, cuando residía en Ciudad de México y daba a conocer en privado y a cuenta gotas Cien años de soledad, sus amigos compro-baron su obsesión documental, como que su mesa de trabajo acumulaba montones de libros que hablaban de alquimia, de navegantes, “manuales de medicina casera, crónicas sobre las pestes medievales, manuales de venenos y antídotos, crónicas de Indias, estudios sobre el escorbuto, el beriberi y la pelagra…” (6). No es de extrañar, entonces, que en su novela cumbre mencione que Melquíades “era un fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió -dice- a la pelagra en Persia, al escorbuto en el Archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar…” (7)

Veremos luego que lo afirmado ahora salta a la vista en algunas de sus principales narraciones: Crónica de una muerte anunciada, El general en su laberinto, El amor en los tiempos del cólera, Sobre el amor y otros demonios…

El inmortal Lope de Vega goza de la predilección de García Márquez. Otro tanto puede decirse del francés François Rabelais, según deduzco de un párrafo extraído de Cien años de soledad. En el último capítulo de su obra maestra aparece un personaje, Gabriel, que tenía una sigilosa novia llamada Mercedes. Formaba parte -dice el narrador- de un grupo de jóvenes intelectuales, discutidores, compuesto por Alvaro, Germán, Alfonso y él. Ha-biéndose ganado un concurso en una revista france-sa, viajó a París “con dos mudas de ropa, un par de zapatos y las obras completas de Rabelais…”(8).

Para el lector entendido queda claro que el tal Gabriel era el mismo Gabriel García Márquez. Es fácil inferir, pues, que el médico y escritor Rabelais ha sido uno de sus autores preferidos. De otra manera no se entiende que hubiera cargado con las obras completas del francés cuando cruzó el mar Atlántico por primera vez. Con razón, me explico, Gabo, como escritor, exhibe -al igual que aquel- una imaginación desbordada, una exagera-ción sin límite, y una afinidad por lo relativo a la medicina. Voy a demostrar tal condición, cotejando algunos pasajes extraídos de la obra señera de uno y otro, es decir Gargantúa y Pantagruel y Cien años de soledad, respectivamente.

Dice Rabelais: “(…) aquel año hubo una sequía tan grande en todo el país de África, que pasaron treinta y seis meses, tres semanas, cuatro días y trece horas y pico sin llover, con un calor solar tan ardiente, que toda la tierra estaba requemada…” (9)

Por su parte, escribe el colombiano: “Llovió (en Macondo) cuatro años, once meses y dos días” (10).

Registra Rabelais: “(…) cuando su madre Badebec lo paría (a Pantagruel), y las comadronas esperaban para recibirle, salieron en primer lugar de su vientre sesenta y ocho muleteros tirando cada uno del cabestro de un mulo cargado de sal, a continuación salieron nueve dromedarios cargados de jamones y lenguas de buey ahumados, siete camellos cargados de anguiletos, y después veinticinco carretas de puerros, ajos, cebollas, cebolletas, lo que asustó mucho a dichas comadres”(11).

A su vez, consigna García Márquez: “Al despertar se bebió cada uno (la Elefanta y Aureliano Segundo) el jugo de cincuenta naranjas, ocho litros de café y treinta huevos cocidos. Al segundo amanecer, después de muchas horas sin dormir y habiendo despachado dos cerdos, un racimo de plátano y cuatro cajas de champaña…” (12)

Como vemos, el influjo del médico y fantasioso Rabelais dejó su huella en el fantasioso y cuasi-médico García Márquez. Digo que cuasi-médico, pues tengo para mí que éste, en el fondo, es un médico frustrado. De ser así se confirmaría la tesis esbozada por Milán Kundera de que los personajes de algunos novelistas encierran las propias posibili-dades de éstos, las que no se realizaron (13).

En la vida real Gabo se familiarizó desde niño con los asuntos médicos, como que su padre incursionó en estas disciplinas. En efecto, Gabriel Eligio García -que así llamaba el progenitor- cambió en Aracataca el oficio de telegrafista por el de médico empírico. Dasso Saldivar refiere que alguna vez había adelantado estudios desordenados de homeo patía y farmacia en la Universidad de Cartagena. Para mayor abundancia registra que alcanzó prestigio a raíz de una epidemia de disentería declarada en 1925 (14).

A finales de 1934, don Gabriel Eligio montó una farmacia en Aracataca y ejercía la medicina, pues a más de ser buen lector de revistas y manuales médicos, “era experimentador permanente”. Por eso la Junta de Títulos Médicos del Departamento del Atlántico le otorgó licencia para ejercer la medicina homeopática. Inventó y patentó un “regulador menstrual”, denominado el “G G” (Gabriel García), “equiparable en bondad a sus similares extranjeros” (15), según se anunciaba.

Dado que el progenitor fuera aumentando su sabiduría médica con el paso de los días, logró que el Ministerio de Educación, en mayo de 1938, le revalidara, con alcance nacional, la licencia de médico homeópata, con la advertencia de que no podía “tomar parte de operaciones quirúrgicas ni tampoco se le permite ninguna actividad en el ejercicio de la alopatía”. Dice al respecto Saldívar que “por supuesto, Gabriel Eligio no sólo acataría la disposición, sino que su prestigio de homeópata le concedía el lujo de mirar por encima del hombro a la medicina oficial” (16).

Como buen intelectual, e intelectual precoz, Gabo fue en sus años mozos- y seguro que lo sigue siendo- un lector voraz, un libroadicto Hay noticia de que cuando cursaba su bachillerato en calidad de “interno” en el Liceo Nacional de Zipaquirá contrajo el “sarampión literario” (17). Fue así por lo que devoró todos los libros de literatura que reposaban en la biblioteca del Liceo, para seguir “con las obras completas de Freud…”(18), que para leerlas se requiere tener por lo menos simpatía por los asuntos médicos.

Antes era costumbre que los padres aspiraran a que sus hijos fueran profesionales, sobre todo en carreras similares a las suyas. No es descabellado pensar que don Gabriel Eligio llegara a querer que su hijo fuera médico, aun cuando Saldívar registra que lo que deseaba era que fuera “farmaceuta”, para que más tarde lo remplazara en la farmacia (19).

Aceptando las cosas como son, Gabriel García Márquez, gran maestro de la narrativa, maneja con frecuencia asuntos médicos sin ser médico ni farmaceútico, no sólo con elegante desparpajo, sino también con autorizada propiedad. De ahí que yo piense que ha encontrado inspiración y solaz en ellos, casi como los encontrados en los asuntos amorosos. Mi objetivo, pues, no es otro que extraer de sus más caracterizadas publicaciones literarias los temas médicos, para demostrar lo dicho atrás.

Cien Años de Soledad (20)

En la obra cumbre de Gabriel García Márquez son muchos los temas médicos que se encuentran, en especial relacionados con el comportamiento genético o ancestral de los personajes, como que la novela, al decir de Josefina Ludmer (21) está armada sobre un árbol genealógico y sobre el mito de Edipo. Sin duda, es un filón admirable para quien la analice con criterio psicológico, o psiquiátrico, campo este que no es de mi competencia. Por eso voy a referirme apenas a los episodios que tienen que ver con asuntos médicos generales, muchos de ellos matizados de fantasía, a la manera muy propia del autor.

Para hacer más fácil y ordenada mi tarea, voy a comentar las entidades nosológicas identificadas, incluyendo los remedios aconsejados en la novela para tratar algunas de ellas.

El llanto in utero

No bien se inicia la lectura del libro, nos encontramos con un hecho que para los profanos en asuntos obstétricos puede parecer algo fantasioso: el llanto del nonato en las entrañas maternas, asunto que el autor toca en varios pasajes de la obra. Así, refiere que Aureliano Buendía, “el primer ser humano que nació en Macondo”… “había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos” (p.18). Mucho más adelante vuelve a mencionar el estrambótico fenómeno al narrar que Úrsula, al final de su vida, recordaba que cuando tenía en su vientre al que sería el coronel Aureliano Buendía, una noche lo oyó llorar.

El autor le da al hecho la siguiente interpretación: “Fue un lamento tan definido, que José Arcadio Buendía despertó a su lado y se alegró con la idea de que el niño iba a ser ventrílocuo. Otras personas pronosticaron que sería adivino (…). Pero la lucidez de la decrepitud le permitió ver, y así lo repitió muchas veces, que el llanto de los niños en el vientre de la madre no es un anuncio de ventriloquía ni de facultad adivinatoria, sino una señal inequívoca de incapacidad para el amor” (212).

Pues bien… El llanto in utero no es una ficción. Es una ocurrencia muy rara pero evidente y fue J.B. von Fischer el primero en describirlo en 1730 (22). Entre nosotros fue el obstetra barranquillero Eduardo Acosta Bendek quién relató el fenómeno en 1956 (23) en condiciones muy particulares, que vale la pena transcribir: “Se trata -dice el doctor Acosta- de una paciente de 26 años, grávida cinco, sin antecedentes obstétricos de importancia, con un embarazo simple de ocho meses y diez días, a quien se le practicó un pneumoamnios para locali-zar la placenta, por consiguiente se le extrajeron 300 cc del líquido amniótico y se le inyectaron 700 cc de oxígeno endo-ovular. Cuando se estaba tomando en posición de Trendelemburg una de las radiografías, o sea cuando la cámara de gas (oxígeno) estaba en contacto con la cabeza fetal, se pudo escuchar el llanto del feto por espacio de unos 50 minutos, con pequeños intervalos y que fue grabado en un disco de 45 revoluciones”.

“Este llanto impresionante para todos los allí presentes fue tan fuerte que obligó a la madre a taparse los oídos y se escuchó a una distancia de siete metros, dando la sensación de estar oyendo el llanto de un recién nacido”. Es muy probable que este relato pudo haber inspirado al maestro García Márquez, como que en su momento la prensa barranquillera le dio cabida a tan insólito acontecimiento.

Enfermedad del insomnio o “peste del insomnio”

Se lee en Cien años de soledad que la enferme-dad del insomnio la padecían unos indios de la Guajira, en “un reino milenario”. Visitación, la india que había huído de la peste, afirmaba que lo más temible de la enfermedad no era la imposibilidad de dormir, sino su inexorable evolución hacia una situación más crítica: la del olvido (p.42). Para José Arcadio Buendía era esa una de tantas dolencias inventadas por la superstición de los indígenas (p.42). No obstan-te, la peste hizo presa de Aureliano Buendía, de Úrsula y de sus hijos (p.43) y luego de todo el pueblo (p.44).

Se pensaba que la enfermedad se transmitía por la boca y que todas las cosas de comer y beber estaban contaminadas de insomnio (p.44). “Una vez que entra en la casa, nadie escapa a la peste”, decía la india con su convicción fatalista (p.43). Los insomnes se mantenían en un estado de alucinada lucidez, en la que además del contenido de sus propios sueños podían ver las imágenes soñadas por los otros (p.43).

Para tratar esta extraña enfermedad, Úrsula, que había aprendido de su madre el valor medicinal de las plantas, prescribía un brebaje de acónito, que no inducía al sueño pero sí el soñar despiertos, con la increíble característica de que no veían sus pro-pios sueños, sino los de los otros (p.43). De la amnesia u olvido que padecían los afectados del insomnio los curó Melquíades, dándoles a beber “una sustancia de color apacible” (p.47). Aquí el escritor identifica la virtud curativa con el color del agente terapéutico, algo poético que los médicos alópatas no hemos tenido en cuenta, pero que no hay que despreciar.

Un médico colombiano, Vicente Trezza, que ejerce en Nueva York, escribió en 1994 un corto ensayo titulado “Médicos de novela” (24), donde se ocupa de algunos asuntos médicos encontrados en las novelas de García Márquez. Por considerarlo como anillo al dedo para mi propósito, voy a transcribir lo pertinente a la peste del insomnio:

“En el mes de febrero de 1991 recibí una llamada telefónica que me dejó perplejo. Era del doctor Pierluigi Gambeti, quien me dijo: <>”.

“Como era de esperar, yo le prometí al doctor Gambetti que sin falta me comunicaría con el novelista y así lo hice. Primero hablé con el maestro Alfonso Fuenmayor para que me indicara cuál era su paradero. El maestro me dijo que estaba en Cartagena, y allí lo localicé. Le conté el motivo de mi llamada y Gabo me contestó: <>”.

Hasta aquí García Márquez y Vicente Trezza. Según lo afirmado por aquél, lo de “la peste del sueño” fue un invento suyo en la novela, una verdadera “mamada de gallo” muy propia de su talante costeño, pero en la realidad la enfermedad existe, como lo pudo comprobar él mismo más tarde. Razón tiene, pues, el catedrático de literatura latinoamericana Raymond Williams al conceptuar que Cien años de soledad es una novela que revela verdades que, a diferencia de muchas “verdades poéticas” de buena parte de la literatura, corresponden a la historia empírica (25).

La geofagia

Se trata de la inclinación que tienen algunos a comer tierra, manifestada particularmente en niños, mujeres embarazadas o individuos con trastornos mentales. En la novela figura un personaje con esa inclinación: Rebeca, la expósita de once años a quien “sólo le gustaba comer la tierra húmeda del patio y las tortas de cal que arrancaba de las paredes con las uñas” (p.41).

Al respecto, en el artículo del doctor Vicente Trezza mencionado atrás, Gabo confirma que “el caso de la muchacha que se escondía para comer tierra, ese sí era un caso verdadero, pues se trataba de una de mis parientes que no le gustaba la carne ni los vegetales y por lo tanto desarrolló esa enfermedad que ahora llaman geofagia, la cual se debe a una deficiencia de hierro, calcio y otros minerales en la sangre; por tal motivo la pobre tenía que comer tierra a escondidas para reemplazar dichos minerales” (26).

En esta declaración, Gabo se aventura a afirmar que el “geofagismo” es una enfermedad deficitaria, concepto que no tiene asidero científico. En la novela lo encara con criterio sabio, es decir, con criterio popular, como que a la pobre Rebeca en vez de tierra -que era lo que apetecía- le suministraban jugo de naranja con ruibarbo en una cazuela que había estado expuesta al sereno toda la noche y debía tomarse en ayunas (p.41). Como la pócima desencadenaba endiabladas pataletas en la díscola niña, se complementaba con tremendos correazos. A la postre no se supo si el efecto salutífero vino de éstos o de aquélla.

Para mayor identificación del personaje geofá-gico transcribo lo registrado por Dasso Saldívar en la biografía de García Márquez (27): “(…) pero Margot seguiría siendo una niña retraída y enfer-miza, pues siguió comiendo tierra a escondidas hasta los ocho años. Con todo, o tal vez por ello, ella sería la gran pareja de Gabito en la niñez, cimentando una complicidad que iba a durarles toda la vida y algo más: su hermano la convertiría más tarde en la niña Rebeca Buendía que come tierra en Cien años de soledad”.

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