La Medicina en la Obra Literaria de Gabriel García Márquez

Académico Fernando Sánchez Torres

Es sabido que los temas médicos han tenido marcada atracción para muchos escritores reconocidos como tales por la crítica literaria mundial. No ha sido condición sine qua non que simultáneamente hayan pertenecido a la familia médica. Basta que hayan sido escritores, y sobre todo escritores románticos: novelistas, cronistas o cuentistas. En algunos de ellos el amor y la medicina han ido de brazo. Y el amor, para el personaje de quien voy a ocuparme. Es, según sus palabras, el motor de sus libros, su único argumento, su ideología exclusiva (1). No es de extrañar, como que su venerado maestro Lope de Vega ya lo decía:

“Amor, divina invención
… extraños efetos son
los que de tu ciencia nacen,
pues las tinieblas deshacen,
pues hacen hablar los mudos;
pues los ingenios más rudos
sabios y discretos hacen”. (2)

Está bien, el amor ha servido de acicate, de inspiración, al laureado escritor colombiano. Pero, ¿y la medicina? No es difícil demostrar que ha sido una ciencia muy afin a él. En 1981, en Crónica de una muerte anunciada, pone en boca del narrador, que se supone era él mismo, que “en una época incierta en que trataba de entender algo de mí mismo vendiendo enciclopedias y libros de medicina por los pueblos de la Goajira…” (3). Tal noticia es corroborada por Juan Gustavo Cobo Borda (4), a quien el mismo escritor le confesó en alguna ocasión que había sido vendedor de libros (enciclopedias de la Editorial Uteha) por lados de Valledupar y la Guajira.

Por su parte, Dasso Saldívar -buen biografista de Gabo- refiere que éste, en los pueblos, “visitaba a los médicos, jueces, notarios, alcaldes” para convencerlos de la bondad de los libros técnicos que ofrecía (5). De seguro antes los había hojeado todos y leído algunos.

Si analizamos sus novelas, crónicas y cuentos con el propósito de extraer de ellos los temas médicos:

-Que es lo que hice para poder escribir este ensayo- encontraremos que, en efecto, Gabriel García Márquez estaba muy familiarizado con los asuntos galénicos. Se advierte su afición y hasta su pasión por ellos. Además de haber leído enciclo-pedias, tuvo también que documentarse muy bien en otras fuentes para poder escribir con tanta propiedad, no siendo la medicina su profesión.

En la década de los 60, cuando residía en Ciudad de México y daba a conocer en privado y a cuenta gotas Cien años de soledad, sus amigos compro-baron su obsesión documental, como que su mesa de trabajo acumulaba montones de libros que hablaban de alquimia, de navegantes, “manuales de medicina casera, crónicas sobre las pestes medievales, manuales de venenos y antídotos, crónicas de Indias, estudios sobre el escorbuto, el beriberi y la pelagra…” (6).

No es de extrañar, entonces, que en su novela cumbre mencione que Melquíades “era un fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió -dice- a la pelagra en Persia, al escorbuto en el Archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar…” (7)

Veremos luego que lo afirmado ahora salta a la vista en algunas de sus principales narraciones: Crónica de una muerte anunciada, El general en su laberinto, El amor en los tiempos del cólera, Sobre el amor y otros demonios…

El inmortal Lope de Vega goza de la predilección de García Márquez.

Otro tanto puede decirse del francés François Rabelais, según deduzco de un párrafo extraído de Cien años de soledad. En el último capítulo de su obra maestra aparece un personaje, Gabriel, que tenía una sigilosa novia llamada Mercedes. Formaba parte -dice el narrador- de un grupo de jóvenes intelectuales, discutidores, compuesto por Alvaro, Germán, Alfonso y él. Ha-biéndose ganado un concurso en una revista france-sa, viajó a París “con dos mudas de ropa, un par de zapatos y las obras completas de Rabelais…”(8).

Para el lector entendido queda claro que el tal Gabriel era el mismo Gabriel García Márquez. Es fácil inferir, pues, que el médico y escritor Rabelais ha sido uno de sus autores preferidos. De otra manera no se entiende que hubiera cargado con las obras completas del francés cuando cruzó el mar Atlántico por primera vez. Con razón, me explico, Gabo, como escritor, exhibe -al igual que aquel- una imaginación desbordada. Una exageración sin límite, y una afinidad por lo relativo a la medicina. Voy a demostrar tal condición, cotejando algunos pasajes extraídos de la obra señera de uno y otro, es decir Gargantúa y Pantagruel y Cien años de soledad, respectivamente.

Dice Rabelais: “(…) aquel año hubo una sequía tan grande en todo el país de África, que pasaron treinta y seis meses, tres semanas, cuatro días y trece horas y pico sin llover, con un calor solar tan ardiente, que toda la tierra estaba requemada…” (9)

Por su parte, escribe el colombiano: “Llovió (en Macondo) cuatro años, once meses y dos días” (10).

Registra Rabelais:

“(…) cuando su madre Badebec lo paría (a Pantagruel), y las comadronas esperaban para recibirle, salieron en primer lugar de su vientre sesenta y ocho muleteros tirando cada uno del cabestro de un mulo cargado de sal. A continuación salieron nueve dromedarios cargados de jamones y lenguas de buey ahumados, siete camellos cargados de anguiletos, y después veinticinco carretas de puerros, ajos, cebollas, cebolletas, lo que asustó mucho a dichas comadres”(11).

A su vez, consigna García Márquez: “Al despertar se bebió cada uno (la Elefanta y Aureliano Segundo) el jugo de cincuenta naranjas, ocho litros de café y treinta huevos cocidos. Al segundo amanecer, después de muchas horas sin dormir y habiendo despachado dos cerdos, un racimo de plátano y cuatro cajas de champaña…” (12)

Como vemos, el influjo del médico y fantasioso Rabelais dejó su huella en el fantasioso y cuasi-médico García Márquez. Digo que cuasi-médico, pues tengo para mí que éste, en el fondo, es un médico frustrado. De ser así se confirmaría la tesis esbozada por Milán Kundera de que los personajes de algunos novelistas encierran las propias posibili-dades de éstos, las que no se realizaron (13).

En la vida real Gabo se familiarizó desde niño con los asuntos médicos, como que su padre incursionó en estas disciplinas. En efecto, Gabriel Eligio García -que así llamaba el progenitor- cambió en Aracataca el oficio de telegrafista por el de médico empírico. Dasso Saldivar refiere que alguna vez había adelantado estudios desordenados de homeo patía y farmacia en la Universidad de Cartagena. Para mayor abundancia registra que alcanzó prestigio a raíz de una epidemia de disentería declarada en 1925 (14).

A finales de 1934, don Gabriel Eligio montó una farmacia en Aracataca y ejercía la medicina:

Pues a más de ser buen lector de revistas y manuales médicos, “era experimentador permanente”. Por eso la Junta de Títulos Médicos del Departamento del Atlántico le otorgó licencia para ejercer la medicina homeopática. Inventó y patentó un “regulador menstrual”, denominado el “G G” (Gabriel García), “equiparable en bondad a sus similares extranjeros” (15), según se anunciaba.

Dado que el progenitor fuera aumentando su sabiduría médica con el paso de los días, logró que el Ministerio de Educación, en mayo de 1938, le revalidara, con alcance nacional, la licencia de médico homeópata, con la advertencia de que no podía “tomar parte de operaciones quirúrgicas ni tampoco se le permite ninguna actividad en el ejercicio de la alopatía”. Dice al respecto Saldívar que “por supuesto, Gabriel Eligio no sólo acataría la disposición, sino que su prestigio de homeópata le concedía el lujo de mirar por encima del hombro a la medicina oficial” (16).

Como buen intelectual, e intelectual precoz, Gabo fue en sus años mozos- y seguro que lo sigue siendo- un lector voraz, un libroadicto Hay noticia de que cuando cursaba su bachillerato en calidad de “interno” en el Liceo Nacional de Zipaquirá contrajo el “sarampión literario” (17). Fue así por lo que devoró todos los libros de literatura que reposaban en la biblioteca del Liceo, para seguir “con las obras completas de Freud…”(18), que para leerlas se requiere tener por lo menos simpatía por los asuntos médicos.

Antes era costumbre que los padres aspiraran a que sus hijos fueran profesionales, sobre todo en carreras similares a las suyas. No es descabellado pensar que don Gabriel Eligio llegara a querer que su hijo fuera médico, aun cuando Saldívar registra que lo que deseaba era que fuera “farmaceuta”, para que más tarde lo remplazara en la farmacia (19).

Aceptando las cosas como son, Gabriel García Márquez:

Gran maestro de la narrativa, maneja con frecuencia asuntos médicos sin ser médico ni farmaceútico, no sólo con elegante desparpajo, sino también con autorizada propiedad. De ahí que yo piense que ha encontrado inspiración y solaz en ellos, casi como los encontrados en los asuntos amorosos. Mi objetivo, pues, no es otro que extraer de sus más caracterizadas publicaciones literarias los temas médicos, para demostrar lo dicho atrás.

Cien Años de Soledad (20)

En la obra cumbre de Gabriel García Márquez son muchos los temas médicos que se encuentran, en especial relacionados con el comportamiento genético o ancestral de los personajes, como que la novela, al decir de Josefina Ludmer (21) está armada sobre un árbol genealógico y sobre el mito de Edipo. Sin duda, es un filón admirable para quien la analice con criterio psicológico, o psiquiátrico, campo este que no es de mi competencia. Por eso voy a referirme apenas a los episodios que tienen que ver con asuntos médicos generales, muchos de ellos matizados de fantasía, a la manera muy propia del autor.

Para hacer más fácil y ordenada mi tarea, voy a comentar las entidades nosológicas identificadas, incluyendo los remedios aconsejados en la novela para tratar algunas de ellas.

El llanto in utero

No bien se inicia la lectura del libro, nos encontramos con un hecho que para los profanos en asuntos obstétricos puede parecer algo fantasioso: el llanto del nonato en las entrañas maternas, asunto que el autor toca en varios pasajes de la obra. Así, refiere que Aureliano Buendía, “el primer ser humano que nació en Macondo”… “había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos” (p.18). Mucho más adelante vuelve a mencionar el estrambótico fenómeno al narrar que Úrsula, al final de su vida, recordaba que cuando tenía en su vientre al que sería el coronel Aureliano Buendía, una noche lo oyó llorar.

El autor le da al hecho la siguiente interpretación: “Fue un lamento tan definido, que José Arcadio Buendía despertó a su lado y se alegró con la idea de que el niño iba a ser ventrílocuo. Otras personas pronosticaron que sería adivino (…). Pero la lucidez de la decrepitud le permitió ver, y así lo repitió muchas veces, que el llanto de los niños en el vientre de la madre no es un anuncio de ventriloquía ni de facultad adivinatoria, sino una señal inequívoca de incapacidad para el amor” (212).Pues bien…

El llanto in utero no es una ficción. Es una ocurrencia muy rara pero evidente y fue J.B. von Fischer el primero en describirlo en 1730 (22). Entre nosotros fue el obstetra barranquillero Eduardo Acosta Bendek quién relató el fenómeno en 1956 (23).

En condiciones muy particulares, que vale la pena transcribir:

“Se trata -dice el doctor Acosta- de una paciente de 26 años, grávida cinco, sin antecedentes obstétricos de importancia, con un embarazo simple de ocho meses y diez días, a quien se le practicó un pneumoamnios para locali-zar la placenta, por consiguiente se le extrajeron 300 cc del líquido amniótico y se le inyectaron 700 cc de oxígeno endo-ovular. Cuando se estaba tomando en posición de Trendelemburg una de las radiografías, o sea cuando la cámara de gas (oxígeno) estaba en contacto con la cabeza fetal, se pudo escuchar el llanto del feto por espacio de unos 50 minutos, con pequeños intervalos y que fue grabado en un disco de 45 revoluciones”.

“Este llanto impresionante para todos los allí presentes fue tan fuerte que obligó a la madre a taparse los oídos y se escuchó a una distancia de siete metros, dando la sensación de estar oyendo el llanto de un recién nacido”. Es muy probable que este relato pudo haber inspirado al maestro García Márquez, como que en su momento la prensa barranquillera le dio cabida a tan insólito acontecimiento.

Enfermedad del insomnio o “peste del insomnio”

Se lee en Cien años de soledad que la enferme-dad del insomnio la padecían unos indios de la Guajira, en “un reino milenario”. Visitación, la india que había huído de la peste, afirmaba que lo más temible de la enfermedad no era la imposibilidad de dormir, sino su inexorable evolución hacia una situación más crítica: la del olvido (p.42). Para José Arcadio Buendía era esa una de tantas dolencias inventadas por la superstición de los indígenas (p.42). No obstan-te, la peste hizo presa de Aureliano Buendía, de Úrsula y de sus hijos (p.43) y luego de todo el pueblo (p.44).

Se pensaba que la enfermedad se transmitía por la boca y que todas las cosas de comer y beber estaban contaminadas de insomnio (p.44). “Una vez que entra en la casa, nadie escapa a la peste”, decía la india con su convicción fatalista (p.43). Los insomnes se mantenían en un estado de alucinada lucidez, en la que además del contenido de sus propios sueños podían ver las imágenes soñadas por los otros (p.43).

Para tratar esta extraña enfermedad, Úrsula, que había aprendido de su madre el valor medicinal de las plantas, prescribía un brebaje de acónito, que no inducía al sueño pero sí el soñar despiertos, con la increíble característica de que no veían sus pro-pios sueños, sino los de los otros (p.43). De la amnesia u olvido que padecían los afectados del insomnio los curó Melquíades, dándoles a beber “una sustancia de color apacible” (p.47). Aquí el escritor identifica la virtud curativa con el color del agente terapéutico, algo poético que los médicos alópatas no hemos tenido en cuenta, pero que no hay que despreciar.

Un médico colombiano, Vicente Trezza, que ejerce en Nueva York:

Escribió en 1994 un corto ensayo titulado “Médicos de novela” (24), donde se ocupa de algunos asuntos médicos encontrados en las novelas de García Márquez. Por considerarlo como anillo al dedo para mi propósito, voy a transcribir lo pertinente a la peste del insomnio:

“En el mes de febrero de 1991 recibí una llamada telefónica que me dejó perplejo. Era del doctor Pierluigi Gambeti, quien me dijo: <>”.

“Como era de esperar, yo le prometí al doctor Gambetti que sin falta me comunicaría con el novelista y así lo hice. Primero hablé con el maestro Alfonso Fuenmayor para que me indicara cuál era su paradero. El maestro me dijo que estaba en Cartagena, y allí lo localicé. Le conté el motivo de mi llamada y Gabo me contestó: <>”.

Hasta aquí García Márquez y Vicente Trezza. Según lo afirmado por aquél, lo de “la peste del sueño” fue un invento suyo en la novela, una verdadera “mamada de gallo” muy propia de su talante costeño, pero en la realidad la enfermedad existe, como lo pudo comprobar él mismo más tarde. Razón tiene, pues, el catedrático de literatura latinoamericana Raymond Williams al conceptuar que Cien años de soledad es una novela que revela verdades que, a diferencia de muchas “verdades poéticas” de buena parte de la literatura, corresponden a la historia empírica (25).

La geofagia

Se trata de la inclinación que tienen algunos a comer tierra, manifestada particularmente en niños, mujeres embarazadas o individuos con trastornos mentales. En la novela figura un personaje con esa inclinación: Rebeca, la expósita de once años a quien “sólo le gustaba comer la tierra húmeda del patio y las tortas de cal que arrancaba de las paredes con las uñas” (p.41).

Al respecto, en el artículo del doctor Vicente Trezza mencionado atrás, Gabo confirma que “el caso de la muchacha que se escondía para comer tierra, ese sí era un caso verdadero, pues se trataba de una de mis parientes que no le gustaba la carne ni los vegetales y por lo tanto desarrolló esa enfermedad que ahora llaman geofagia, la cual se debe a una deficiencia de hierro, calcio y otros minerales en la sangre. Por tal motivo la pobre tenía que comer tierra a escondidas para reemplazar dichos minerales” (26).

En esta declaración:

Gabo se aventura a afirmar que el “geofagismo”: es una enfermedad deficitaria, concepto que no tiene asidero científico. En la novela lo encara con criterio sabio, es decir, con criterio popular, como que a la pobre Rebeca en vez de tierra -que era lo que apetecía- le suministraban jugo de naranja con ruibarbo en una cazuela que había estado expuesta al sereno toda la noche y debía tomarse en ayunas (p.41). Como la pócima desencadenaba endiabladas pataletas en la díscola niña, se complementaba con tremendos correazos. A la postre no se supo si el efecto salutífero vino de éstos o de aquélla.

Para mayor identificación del personaje geofágico transcribo lo registrado por Dasso Saldívar en la biografía de García Márquez (27): “(…) pero Margot seguiría siendo una niña retraída y enfer-miza, pues siguió comiendo tierra a escondidas hasta los ocho años. Con todo, o tal vez por ello, ella sería la gran pareja de Gabito en la niñez, cimentando una complicidad que iba a durarles toda la vida y algo más: su hermano la convertiría más tarde en la niña Rebeca Buendía que come tierra en Cien años de soledad”.

Monstruosidades o malformaciones

Describe el novelista que “una tía de Úrsula (Iguarán), casada con un tío de José Arcadio Buendía, tuvo un hijo que pasó toda la vida con unos pantalones englobados y flojos, y que murió desangrado después de haber vivido cuarenta y dos años en el más puro estado de virginidad, porque nació y creció con una cola cartilaginosa en forma de tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta. Una cola de cerdo que no se dejó ver nunca de ninguna mujer, y que le costó la vida cuando un carnicero amigo le hizo el favor de cortársela con un hachuela de destazar” (p.23).

Personajes de la novela achacaban tal monstruo-sidad al matrimonio entre primos, es decir, al entre-lazamiento de genes que, según ellos, podría dar lugar al engendramiento hasta de iguanas (p.23). Por eso Úrsula, en sus postrimeros días, recomen-daba que ningún Buendía fuera a casarse con alguien de su misma sangre, porque darían origen a hijos con cola de puerco (p.288). Admonición profética: el hijo de Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia, el último de la estirpe de los Buendías, nació con algo más que el resto de los hombres: una cola de cerdo (p.344), lo mismo que le ocurrió al hijo de una tía de Úrsula Iguarán (p.23).

Yo pienso que para describir esta figura teratoló-gica, García Márquez bien pudo haber tenido noti-cia de ella en El origen del hombre, la obra clásica de Carlos Darwin (28) pues en algún lugar se llama la atención sobre la existencia de órganos rudimen-tarios en los animales superiores. Allí se lee: “Los órganos rudimentarios son eminentemente variables. Hecho que fácilmente se comprende, ya que siendo inútiles, o poco menos, no están sometidos a la acción de la selección natural.

A menudo desaparecen por completo; con todo:

Cuando sucede, pueden ocasionalmente reaparecer por reversión, hecho que merece una atención especial” (29). Y más adelante se comenta: “Aunque no funcionando en ningún modo como cola, el cóccix del hombre representa claramente esta parte de los demás animales vertebrados (…). En ciertos casos raros y anómalos, según I. Geoffroy Saint-Hilaire y otros, sábese que ha alcanzado a formar un pequeño rudimento externo de cola” (30).

Se suma al tema de las monstruosidades, la conformación del hijo clandestino de Meme Buendía y Mauricio Babilonia, quien era dueño de un impresionante sexo de moco de pavo, que lo distanciaba de una criatura humana (p.247). Aquí seguramente solo intervino el ingenio rabelesco de nuestro Nobel, pues tal figura se aleja de cualquier posibilidad teratológica, contrariando con ello algo que el escritor afirmó alguna vez: “No hay una sola línea en ninguno de mis libros que no tenga su origen en un hecho real” (31). Si en verdad existió un sujeto con un sexo de moco de pavo impresio-nante, es de lamentar que un médico no lo hubiera reconocido para haber dado cuenta del hecho en una revista científica, a manera de rarezas de la naturaleza.

La blenorragia

Varias de sus novelas, Gabo describe los estragos y tratamientos de la que fuera la más frecuente de las enfermedades venéreas, o de «la mala vida», como él la denomina: me refiero a la blenorragia o gonorrea. En efecto, en Crónica de una muerte anunciada y en El general en su laberinto ese mal de la mala vida es trajinado.

Cien años de soledad los afectados fueron los hermanos José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, amantes ambos de la “mulata limpia y joven”, Petra Cotes, situación descrita en los siguientes términos: “Una mañana (José Arcadio) descubrió que estaba enfermo. Dos días después encontró a su hermano aferrado a una viga del baño, empapado en sudor y llorando a lágrima viva, y entonces comprendió. Su hermano le confesó que la mujer lo había repudiado por llevarle lo que ella llamaba una enfermedad de la mala vida.

Le contó también cómo trataba de curarlo Pilar Ternera. Aureliano Segundo se sometió a escondidas a los ardientes lavados de permanganato y las aguas diuréticas, y ambos se curaron por separado después de tres meses de sufrimientos secretos” (p.162).

Si nos atenemos a las confesiones de García Márquez, no es descabellado sospechar que en su juventud estuvo familiarizado con las enfermeda-des de la mala vida. Por eso lo que él relata, es decir, que el tratamiento de la blenorragia consistía en las instilaciones uretrales de permanganato de potasio, tal como lo prescribía Pilar Ternera, es cierto. Para las calendas en que “vivieron” José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, la penici-lina no había hecho aún su aparición.

Ascaridiasis

Es la infestación intestinal por el parásito Ascaris lumbricoides, al cual popularmente se le achacan síntomas variopintos.

“<< Estos niños andan como zurumbáticos >>, decía Úrsula. <>. Les preparó una repugnante pócima de paico machaca-do, que ambos bebieron con imprevisto estoicismo, y se sentaron al mismo tiempo en sus bacinillas once veces en un solo día, y expulsaron unos parásitos rosados que mostraron a todos con gran júbilo, porque les permitieron desorientar a Úrsula en cuanto al origen de sus distraimientos y languideces” (p.31).

Entidades obstétricas

Además del llanto in utero comentado atrás, se hace mención de otras dos situaciones obstétri-cas: la sepsis gravídica y la hemorragia puerperal. La primera es descrita así:

“Una semana antes de la fecha fijada para la boda, la pequeña Remedios despertó a media noche empapada en un caldo caliente que explotó en sus entrañas con una especie de eructo desgarrador, y murió tres días después envenenada por su propia sangre con un par de gemelos atravesados en el vientre” (pp. 78-79). Se trata, sin duda, de una ruptura prematura de las membranas ovulares, seguida de infección amniótica y septicemia fulminante.

La segunda, también luctuosa, tiene que ver con un sangrado profuso del puerperio inmediato, y que en la jerga obstétrica llamamos una “hemorragia cataclísmica”. La descripción que de ella hace García Márquez es de verdad hermosa, poética y dramática, como aquella que hace Maxence Van der Meersch en su novela Cuerpos y almas (32).

“Un domingo, a las seis de la tarde -dice Gabo-, Amaranta Úrsula sintió los apremios del parto. La sonriente comadrona de las muchachitas que se acostaban por hambre la hizo subir en la mesa del comedor, se le acaballó en el vientre, y la maltrató con galopes cerriles hasta que sus gritos fueron acallados por los berridos de un varón formidable (…).

“Después de cortarle el ombligo, la comadrona se puso a quitarle con un trapo el ungüento azul que le cubría el cuerpo, alumbrada por Aureliano con una lámpara. Sólo cuando lo voltearon boca abajo se dieron cuenta de que tenía algo más que el resto de los hombres, y se inclinaron para examinarlo. Era una cola de cerdo” (p.344).

“(…) Amaranta Úrsula se desangraba en un manantial incontenible.

Trataron de socorrerla con apósitos de telaraña y apelmazamientos de ceniza, pero era como querer cegar un surtidor con las manos (…). Al amanecer del lunes llevaron una mujer que rezó junto a su cama oraciones de cauterio, infalibles en hombres y animales, pero la sangre apasionada de Amaranta Úrsula era insen-sible a todo artificio distinto del amor. En la tarde, después de veinticuatro horas de desesperación, supieron que estaba muerta porque el caudal se agotó sin auxilios, y se le afiló el perfil, y los verdugones de la cara se le desvanecieron en una aurora de alabastro, y volvió a sonreír” (p.345).

Por la forma brutal como actuó la comadrona, cabalgando sobre la matriz grávida, es fácil deducir que la causa de la hemorragia fue una ruptura uterina. La secuencia lógica de los hechos hace pensar que el escritor fue testigo de un caso similar, o, por lo menos, escuchó un relato en tal sentido.

Anticoncepción

Pilar Ternera, la sabia y centenaria pitonisa, recomendaba para evitar la concepción indeseable “la vaporización de cataplasmas de mostaza” y, en “casos de percances”, bebedizos que hacían expulsar hasta los remordimientos de conciencia (p.245). Por supuesto que tales vaporizaciones no sirvieron para burlar la fertilidad de Meme (p. 249). Sobre la virtud de los bebedizos para resolver “percances” no se dio noticia, es decir, no quedó registrado ningún caso de aborto.

Cataratas

Escuchemos la manera poética como describe García Márquez la ceguera producida por las cataratas y los recursos utilizados por la sabiduría popular para contrarrestarlas:

“Nadie supo a ciencia cierta cuándo empezó (Úrsula) a perder la vista. Todavía en sus últimos años, cuando ya no podía levantarse de la cama, parecía simplemente que estaba vencida por la decrepitud, pero nadie descubrió que estuviera ciega. Ella lo había notado desde antes del naci-miento de José Arcadio.

Al principio creyó que se trataba de una debilidad transitoria y tomaba a escondidas jarabe de tuétano y se echaba miel de abejas en los ojos, pero muy pronto se fue conven-ciendo de que se hundía sin remedio en las tinieblas, hasta el punto de que nunca tuvo una noción muy clara del invento de la luz eléctrica, porque cuando instalaron los primeros faros sólo alcanzó a percibir el resplandor.

No se lo dijo a nadie, pues habría si-do un reconocimiento público de su inutilidad. Se empeñó en un callado aprendizaje de las distancias de las cosas, y de las voces de la gente, para seguir viendo con la memoria cuando ya no se lo permitieran las sombras de las cataratas” (p.210).

Envenenamiento con nuez vómica

En El amor en los tiempos del cólera García Márquez hace una magistral descripción del envenenamiento con cianuro. En Cien años de soledad menciona sucintamente pero también con propiedad- el envenenamiento con nuez vómica y su tratamiento:

El coronel Aureliano Buendía “no había pedido café, pero ya que estaba ahí, se lo tomó. Tenía una carga de nuez vómica suficiente para matar un caballo. Cuando lo llevaron a su casa estaba tieso y arqueado y tenía la lengua partida entre los dientes. Úrsula se lo disputó a la muerte. Después de limpiarle el estómago con vomitivos, lo envolvió en frazadas calientes y le dio claras de huevos durante dos días, hasta que el cuerpo estragado recobró la temperatura normal. Al cuarto día estaba fuera de peligro” (p.118).

Recordemos que la nuez vómica es la semilla tóxica de un árbol loganiáceo, el Strychnos nux vomica, que contiene varios alcaloides, entre ellos la estricnina y la brucina, ambos agentes tóxicos. La estricnina, en dosis tóxicas produce convulsio-nes, en las que el cuerpo se arquea en hiperexten-sión (opistótonos).

Todos los músculos voluntarios están en contracción total (33). Lo que describe García Márquez como que el coronel Aureliano Buendía “estaba tieso y arqueado y tenía la lengua partida entre los dientes” es, precisamente, el opistótonos con aprisionamiento de la lengua entre las arcadas dentarias. No queda duda de que el escritor consultó algún tratado de toxicología para saber cómo era la intoxicación por nuez vómica.

Médicos

El primero en aparecer es el “doctor” Alirio Noguera, diplomado en Leipzig, según lo atestigua-ba un diploma falsificado por él. Su divisa médica era: Un clavo saca otro clavo. Para ello cargaba un botiquín de globulitos sin sabor, que no eran más que azúcar refinada. “Vivió varios años de los enfermos sin esperanza que después de haber probado todo se consolaban con glóbulos de azúcar”, vale decir, “placebos” en la jerga médica, de indiscutible efecto terapéutico (p.88). Tras la fachada de médico homeópata se ocultaba un farsante, pues su verdadera profesión era la de terrorista. Era “un místico del atentado personal” (p.89). Por eso fue fusilado sin fórmula de juicio (p.90).

Pues bien, en la vida real este Alirio Noguera no era otro que Eduardo Mahecha, un anarquista y dirigente sindical, quien para ganar adeptos ejercía la homeopatía. Según Saldívar, fue el dirigente principal de la Unión Sindical de Trabajadores del Magdalena, asociación que incubó la primera huelga de las bananeras del año 28 (34).

Aparece luego un médico anónimo, el médico personal del coronel Aureliano Buendía, quien después de extirparle los golondrinos lo auscultó y, a instan-cias de éste, le pinto un círculo en el pecho con un algodón yodado para que supiera cuál era el sitio exacto del corazón (p.151). Cumplida la rendición del coronel y sus tropas ante los delegados del gobierno, se retiró a una tienda de campaña, donde se disparó un tiro de pistola en el círculo que le pintara su médico, con tan buena fortuna que el proyectil le atravesó el tórax sin herir ningún centro vital (pp. 153-154).

Para quienes conozcan el final trágico del poeta bogotano José Asunción Silva:

Este episodio que describe García Márquez fue tomado del relato que Juan Evangelista Manrique -médico personal del bardo- hiciera acerca de las circunstancias de su muerte.

Oigamos al famoso médico: “Un día, el 23 de mayo de 1896, vino como de costumbre a consul-tarme (…), y me propuse examinar a mi amigo, como si fuera la primera vez que nos veíamos. Fue entonces cuando me preguntó si era cierto que la percusión permitía establecer, con cierta precisión, la forma y las dimensiones del corazón, y me suplicó que hiciera sobre él la demostración.

Me presté gustoso a satisfacerlo, y con un lápiz dermo-gráfico tracé sobre el pecho del poeta la zona mate de la región precordial. Le aseguré que estaba normal ese órgano, y para dar más seguridad a mi afirmación, le dije que la punta del corazón no estaba desviada. Abrió entonces fuertemente los ojos y me preguntó en donde quedaba la punta del corazón. Aquí, le dije, trazándole en el sitio una cruz con el lápiz que tenía en la mano” (35).

Como es bien sabido, en la mañana del 24 de mayo se encontró a Silva muerto entre su cama, a conse-cuencia de un pistolazo que se propinó en la punta del corazón. En contraste, el episodio relatado por García Márquez no tuvo tan fatal desenlace, pues el coronel Aureliano Buendía sobrevivió al intento suicida, probablemente por no haberle su médico delimitado correctamente el corazón, o porque el escritor no quería que muriera para poder mantener vivo el relato novelado.

Enseguida desfila “el nuevo y extravagante médico francés”:

Como lo presenta García Márquez, de quien menciona que después de examinar durante dos horas a Meme “llegó a la conclusión nebulosa de que tenía un trastorno propio de la mujer”, para lo cual le prescribió dieta y encierro de cinco días (p.230). Páginas adelante hace referencia del mismo personaje como el único médico que quedaba en Macondo, que se alimenta-ba con hierba para burros (p.268). Finalmente lo cita recordando que “se había colgado de una viga tres meses antes. Y había sido enterrado contra la voluntad del pueblo por un antiguo compañero de armas del coronel Aureliano Buendía” (p.292).

Recordemos que en La hojarasca también figura este médico innominado, que cayó en desgracia con el pueblo de Macondo y que un buen día decidió ahorcarse. Para mostrarse por primera vez, como dice Gabo, “cómodamente muerto”.

Sigamos tratando de identificar médicos, no obstante sea físicamente imposible hacerlo, pues los que ahora aparecen son los médicos invisibles. En efecto, Fernanda -Fernanda del Carpio, la que fuera “la más hermosa entre las cinco mil mujeres más hermosas del país” (p.173)- se escribía con los médicos invisibles, pues estaba dispuesta a someterse a una intervención telepática. Aquellos no atendían sin solicitud previa, en razón al estado de agitación social en que se hallaba Macondo (p. 251).

La intervención tenía que ver con un tumor benigno en el intestino grueso:

Diagnosticado por los médicos invisibles, por correspondencia (p. 233), y que ella relacionaba con el nacimiento de su hija Amaranta Úrsula, y que la vieja Úrsula, no obstante que Fernanda tenía “la tortuosa costumbre de no llamar las cosas por su nombre”. Pues padecía de pudibundez, “concluyó razonablemente que los trastornos no eran uterinos. Sino intestinales, y le aconsejó que tomara en ayunas una papeleta de calomel” (p.268). Ante su insistencia con los médicos invisibles, éstos la operaron y luego de registrarle el abdomen durante seis horas no encontraron nada que explicara los síntomas relatados por ella.

Lo único que encontraron fue un descendimiento del útero, por lo que recomendaron el uso de un pesario. Prescripción que pudo cumplir gracias a que su hijo, José Arcadio, le mandó desde Roma dicho dispositivo, con un folleto explicativo (p.292).

No puede negarse que Gabo maneja con propiedad los temas médicos. Los pesarios fueron muy socorridos para corregir los prolapsos de la matriz. Y aún se usan en circunstancias particulares, excepcionales. Me imagino que esta noticia la obtuvo de alguna de las enciclopedias que vendía en sus años mozos.

Para terminar la revisión de los médicos que desfilan por las páginas de Cien años de soledad, encuentro que el novelista hace referencia a los médicos de la compañía bananera, que dejaban mucho que desear, a tal extremo que los dirigentes sindicales manifestaron su inconformidad. Razón tenían, pues según el narrador “los médicos no examinaban a los enfermos, sino que los hacían pararse en fila india frente a los dispensarios. Y una enfermera les ponía en la lengua una píldora del color del piedralipe, así tuvieran paludismo, blenorragia o estreñimiento” (p.253).

Pudiera asegurarse que García Márquez:

En algún lugar de la costa, fue testigo de esta singular manera de hacer medicina y se aprovechó de ello para ridiculizar y criticar a esos médicos inescrupulosos. Esta vez no se trata, pues, de realismo mágico, sino de realismo trágico, que deja con toda razón muy mal parados a los cultores de la medicina, por lo menos a los que trabajaban con la compañía bananera.

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Bibliografía

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  • 3. Op. cit. Editorial La Oveja Negra, Ltda., Bogotá, p.116, 1981.
  • 4. “Comadreo literario de 4 horas con Gabriel García Márquez”,en La otra literatura latinoamericana, Ancora-Procultura, Bogotá, 1982, p.26.
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  • 15. Ibíd., p.123.
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Referencias

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  • 33. Goodman y Gilman, Las bases farmacológicas de la terapéutica.Editorial Médica Panamericana S.A., México, p.582, 1982.
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