Letras, Gonzalo Esguerra Gómez y los Rayos X

Por Adolfo de Francisco Zea

La Junta Directiva de la Academia Nacional de Medicina, presidida por el Académico Gilberto Rueda Pérez, ha tenido el acierto de organizar esta sesión solemne para conmemorarle centenario del descubrimiento de los Rayos X por el profesor de física de la Universidad de Wurzburg, Alemania, el doctor Konrad Wilhem Roentgen y al mismo tiempo rendir un cálido homenaje de admiración y de cariño a la memoria del profesor Gonzalo Esguerra Gómez quien dedicó su meritoria existencia al estudios de los rayos X en sus aplicaciones médicas y se constituyó en el más importante de los radiólogos de su época y en el creador de la especialidad de la Radiología en nuestro país.

Mc ha conferido la Junta Directiva de la Academia el alto honor de tomar la palabra en esta noche, distinción que he aceptado con agrado ya que se me concede la oportunidad de hablar ante ustedes sobre la personalidad particularmente atractiva del profesor Esguerra Gómez quien fuera mi maestro de medicina y me distinguiera a través de muchos años con el valioso don de su amistad.

Ya el académico Rueda Pérez se ha referido a los pormenores del descubrimiento de los rayos X en esa noche del 8 de Noviembre de 1895, en el salón 119A del Colegio Técnico de Wurzburg en donde funcionaba el laboratorio de Física cuyos ventanales dan hacia los jardines botánicos y al hoy llamado Círculo de Roentgen.

Roentgen tenía en ese entonces 43 años y un bien cimentado prestigio científico. Había hecho estudios cuidadosos sobre el comportamiento de la materia y había sido por ejemplo el primero en demostrar, utilizando un termómetro de fabricación casera, que era más fácil calentar el aire húmedo que el aire seco. Otros aspectos de su trabajo dieron fuerte apoyo a la teoría unificada del magnetismo y la electricidad que había sido formulada hacia los años de 1870, por el físico matemático escocés James Maxwell.

Desde mediados del año anterior, se había interesado también por los rayos catódicos, un tópico de investigación extremadamente popular por esos días. Sabía bien que esos rayos copiosamente producidos en un tubo al vacío cargado con electricidad de alto voltaje solamente podían penetrar unos pocos centímetros en el aire exterior al tubo.

De allí su asombro al observar en esa tarde memorable de un viernes, una imagen luminosa oscilante en una pantalla impregnada de solución de platinocianuro de bario, colocada tan lejos del tubo que no podía ser producida por los rayos catódicos, pero que solamente se iluminaba cuando estaba operando el tubo al vacío al paso de la corriente eléctrica. La tenue fluorescencia característicamente verde que se producía era difícil de apreciar con facilidad en razón a que Roentgen era parcialmente daltónico al color verde.

Vinieron después sus experimentos en la habitación totalmente oscurecida, sin que en ella penetrara la más mínima luz de gas de la calle vecina y los que hizo con el tubo totalmente cubierto con cartones oscuros de manera tal que ninguna luz visible pudiera escapar del interior del mismo. Dedujo entonces que la fluorescencia verdosa observada en la pantalla de platinocianuro de bario era produc1da por una nueva radiación mucho más penetrante que los rayos catódicos y llamó a los nuevos rayos, Rayos X por lo desconocido de su naturaleza.

Encontró luego que la silueta de sus libros y la de su caja de madera que contenía sus diferentes pesas, se delineaba con claridad, presagiando la futura aplicación de los rayos X en las medidas de seguridad que se utilizan en los aeropuertos. Después obtuvo radiografías de su rifle de cacería en el que encontró defectos estructurales y finalmente tomó la primera radiografía de la mano izquierda de Bertha, su esposa, para lograr la cual la expuso a una dosis alta de rayos X durante quince minutos completos, tiempo de exposición que se consideraría hoy como altamente peligroso.

Las noticias del descubrimiento llegaron a la prensa mundial con prontitud y dieron origen a situaciones curiosas. Una firma londinense, por ejemplo, hizo publicidad sobre prendas interiores de señora a prueba de Rayos X; los periodos franceses, más espirituales, se mostraron entusiastas acerca de la posibilidad de fotografiar el alma y un granjero norteamericano pragmático afirmó haber transformado una moneda de 10 centavos en otra de oro con valor de 150 dólares.

El 15 de enero de 1896, el Káiser Guillermo 11,que habría de conducir a Alemania a la primera guerra mundial, le condecoró con la Cruz de la Corona de Prusia a tiempo que comisionó a otros tres científicos para que estudiaran las potencialidades bélicas del descubrimiento. Además de su intervención ante la corte, hizo Roentgen una segunda conferencia ante los estudiantes de la Universidad, en la cual tomó la radiografía de la mano de su colega Albert van Külliker, unodelos fundadores de la Histología, quien contra los deseos de Roentgen propuso que se diera su nombre a los Rayos X, apelativo con el que aún se les conoce en los países de habla alemana. En 1901 fue galardonado con el primer premio Nobel de Física y dedicó el dinero obtenido por el premio a financiar y apoyar a los estudiantes de la Universidad de WurLburg; los intereses de esos fondos se emplean aún para esos propósitos.

Pasaron 20 años más antes de que los científicos pudieran determinar la verdadera naturaleza de los Rayos X. En una conferencia dictada en 1938 en Bogotá, el profesor Esguerra, en su elegante prosa científica decía lo siguiente: “Esa naturaleza desconocida de los Rayos X ya no lo es para nosotros. El hombre en su deseo de investigación y de análisis, no se contentó con demostrar que la luz solar aparentemente tan simple puede reducirse a siete radiaciones diferentes entre sí que forman los colores fundamentales del arco iris.

Buscó más allá de las radiaciones luminosas visibles, y con sorpresa pudo demostrar que allende las radiaciones rojas del espectro existían otras que no apreciaban nuestros ojos pero que se manifestaba por fenómenos caloríficos y que denominaron rayos infrarrojos. Y poco tiempo después buscó más allá de las radiaciones violeta de ese mismo espectro y halló otras radiaciones invisibles que se manifestaban por efectos químicos y que se denominaron radiaciones ultravioleta.

Y ya en ese camino continuaron investigando y ese campo de la luz creció momento por momento: mucho más allá de las radiaciones infrarrojas encontraron otras radiaciones, otras ondas, cuya longitud no se medía ya en micrones ni en milímetros, sino en centímetros, en metros, en kilómetros, y que fueron nada menos que las ondas maravillosas de Hertz, las ondas de la telegrafía inalámbrica y del radio; y mucho más allá de las radiaciones ultravioleta y ya en longitudes de onda de amgstroms, de décimas, centésimas y milésimas de esta unidad, hallaron aquellas radiaciones productoras de los Rayos X y las no menos maravillosas de ese precioso metal que es el radium. La escala luminosa había crecido intensamente y la naturaleza de los Rayos X estaba descubierta; esas radiaciones no eran sino una forma de luz”.

Casi simultáneamente con el descubrim iento de Roentgen, que señaló el amanecer de la era nuclear, se produjo el hallazgo de la radioactividad natural descubierta en las sales de uranio por Henri Becquerel en 1898, y del radium y el polonio encontradas por Pierre Curie y María Landowska, su esposa. Tanto el descubrimiento de Becquerel como el de Roentgen habían sido accidentales pero ambos ilustran la validez de la afirmación de Louis Pasteur acerca de que la suerte favorece a las mentes bien preparadas. Madame Curie, ganadora de dos premios Nobel, falleció de los efectos de la radiación contraídos en varios años de investigación experimental con isótopos radioactivos.

A partir de finales de la segunda guerra mundial, de 1945 en adelante, los desarrollos de la física atómica y de la mecánica quántica permitieron establecer con precisión las cuatro grandes fuerzas fundamentales del universo, que gobiernan su estructura y su comportamiento, desde lo infinitamente pequeño hasta lo inmensamente grande de que hablara Pascal. De estas cuatro grandes fuerzas, el electromagnetismo, que expresa la atracción de partículas con cargas eléctricas o magnéticas opuestas, produce la luz visible y las demás manifestaciones electromagnéticas que antes señalara el profesor Esguerra.

La ciencia y la tecnología de nuestro siglo han desarrollado las concepciones teóricas y las aplicaciones prácticas que se derivan del amplio espectro luminoso y algunos de sus más espectaculares resultados se han obtenido en el terreno de la moderna astronomía que ya no se limita a la observación visual de los astros sino que se extiende a otras áreas del panorama luminoso. A la astronomía convencional o visual se agregó luego la radioastronomía, la astronomía de los rayos X y de los rayos gamma, la de los rayos cósmicos, y la astronomía de los rayos infrarrojos y los ultravioleta.

El estudio de las radiaciones luminosas mediante telescopios específicamente diseñados para cada tipo de radiación luminosa proveniente de galaxias lejanas, de nubes de polvo estelar, de quasares, de pulsares y de agujeros negros, han ampliado las dimensiones del universo conocido que ya no se estiman en unos cuantos miles de parsecs sino que se elevan a cifras cercanas a los veinte mil millones de años luz.

La astronomía cambió entonces para aquellos de nosotros que aprendimos de niños a recitar los nombres de las estrellas de primera magnitud y sus correspondientes constelaciones; para los que leíamos con cuidado la “Astronomía Popular” y las “Tierras del cielo” de Camille Flammarion, y con nuestros modestos telescopios nos extasiábamos ante el resplandor de los satélites de Júpiter, las fases menguante y creciente de Venus y los mares secos de la luna, cuyos nombres poéticos de Mar de la Tranquilidad, Mar de la Serenidad y Océano Procelario nos llevaban a entender el porqué Kant afirmaba que solamente sobre dos cosas no tenía dudas su espíritu selecto: la moral de su corazón y el universo estrellado que brillaba sobre su cabeza.

Las estrellas binarias que en otras épocas descubríamos por azar y con alegría en cielos más luminosos que los actuales, nos dejan ahora cuando volvemos a encontrarlas, un infinito sentimiento de nostalgia, frente a una ciencia fría y una tecnología avasalladora que ha hecho que los astrónomos profesionales ya no miren los cielos, sino que escudriñen sus espléndidas fotografías de galaxias cada vez más distantes, analicen sus espectrogramas y las combinaciones de gran colorido que producen los modelos de sus computadores. La poesía de esa astronomía anterior a la segunda mitad de este siglo perdió vigencia cuando la luna fue hollada por la planta del hombre.

Sin embargo, la mente humana inquieta como siempre, buscó nuevas direcciones para los hechos que paulatinamente descubría: hoy se especula sobre la edad del universo; si éste es abierto y siempre en expansión o si es cerrado pero sin límites; si es infinito en el tiempo o es limitado, y si ha sido único o es múltiple. Las especulaciones de los científicos los han llevado a puntos de convergencia con las inquietudes de los filósofos y ya no es admisible que un físico no tenga sus propias concepciones filosóficas o que un filósofo ignore o haga caso omiso de los hallazgos de la ciencia. Quienquiera que se interese por las radiaciones universales como los rayos X, necesariamente habrá de reflexionar filosóficamente sobre el universo, como tantas veces lo hizo el profesor Esguerra.

Gonzalo Esguerra Gómez nació en Bogotá el 24 de enero de 1902, siete años después del descubrimiento de los Rayos X, y provenía de una estirpe de médicos yabogados que tuvo su origen en el país vasco y que se prolonga en el ticmpo hasta nuestros días. El primer Esguerra que llegó a la Nueva Granada, según lo señala el profesor Luis López de Mesa en su artículo sobre el Dr. Carlos Esguerra publicado en 1963, fue el Alférez don Miguel Esguerra y Rosas, casado con doña Isabel Valero de Tapia. Después viene una serie de patricios que culmina en la época de la independencia con el prócer don Sebastián Esguerra Galves; se continúa con Domingo Esguerra Galves, militardelliberalismo, y Domingo Esguerra Ortiz, galeno así mismo, quien fuera el primero en identificar como pandemia definida las fiebres del Alto Magdalena, tal como lo señala el académico José Francisco Socarrás en su espléndido estudio “La familia Esguerra en la Historia de Colombia”, publicado en nuestra revista de la Academia en 1991.

Fue su abuelo el doctor Nicolás Esguerra Ortiz, célebre abogado, académico y hombre público a quien Carlos Martínez Silva consideró como gran ciudadano y de quien dijo el expresidente López Michelsen que había sido el último de los radicales. “Ser radical, dice López Michelsen, no era solamente una cuestión de militancia política, de servir bajo determinada bandera. Ser radical era, ante todo, un estado del alma, un modo de ser, una actitud ante la vida. Al radical se le reconocía más por su comportamiento que por sus doctrinas en materia económica o social. Significaba ser austero, tolerante, enérgico ante cualquier atropello contra sus derechos o contra los de los demás y por sobre todo, no vacilar en asumir cualquier riesgo en defensa de su ideal”.

Su paso por los cargos que ocupó, en el período del radicalismo en el poder, como miembro de las tres ramas del Poder Público, fueron fecundos. En 1885, cuando Núñez no permitía ya abrigar ninguna duda sobre cual iba a ser su camino y a qué expedientes iba a recurrir para coronar sus propósitos, el Doctor Nicolás Esguerra, exponiéndose a las peores represalias le dirigió una carta airada y digna, de la cual es conveniente recordar aquella sabia admonición que dice así: “El dinero que hoy se pierde puede recuperarse más tarde por el mismo camino que se adquirió, con honradez y laboriosidad; pero el carácter que se abate, abatido se queda”.

Esta noble enseñanza de honorabilidad y de firmeza de carácter del abuelo, propias de su ascendencia vasca, se transmitieron sin cambio alguno a la generación de su padre, a la suya propia y las de sus hijos y nietos, sobrinos y sobrinos nietos.

Fue el doctor Nicolás Esguerra candidato a la Presidencia de la República en 1913, en oposición al doctor José Vicente Concha quien fue elegido. Sus dotes oratorias fueron tan eximias, que a propósito de ellas escribió don Antonio Gómez Restrepo: “Firme la actitud, arrogante la hermosa cabeza, fulgurantes los ojos, dejaba correr sin esfuerzo de sus labios la tumultuosa corriente de su palabra encendida, que en los momentos de gran pasión tenía resonancia como de descarga cerrada en medio de un combate”.

Su padre, el doctor Carlos Esguerra Gaitán, nacido en 1862, obtuvo su grado de Medicina en Bogotá y por segunda vez en Caracas en donde vivió por algún tiempo acompañando a su padre. Posteriormente en París y bajo la dirección de su profesor de Medicina Interna, el doctor Georges Dieulafoy, cuyas 14 ediciones de su Tratado de Medicina fueron estudiadas por varias generaciones de médicos colombianos, se graduó por tercera vez con sus estudios sobre la Fiebre del Magdalena y la Fiebre Amarilla de Honda.

Como profesor universitario sostuvo interesantes polémicas con el doctor José María Lombana Barreneche acerca del diagnóstico diferencial entre la Fiebre Tifoidea y el Tifo Exantemático, sobre cuya existencia en el país no creía el profesor Lombana. Los estudios mediante inoculación de sangre de enfermos diagnosticados de tifo exantemático a curíes demostraron fácilmente la validez de las tesis sostenidas por el doctor Carlos Esguerra, que fueron brillantemente ampliadas después por el doctor Luis Patiño Camargo. Intervino luego con estudios y propuestas sobre el aislamiento de enfermos leprosos y fue titular de la cátedra de Medicina Interna de la Universidad, de la cual se retiró cuando la Junta de Beneficencia de Cundinamarca vetó el nombre del doctor Edmundo Rico como su Jefe de Clínica. Su renuncia irrevocable, en la cual fue acompañado por sus hijos Alfonso y Gonzalo, fue una demostración de su firme carácter. Posteriormente, fue nombrado Profesor Honorario de la Facultad de Medicina y luego Rector de la misma institución.

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