En El Centenario del Descubrimiento del Mycobacterium Tuberculosis por Roberto Koch

24 DE MARZO DE 1982

GILBERTO RUEDA PEREZ

Hace exactamente 100 años, señores académicos, Roberto Koch presentó en concisa, lacónica y podríamos decir perfecta comunicación, a la Sociedad de Fisiología de Berlín, la demostración de que la TBC tenía como causa única la proliferación en el organismo vivo, del germen  denominado por él Mycobacterium Tuberculosis. Esta comunicación que hoy conmemoramos, cambió el curso de la microbiología, y sentó las bases para el desarrollo posterior del tratamiento etiológico de las enfermedades infecciosas.

Años más tarde, Koch recibiría el máximo galardón otorgado por Nobel a los grandes benefactores de la humanidad, por este descubrimiento. Sería glorificado por sus contemporáneos y por quienes posteriormente hemos tenido el privilegio de ejercer la medicina en el mundo civilizado, así como por quienes  padecieron y padecen aún el terrible mal, al ver cercana su curación gracias a los descubrimientos recientes que han permitido derrotar al más temible enemigo de la patología humana: el Bacilo puesto en evidencia por este retraído sabio alemán.

Pero no todo fue gloria y renombre en la vida de Roberto Koch. Vale la pena rememorar a grandes rasgos en este Centenario y ante esta Academia de Medicina Colombiana, algunos de los hechos sobresalientes de la vida de este hombre excepcional, que le dio luz en su época y le sigue dando a la ciencia en general, y que sentó premisas que siguen vigentes en nuestros días a través del postulado que lleva su nombre, ineludibles para quienes quieren demostrar científicamente hechos bacteriológicos.

Nace el 11 de diciembre de 1843 en la pequeña población de Klausthal en Hanover, y allí transcurre su primera juventud provinciana y sencilla para luego viajar a Gotinga, en cuya universidad estudia medicina, destacándose siempre por su dedicación y método en las asignaturas, recibiendo su doctorado en 1886, a los 23 años, bajo la tutela del Profesor Jacobo Henle. Mientras Pasteur deslumbraba al mundo con sus grandes descubrimientos sobre la etiología bacteriana de las enfermedades contaminantes, estudiaba Koch, calladamente, medicina.

Soñaba desde su infancia con viajes interminables a los confines del mundo, deseando siempre conocer nuevos horizontes y ganar títulos tal vez guerreros o acaso aventureros, sin pensar, en sus primeras épocas que la medicina y la microbiología fueran a depararle en el futuro, aventuras científicas y triunfos personales jamás avizorados. Durante su paso por las aulas y bajo la tutela del Profesor Henle, anatomista, del clínico


El doctor Rueda es Académico de Número.

Hasse y del fisiólogo Meissner, comenzó a desarrollar su genio investigativo produciendo trabajos sobre “la existencia de células ganglionares en los nervios del útero”, con el cual obtiene el premio especial de la Facultad de Medicina, que nunca antes había sido otorgado; o aquél, preparado para su tesis doctoral sobre “La producción del ácido succínico en el organismo animal”.

Piensa por esa época en afiliarse a la Sanidad Militar, pero su miopía juvenil se lo impide; piensa en viajar a los Estados Unidos, a lo cual se oponen sus propios padres y más aún su prometida, Emma Frantz joven sencilla, hija del Intendente de Klausthal, con quien contrae matrimonio en julio de 1867, viendo nacer a su hija única Gertrudis, un año después. Emma, su compañera y apoyo durante los próximos 26 años, contribuyó en alto grado en un momento crucial y tal vez sin darse cuenta de ello, al lanzamiento del genio insuperable de este hombre excepcional.

Entre 1867 y 1870 inicia Koch su ejercicio profesional en diferentes cargos que no le satisfacen. Trabaja en el Hospital General de Hamburgo como médico interno; luego en un asilo de locos de donde lo aterran los dementes furiosos, los epilépticos moribundos y los niños retrasados sin esperanza alguna. Ejerce la medicina rural en Rakwitz y en Niemegk cercanas a la frontera rusa. En 1870, siguiendo su sed de aventuras, al declararse la guerra franco-prusiana, Koch se alista como voluntario; actúa en hospitales militares en territorio francés en las cercanías de Orleans, en donde se inicia en este idioma, básico en la medicina de su época y adquiere valiosa experiencia atendiendo pacientes de fiebre tifoidea. Al regresar a su patria, se presenta al concurso exigido para poder ejercer la medicina sanitaria en la ciudad de Wollstein, ciudad a la que se traslada en 1872 con su pequeña familia, dedicándose con gran asiduidad al control de sus enfermos que aumentan en número paulatinamente, pero dejando ver ya su afición por la naturaleza, al convertir su casa en un pequeño museo de historia natural, e instalando un rudimentario laboratorio de trabajo en la trastienda de su consultorio. Se queja continuamente de este monótono ejercicio profesional, cuya única satisfacción es subvenir a una congrua subsistencia.

Al cumplir 28 años, su esposa Emma, tal vez cansada de oír los permanentes reclamos de su esposo, decidió celebrar su onomástico obsequiándole un microscopio, el último modelo y el mejor que pudo encontrar en Wol1stein por esa época. Cuán lejos estaba esta buena mujer de imaginar siquiera, que estaba entregándole el arma con que habría su tímido y tozudo esposo, de cambiar el curso de la medicina mundial.

La inquietud de los seres superiores es similar. Se puede trazar un curioso paralelismo entre este modesto médico rural y el desconocido tallador de lentes de Holanda Leeuwenhoek, quien al tallar las lentes normales para corregir la miopía, decidió colmar parcialmente sus inquietudes observando más allá de lo que los pacientes querían ver y principió a mirar a través de estas rudimentarias lentes, insectos, mínimos objetos y hasta gotas de lluvia suspendidas de los pétalos, descubriendo para su asombro y el de sus contemporáneos, que estas purísimas gotas contenían en su interior millares de partículas no observables por la vista humana; y Koch, para utilizar el más valioso y caro juguete regalado por Emma, decidió observar los elementos patológicos extraídos de animales y de humanos enfermos.

Transcurría el año de 1873, y era la época en que, al decir Pasteur ante la Academia Francesa de Medicina, que no pasaría mucho tiempo antes de que fuese descubierto el germen causante de la TBC, se levantaba airado el célebre Profesor Pidoux exclamando: “Cómo es posible que la TBC pueda ser originada por un germen, que tontería, que estupidez, la TBC es una enfermedad de múltiples causas cuyo término final es la destrucción de los tejidos, y cuyas causas deben ser obstruidas por los médicos, sin pensar en tonterías como las que se discuten”. Era la época en que, basándose en la teoría dualicista de Virchof, el padre de la patología mundial, se sostenía en los más altos circulas científicos, que lo peor que podía pasarle a un escrofuloso era volverse tísico.

Por esta época Roberto Koch en su trastienda, mejo raba a base de espejos la iluminación de su microscopio; examinaba noche tras noche, puesto que de día ejercía la medicina general, gotas de sangre de ovejas y vacas muertas de carbunco o antrax. Para poder observar mejor esta sangre oscura y corrupta, aprendió a colocarla entre dos láminas de vidrio perfectamente limpias y un día feliz para la vida humana, este hombre observador y genial, captó en su cerebro lo que sus ojos veían por primera vez: unos bastoncitos cortos que notaban entre los glóbulos sanguíneos. Estos pequeños tilamentos habían sido ya observados previamente, sin que nadie, a  xcepción de Pasteur, hubiera puesto atención al descubrimiento de Lavaine y Rayer en Francia, quienes no pudieron nunca demostrar la relación causa-efecto.

Allí comienza a desarrollarse el  sistema científico, metódico, escrupuloso, que habría de conducir a Koch a sus grandes descubrimientos posteriores; decide estudiar simultáneamente sangre de ovejas sanas conseguidas en las carnicerías locales, sin que, a través de miles de observaciones encontrase los bastoncillos. Tenía ya dos parámetros importantes: la sangre de oveja sana estaba desprovista de bastoncillos. La sangre de oveja muerta de carbunco, presentaba miles de filamentos. ¿Cómo demostrar que éstas constituían la causa provocadora de la enfermedad? ¿Cómo pasar los bastoncillos del animal muerto de la enfermedad al animal sano? Pues muy sencillo: al no disponer de jeringuillas como nuestros jóvenes investigadores, piensa que, embebiendo la punta de una minúscula astilla en la sangre enferma, e incrustándola en la base de la cola de un ratón, al que con técnica magistral habíale practicado una mínima incisión cutánea, puede tal vez reproducir la enfermedad que mató al animal original. Múltiples veces lo intentó para fallar otras tantas, a causa de su rudimentaria técnica; hasta que un día la astilla mortal quedó incrustada subcutáneamente en el ratón. Y al día siguiente, para felicidad del científico y para bien de la humanidad, el ratón amanece muerto. Al disecar con su meticulosa técnica,  con instrumental previamente quemado a la lámpara para evitar contaminación extraña, y observar los órganos del ratoncito al microscopio, encuentra que los bastoncillos y filamentos son tan abundantes en cada uno de los especímenes estudiados como en la gota de sangre en la que fue empapada la astilla contaminante.

El solitario y aún joven y autodidacta investigador, ha podido saltar entonces a conclusiones definitivas: por primera vez había podido inocular gérmenes y reproducir la enfermedad causal en el animal de laboratorio. Pero Koch, a pesar de su carencia total de elementos de ayuda, no se resignaba a eso.

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