Comunicaciones, Educación y Cultura

(INTRODUCCION AL TEMA)

DR. AMADOR NEGHME R., PRESIDENTE

El gran poder potencial que ofrece la red mundial de telecomunicaciones junto con las  tecnologías propias de la radio, de la televisión, los satélites y las redes de computación debieran aplicarse con fines educativos y estimular el aprendizaje innovador y con proyecciones hacia el futuro. Sin embargo, no se vislumbran todavía perspectivas favorables para su aprovechamiento.

En el área de las comunicaciones, acaso éste sea el problema más serio que enfrentamos en estos momentos: la televisión podría utilizarse para influir sobre la educación y las vidas de millones de seres humanos, si se aplicara con otros criterios. En vez de ello, está dominada por el poder del dinero y el afán de lucro, y muchas veces, manejada por personeros sin imaginación creadora ni cultura humanística superior.

Se diría que ello llega a ser una verdadera tragedia, la cual surge de las oportunidades que no se quiere, o no conviene, o no se saben aprovechar. De ahí que la gran mayoría de los programas que se exhiben, contribuyen a rebajar y no a elevar el nivel cultural, prevaleciendo en ellos, la superficialidad, vulgaridad y trivialidad. Los pocos de cierta calidad educativa, a lo sumo promueven un tipo de aprendizaje que los expertos del “Club de Roma” llamaron hace un par de años, “de mantenimiento” o de repetición, pero no de innovación sobre la base de las predicciones para un futuro inmediato o mediato (Ref. “Aprender, horizonte sin límites”. J. W. Botkin, M. Elmandjra y M. Malitza. Madrid.  Editorial Santillana. 1979).

La mayoría de los programas actuales de televisión exhiben estereotipos bien conocidos e ideados solamente para complacer a la masa de los televidentes. Representan, en su esencia, una visión estereotipada del mundo del pasado; y cuando exhiben materias actuales, se presentan en forma vulgar, o sea, en un bajo nivel cultural o en caminadas a fomentar el consumo de bienes y productos que anuncian.

Además,  predomina la violencia. Este patrimonio de violencia persiste y se mantiene, a través de las traducciones a nuestro idioma de las películas antiguas de origen norteamericano de hace unos 30 ó 40 años, que por ser obsoletas se adquieren enlatadas a bajos precios, en conjuntos de programas vertidos a nuestro idioma en México o Puerto Rico. Halagan con ellos a las masas y, por cierto, a las empresas que costean la programación. Esas películas exhiben patrones ya superados de conductas consumistas, agresivas o proclives a la discriminación racial o sexual.

En cambio, no les interesan los programas que presentan aspectos culturales de nivel elevado o que fomenten la capacidad humana para el análisis la visión o anticipación de las situaciones que la humanidad enfrentará en el porvenir. Apenas si les interesan los programas que plantean los grandes problemas de la humanidad actual: la crisis energética; la destrucción de la naturaleza; el derroche de los recursos no renovables; la contaminación en sus múltiples formas, la extinción de las especies animales y de la flora silvestre; la protección sanitaria del medio ambiente; el cuidado de la salud, la prevención de las enfermedades; las zoonosis; la carrera armamentista; el crecimiento acelerado de las poblaciones y sus consecuencias, la  automatización y el desempleo, los accidentes del tránsito, el combate de los vicios (tabaco, alcoholo drogas) y de las plagas que afectan la productividad agropecuaria, etcétera. A veces, algunas de estas materias se transmiten en horarios inapropiados: o cuando adultos o niños están fuera de sus hogares por razones de trabajo o estudio; o bien en la madrugada, como “relleno” para justificar una cartelera de avisos comerciales.

Los medios de comunicación social y en especial, la televisión, y también la radio, se han convertido en mecanismos pasivos que alimentan a millares de auditores con programas de entretenimiento barato, sedantes, adormecedores, pero pocas veces  estimulantes o que sirvan de motivación para los niños, jóvenes y adultos. Son raros los programas   que los estimulan a continuar profundizando en el estudio de esa problemática universal o bien, a investigar en otras fuentes de conocimiento, Menos aún, los inducen a la lectura de obras literarias de nivel elevado, que promueven la reflexión, el pensamiento, el juicio crítico u otras inquietudes por el progreso o desarrollo cultural. Tampoco se estimulan suficientemente los valores nacionales y sólo ocasionalmente, se favorece la participación de los artistas de cada país en programas de jerarquía cultural.

Esto se debe fundamentalmente a que el poder que ahora gobierna y dirige los Medios de Comunicación Social, en general, salvo contadas excepciones, es el que emana del dinero y no de la cultura de alto nivel y menos aún, de la educación.

Se trata de un problema candente que requiere del concurso de la intelectualidad y de los profesionales universitarios. ¡Cuán sabias son, a este respecto, las palabras de un mensaje de Su Santidad el Papa Juan Pablo II!: “Los medios de comunicación social son un poderoso instrumento que debe estar al servicio de la Humanidad”. El poder de dichos medios “debe usarse no para limitar, sino que para extender los horizontes de los individuos y de los pueblos que quieren realizar sus destinos humanos”. Y más adelante añadió: la proclamación de la verdad sobre el hombre, “creado a la imagen y semejanza de Dios y llamado a un destino  trascendental, permitirá la defensa de la dignidad humana frente a las fuerzas que pueden reducir a los seres humanos a menos consumidores de bienes materiales o a blanco de intereses nacionales o ideologías de división” (De “El Mercurio”, 18 de mayo de 1980).

La televisión, sin duda alguna, ha llegado a ser el medio de comunicación más universal en el mundo contemporáneo y su influencia alcanza cada día a un mayor número de personas de todas las edades; contiene en potencia, la capacidad para motivarlas y estimular en ellas, formas modernas de aprendizaje innovador. Bástenos recordar que mil millones de televidentes presenciaron hace algunos años, los primeros pasos del hombre en la Luna y así pudieron entender al planeta Tierra como una nave que surca los espacios.

En los países más avanzados y progresistas se utiliza la televisión para presentar programas educacionales destinados a estimular el aprendizaje precoz en los niños. Se contrarresta así, aunque sea parcialmente, un lamentable hecho comprobado en ellos y también, aunque con mayor gravedad, en los países en subdesarrollo: los niños gastan tres veces más tiempo en el día, ante las pantallas de la televisión que en asistir a las escuelas. Agrava esta situación, el hecho de que los programas de TV los entretienen, pero no los educan y apenas si contribuyen marginalmente a aumentar su capacidad de aprender por sí mismos. En cambio, los privan de los juegos y contactos con otros niños y con su familia, relegándolos paulatinamente a la pasividad, demostrándoles el empleo de medios violentos para zanjar dificultades e introduciéndolos en el vicio, a través de una  propaganda cada vez más refinada y sutil.

No se pretende, por cierto, ocupar todo el tiempo de transmisión en programas educativos, ni de convertir los canales de televisión en sustitutos de los establecimientos educacionales. Pero tampoco es aceptable que por su bajo nivel cultural los programas que llegan al interior de las viviendas y al seno familiar, en ciudades y en áreas rurales, contribuyan a borrar o apagar las enseñanzas y valores que se imparten en las aulas y en el propio hogar.

No es sólo el mal uso de este recurso lo lamentable, sino que las oportunidades desaprovechadas para mejorar el nivel educacional de la población, desarrollar la inteligencia y crear conciencia sobre la importancia de la investigación científica básica para resolver problemas esenciales como son los de la nutrición, la crisis energética, la extrema miseria y el subdesarrollo, la insalubridad e ignorancia, etc.

No obstante, entusiasma a los educadores el  potencial técnico que ofrecen radios, minicomputadoras, sistemas de comunicaciones vía satélite y la televisión para complementar su tarea docente e implantar modernos procesos educacionales, con acentuados alcances participativos para los educandos e impregnados con pensamiento integrador y prospecciones para el futuro de todas aquellas situaciones que actualmente enfrentan los países continentes y hemisferios como consecuencia de la problemática mundial. Para ello, se requiere de un cambio de actitud y una toma de conciencia de quienes actualmente han asumido la dirección de dichos medios.

El problema afecta a toda Iberoamérica. Comprendiéndolo  así, la Asociación Latinoamericana de Academias de Medicina acordó colocar este asunto en su agenda para la séptima reunión de  su Junta Directiva y Conferencias Médicas Latinoamericanas que se llevaron a cabo en Santiago de Chile, entre el 20 y el 24 de octubre de 1981, con la participación de los presidentes y delegados de las Academias Nacionales de Medicina del Continente. Como etapa previa, la Asociación aludida reunió en mayo último, en Bogotá (Colombia), a un grupo de expertos en estas materias designados por las nueve Academias Nacionales que la integran. Asistió como delegado de la Academia Chilena, el Dr. Armando Roa, que se ha destacado como un estudioso del problema, habiendo publicado un libro titulado “La Cultura y los Medios de Comunicación”. Ese grupo elaboró un documento de trabajo que fue analizado por la Junta Directiva en octubre pasado y una vez modificado y aprobado, se acordó difundirlo ampliamente en nuestros países. Se espera con ello, crear conciencia en la población acerca de la importancia del problema y la necesidad de aplicar medidas que sirvan para mejorar el uso que se hace en la actualidad de los medios de comunicación de masas.

Entre las estrategias que podrían proponerse, entre muchas otras, estarían las siguientes:

  1. Llevar a cabo a nivel de nuestros continentes una evaluación de las deficiencias y repercusiones sociales de los diversos medios de comunicación y establecer directrices y financiamientos que tiendan a modificar sus consecuencias negativas, favoreciendo la participación de los universitarios y de las intelectualidades nacionales.
  1. Impulsar las medidas de corrección y estimular la producción de programas educativos, especialmente acerca del aprendizaje innovador, que deberían ocupar, por lo menos, la tercera parte del tiempo de transmisión diaria en los horarios de mayor audiencia juvenil.
  1. A través de equipos multidisciplinarios de profesionales universitarios, que incluyan médicos, psiquiatras y psicólogos, educadores y sociólogos, investigar nuevos programas de televisión infantil y elaborar normas que sirvan de base para un código de conducta aplicable a la producción de programas para los niños.
  1. Establecer directrices precisas sobre distribución del tiempo destinado a los diferentes programas, de modo que se destine un tercio, por lo menos, a la educación; otro tercio, a programas culturales -producidos de preferencia en cada país- y el resto, a los entretenimientos, debidamente encuadrados en un contexto cultural y social, que favorezca el incremento de la identidad nacional.

Bibliografía

1. Fuenzalida F., Valerio. “Estudios sobre la Televisión Chilena”. Corporación de Promoción Universitaria. Santiago, Chile, 1981.
2. Huneeus, Pablo. La Cultura Huachaca O el aporte de la televisión. Editora Nueva Generación. Moneda 1901, Santiago, Chile, 1981.
3. Montenegro, Hernán T.V. ¿Comunicación o contaminación? Edit. Galdoc. Santiago, Chile, 1980.
4. Neghme R., Amador. Efectos de los Medios de Comunicación Social. Revista de Educación, Ministerio de Educación, Santiago de Chile: N° 81: págs. 66-68, 1980.
5. Raynaud L., Francisco. Televisión. “Ir al Fondo”. Rev. de Educación. Ministerio de Educación, Chile. N° 71: 67-68, 1979.
6. Riesco G., Carlos, Mardones R., Jorge, Neghme R., Amador y Valencia A., Luis. Informe de la Comisión designada por el Consejo del Instituto de Chile para estudiar el papel de la Televisión en la Promoción de la Cultura Nacional. Impreso en mimeógrafo. Marzo, 1980.
7. Roa R., Armando. La cultura y los medios de comunicación, Ediciones Nueva Universidad. Vicerrectona de Comunicaciones. Pontificia Universidad Católica de Chile. 1981.

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