Efectos Positivos y Negativos de Los Medios de Comunicación Social

FERNANDO SERPA FLOREZ

Un tema amplio fue escogido por la Asociación Latinoamericana de Academias de Medicina. Estudiar los “Efectos Positivos y Negativos de los Medios de Comunicación Social”.

En su conjunto, entre tales medios podríamos englobar el gesto y la palabra, que desde el comienzo de la humanidad han sido usados por el hombre para comunicarse. O incluir, con el descubrimiento de la escritura milenios después, la influencia de ésta sobre la evolución del hombre, cada vez mayor a medida que se fueron inventando técnicas para hacer más fácil su difusión, con la imprenta como paso gigantesco del progreso.

La cultura se ha enriquecido con estas adquisiciones (con la invención de la palabra podríamos aceptar que la sorprendente evolución de nuestra especie comenzó: “En el principio fue el verbo.. “). y al lado de los factores negativos que tales medios de comunicación han tenido sobre el hombre, sería necio negar que los factores favorables han sido superiores.

Desde luego, nuestra Asociación, al señalar tan ambiciosa meta, seguramente ha querido (trascendiendo las primeras fases de la vida social en la historia de la humanidad, en las que por centurias el aprendizaje se basó en la transmisión de los conocimientos por medio de leyendas y mitos que quedaron grabados en el inconsciente colectivo y luego, ya en la época histórica, gracias a la lectura, aumentando el acervo cultural de los pueblos con la invención del libro que ha permitido conservar las enseñanzas y hacerlas llegar a los hombres en el trasegar tranquilo de las escuelas y las bibliotecas) centrar nuestro interés e investigación sobre el impacto que está causando la revolución tecnológica al producir, en virtud principalmente de la electrónica, la “cultura de masas” con la invención del telégrafo, el teléfono, la radiofonía y, por último, la televisión. 

En un comienzo fue la imitación, uniendo las percepciones del ojo y del oído, lo que permitió a las gentes en la alborada de la civilización guardar el patrimonio de conocimientos trabajosamente conseguidos, para irlos acumulando en una serie de adquisiciones y de principios cuyo conjunto constituye el haber de cada grupo humano. El tesoro de su cultura que, con la tradición de lo que es bueno o lo que es malo, habría de ir enalteciéndose hasta concretarse en las reglas de la moral que guardarían los brujos, los shamanes y los sacerdotes en los sagrados dominios de la religión.

Con la invención de la escritura, invaluable presente de las civilizaciones de Mesopotamia y la no menos importante, por su inmenso sentido de abstracción, del alfabeto que, según parece, debemos a los fenicios, el ojo adquiere predominio en el aprendizaje del saber. El silencio se hace compañero indispensable de la palabra escrita que, con la ayuda de la imprenta, sienta su predominio en las últimas centurias. Hasta las décadas recientes en que, con la radio, el oído comienza a imponer sus fueros. Los medios de comunicación social masivos, que gracias a la prensa comenzaron a llegar a centenares de miles de individuos, aumentan con la radiofonía, en forma pasiva, su influencia, hasta tocar -sin vallas que los detengan, pues las ondas hertzianas atraviesan las distancias y los muros- los oídos para llegar a los cerebros de millones de personas. A su lado la propaganda evoluciona. Ya, desde luego, existía en la prensa y su utilización podía emplearse para bien o para mal, distorsionando la verdad o acomodándola a intereses particulares diversos. O presentándola objetivamente. Pero la radiodifusión potencia el poder de aquélla y magnifica sus ámbitos. Con diabólica eficacia un gobernante enloquecido, asesorado por un secuaz sin escrúpulos, utilizó las ondas de Hertz para hipnotizar un gran pueblo y producir una hecatombe universal.

Ahora bien, al inventar la televisión, la sociedad se halla ante un hecho de proporciones descomunales que es preciso reconocer, estudiar y comprender.

No podemos desentendernos de ella, porque está ahí, en la habitación de las gentes, ya sean estas las solitarias de las metrópolis, las conformes de las clases medias o las aglomeradas sobrevivientes de los cinturones de miseria de las ciudades. Pero, principalmente, influyendo sobre la niñez que encuentra en ella compañía, maestra, distracción y ejemplo.

Bien lo afirma el sociólogo y estadista colombiano Abelardo Forero Benavides, en un ensayo sobre el tema: “La televisión tiene y puede tener un abanico de fines y objetivos: instruir, deleitar, informar, adelantar la propaganda. Es sin duda alguna el más eficaz medio de la comunicación que se haya inventado hasta ahora. Entre otras cosas, porque basta tener ojos para verla. Habla a través de las imágenes. No necesita de abecedarios. Aun sin el idioma tiene idioma propio. Está por con siguiente dirigida a las muchedumbres, pero paradójicamente, también está dirigida a la soledad del hombre. Influye en el hombre asociado o solo. Por esa razón alguien la llamó la visitante nocturna.

Entonces, al encontrarnos ante un hecho cumplido, ante un fenómeno del que no logramos sustraernos, ante efectos que difícilmente se pueden prevenir mediante prohibiciones, sino más bien empleando la persuasión, la educación y el consejo, la consecuencia que podemos deducir quienes como médicos enfocamos este fenómeno es que debemos ser realistas, acostumbrarnos a vivir con él, aprovechar las ventajas que puede dar la sociedad como medio educativo y de información. Y Hacer menos nocivas sus consecuencias, cuando sus usufructuarios desorientados abusan de ella y tratan de convertirla en instrumento de la sociedad de consumo o en arma de proselitismo político, explotando las pasiones, la violencia, haciendo la apología del delito, la exhibición del mal gusto, de lo bajo o de lo insubstancial.

Para ello el estado cuenta con elementos suficientes de supervisión, orientación y control. Sin caer en la censura o la intolerancia.

Como servicio público que es, la televisión debe y puede educar, difundir y fomentar la cultura, en especial la nacional, orientarse a informar imparcialmente y dar un esparcimiento sano a las gentes. El buen criterio y el sentido común de los padres de familia o los jefes del hogar también deberán ejercitarse para seleccionar los programas adecuados para los hijos y el tiempo dedicado a este esparcimiento. Y la tendencia humana a hallar un justo equilibrio hará que, al paso de los años, la televisión ocupe el lugar adecuado en la vida del hombre.

No podemos ser pesimistas. La mayor y mejor información, el más amplio campo que tiene la educación al utilizar razonablemente este medio de comunicación tan dúctil y versátil, cuyo  mejoramiento técnico se logra refinar cada día más, son argumentos en favor de su empleo.

Tener una visión apocalíptica sobre la influencia nefasta de este medio de comunicación -como, por lo demás, de cualquier otro medio-, es inconducente. La televisión, en sí, no es mala ni es buena. En manos de quienes la dirigen está la respuesta a los interrogantes que ella nos depara. Pero no debemos desesperar de la bondad intrínseca del hombre, ni de los beneficios que trae el progreso. Ciertamente el abuso indiscriminado del tiempo dedicado a ella puede ser nocivo, y los es. Así como lo son la exhibición y la apología de la violencia, la maldad y el crimen, especialmente sobre las mentes en formación o inmaduras. Pero así como el organismo forma anticuerpos al enfrentarse y superar las enfermedades infecciosas, el espíritu puede superar y supera los efectos detrimentales de la televisión, y, haciendo un balance entre lo bueno y lo malo que este medio de comunicación tiene, no creemos equivocarnos al afirmar que lo  ositivo, al fin de cuentas, prevalece sobre sus efectos detrimentales. En Colombia, para circunscribirnos al país que tengo el honor de representar en este alto comité, tenemos tres canales de televisión. Uno, oficial, está desplegando una admirable labor educativa de la población, continuación del iniciado en las escuelas radiofónicas de Sutatenza que, en su día, fueron ejemplo de lo que puede lograrse mediante una capacitación masiva bien orientada, discreta e inspirada en una tenaz voluntad de acierto.

El canal de la Televisión Educativa de Colombia está cumpliendo una labor eficaz y su radio de acción llega, cada vez más, a núcleos de gentes ansiosas de conocimiento y progreso.

Al lado de este Canal de Televisión, hay dos más, que emulan en la prestación de servicios y cuyos espacios son dados, previa licitación pública, a entidades particulares para que éstas, mediante los esfuerzos de la iniciativa privada, contribuyan a hacer costeables las ingentes inversiones y los grandes gastos que el funcionamiento de la televisión significa.

El estado, desde luego, a través de los Ministerios de Comunicaciones y Educación, supervisa y controla los programas que se televisan. En las tres décadas que la televisión tiene de establecida en nuestro país, ha contribuido al fomento de las bellas artes, en especial el teatro y la música. Y se realizaron esfuerzos para que la transmisión de noticias y la información al público, sean cada vez más objetivos, imparciales y ubicuas.

Queda, desde luego, el estudio del impacto que sobre la psicología de las mentes en formación, puedan tener los programas televisados. Al buen criterio de los realizadores de tales programas, con la debida vigilancia de las autoridades competentes, debe quedar esta delicada labor, en la que los médicos, por el autorizado conducto de la Asociación de Academias de Medicina,  podremos colaborar con nuestro consejo y nuestro apoyo.

La televisión es un medio de comunicación contemporáneo al que debemos ajustarnos. Las perspectivas que abre en la humanidad son grandes. Los horizontes que brinda promisorios. Todo ello contribuirá al bienestar futuro, a cambio de que se tenga prudencia en su empleo, discreción en su uso y talento en el modo como se condicione para que al llegar hasta quienes van a recibir su mensaje lo haga trayendo un consejo benéfico, una educación útil, una enseñanza, un ejemplo.


El doctor Fernando Serpa Flórez es Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina de Colombia.

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