El alivio de una Sonrisa en Tiempos de Covid-19

Narrativa

Ana Sofia Guzmán Cadena 1

The relief of a smile in times of Covid-19

Palabras clave: Enfermería, cuidado intensivo, COVID-19 pacientes, familia.

Siempre me he sentido fascinada por las películas apocalípticas y postapocalipticas. He pensado como seria vivir una situación que pusiera en riesgo nuestra supervivencia como humanidad. Pero jamás, ni en sueños imagine vivir de primera mano un momento histórico, difícil y que nos pusiera como ejes principales de los trabajadores de la salud. Así mismo; cuando decidí ser enfermera juré servir, conservando mi vocación en las peores adversidades. Pero tampoco imagine que esta iba a ser puesta a prueba.

Siendo enfermera especialista de la unidad de cuidados intensivos (UCI) hago parte del grupo inicial que atiende los pacientes en el área de COVID-19. La cual, esta subdividida en dos áreas, una limpia y otra contaminada. Un día estaba en el “área limpia” es decir, el área sin contacto directo con los pacientes infectados. La función en esta área es apoyar a mi compañero con lo que pueda necesitar mientras está en la otra área. En el cambio de turno nos informaron que tendríamos ingreso, lo cual se hizo rápidamente, el paciente ingresó y yo ayude desde afuera con todo lo pertinente.

Me encontraba revisando las indicaciones médicas cuando noté que desde la puerta me hacían señas. Se trataba de la asistente administrativa acompañada de la persona encargada de la seguridad en la entrada a la unidad. Me informaron que en la sala de espera se encontraba la familiar del paciente que acababa de ingresar y que hacia preguntas sobre los horarios de visitas y otras cosas más. Así que necesitaban que saliera a hablar con ella.

Para nosotros como enfermeros son tan importantes los pacientes como sus familias:

Y era de esperarse que aquella persona tuviera mil dudas, por lo que pensé que no debía tardar en dirigirme a la sala de espera. Sin imaginar lo que estaba a punto de sentir aquella tarde.

Recuerdo muy bien lo ajetreados que estábamos, recibía órdenes médicas, preparaba el inicio de medicamentos, hacia inspección en la postura del traje de quienes iban ingresando al área contaminada. Fueron tantas cosas en tan poco tiempo que pronto olvidé mi cita con aquella familiar que esperaba en sala, pero siempre…digo yo. Ha sido una virtud casi impuesta de los enfermeros, poder hacer muchas cosas al tiempo y sobre todo recordar muchas cosas al tiempo. Fue así como de un salto lo recordé, hice un alto, y sin nada urgente que exigiera mi presencia me dirigí a la sala de espera donde tan ansiosamente me debían estar esperando la familiar del paciente.

Llegue detrás del escritorio de la recepción de la unidad, observe frente a mí una sala gigante. Nunca antes me había detenido a observar la inmensidad que puede llegar a reflejar esa sala. En otros tiempos se suele encontrar llena de familiares esperando su turno para ingresar, compartiendo tristezas e historias, confortándose y consolándose mutuamente.

En muchas ocasiones creando lazos de amistad que suelen perdurar durante el paso de sus familiares por la unidad y la hospitalización. Frente a este escenario sentí un gran vacío en el pecho, “como nos ha cambiado todo esto” pensé.

Al final de la sala, en la última silla, había una mujer sentada de espaldas:

Ella debió haber sentido mi presencia porque estoy segura de no haber hecho ningún ruido, ella se volteó y al verme se levantó rápidamente, mientras se dirigía hacia mí, podía notar en sus ojos angustia, sus pasos eran cortos pero temblorosos, como si quisiera no hablarme, no escuchar lo que tenía que decirle, y así, llegó hasta mí. En momentos como estos me aferro a mi fe para pedirle a Dios que ponga en mi boca las palabras adecuadas, nada, nunca, ni en la universidad, ni en la especialización, te prepara para momentos como estos.

 Me presenté, dije mi nombre completo, mi cargo, ella contestó haciendo lo mismo, era la esposa de mi paciente, solicité los implementos de aseo necesarios para la unidad y cuando quería seguir con la restricción de visitas ella se me adelanto, y dijo: “¿puedo verlo?”, “¿Cómo son las visitas?” Sus ojos se volvieron más brillantes, creo que ella sabía la respuesta, tome aire y respondí: “por la situación actual no se están permitiendo las visitas, la información se dará vía telefónica y por este medio le informaremos la evolución en el estado de salud de su esposo.”

(Lea También: Diario de una Enfermera en el Área COVID-19)

Pude notar como los sollozos aumentaron hasta terminar en un llanto incontrolable, luego se desplomó, de rodillas en el suelo, seguía llorando y diciendo “Dios mío”, “Dios mío”.

Yo quede como congelada, no me movía, no podía pronunciar si quiera una palabra, me sentí terrible, quería acercarme, tomarla de la mano y levantarla. A través de mi contacto sintiera un poco de tranquilidad. Pero solo pude quedarme ahí, de pie, inmóvil.

La limitación en el contacto a la que nos ha obligado este virus no me permitió moverme. Ella siguió tendida de rodillas por un momento, lentamente se levantó y aun doblada se recostó sobre el mueble de la recepción, sin fuerzas para ponerse erguida y me dijo: “por favor, les estoy dejando mi vida, si él se muere, yo me muero también, cuídelo, cuídelo por favor, dígale que lo amo y lo estaré esperando”

Sentí un hueco en mi pecho y un nudo en la garganta, mis ojos llorosearon, sentí que mi voz se quebró e hice un esfuerzo enorme para responder algo que tan siquiera calmara un poco esa angustia que yo apenas podía imaginar, “nosotros haremos todo lo posible para que él este bien. Mientas tanto usted no pierda la fé”, tomé la bolsa y contuve el aliento para decirle: “debo volver, la asistente tomará sus datos y le dará los números telefónicos a los que podrá comunicarse, acto seguido crucé la puerta y caminé rápido hacia la unidad, más rápido de lo habitual, en verdad aquella escena me había turbado, me sentí ajena al dolor de esa persona. Pero tampoco podía hacer más, mi rostro cubierto por completo por gorro, gafas y tapabocas apenas permitían ver mis ojos y no transmitieron todo lo que había sentido realmente.

Ella debió pensar que era una insensible, no sé, me hubiera gustado haberla hecho sentir más comprendida, pero así son las cosas ahora, nos quedamos con lo poco que los otros logran percibir.

De vuelta al ajetreo del turno:

llego el momento de ingresar al área contaminada, ya con mi traje puesto ingrese a la habitación de Esteban* a dejar las cosas que había traído su esposa, aun consternada por la carga emocional tan fuerte luego de ese encuentro, y ahí estaba él, era evidente su dificultad para respirar, sus signos mostraban una saturación de oxigeno baja y el no dejaba de toser, lo saludé fuerte para que pudiera oírme, era imposible no mirarlo y que en mi cabeza no retumbaran las palabras de su esposa, le tomé la mano y le pregunté que como se sentía, me respondió que se sentía ahogado y que además sentía calor, al tomarle la temperatura me di cuenta que tenía fiebre, lo desarrope y salí a buscar el medicamento indicado, al regresar me preguntó con dificultad si había hablado con su esposa.

En ese momento, volví a sentir el vacío en el pecho, no podía del todo decirle ciertamente como había sido nuestro encuentro, así que le dije, “su esposa dice que lo ama y que lo estará esperando”

“cuidar de uno es amor, cuidar de muchos es Enfermería”

Aun con todo su estado, él sonrió, y sentí algo de alivio. En el transcurso del turno Esteban*, continuó estable, su condición no empeoro, logramos con un esfuerzo increíble de su parte ponerlo en posición prono, eso le ayudaría a mejorar su oxigenación, era un hombre fuerte, tranquilo, pude percibirlo en los momentos en que estaba con él.

Además, prestaba atención a todas nuestras indicaciones, tuve el presentimiento de que las cosas iban a salir bien y de corazón pedía a Dios que así fuera, el tiempo pasa muy rápido ahí adentro el tiempo pasa muy rápido o quizás el traje y todo los demás elementos que llevas puesto haces que hagas las cosas más lentas, no sé. Pero de pronto ya era momento de salir, pase a su habitación con la intención de despedirme y en cuanto me vio en la puerta me pregunto ¿ya se va?

Si hubiera visto mi rostro seguro se habría percatado que palidecí, así me sentí, el transmitía la sensación de no quería quedarse solo, lejos de su familia, en un lugar desconocido y aunque parecíamos disfrazados de astronautas éramos su contacto más cercano, le contesté que deseaba que todo estuviera bien, que siguiera juicioso, me sonrió de nuevo, esos instantes eran de alivio, me retiré de allí. Pero esa noche, presa de un insomnio que se nos ha vuelto costumbre a los trabajadores de la salud en estos tiempos debido a tanto estrés y emociones, recordaba la sonrisa de Esteban*.

Cuando regresé me enteré que había logrado salir de UCI y su estado evolucionó satisfactoriamente, me alegre de su victoria y pensé en su esposa, un buen presentimiento volvió a mí, era como si él hubiera logrado encender una esperanza en mí, esa luz que nos ilumina a todos en estos tiempos que todo pareciera oscurecer. No lo volví a ver pero sé que está mejor y que logro volver a ver a su familia. Me sentí feliz.

Esta historia trajo a mi mente unas palabras que escuche de una colega: y aquí seguimos cuidando, sin heroísmos, con humildad. Pero sobre todo con infinitas ganas de ver el “resplandor de una sonrisa” en todos nuestros pacientes.

Esteban* (seudónimo utilizado para proteger la identidad del paciente) “cuidar de uno es amor, cuidar de muchos es Enfermería”

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Autor

1 Ana Sofia Guzmán Cadena. Enfermera especialista en cuidado crítico. Unidad de cuidado intensivo adulto, Fundación Santa Fe de Bogotá. Correo: [email protected]

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