Partir en Soledad en Tiempos de Covid-19

Narrativa

A lonely departure.

Clara Isabel Ruiz Ruiz 1

Palabras clave: Experiencia, narrativa, COVID-19, virus, soledad, resiliencia.

“A veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en el mar del sufrimiento, pero el mar sería menos si le faltara esa gota ”

Madre Teresa de Calcuta

El año nuevo empezó, y con él llegaron las noticias de un virus que estaba matando a miles de personas al otro lado del mundo. Imaginaba que nunca llegaría a nosotros, que eso jamás pasaría en nuestra familia, en nuestra ciudad o en nuestro hospital.

Sentía como cuando era adolescente y suponía que no iba a morir y me lanzaba en patines por una pendiente, creyendo que mis huesos nunca se iban a quebrar, que era fuerte, tan fuerte como para resistir los golpes de la vida, tan fuerte como para sobrevivir al dolor, tan fuerte como para levantarme después de las caídas.

De pronto, un día la película de terror llegó a nuestro entorno. Teníamos el virus soplándonos la espalda, y lo peor es que no sabíamos cómo enfrentarlo. Nos llamaban héroes o heroínas, pero no teníamos idea por dónde empezar. Teníamos palabras de aliento y miradas tristes de nuestras familias, y andábamos con profundo temor porque este virus en algún momento nos podría señalar y ocupar nuestro frágil cuerpo.

Así, poco a poco, intentamos conocer cómo actúa este virus por medio de las redes sociales, las noticias e información institucional. Todo hablaba de lo letal y selectivo que podría ser este virus para habitar nuestros cuerpos y alejarnos de nuestro entorno, dejándonos con temor a nunca regresar.

Fue así como nos preparamos con armaduras para enfrentarlo y copiamos las cosas buenas que han funcionado en ese extraño mundo donde todo empezó. Con eso fortalecimos nuestras armas. Ya estábamos capacitados para enfrentarnos al temible enemigo y arrebatarle a la muerte las vidas que cobardemente se quería llevar.

Pronto el COVID-19 habitó su cuerpo y cuando ella se empezó a sentir mal

Recuerdo mucho la noche que atendí a Doña Ana2. Eran cerca de las 12:30 de la madrugada, entré al servicio caminando con la frente en alto, algo torpe, con sudor en todo mi cuerpo, taquicárdica, con mucha angustia y haciendo una oración en mi pensamiento por mis pacientes, mis compañeros, el personal de servicios generales y por mí misma. Sabía que no serían unas horas fáciles.

Doña Ana era una señora de aproximadamente 70 años, sin comorbilidades previas, a quien le gustaban las empanadas, sentarse al frente de su casa y saludar a sus vecinos, cuidar sus plantas y sus gatos. Esta información la conocí porque su familia le escribió un mensaje y se lo habían leído en la tarde.

La extrañaban y esperaban que volviera a su silla a tomar café y a contar historias. Doña Ana era muy querida por sus hijos y nietos, era viuda y su esposo fue médico, de quien aprendió lo doloroso que era sufrir y morir solo, conectado a una máquina de diálisis o a un respirador. Doña Ana lo tenía claro: no quería eso para sus días finales.

Pronto el COVID-19 habitó su cuerpo y cuando ella se empezó a sentir mal, su hija la convenció de permitir que le hicieran terapia avanzada de la vía aérea, ya que esto aliviaría su ahogo.

Mientras los retrovirales atacaban el virus, ella accedió. Supongo que lo hizo por el amor a ellos, a su familia, y no porque así lo quisiera. A Doña Ana la habían ventilado dos días atrás y, a pesar de los múltiples esfuerzos, los parámetros de oxigenación no mejoraban.

De manera programada se suspendió la sedoanalgesia y, finalmente, a las 17:30 horas, retiraron la ventilación mecánica. Doña Ana despiertó enojada. A través de una fría llamada le reclamó a sus hijos la tortura a la que la habían sometido y a pesar de estar ahogada suplicó que no la ventilaran nuevamente.

Doña Ana se deterioraba rápidamente, tenía medicación para estar tranquila y sedada, pero de manera consciente; estaba con sujeción terapéutica en las extremidades superiores porque se podría retirar algún dispositivo o presentar una caída, cursaba con falla renal y presentaba edema grado III en sus extremidades superiores, tenía un acceso venoso periférico cerca de las inmovilizaciones y, quizá por la agitación propia que presentaba, la paciente lo desplazó de su lugar y presentó una extravasación, situación que además de lo anterior es bastante dolorosa.

(Lea También: Metamorfosis: del Miedo que te Inmoviliza, al Espíritu de Lucha que te Desafía)

Recuerdo con angustia su mirada de desespero cuando entré a su habitación, su respiración agitada, sus gritos en silencio.

Busqué la forma de ayudarla, de darle comodidad y, con las escasas fuerzas que puedo tener, traté de subirla en su cama y elevarle la cabecera. Salí deprisa y solicité al médico que me ayudara. No podía ver sufrir así a una persona, me sentí muy inútil e impotente.

El medico ingresa en ese momento y la valora, pero está en muy mal estado, diaforética, taquicárdica, desaturada e hipertensa; me dice que ya no puede ofrecerle nada más, solicita que se le administren tres miligramos de morfina y, para mi sorpresa, su acceso venoso no funciona.

Busqué de manera rápida los insumos para canalizar un nuevo acceso venoso, sentía que sudaba como nunca. Con tres pares de guantes en mis manos y un calor sofocante intenté sin éxito buscar un acceso venoso. Estaba sola, sin nadie que me apoyara con Doña Ana, quien se movía con desasosiego en su cama, y yo no podía ayudarla, me sentía devastada.

La puncioné en tres oportunidades, sentía que moría con ella, salí rápidamente de la habitación y solicité ayuda sin éxito, sabía que sólo era yo quien tenía que ayudarla.

Supliqué a Dios en silencio que me diera la visión, la fuerza, el pulso y la puntería para encontrar una vena en esa mano llenita de agua, le pedí que fuera su mano quien lo hiciera, porque evidentemente yo sola no podría.

Le realicé un escaneo con el ecógrafo en la mano izquierda y vi una venita que me guiñó el ojo entre muchas sombras , le hice asepsia y con la seguridad de un francotirador canalicé esa vena (procedimiento que en enfermería es sencillo y fácil de hacer, pero que en ese contexto casi parecía una batalla épica).

En ese momento, entendí que, sin lugar a duda, podría ayudar a Doña Ana. Rápidamente le inicié sedación consciente y analgesia, y pude ver en la cara de Doña Ana cómo su rostro descansaba, le sujeté las manos y le dije que estaría con ella-. No dijo nada, no podía, no tenía fuerzas, sin embargo, su rostro se notaba aliviado.

Lloré en silencio. Mis lágrimas se camuflaban con mi sudor y mi rostro enrojecido con las marcas de la careta y de las gafas; no podía dejar de pensar que alguien como Doña Ana sólo podría tener en su último recuerdo de vida a alguien que no identificaba ni recordaba, un rostro invisible, alguien que no pudo hacer una oración con ella, alguien que sólo le apretó su mano sin modular palabra, Doña Ana murió ese día en las horas de la mañana, en soledad. El virus de ese extraño mundo llegó, era real y letal.

Las pequeñas acciones pueden generar grandes cambios, pero sin duda cada actividad que se realice en la unidad de cuidados intensivos frente al COVID-19 es mucho más complicada de lo usual.

He aprendido a ser resiliente ante las adversidades y a sacar lo mejor de mí día a día, tanto en el que hacer técnico como en la parte humana, para ser esa gota que calme el mar del sufrimiento de mis pacientes y sus familias.

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Autores

1 Clara Isabel Ruiz Ruiz. Enfermera egresada de la Universidad de Antioquia, especialista en Cuidado Critico al Adulto de la Universidad de la Sabana, profesional asistencial de la Unidad de Cuidado Intensivo al Adulto en la Fundación Santa Fe de Bogotá. Correo electrónico: [email protected]

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