Diario de una Enfermera en el Área COVID-19

The Relief of a Smile in Times of Covid-19

1 Zaida Eleana Roa Gómez

 Palabras clave: Enfermera, COVID-19, cuidado.

Un día más. Me levanto, me ducho, me coloco el uniforme y me dirijo a la Fundación Santa Fe de Bogotá, la clínica en la que anhelaba trabajar desde que estaba en el pregrado.

Llego al piso donde siempre tratamos a los pacientes de oncología, hematología y, en algunos casos, a los pacientes de cuidados paliativos, pero esta vez hay algo diferente. Esta vez, una de las tres alas del piso se encuentra aislada, dividida por lo que se conoce como un biombo.

Me comentan que ha sido destinada para manejo de pacientes COVID-19, una situación que no veíamos venir, o no por lo pronto –como raro, una pensando que eso es en otro lado, que está muy lejos, que de aquí a que llegue ya habrá cura o, como muchas personas, que es una gripe más, y ¡no!, es una realidad–.

Llega el personal de mantenimiento a colocar una doble puerta y con la angustia de todos mis compañeros, y la mía, frente a nuestros ojos vemos cómo, literalmente, el piso cambia de un día para otro. Nos comentan que han destinado trajes especiales para nuestra protección, nos hacen entrega de monogafas que antes eran destinadas solamente para procedimientos con exposición a riesgo biológico o elementos estériles y, en medio de todo, sin entender, empezamos a recibir a los temidos pacientes.

Área Contaminada y Área Limpia

Poco tiempo después, todo el piso se convierte en dos áreas, una “contaminada” y otra “limpia”, y se separa como si fuera una sala de cirugía, con divisiones en el piso de las áreas y los vestidores.

En ese momento nos explican cómo realizar la colocación y el retiro del traje para no contaminarnos, y dejamos de vernos como grupo de trabajo; ya no vemos sino los ojos del compañero y a muchos no los vemos más, ya que son trasladados para manejo de pacientes en otros pisos.

Si soy honesta, pocas cosas en mi vida profesional me han dado temor. 

Cada día que pasa siento que no pude haber escogido mejor profesión, que hice bien en estudiar enfermería y ejercerla y que, a pesar de haber tomado la decisión tan joven, ha sido una de las mejores decisiones en mi vida. He sido una de las afortunadas.

No entiendo cómo, teniendo todas las medidas de protección, la gente aún sigue pensando que es mejor estar en otras áreas donde prestan servicios que los expone al 100%, y no en un piso donde cada uno sabe a qué se expone y en el que se tienen todas las medidas de bioseguridad.

Un piso temido, al que nadie quiere rotar, excepto unos pocos, que aprovecho para exaltar aquí: a mis compañeros que, sin importar los cambios y las posibles complicaciones, decidieron continuar.

Muchos, alejados de sus familias, otros, cargando hasta dos mudas diarias para no llevar el virus a sus casas, pero todos deseando trabajar –o que lo diga nuestra coordinadora, quien por la contingencia también se vio en la obligación de cumplir largas listas de turnos por semana, cambiar casi todos los días de asignaciones y demás tareas de esta profesión, porque es un servicio muy variable.

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Un día conviviendo con el COVID-19 sin ser portadora no es fácil.

Uno llega al trabajo a colocarse un uniforme diferente y, posteriormente, también hay que ponerse overol, gafas, tapabocas de alta eficiencia, gorro, polainas y un par de guantes, todo al tiempo.

Cada uno trata de realizar todo rápidamente porque al lado lo espera un compañero que, probablemente, lo mínimo que lleva trabajando con todo lo anterior puesto son seis horas. Seis horas sin haber salido al baño por la ausencia de tiempo, sin respirar oxígeno o aire fresco por el uso de tapabocas, sudando, sin haber tomado agua, y eso sin saber cómo habrá tenido el turno.

Es triste ver en lo que se ha convertido el piso. Antes era el piso pesado, de correr, de salir tarde, pero con la satisfacción de haber hecho las cosas bien; de salir en grupo al terminar, a tomar café y reír un rato, pero ya no. Ahora parece un piso fantasma. Cada uno entrega turno y sale para su casa lo más pronto posible, esto es un ir y venir.

Algunos días todo está a punto del colapso, como también hay días en los cuales uno se pregunta ¿por qué no llegan pacientes? Si algo caracteriza a un buen enfermero o una buena enfermera, es el hecho de siempre tener qué hacer, o de buscarlo. Nosotros, por ejemplo, extrañamos los turnos que pasamos administrando quimioterapias, haciendo hemocultivos o transfundiendo pacientes; extrañamos el pasado y añoramos que pronto vuelva a ser el piso que era.

Por lo pronto, los y las que quedamos tratamos de adaptarnos a los nuevos estándares de cuidado, a cada guía actualizada que socializan, a ver lo positivo en medio de lo negativo. Agradecemos que, a pesar de estar en contacto con estos pacientes a diario, ninguno de nosotros se ha contagiado.

Por otro lado, hay pacientes que logran entrar al corazón de uno más fácil que otros.

Como todo en la vida, hay almas que hacen mejor conexión con unas que con otras, y tal cual es esta profesión. Hay pacientes que a uno literalmente le duele ver ahogados, verlos toser, sin poder comer.

Por ejemplo, recuerdo un paciente con diagnóstico de fístula traqueoesofágica (comunicación anómala entre los sistemas digestivo y respiratorio) posterior a intubación y en tratamiento para COVID-19.

Era muy triste ver cómo una persona tan “paciente” en todo el sentido de la palabra, y tan colaboradora con su propio cuidado, sufría por no poder comer y, además de ello, no podía ni pasar saliva.

Aparte de él, he visto casos de pacientes que llegan a la fundación desde su vivienda en el 20 de Julio, a los que nadie puede venir a dejarles algunas pertenencias, o que tienen un número estipulado de días como pacientes porque no hay dinero para el transporte, o con quien dejar los niños, etc.

Podría decir que lo más difícil de esta pandemia es ver, muchas veces, morir la gente sola, sin un familiar al lado que lo consuele, que lo invite al descanso; no es igual despedirse estando presente, que despedirse por medio de un computador o de una tablet.

En mi caso, anhelo mucho poder ver a mi familia.

Ellos no están en la ciudad y, si me dieran a elegir ahora mismo entre quedarme acá sola un tiempo mayor o ir a verlos de inmediato, no iría.

Tengo temor de ser un medio de contagio para ellos, de ser la causante de su sufrimiento, temo ser egoísta y que, por querer verlos, luego se enfermen; así que la decisión que he tomado es esperar el tiempo que más pueda para no verles.

Nadie dijo que todo esto sería fácil, nadie lo planeó ni esperó que, de un momento a otro, a todos nos cambiara así la vida, pero también es una muestra de que esto es vivir: vivir el día a día porque de mañana nadie sabe nada, tener la convicción de hacer las cosas bien, amar cada cosa que se hace, disfrutar cada momento, cada abrazo y cada risa; y poder, en un futuro no muy lejano, retomar esa vida, esa que todos extrañamos –no sólo nosotros como personal de salud–, ese cariño que usted también extraña, esa vida que antes no valorábamos y ahora soñamos, deseosos de vivir de nuevo.

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Autor

1 Zaida Eleana Roa Gómez. Enfermera Hospitalización
Fundación Santa Fe de Bogotá
[email protected]

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