Ser Enfermera en Época de Pandemia

“El Enemigo Invisible”

Being a Nurse in Times of Pandemic: “The Invisible Enemy”

Laura Quintero1

Palabras clave: enfermería, cuidado, pandemia, vocación, trabajo en equipo.

Una enfermera, quien puede ser catalogada como la persona que posee un don, o que ha atendido a un llamado o vocación, y quien para mí es aquella persona destinada al arte de cuidar a los demás, es el ser que se encuentra un día como hoy, en el año 2020, luchando contra la COVID-19, la nueva enfermedad que hace que cada día vivido sintamos miedo hasta de la profesión que escogimos para ejercer en la vida.

Resulta inevitable sentir miedo a morir, y es inminente el temor de ver morir a nuestros seres queridos, y a cientos de personas, sin poder ayudarlos o hacer lo mínimo por ellos; de llevar este virus a casa o de contagiar a los nuestros.

Esa es la presión que sientes para hacer las cosas perfectas desde que sales de tu casa hasta que vuelves a ella. Pero en tiempos de pandemia nadie se pregunta qué se siente ser enfermera y luchar contra el enemigo invisible. Aquí podrán leer mi vivencia.

Hablar de mi experiencia de entrar cada día al hospital y luchar contra un enemigo invisible –porque en realidad eso es, un adversario que es tan transmisible que nos ha privado de cosas que siempre nos han caracterizado y nos acercan; de un beso, un abrazo, una estrechez de mano o una caricia a los que amas, expresiones de las cuales disfrutábamos y ahora se nos ha privado– es entrar a otra dimensión en donde cambias el chip desde que cruzas la entrada de tu lugar de trabajo, pero esta vez pidiendo a Dios que las cosas que realices las hagas mil veces más perfectas de lo que las haz venido haciendo.

El enemigo invisible contra el cual usamos medidas de protección estrictas:

Las cuales nos dejan sin aliento, comenzando con usar un gorro que cubre todo tu cabello, aquel que posiblemente ha pasado por diferentes tonos para impresionar, para que te veas más joven, para conquistar a tu esposo o con el cual luces bella y estilizada; es usar un uniforme siempre, aunque quizá el color no te favorece, te queda pequeño, grande o simplemente es exacto para llevar como prenda de vestir.

El real suplicio comienza sofocándote solamente al verlo, pues genera en ti una incertidumbre y miles de preguntas.

Las primeras que logré escuchar fueron estas: ¿Sí protegerá?, ¿realmente esto sí sirve para frenar esta pandemia? Y otras más inquietantes aún: ¿Sobreviviremos al final del turno?, ¿saldremos invictos? Entonces, cuando te colocas tu primer par de guantes, seguido del gorro y posteriormente el traje, ya estas sofocada, abrumada, y con más preguntas por resolver levantas la mirada y lo que puedes observar a diario es el miedo en los ojos de tus compañeros.

Continuamos colocando nuestro tapabocas N95 y al hacerlo la sensación es de total y estresante ahogo, falta de aire y, a la vez, ya sientes cómo tu cuerpo reacciona al cambio de temperatura como si estuvieras en un sauna.

Miras a tu alrededor, tus compañeras te hacen correcciones sobre la manera de poner el traje y tú a ellas, guías a aquellos para quienes es la primera vez entrando al aislamiento y, a la vez, les haces retroalimentación para evitarles cometer errores.

Luego de esto va la postura de las gafas.

Esto acaba con la paz. Sientes la presión en tu rostro y allí comienza la prueba de fuego: verificar que la mascarilla tenga el sello adecuado, repasar cada elemento de tu traje y evaluar su efectividad, y notar que podrías estar en riesgo si alguna cosa falla.

Continuar con todo el protocolo y sentir el traje en tu cuerpo con todos sus elementos te hace reflexionar:¿Por qué no me encuentro en casa con mi familia? Aun así, continuas, ingresas al área COVID con tu traje, que te convierte en una enfermera “moderna” en el 2020, una enfermera que se encuentra exhausta sólo con vestirse, y eso que la jornada hasta ahora comienza.

El sólo hecho de ingresar al área da pánico, el estrés mental que sientes dentro es indescriptible y, más allá de la presión de las gafas y el tapabocas en tu rostro, tratas de observar a las personas a través del visor de las gafas, pretendes adivinar quiénes son.

Recuerdas la explicación del protocolo para ingresar a cada habitación y comienzas a sentir con cada desplazamiento cómo suda tu cuerpo o cómo se deslizan las gotas por las gafas ¡y solamente estás haciendo un movimiento normal, sin exigencia de tu máxima capacidad!

Estás pensando en la presión, en la falta de oxígeno, en el sudor:

Y, mientras tanto, en otro plano tu compañero está entregando el turno de los pacientes que se encuentran en el área.

Uno a uno, realizas la transferencia del cuidado, escribes lo relevante y lo importante, y te centras en las necesidades de los pacientes. Es en ese instante donde el chip cambia y pasas de pensar solamente en ti a transportarte al escenario que viven los pacientes.

Te preguntas cómo esta pandemia nos aisló a todos, cómo hizo ver a las personas más solas, vulnerables y con clemencia de ayuda, ver al ser humano en la faceta de defenderse de algo que no ve y de cuya curase sabe muy poco –lo que realmente limita mucho la atención, pues aún no se sabe cómo tratar o erradicar la enfermedad y cada vez se hace más difícil identificar y cambiar los cuidados de enfermería que ofreces a estos pacientes.

Esta pandemia hace resaltar a la enfermería como una labor que ha estado a la vanguardia siempre.

Desde los tiempos de Florence Nightingale, en donde se hablaba del ambiente y el entorno a partir de una teoría que nació de decir que la enfermera era la encargada de manipular el ambiente para beneficiar la salud del paciente.

En esta teoría se identifica cómo el hecho de dejar las ventanas abiertas para mejorar la circulación del aire y que haya un respiro en la habitación de cada uno de los pacientes es de gran ayuda en este tiempo.

Es impactante cómo unas estrategias planteadas hace muchos años por una de las primeras mujeres en desarrollar teorías en enfermería llegue a ser tan importante en tiempos de pandemia en el siglo XXI.

Desde allí comienza el arte de cuidar y de realizar pequeñas acciones para educar al paciente e identificar sus necesidades. Y no hablo de tratamientos, hablo de ayudar en su parte anímica, hablar con ellos, escucharlos, atender sus necesidades.

Ayudar a la recuperación no sólo sistémica, sino de todo el ser, del ser humano y sus necesidades, observar cómo puedes tú ser el puente de comunicación entre un familiar desesperado, ansioso de información, y nuestro paciente, cómo te haces vulnerable ante las lágrimas de agradecimiento o ante una voz que te bendice al otro lado del teléfono, mientras colocas al paciente en el teléfono para que este al menos pueda escuchar la voz de su ser querido dándole ánimos y pidiendo a su Dios para que cumpla el deseo de vivir más días a su lado.

Pelear contra el “enemigo invisible”:

como le llamamos a esta pandemia, no sólo se ha convertido en una lucha científica, se ha convertido en una lucha de equipo, en donde la enfermera sigue a la vanguardia, firme, y quien a la hora de entregar su turno sabe que hizo lo mejor, que el sudor, el dolor de cabeza por la falta de oxígeno, la presión de la gafas, el hecho de estar ahí sin beber una gota de agua y sin poder retirarse para hacer una pausa valió la pena; que el querer que estuvo al principio, de retirarse el uniforme y no ingresar al hospital ni al área, ya no se encuentra.

En cambio, se encuentra el querer entregar el turno para que tu compañera se siga esforzando igual que tú por aquellos que lo necesitan, dejando de lado las propias necesidades básicas para poder brindar un cuidado de enfermería de calidad.

 Se tiene una lucha con el enemigo invisible porque este así lo exige y, más que eso, porque las enfermeras somos la primera línea en esta batalla, guerreras que no sólo ayudamos a curar el cuerpo, sino también curamos y alivianamos el alma.

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Autor

1 Laura Quintero. Estudiante especialización docencia universitaria
Enfermera hospitalización área COVID Fundación Santafé de Bogotá
[email protected]

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