Metamorfosis: del Miedo que te Inmoviliza, al Espíritu de Lucha que te Desafía

Narrativa

Metamorphosis: from the fear that immobilizes you, to the fighting spirit that defies you

Daniela Parra Quintero 1

Palabras clave: Enfermería, Virus, paciente, miedo, acompañamiento.

Y como olvidar ese 23 de marzo de 2020, todos ya sabíamos que pasaba en el mundo, pero no tocábamos todavía el problema de manera tangencial.

Laboro en la unidad de cuidados intensivos (UCI) adultos en el horario de la tarde, cada día llego con anticipación para prepararme física y emocionalmente para los pacientes que cuidaré en mi turno. Dicha preparación consiste en revisar la asignación de enfermero/paciente que realizan los enfermeros encargados de la unidad y verificar la complejidad de las patologías.

Sin embargo, ese 23 de marzo hubo algo diferente, mi nombre no estaba escrito en los cubículos de la UCI. Pero en cambio aparecía la palabra COVID enfrente de mi designación.

No supe cómo reaccionar. No entendía muy bien a que hacía referencia; ¿acaso era una de esas charlas de preparación que habíamos recibido sobre colocación y retiro de elementos de protección personal (EPP)? ó por el contrario ¿era ya, una realidad que empezábamos a vivir en la institución? Finalmente, con ansiedad y miedo, confirme que ese día efectivamente tendría mi primer encuentro frente a frente con todo lo relatado en la literatura y los medios de comunicación.

Luego, ingresé al área limpia, revisé paso a paso lo aprendido sobre la colocación y retiro de EPP. Hice a un lado mis actividades no relevantes en mis próximas 7 horas de turno. No fue solo lo material, también deseche todo temor y prejuicio sobre el tema.

Antes de ingresar, vi una gran puerta blanca cerrada como indicando que al cruzarla se delimitaban dos áreas, las mismas áreas que trace en mi mente dejando atrás miedo e incertidumbre para enfrentarme con valentía y coraje ante lo que nos vendría en los siguientes días y meses.

A mi mente vino una analogía con mi abuela en tiempos de guerra.

Ella, también enfermera por vocación y quien pocas veces nos compartió de sus experiencias en el ejercicio de su profesión. Tal vez como una manera de conservar su imagen de mujer con un gran espíritu de lucha; se enfrentó a los estragos de la guerra en un pueblo del Tolima llamado Roncesvalles, vivió de cerca el asistir los heridos que dejaba un conflicto sin sentido del que habría mucho que escribir. Pero, fue en ella en donde encontré esa valentía y coraje que yo ese 23 de marzo necesitaba.

Recordaba sus historias donde nos contaba que más de una vez fue sacada de su casa por ser “la enfermera del pueblo” llevada por diferentes grupos para que ayudara con un parto, un enfermo o con una víctima infantil que dejaba la guerra, ella con un mar de sentimientos salía a enfrentarse a un escenario desconocido, lo llevaba en su sangre.

El panorama ese 23 de marzo en la institución no era diferente al que estábamos acostumbrados a ver. Las instalaciones eran las mismas, los pacientes necesitaban un cuidado y mis compañeros realizaban una entrega de turno.

Aunque, ellos marcaban la diferencia en la manera como afrontaban la situación, nadie tenía más experiencia que nadie en el tema, me refiero al miedo, angustia, incertidumbre, y eso solo por mencionar sentimientos negativos o de temor, porque internamente también pasaban por nuestras mentes el deseo de ayudar, la sensación de sentirse privilegiado de ejercer nuestra profesión en tiempos de pandemia no apto para timideces, pensar que por algún motivo de la vida nos encontrábamos ahí, que de manera especial Dios nos había puesto en este camino porque poseíamos un don especial o una habilidad a la que cualquier persona no se enfrentaría.

(Lea También: Por un Cuidado sin Mascaras)

No fue de extrañar ver personas a las que no reconocíamos en el área debido a que por los EPP no veíamos sus caras.

Cuando identifique a mi colega, le admire la templanza con la que había aceptado el reto de ingresar por primera vez al área Covid para cuidar al primer paciente de nuestra unidad.

Escuchar su voz provoco que yo le hiciera preguntas sobre las mil cosas que rondaban en mi cabeza, como: ¿me vestía inicialmente con el traje?, ¿Esperaba a que él saliera del área?, ¿necesitaba que le pasara algo urgente? ¿Esperaba indicación médica alguna? ¿Cómo se encontraba el paciente? y otras preguntas insignificantes como: ¿qué tal se sentía el traje puesto? O que consejos útiles me podría brindar desde su experiencia para aquella atípica jornada

Posteriormente, calculando milimétricamente cada movimiento el turno inicio, con ese miedo protector que limita a pensar cada cosa que se va a hacer.

Me refiero a protector, citando un símil a una construcción de un puente, cuando las bases inician con un cálculo estricto de medida y que nunca pierde la planeación, la matemática es exacta en cada área construida.

Evitando el exceso de confianza, porque cuando se hacen acciones repetitivas, según la curva de aprendizaje, es en ese punto donde se está más propenso a cometer errores, por eso reitero: bendito miedo protector.

En la habitación, un hombre de contextura ancha, con una apariencia de edad de no más de 65 años, la misma edad de mi padre en ese momento, este hombre por situaciones de la vida se habría encontrado con el virus de una manera accidental, no de forma electiva como yo que podía premeditar mis acciones y que había decidió enfrentarla con una barrera de protección; el peligro siempre al acecho, inminente, nunca se puede esclarecer el momento exacto de un contagio, cada persona cuenta una historia, pero eso al igual que la guerra es un tema de largo debate en el que es mejor no profundizar.

La situación se ha repetido durante los últimos meses, un día llega un paciente, al otro ya tenemos otros tantos, incluso hemos tenido semanas en donde los pacientes sospechosos han salido negativos y ha sido un aliciente para el alma, pero ese primer paciente, a quien hoy, ya no en vida, puedo agradecer de una manera simbólica, tengo que decirle que mis miedos se desvanecieron cuando sentí que yo, siendo Daniela su enfermera de la UCI, hice todo lo que mi conocimiento y habilidades me permitieron para acompañarlo en este proceso; sintiendo mucho que su familia no pudo estar ahí de manera presencial como yo.

A ellos quiero hacerles saber que ese hombre de 65 años no estuvo nunca solo, las 24 horas de los 7 días no hubo un momento del día que no se le brindara una atención oportuna, porque si algo nos caracteriza como gremio en enfermería es la empatía, y yo como mis compañeros que hicieron parte de su proceso de cuidado nunca lo vimos como un portador de un temible virus, sino como un paciente, parte de una familia, amigo y parte de una sociedad.

En memoria a todos los pacientes que han afrontado esta difícil situación y que nos han permitido acompañarlos hasta el final de sus días en aquel lugar donde no han podido estar los que más los quieren.

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Autores

1 Daniela Parra Quintero. Máster Universitario en enfermería de urgencias y cuidados críticos por la Universidad de Oviedo.
Enfermera Unidad de Cuidados Intensivos Adultos en Hospital Universitario
Fundación Santa Fe de Bogotá. [email protected]

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