Colección Fotográfica Sanmartín-Barberi, Bocio

Bocio, Fotográfica Sanmartín-Barberi

De acuerdo con la recopilación histórica del Bocio en Colombia, realizada por el Dr. Miguel Camacho-Sánchez, Profesor Emérito de la Universidad de Cartagena (34), fray Juan de Santa Gertrudis, en su libro, Maravillas de la naturaleza, escrito alrededor de 1.775 (35), describe que “desde Honda hasta la Playa, padece la gente, mayormente las mujeres criando, unas papadas en el cuello, dos, tres, cuatro también, que allá llaman cotos. Afea mucho la naturaleza.

Algunos han querido abrírselas y quitarse aquella fealdad y por lo común se han muerto los más”. Por fortuna para el paciente de las fotografías, éste recibió la atención del Dr. Corpas en 1929, y no requirió infringirse ningún daño para corregir su deformidad secundaria al crecimiento anormal de la glándula tiroides. Sin embargo, Colombia tuvo que esperar hasta 1947 para que se aprobara la Ley 44 por medio de la cual se creó el antiguo Instituto Nacional de Nutrición, como dependencia del Ministerio de Higiene y para que se determinara la yodación de la sal (36).

Las normas de la yodación de la sal se perfeccionaron a lo largo de los años, de acuerdo con las recomendaciones del ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar), la OMS (Organización Mundial de la Salud) y el actual INVIMA (Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos), lo que consiguió cambiar la prevalencia de la enfermedad que, en la década del 50 del siglo XX, era aún del 83%, pasando a ser del 7% en la década de los noventa de ese mismo siglo (36). (Puede interesarle también: Colección Fotográfica Sanmartín-Barberi, La Exostosis Múltiple Hereditaria)

La prevalencia de alrededor del 80% fue descrita previamente por Humboldt, quien, citado por el profesor Camacho-Sánchez, indicó: “Los habitantes son también (especialmente, la raza blanca y los mestizos) excepcionalmente pálidos, muchas llagas, heridas y cotos, no sólo en cantidad desmesurada (seguramente 80 cotos entre 100 personas), sino deformantemente grandes como no he visto en Valais, ni en Aigle [en Suiza], ni en el Tirol, ni en Salzburgo [en Austria]… ya una bola grande, tirante, colgada hacia adelante o hacia un lado, de 8 a 10 pulgadas de diámetro, ya dos en agradable simetría, ya una protuberancia en forma de morcilla, o bien una cantidad de nudos en forma de racimos sobre la bola grande” (34).

En la fotografía se aprecia un paciente con un bocio gigante con una lesión umbilicada en el polo inferior, el estado posquirúrgico y la pieza anatómica, que permite saber la fecha exacta de la rotulación del Bocio, octubre 29 de 1929. A pesar de ser un paciente delgado, no está emaciado o caquéctico de tal modo que no hay indicio de patología oncológica sino meramente carencial. La cicatriz es amplia y ligeramente tensa.

La expresión del paciente cambia antes y después del procedimiento, nótese que el pelo del paciente en el posquirúrgico está ligeramente arreglado (peinado), incluso los extremos del bigote fueron rasurados. También en el posquirúrgico, se aprecia que está cubierto por una bata, mientras que, en la fotografía de la extrema izquierda, el paciente se cubre aparentemente con una sábana o cobija.

En términos generales, estas imágenes representan el lastre del señalamiento por ser diferente, por verse diferente, por estar apartado de la normalidad, por ser llamativo para los médicos.

Estos escenarios, a pesar su dramatismo, condujeron finalmente a enaltecer al médico de la época y a su propio registro fotográfico; las imágenes relatan una historia en la cual, a pesar de lo avanzado de las enfermedades, siempre se presentaba una oportunidad para la aproximación diagnóstica, para el estudio del caso y el acompañamiento del enfermo.

Una aproximación médica o quirúrgica que brindaba alivio al dolor; su manejo se acompañó de un registro que amplió el significado de la enfermedad hasta convertirse en un antecedente histórico de la medicina colombiana, legado para la academia y asombro para las generaciones venideras.

El rol del “enfermo” permitió enaltecer a los pacientes que enseñaron su cuerpo y sus calamidades, para contribuir a una historia en la cual, sin saberlo, se convirtieron en protagonistas esenciales y trascendentes a través de un cuerpo que padecía y hablaba, expandiendo una realidad que iba más allá de los textos y diccionarios médicos, convirtiéndose en un registro vivo de quien padeció los designios de su época y de su condición.

Además de la ventana histórica que representa el registro fotográfico, este se hace hoy más relevante para la tradición médica nacional, al leer en las series fotográficas los apellidos de los protagonistas de la práctica clínica que fue moderna en aquellos días: Corpas, Ucrós, Cuellar, Barbieri y Martínez, entre otros pioneros que se han convertido en epónimos institucionales y referentes de la medicina nacional.

A través de sus pacientes, y del juicioso registro fotográfico, los médicos de la primera mitad del siglo XX en el Hospital San Juan de Dios le recuerdan a la medicina moderna que el paciente era el primer compromiso de la práctica y que solo a partir de un sesudo análisis semiológico era posible intervenirlo.

La fotografía médica es el mejor recurso de la semiología clínica, y sigue siendo una magnífica manera de aplicar la tecnología para observar y describir un caso patológico, aun cuando el paciente sea solamente una representación en su retrato, y aun cuando este ya no se halle presente físicamente.

Su historia clínica se lee en la imagen y persiste en la reminiscencia ilustrada de un médico que reconoce el mensaje que los maestros le envían a través del tiempo. Los médicos de la época legaron sus observaciones dando valor al ser humano que padeció la crueldad de la enfermedad, procurando el aprecio por las enseñanzas que por sí solas, se desprenden de la observación atenta de las enfermedades.

A través de los lentes de la cámara y a través de la visión de los médicos, de esos médicos de principios del siglo XX, es posible observar la enfermedad con una contemplación inocente, pausada, lejana y a la vez pionera de los avances de la medicina moderna.

En efecto, al digitalizar y clasificar la colección original en papel -el registro histórico-, se abre una ventana al análisis de la fotografía médica a la luz de la descripción clínica de casos de extrema complejidad, de pacientes atendidos y registrados fotográficamente antes de la era antibiótica, antes de la salud pública y en los albores de la cirugía moderna.

En aquellos días, sin la intervención de la biotecnología, sin el complejo arsenal diagnóstico contemporáneo, sin la cosificación del paciente bajo los códigos alfanuméricos que lo identifican, o mejor, lo anonimizan hoy, se vivió un tiempo en el que la deshumanización de la medicina era difícil de prever.

La colección fotográfica nos brinda un privilegio que rara vez se volverá a tener en la medicina de los siglos venideros: el de una mirada más o menos ilustrada y curiosa del médico que enfrenta la expresión dolida y callada de un paciente que se desnuda frente a él alimentando la esperanza que le brinda el facultativo con perplejidad e incertidumbre en medio de un trance mutuo.

La Colección Original

Las fotografías originales de la Colección San Martín Barberi, fueron tomadas por la sección de Fotografía y Anatomía Patológica del Laboratorio Santiago Samper del Hospital de San Juan de Dios.5 Se trata de un conjunto de imágenes de pacientes y de piezas anatómicas, en donde los médicos de la época registraron diversas enfermedades en estadios clínicos avanzados o enfermedades de particular interés por su baja frecuencia, o bien por sus presentaciones clínicas atípicas o asociaciones particulares.

Las fotografías, tomadas en la primera mitad del siglo XX, específicamente entre el año 1929 y el año 1932, se encontraban, antes de su restauración y empastado en dos volúmenes, adheridas a 97 cartulinas de color negro, que medían aproximadamente 47 centímetros de ancho por 33 centímetros de largo. Las 97 hojas estaban en orientación horizontal, legajadas y unidas por un gancho metálico. En cada página se agruparon de 8 a 10 imágenes.

Sus dimensiones y planos variaban según lo que los médicos querían demostrar. Las piezas de anatomía patológica siempre se encuentran en plano entero, de tal forma que es posible apreciar la totalidad de la pieza sin perder las características anatomopatológicas que le corresponden según la enfermedad.

Los pacientes fueron retratados siempre de forma individual, a excepción de unos pocos casos y, en general, se presentan en diversos planos, algunos en plano completo, sobre todo si la patología involucraba todo el cuerpo o afectaba varios sistemas orgánicos al mismo tiempo.

Los planos medios son más frecuentes en los casos en que la patología comprende el tórax o el abdomen; los planos medio, corto y primer plano se presentan en las enfermedades del cuello y el primerísimo primer plano fue utilizado especialmente en el énfasis de las enfermedades de la cara.

Los planos de detalle se presentan fundamentalmente en las enfermedades del área genital o en patologías delimitadas a las extremidades. La composición de las imágenes es muy variada; aunque requiere de discusión para cada una de las imágenes seleccionadas, es claro que, de acuerdo a las enfermedades, se trataba de una composición que lograba en la mayoría de los casos un retrato armónico en la intención de mostrar la magnitud e impacto de la enfermedad, con una adecuada exposición de sus detalles.

El fondo de las fotografías también varía en función de si se trataba de la imagen de una pieza de patología o de un paciente. Las piezas de patología casi siempre estaban expuestas sobre baldosín blanco, colgadas en una pieza de madera o extendidas sobre una tabla.

Los pacientes posaban desnudos con camisolas blancas hospitalarias y solo las mujeres usaban cofia de tela plisada. Los pacientes, a veces sentados, a veces de pie sobre un banco, a veces en decúbito, contrastaban con el fondo limitado por un telón negro que confrontaba la figura gris y blanca del enfermo, con el realce de la deformidad y las lesiones.

Las fotografías en blanco y negro sobre papel baritado, marco blanco y borde aserrado varían en su dimensión y orientación. La mayoría de las piezas de patología macroscópica tenían orientación horizontal o apaisada, mientras que las fotografías de los pacientes conservaban la orientación vertical del retrato, a excepción de algunas imágenes en donde el paciente se encontraba en decúbito en la camilla.

El tamaño de los retratos oscilaba entre 8×11 y 8×10 centímetros. Las fotografías, en su mayoría, estaban rotuladas, y el rótulo de los pacientes era sobrescrito a mano en la fotografía. El rótulo contenía el nombre del paciente y el apellido del médico tratante. Salvo escasas excepciones, ningún rótulo del paciente, describía algún aspecto de la historia clínica, la demografía o el tipo de enfermedad que se quería retratar.

El rótulo de la pieza de patología tiene, generalmente, el siguiente encabezado: “Hospital San Juan de Dios. Laboratorio ´Santiago Samper´ Anatomía Patológica”.

Luego del encabezado, se aprecia el número de la pieza, el nombre del o la paciente, el nombre del médico, la fecha y luego una firma, la cual varía de rótulo en rótulo; se desconoce si es la firma del fotógrafo o del patólogo, pero probablemente no del médico ya que, en diferentes piezas del mismo médico no coincidían los nombres de los médicos y las firmas. El rótulo, en los casos de anatomía patológica, tenía un marco simple en línea negra que en su parte inferior se convierte en una regla en centímetros, proporcionando una referencia para conocer el tamaño real de la pieza.

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