Historia: La Locura y el Buen Sentir de Don Quijote de la Mancha

Académico Dr. Adolfo de Francisco Zea

El recuento histórico de la psicología médica y el análisis de las ideas y de los sistemas de pensamiento vigentes en épocas pasadas, son sin lugar a duda necesarios para estudiar fenómenos de tan señalada significación humana como los relativos a las enfermedades de la mente que revisten alta trascendencia no sólo en el campo de lo psicológico y lo social sino también en el de la cultura. Lo que parecería ser cierto en el campo de la historia de la psicología, lo es también en el campo de la literaratura y de la narrativa. Pienso por ello que las ideas que se formaron las gentes del siglo XVI y el XVII acerca del significado de la cordura y la locura, sirvieron ciertamente a Cervantes para edificar su espléndida ficción literaria: la epopeya de Don Quijote de la Mancha.

En “El Quijote”, se encuentran los elementos necesarios para el estudio de la cordura, la prudencia y el buen juicio que caracterizaron al ingenioso hidalgo, a la vez que los que sirven para analizar las perturbaciones psicológicas que llevaron a don Alonso Quijano el Bueno a convertirse en un caballero andante de otra época, en un personaje heróico, si se quiere, seguro de sí mismo, que buscaba imitar las hazañas de sus predecesores sin renunciar por ello a indagar hondamente sobre su propia identidad. “Entiende con tus cinco sentidos, dice con certidumbre Don Quijote a Sancho, que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere, va muy puesto en razón y muy conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo”.

Con el fin de avanzar un tanto en un estudio de esta naturaleza, es preciso apelar a la imaginación y la fantasía y situarse en los tiempos finales de la Edad Media y en los comienzos de la Edad Moderna, para formarse opiniones acertadas sobre lo que se entendía por “locura” en aquellos días y quizás entender, desde ángulos diferentes a los puramente literarios, algunas de las características de la notable personalidad que atribuyó don Miguel de Cervantes al protagonista principal de su obra, Don Quijote.

En la novela de Cervantes, este ejercicio intelectual permite destacar sin ambages la agudeza de entendimiento del genial escritor, y admirar además su conocimiento psicológico, certero sin duda y acorde con los saberes de la psicología de la época en que se concibió y desarrolló la obra. Ocuparse de estos asuntos, de indudable interés en nuestros días, no es en manera alguna impertinente o atrevido; refleja simplemente el deseo de contribuir a dilucidar en lo posible la incógnita planteada a los estudiosos cervantinos desde hace cuatro siglos: Qué tanto de locura y de sensatez existe en la noble figura de Don Quijote de la Mancha?

La identidad de Alonso Quijano fue trazada borrosamente por Cervantes en la primera parte de su magistral novela. Tan sólo representa la imagen de uno de tantos hidalgos de una aldea española del siglo XVI: un hombre sencillo, bueno por antonomasia, “de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza”, y un lector fervoroso en sus horas de ocio y hastío que sólo llega a alcanzar con plenitud su identidad absoluta cuando tiene el vigor de transformarse en caballero andante de otros tiempos, en el Caballero de la Triste Figura como le llamó Sancho, en el valiente Caballero de la aventura de los leones, o simplemente en Don Quijote.

La identidad de Don Quijote es desde luego más compleja que la de Alonso Quijano y se va consolidando paso a paso a medida que avanza la novela. En efecto, después de acontecidas sus primeras aventuras, Don Quijote regresa de nuevo a su aldea; llega burdamente cargado sobre el lomo del jumento del labriego Pero Alonso, el campesino que apiadándose de su penosa situación le condujo a su casa desvencijado y quebrantado.

Débilmente, y sin otras fuerzas que las apenas necesarias para hablar con escaso vigor, Don Quijote le dijo al labriego unas cuantas palabras con las que afirma la identidad que en su locura no ha perdido: “Yo sé quién soy, y sé que puedo ser no sólo los que he dicho sino los doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías”.

Una breve explicación sobre los conceptos de identidad, personalidad, realidad interior y verdad, sirven bien al propósito de ilustrar lo que quiero expresar en seguida:

Para las ciencias de la mente, la identidad está relacionada con la integridad misma de la persona humana que se estructura paulatinamente a todo lo largo de la vida; su desaparición, como ocurre en el curso de las locuras más severas, implica la desintegración definitiva del ser como persona.

Este fenómeno no le ocurrió a Don Quijote, que paso a paso fue dejando constancia de su invariable identidad como persona. Y excluye, de hecho, la posibilidad de que el ingenioso hidalgo hubiese padecido de aquello que desde los estudios del psiquiatra vienés Emil Kraepelin a mediados del siglo XIX conocemos con el nombre de psicosis o insania. Don Quijote podía presentar frecuentes desvarios en sus actos y confusiones en su mente, pero no era en manera alguna un enfermo psicótico con desintegración total de su identidad personal. La personalidad debe entenderse como un conjunto singular y único constituido por la integración de diversos componentes de la organización psicobiológica, como son el temperamento, la inteligencia, los rasgos de carácter, las creencias, los deseos y las tendencias adaptativas. La personalidad puede mostrar, por otra parte, diferentes aspectos o facetas en el curso de la vida de los individuos. Para los seguidores de las doctrinas psicoanalíticas, de otro lado, la personalidad está formada por elementos funcionales específicos del Ello, el Yo y el Superyo.

Durante mucho tiempo se pensó que en determinadas circunstancias patológicas el ser humano podía escindirse en personalidades diferentes y autónomas.

La llamada disociación de la personalidad, o escisión de la conciencia si se quiere, ha sido un recurso psicológico ampliamente utilizado en la literatura, en el arte y en las producciones cinematográficas.

Hoy, sin embargo, la tendencia a considerar científica y correcta la idea de la disociación de la personalidad en varias diferentes, ha desaparecido casi por completo del campo de la psiquiatría; se piensa en su lugar en la existencia de los llamados “estados de conciencia alternante”, para significar con ello la unicidad de la conciencia y explicar los extraños fenómenos que suelen presentarse en algunas perturbaciones de la mente.

Don Quijote de la ManchaEn opinión de Edward C. Riley, el conocido hispanista británico, se puede pensar que la visión de Don Quijote sobre su condición de caballero andante era errónea; que bien podía el hidalgo estar engañado sobre lo que era pero nunca sobre quién era.

En otras palabras, que el hidalgo no podía en absoluto tener dudas sobre su identidad como persona. “Yo soy quien soy”, dice en varios capítulos de la novela. Incluso en la cueva de Montesinos, como lo señala Riley citando el texto de Cervantes, don Quijote afirma su identidad con certeza infinita: “El tacto, dice, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora”.

No le ocurría ciertamente a Don Quijote lo que narra Gutiérrez Najera sobre un poeta enajenado que en su delirio que se expresaba asi: “Quién soy? / Ojalá pudiera / responder esa cuestión. / Ten go alma? / tengo razón? / Si tales cosas tuviera, / talvez entonces me fuera / más fácil saber quien soy…..”

La identidad de Don Quijote permanece invariable a todo lo largo de la obra en tanto que su personalidad presenta diferentes aspectos o facetas de acuerdo a las distintas circunstancias de su vida. Para sí mismo, es Don Quijote, el ingenioso caballero andante; aquel que dice a la sobrina sin sombra de vacilación: “Caballero andante he de morir”. Es también Alonso Quijano el Bueno, la persona que alguna vez fue y la que volverá a ser al final de sus días; es para Sancho y para los demás, el Caballero de la Triste Figura; es en algún momento de su vida Caballero de los Leones, el guerrero arrojado que un día quiso ser; y es finalmente el sencillo pastor Quijotiz, la figura ideal en la que hubiera querido convertirse. Sancho Panza, por su parte, mantiene invariable también su propia identidad, y conserva sin cambios la personalidad sin facetas que posee: “Sancho nací y Sancho pienso morir”.

Carlos Parajon, el destacado estudioso cervantista, sostiene que las crónicas de las andanzas de caballería pueden reflejar hechos reales o fingidos, hechos que admiten de antemano la idea de verdad en los límites de su interpretación histórica. Esta idea de “verdad” se refleja plenamente en la novela de Cervantes: unida a la decisión inicial de Don Quijote de profesar la caballería andante se encuentra al mismo tiempo su particular ambición de obtener “eterno nombre y fama” por sus hazañas verdaderas a través de la crónica escrita de sus proezas.

La idea de verdad guarda en el caso de Don Quijote íntima relación con su realidad interior, con su realidad psíquica, con lo que experimenta el hidalgo en el interior de sí mismo. Si en el plano de lo psicológico hablamos de la realidad interior o de la psíquica, en el plano espiritual, más ajustado a la condición peculiar del hidalgo manchego, hablamos más bien de la verdad; en el caballero andante, de “su verdad”, la verdad caballeresca que le impulsaba animosamente a llevar a cabo sus propósitos y a cumplir a cabalidad con su ambición.

La narración de las andanzas del caballero andante pone de relieve una constante oposición entre apariencia y realidad. La lectura excesiva de libros de aventuras, que desde antaño se consideraba como una de las causas capaces de producir locura, como lo señaló acertadamente Robert Burton en su libro “Anatomía de la Melancolía” a comienzos del siglo XVII, facilita en el hidalgo el trastorno mental que le conduce a transformarse en caballero andante. Y es a partir de su extravío cuando Don Quijote toma por reales las historias de las falsas crónicas de los más conocidos romances de gesta de su época, y cree además que algún día se escribirá la “verdadera historia” de sus famosos hechos, ambición que se logra finalmente en la vida real con la publicación de la novela.

Surge desde un comienzo la confusión entre apariencia y realidad en la forma de percibir el mundo del hidalgo manchego; aparecen las delusiones o falsas ilusiones sobre el mundo exterior: ve gigantes donde sólo hay molinos de viento y ejércitos donde sólo hay rebaños; en ocasiones, alucina adversarios fantásticos que debe destrozar a golpes de su espada, como en el episodio delirante de los odres de vino rojo del ventero. “Todas las cosas que veía, con mucha facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías y malandantes pensamientos”, dice el capítulo 21 de la primera parte de la obra.

La realidad cotidiana existe desde luego, y permanece invariable en toda la novela; pero a ella se superpone la situación anómala que le da la alocada perspectiva de la caballería andante: los molinos de viento son en verdad molinos, aunque las apariencias los tornen en gigantes a los ojos del ingenioso caballero; al igual que la bacía del barbero se transforma en el yelmo de Mambrino en el interior de su psiquis.

Hay, sin embargo, en Don Quijote, un cierto grado de incertidumbre en cuanto a la realidad de las cosas del mundo exterior y en relación también a su propia condición humana. Es por ello que le dice al barbero: “Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo”; la discreción, es preciso tenerlo en cuenta, era en aquellas épocas, como lo es también hoy, un índice de sensatez y de cordura. Esas palabras de Don Quijote coinciden plenamente en su sentido íntimo con las que le expresó al Caballero del Verde Gabán al terminar la aventura de los leones: “Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa”.

Algo parecido le ocurre a nuestro hidalgo cuando la duquesa le llama la atención sobre el hecho real de que nunca hubiera visto a doña Dulcinea y le afirma que ésta no es sino una “dama fantástica que vuesa merced engendró y parió en su entendimiento”. A lo que le responde un tanto dubitativo Don Quijote: “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y estas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar…”. Pero en seguida agrega, idealizando a la mujer de sus sueños y alejado ya de cualquier duda que pudiera asaltarle, las siguientes palabras: “Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa, como son, hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y alta por linaje…..”.

Los ideales de la profesión caballeresca que Don Quijote había tomado como norma de vida, promueven las acciones que inexorablemente debe cumplir como caballero andante en favor de todos los desvalidos del mundo y para honra de doña Dulcinea, señora insigne de sus pensamientos. Para el psiquismo de Don Quijote, era preciso posponer el reconocimiento de la realidad tal cual es; y para poder lograr ese propósito, le era necesario acudir a los encantamientos como recurso psicológico indispensable para mantener el equilibro estable de sus formas de pensar.

Para Don Quijote, ese hidalgo “entreverado y loco lleno de lúcidos intervalos”, como lo llamara Lorenzo, el hijo del Caballero del Verde Gabán, era de indiscutible realidad la existencia de seres fantásticos que andan por el mundo para bien o para mal ayudando o dañando a los seres humanos: “Yo te aseguro, Sancho, le dice a su escudero, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia, que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir”. Y al recordar lo acontecido en la aventura de los molinos de viento, razona melancólicamente en que los gigantes le quitaban “la gloria de su vencimiento”, para añadir en seguida con dejo de confianza: “Han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada”.

En su confusa fantasía, Don Quijote atribuía su incapacidad para discernir entre la apariencia y la realidad a los encantamientos que padecía en su propio ser. En su psiquismo, los encantadores le afectaban a él, más no a los demás. Esa firme y honesta creencia suya, le permitía entender la indudable realidad de los hechos insólitos y explicarlos a los demás con aparente sensatez: “Quizás por no ser armados caballeros como yo lo soy, dice a propósito del yelmo de Mambrino, no tendrán que ver con vuestras mercedes los encantamientos deste lugar, y tendrán los entendimientos libres, y podrán juzgar de las cosas deste castillo como ellas son real y verdaderamente, y no como a mí me parecían”.


* Ponencia del Académico doctor Adolfo de Francisco Zea en el Coloquio Internacional sobre El Quijote. Biblioteca Nacional de Colombia.

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