Medicina Griega Homérica

La medicina griega de los tiempos de Homero es precientífica. Las alusiones que se encuentran en las dos epopeyas homéricas se refieren fundamentalmente a los efectos y tratamientos de los traumas y a la curación de las heridas de guerra y sobre ella no voy a detenerme en detalle. En la Odisea, el médico es considerado como un “trabajador para el bien público”, es decir, un trabajador itinerante que no pertenecía a las clases altas de la sociedad. Algunos médicos griegos sobresalieron por su habilidad y tuvieron su campo de acción en la corte de los soberanos persas. Tal fue el caso de Demócedes que en el siglo VI a.C., fue el primero en señalar los efectos del clima sobre la salud y uno de los primeros en analizar los fenómenos observados, lo que se constituiría en la característica distintiva de la medicina griega temprana.

Es interesante mencionar que en el año 430 a.C., durante el segundo año de lo que se conoce en la historia como la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta, Tucídides, el historiador de los hechos, hizo una admirable narración del episodio de peste bubónica que se presentó en Atenas en esa época, brote epidémico severo que se había originado en Etiopía y se había extendido por Egipto y Libia para finalmente invadir todo el territorio de Grecia. Tucídides parece haber sido una de las víctimas sobrevivientes de la enfermedad y observó su evolución en muchos de sus compañeros. A pesar de no ser médico, su descripción clínica de la epidemia es clásica en los anales de la medicina.

Así se refirió a la enfermedad el ilustre militar e historiador: “Como regla general, no parecían existir causas ostensibles del mal; gentes en buen estado de salud eran atacadas súbitamente por calores violentos en la cabeza, inflamación y enrojecimiento de los ojos y de partes internas como la garganta y la lengua que se tornaban sanguinolentas y despedían un olor fétido no natural. Estos síntomas eran seguidos por estornudos y ronquera, despues de lo cual el dolor alcanzaba el pecho y producía una severa tos. Cuando llegaba al estómago lo alteraba; se producían descargas de bilis acompañadas de inmenso malestar. En muchos casos arcadas dolorosas de náusea, con espasmos violentos que en algunos cedían pronto y en otros se prolongaban. Externamente la piel no era muy caliente al tacto ni su aspecto era pálido, sino rojizo y lívido, con pequeñas pústulas y úlceras que se comenzaban a abrir. Pero internamente, el cuerpo era tan caliente que el paciente no toleraba sobre sí vestiduras ni linos de los más livianos, y prefería estar desnudo. Lo que más hubieran deseado era arrojarse a estanques de agua fría, como en la realidad lo hicieron algunos enfermos agónicos y con sed insaciable. Ademas de lo anterior, la sensación miserable de no poder descansar o dormir no cesaba de atormentarlos. Entre tanto, el cuerpo no se consumía cuando el morbo estaba en su momento más álgido sino que se defendía maravillosamente contra los estragos del mal, de tal manera, que cuando sucumbían en el séptimo o el octavo día a la inflamación interna todavía conservaban algo de fuerzas. Pero si pasaban de esa etapa, y la enfermedad descendía hacia los intestinos, se presentaban ulceraciones violentas acompañadas por diarrea severa, que llevaba a una gran debilidad, generalmente fatal. La enfermedad se iniciaba en la cabeza, seguía su curso extendiéndose a todo el resto del cuerpo, y aun en los casos no fatales, dejaba su marca en las extremidades; debido a que el mal se instalaba en las partes privadas, los dedos de las manos y de los pies, muchos escaparon a la muerte con la pérdida de éstos y en algunos casos también de los ojos. Otros pacientes perdían totalmente la memoria y no sabían quiénes eran ni reconocían a sus amigos”. (Tucídides, ibid. Lib II, 7: 4754).

Descripciones tan detalladas y excelentes de una enfermedad como la que hizo Tucídides a propósito de la peste, son difíciles de encontrar en otras obras de la edad antigua y superan, o al menos igualan, a las mejores historias clínicas del libro de “Las Epidemias” del Corpus Hipocraticum.

La medicina griega de los siglos IV y V antes de nuestra Era y su evolución en esas épocas, está íntimamente relacionada con el desarrollo de las doctrinas de los filósofos de la naturaleza; posteriormente con las de los sabios filósofos del Siglo V a.C. y de sus sucesores y con las creencias de los grandes trágicos helénicos. La medicina creció a la par con la filosofía. En realidad, en sus etapas iniciales muchos aspectos de las dos se relacionaban íntimamente, hecho de profunda significación para que la medicina griega temprana adquiriera la estructura teórica compleja que la hizo distinta de la de otras culturas. Puede decirse que la evolución de los dos sistemas de pensamiento, el médico y el filosófico, fue paralela, con grandes analogías en cuanto a la forma de concebir, el uno la naturaleza del hombre y su salud, y el otro, el cosmos.

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