Humanismo Griego

Para el espíritu griego el universo es un orden, un cosmos, que organiza en una totalidad perfecta, armoniosa y acabada la infinitud de las formas de lo posible a las cuales da realidad la physis, es decir, el eterno movimiento de procreación. Cosmos significa orden, pero un orden razonable, generador de relaciones justas tanto en los movimientos de los cuerpos celestes como en las vibraciones de las cuerdas metálicas, lo que trae consigo una permanente armonía, inmodificable a lo largo de los tiempos; esa armonía que los griegos supieron relacionar con lo que llamaron la música de las esferas celestiales.

Para el griego, el mundo significa al propio tiempo adorno y esplendor, universo o totalidad de los seres, principio de orden y armonía que rige tanto las relaciones entre los seres particulares como las existentes entre los elementos de cada ser; “virtud” o “bien” inmanentes a cada ser; y además, reconocimiento por el alma de la ley universal como su propia ley. El humanismo de los griegos entendió que la comprensión del orden y de la belleza del universo implicaba la creación de obras armoniosas en todos los ámbitos del mundo terrestre inferior donde las facultades humanas están llamadas a ejercerse, lo cual presupone la constitución de una armonía interna, reflejo de la del cosmos.

De una manera general, lo que importa para el griego no es el devenir o el deber ni tampoco el poder y el querer; es el ser. Lo que le pide a sus dioses no es que obren o intervengan en su favor sino que le garanticen, por la perfección y la belleza de sus figuras, las formas “puras” de la vida que el hombre nunca puede tomar íntegramente en su posesión o que corren siempre el riesgo de disolverse en el mundo terrenal. El orden, la armonía, la justicia y la belleza sirven a Platón, como lo expresa Kostas Papaionnu, para definir ese Bien hacia el cual tiende todo lo que en el mundo humano aspira a darse una forma y una estructura durable, y todo lo que en el mundo superior sirve de modelo para el esfuerzo efímero y parcial de los hombres. (K. Papaionnu. “Naturaleza e Historia en la concepción griega del Cosmos”. 1959).

Las esferas celestes, en la concepción de los antiguos griegos, imitan la vida natural de lo divino cumpliendo el único movimiento físico perfecto y eterno: el circular. Frente al movimiento rectilíneo “imperfecto y perecedero” que reina en el mundo sublunar donde los seres están sometidos a las vicisitudes de la generación y la corrupción, como lo señala Aristóteles en su Física, el movimiento circular “perfecto y eterno” obedece a una perfecta necesidad y revela en el orden de lo visible ese Bien supremo hacia el cual tiende toda existencia divina o humana que aspira a la plenitud del Ser. En la forma como se revela en su marcha circular el mundo es eterno. No puede tener fin; puede solamente ser, y es adquiriendo conciencia de su pertenencia al cosmos como el hombre puede desarrollar lo que hay de divino en el.

Frente a la hermosa realidad que presentan los movimientos cósmicos, sin los cuales el mundo volvería de inmediato a la materia caótica que le es coeterna, el griego se siente rodeado de fuerzas temibles que tratan siempre de irrumpir para reimponer el desorden primitivo. La sublime geometría a la cual se conforman los movimientos de los cuerpos celestes hace que esos cuerpos perfectos y ordenados no violen nunca la Justicia en sus relaciones mutuas. A la inversa, el hombre, por su pecado de hybris, es decir de soberbia, corre en todo instante el riesgo de convertirse en presa de esas fuerzas negativas que llevan a los seres a violar la legitimidad de sus relaciones mutuas y a franquear los límites que les asigna el orden del cosmos. De todos los seres que pueblan el mundo imperfecto del espacio sublunar, el hombre es el más inclinado a apartarse de su centro, a oponerse a la ley universal según la cual todas las fuerzas se mantienen en un equilibrio divino.

Para los griegos, sólo la ley dictada por la Justicia puede combinar armoniosamente los derechos de todos los seres humanos y divinos. Es por la sumisión a la ley y por el carácter ordenado preestablecido de su acción como el hombre libre se distingue del esclavo y del animal, tal como lo señaló Aristóteles. Por la contemplación del orden efectivo que existe en el universo, el hombre podrá encontrar en él la fuerza organizadora y moderadora suprema que le permitirá “mantenerse en las cadenas de la Justicia” y perseverar en el ser.

Los griegos eran en esencia incapaces de concebir la historia como una gran unidad que englobara toda la humanidad y la condujera en virtud de un plan divino o de una lógica inmanente hacia un fin supremo. La historia era para Herodoto, como lo fue también para Tucidides, una experiencia viva y personal; tenían la noción del presente como fin de todo acontecer previo. Concebían la historia como un desenvolvimiento coherente de una comunidad étnica, que era historia sólo en un sentido restringido concerniente al destino de un pueblo específico. No pensaron en la historia integral como un flujo único y singular de acontecimientos que no retornará jamás; que pasase a través y más allá de los pueblos individuales, es decir, la historia como carrera de la humanidad propiamente dicha. El cambio y la transformación eran vistos por los griegos como un ciclo periódico que reflejaba rítmicamente el orden circular del cosmos.

Los griegos tenían plena conciencia de los “progresos” que habían cumplido, no sólo en relación o los pueblos vecinos, sino también y sobre todo en relación a su propio pasado. No tenían la menor noción del progreso tal como lo concibió después el mundo renacentista, ni la conciencia histórica de un desarrollo y un progreso internos como se tiene en la actualidad. La idea de progreso así como la de la historicidad del hombre como carácter fundamental de su estructura, no fueron introducidas en el mundo sino a partir del advenimiento del Cristianismo. Para los griegos lo que fue es lo que será y lo que se hace es lo que se volverá a hacer. En el movimiento circular, el pensamiento griego vio las expresión directa de la divinidad y de la perfección del cosmos: circularidad del tiempo, aceptación del presente, eliminación de la historicidad. “En resumen, dice Papaionnu, el cosmos, un universo acabado, ordenado, armonioso, objeto de veneración religiosa, de temor trágico o de contemplación estética, más que de reconstrucción científica o de explotación técnica, es para los griegos el modelo de orden y de regularidad al cual el mundo humano debe conformarse en la medida de lo posible”. (K. Papaionnu, ibid).

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