La Medicina Hipocrática en Grecia

Un Humanismo sólidamente basado en paradigmas cuyos constituyentes fundamentales fueron el orden, la justicia, la armonía, la belleza, el equilibrio y la medida justa de las cosas fue el que iluminó al mundo griego en esos siglos admirables. No es de extrañar entonces que en la medicina griega de esa época se encontraran elementos paradigmáticos análogos, bien expuestos en los tratados médicos que conocemos hoy como Obras de Hipócrates o “Corpus Hipocraticum” atribuidos, además de Hipócrates, a muchos otros autores, médicos algunos y otros profanos de la medicina. Esas obras fueron recopiladas y guardadas celosamente por mucho tiempo en la gran Biblioteca de Alejandría. Galeno relata en su comentario al libro de “Las Epidemias”, que “Ptolomeo III que era rey de Egipto, se volvió tan ávido por los libros, que ordenó que los libros que llegaran por barco al puerto se le trajeran en seguida. Después de copiarlos en nuevos papeles, entregaba las copias a los propietarios de los libros…. y depositaba los libros confiscados en la Biblioteca”. Al contenido de esos libros nos referiremos someramente más adelante.

La cultura griega estaba orientada tanto hacia la formación del cuerpo como hacia la formación del espíritu; de allí la dualidad de gimnasia y música, suma y compendio de la cultura antigua. Al lado del músico, el poeta y el filósofo, surgió en forma paralela el médico como figura descollante de una cultura de alto refinamiento, que al decir de Jaeger, encarnaba además “una ética profesional ejemplar por la proyección del saber sobre un fin ético de carácter práctico; ética que se invoca constantemente para inspirar confianza en la finalidad creadora del saber teórico en cuanto a la construcción de la vida humana”. (W. Jaeger, ibid).

Por la influencia de la filosofía de la naturaleza a la que hemos hecho referencia, la medicina griega se convirtió en un arte consciente y metódico. Al igual que los primeros filósofos jónicos, los médicos hipocráticos buscaron una explicación “natural” de los fenómenos observados haciendo a un lado las creencias primitivas en las acciones sobrenaturales; intentaron descubrir en la relación de causa a efecto la existencia de un orden general y necesario, y con gran seguridad confiaron en hallar la clave de los misterios del mundo a través de la observación minuciosa y del razonamiento. Esto les llevó a no considerar la enfermedad aisladamente sino a centrarse en el hombre víctima de la enfermedad, con toda la naturaleza que le circunda, con las leyes generales que la rigen y con su calidad individual.

En los “Libros de Epidemias”, se hace ostensible la presencia de un auténtico espíritu de observación. Los siete libros de ese tratado recogen multitud de historias clínicas, tan detalladamente descritas que aún hoy causan admiración, y en las cuales se refleja una relación muy directa del paciente y el médico. De la realidad de cada caso individual se pasa a las nociones generales y se termina con la descripción típica de la enfermedad. Se señala la importancia de “describir lo pasado, conocer lo presente, predecir el futuro. Ejercitarse respecto a las enfermedades en dos cosas, ayudar o al menos no causar daño. El arte consta de tres elementos, la enfermedad, el enfermo y el médico. El médico es el servidor del arte. Es preciso que el enfermo oponga resistencia a la enfermedad junto con el médico”. (“Corpus Hipocraticum. Las Epidemias”. Lib I:11).

Las historias clínicas del tratado “Sobre las epidemias” se basan en la aguda observación y el registro minucioso de los hallazgos clínicos, y además en la mención de las experiencias de otros médicos: “Considero que es una importante parte del arte de la medicina el poder investigar también correctamente acerca de lo escrito. Porque el que lo ha conocido y se sirve de ello no me parece que pueda equivocarse mucho en el arte. Y es preciso aprender con exactitud la constitución de las estaciones, una por una, y la enfermedad; qué elemento común en la constitución o en la enfermedad es bueno; qué elemento común en la constitución o en la enfermedad es malo; qué enfermedad es larga y mortal; cuál es larga y con esperanzas de curación; cuál aguda es mortal; cuál aguda ofrece esperanzas de curación”. (“Corpus Hipocraticum. Las Epidemias”. Lib III:16). En el largo camino recorrido por la medicina desde entonces, es posible apreciar cuán importante es la información acerca de lo que otros han experimentado en el pasado para evaluar el contenido de los modernos conocimientos.

Según la concepción popular, el paciente afecto de epilepsia o enfermedad sagrada era un “poseído” por la divinidad. En el breve escrito “Sobre la enfermedad sagrada”, se afirma lo siguiente: “Acerca de la enfermedad que llaman sagrada, en nada me parece que sea algo más divino ni más sagrado que las otras, sino que tiene su naturaleza propia, como las demás enfermedades, y de ahí se origina”. (“Corpus Hipocraticum. Sobre la Enfermedad Sagrada”. Lib I:1). Con estas palabras se excluye el origen sobrenatural que se atribuía a la epilepsia. Al mismo tiempo, se señala al cerebro como el órgano en donde se localizan pensamientos y emociones: “Conviene que la gente sepa que nuestros placeres, gozos, risas y juegos no proceden de otro lugar sino del cerebro, y lo mismo las penas y amarguras, sinsabores y llantos. Y por él precisamente razonamos e intuimos, y vemos y oímos y distinguimos lo feo, lo bello, lo bueno, lo malo, lo agradable y lo desagradable, distinguiendo unas cosas de acuerdo con la norma acostumbrada, y percibiendo otras de acuerdo con la conveniencia; y por eso al distinguir los placeres y los desagrados, según los momentos oportunos, no nos gustan siempre las mismas cosas”. (“Corpus Hipocraticum”, ibid. Lib I:17).

Algunos de los filósofos de la naturaleza que además fueron médicos, como Empédocles, introdujeron las concepciones físicas de la filosofía de la naturaleza en la medicina al hablar de la doctrina de cuatro cualidades fundamentales, lo caliente, lo frío, lo seco y lo húmedo, que combinaron de distintas y curiosas maneras con la doctrina médica de los humores básicos, la sangre, la flema, la bilis y el agua. En el tratado “Sobre la Dieta” se aprecia claramente esta idea: “Los seres vivos, tanto el hombre como todos los demás, están constituidos por dos elementos diferentes en cuanto a su propiedad esencial, pero complementarios en su funcionamiento: fuego y agua….. A cada uno de ellos respectivamente se le asocian estas cualidades: al fuego lo cálido y lo seco; al agua lo frío y lo húmedo…..”. (“Corpus Hipocraticum. Sobre la Dieta”. Lib I:3,4).

El ejemplo mencionado ilustra claramente la curiosidad espiritual de los médicos y la atención con que apreciaban todo lo que acontecía en el ámbito de la ciencia natural. Poco a poco, y ante la necesidad de dedicarse a la observación minuciosa y al tratamiento práctico de los enfermos, la medicina se fue desligando de la filosofía de la naturaleza, después de haber alcanzado con la ayuda de ésta el rango de ciencia médica. La physis o naturaleza concreta del hombre y no la general del cosmos, pasó a ser entonces el objeto primordial de la reflexión médica.

En un breve relato sobre el desarrollo de la medicina, Celso, el célebre escritor romano, atribuyó a Hipócrates, muchos años después, esa separación de medicina y filosofía: “Al comienzo, la ciencia de las curaciones se tenía como parte de la filosofía, de modo que el tratamiento de la enfermedad y la contemplación de la naturaleza de las cosas, comenzaron a través de las mismas autoridades…. Por eso observamos que muchos de los que profesaban la filosofía se volvieron expertos en medicina…. Pero fue Hipócrates de Cos, un hombre cuyo nombre es digno de ser recordado, notable por su habilidad profesional y su elocuencia, el que separó esta rama del conocimiento, de la filosofía”. (Celso. “De la Medicina”).

Posteriormente, la medicina fue adquiriendo cierto grado de especialización. Conviene señalar, sin embargo, que ésta no fue originaria de Grecia sino de Egipto. Ya Herodoto expresa lo siguiente refiriéndose a los egipcios: “Reparten en tantos ramos la medicina, que cada enfermedad tiene su médico aparte y nunca basta uno solo para diversas molestias. Hierve en médicos Egipto: médicos hay para los ojos, médicos para la cabeza, para las muelas, para el vientre; médicos en fin, para los achaques ocultos”. (Herodoto. “Los Nueve Libros de la Historia”. Lib II: LXXXIV).

Los textos hipocráticos se refieren al alma como una entidad material, idea derivada de Demócrito, entidad que “circula por sus propias partículas, sin necesitar de la adición o supresión de partes, sino que tan sólo requiere un espacio de acuerdo con el aumento o la disminución de sus componentes; cumple sus funciones en cualquier espacio, y acoge lo que le sobreviene….. El alma humana, que presenta una combinación de fuego y agua y las partes del ser humano, se introduce en todo ser vivo que respira y ciertamente en cualquier humano, sea joven o viejo. Pero no en todos se desarrolla del mismo modo sino que en los más jóvenes se consume ligera en el desarrollo del cuerpo. En cambio en los de más edad, se gasta en la mengua del individuo”. (“Corpus Hipocraticum. Sobre la Dieta”. Lib I: 6,25).

Mas adelante, al referirse a los sueños, dice: “El alma, en tanto que está al servicio del cuerpo despierto, dividiéndose en muchas atenciones, no resulta dueña de si misma, sino que se entrega en alguna parte a cada facultad del cuerpo: al oído, a la vista, al tacto, al caminar, a las acciones del cuerpo entero. La mente no se pertenece a sí misma. Pero cuando el cuerpo reposa, el alma, que se pone en movimiento y está despierta, administra su propio dominio, y lleva a cabo ella sola todas las actividades del cuerpo. Así que el cuerpo no se entera pero el alma lo conoce todo, ve lo visible y escucha lo audible, camina, toca, se apena, reflexiona, quedándose en su breve ámbito. Todas las funciones del cuerpo o del alma, todas ellas las cumple el alma durante el sueño. De modo que quien sabe juzgar estas cosas rectamente posee buena parte de la sabiduría”. (“Corpus Hipocraticum. Sobre la Dieta”. Lib IV:86). Los sueños “son divinos” y muchos siglos antes de que los interpretara Freud, los médicos hipocráticos se esforzaron por descubrir sus sentidos ocultos.

El médico griego de la escuela de Hipócrates se empeñó en demostrar que la medicina, como ciencia real, no era solamente una práctica benéfica como lo había sido en los tiempos homéricos, sino también un saber sobre el hombre y el mundo en el que vivía y habría de morir. La hazaña intelectual de estos médicos ha sobrevivido como impulso hacia el conocimiento del hombre, más allá de sus limitados logros en los campos concretos del dominio científico que poseyeron. Tanto en la guerra como en la paz, el médico era un demiurgo necesario y apreciado, un “artesano” itinerante, hábil en su oficio, en una praxis que requiere la habilidad manual y el ejercicio constante de la inteligencia. Los hipocráticos se empeñaron en fundamentar la medicina como saber, en una cosmovisión racional de las últimas causas del acontecer humano, pero a la vez, en una serie de prescripciones para actuar con una finalidad bien definida: la de velar por el mantenimiento de la salud y la de alejar las dolencias del cuerpo.

La salud fue concebida como un equilibrio interno al igual que los filósofos habían caracterizado el universo, y la enfermedad fue entendida como un trastorno del equilibro cuya restauración se hacía necesaria. No les fue tan importante darle nombres a las enfermedades cuanto estudiar el estado general del enfermo y observar la evolución del proceso morboso para poder prescribir el tratamiento adecuado, fundamentalmente la dieta.

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