Doctor Liborio Zerda

El doctor Liborio Zerda nació en Bogotá el 10 de julio de 1834, siendo Presidente de la República el general Santander. Hizo sus estudios secundarios en el Colegio de San Bartolomé cuyo reglamento ordenaba: “Ningún cursante podrá asistir a sitios de juego, ni asociarse con los que los frecuentan, ni vagar por las calles por las noches, ni entrar en casas mal reputadas, ni leer ni tener en su poder libros obscenos o impíos, ni mezclarse en tumultos o en cosas que desdigan de una educación culta y moral”.

Su temprano interés por las ciencias naturales le llevó, una vez concluidos sus estudios secundarios, a tomar clases de química, geología y mineralogía en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, antes de ingresar en la Universidad Central a hacer los estudios de la carrera de medicina, en la cual tuvo entre sus profesores a los doctores José Félix Merizalde, Benito Osorio, Andrés María Pardo, Francisco Javier Matíz y Manuel María Quijano.

La ley de “Libertad de enseñanza plena” del 15 de mayo de 1850 había dispuesto que “el grado o título científico no será necesario para ejercer profesiones científicas; pero podrán obtenerlo las personas que lo quieran, del modo que se establece por la presente Ley”. Los grados eran conferidos por Consejos de cuatro Profesores nombrados por las autoridades universitarias, despues de un examen único de 160 minutos de duración que debía ser aprobado por mayoría de votos; cuando existía un empate el Rector dirimía el problema. El doctor Zerda fue examinado por los doctores Merizalde, Pardo y Vargas Reyes y se graduó en 1853 dedicándose de inmediato al ejercicio profesional en la ciudad.

La Comisión Corográfica, creada en 1850, y dirigida por el ingeniero y militar italiano don Agustín Codazzi e integrada además por don Manuel Ancízar, don Jerónimo Triana y el dibujante Carmelo Fernández, había estimulado la investigación en el país, lo que llevó al doctor Zerda a fundar en 1855, con don Gregorio Bayón y otros científicos, la Sociedad Caldas. Más tarde, en 1859, ingresó a la Sociedad de Naturalistas Neogranadinos, nacida por iniciativa del doctor Ezequiel Uricoechea, en la cual el doctor Zerda se ocupó de actividades relacionadas con la mineralogía. Al mismo tiempo dictaba clases de química y física en diversos establecimientos. Uno de sus discípulos, el doctor Miguel Jiménez López decía: “Cuando Zerda empezó su carrera y sus investigaciones, las ciencias físico-químicas apenas hacían tímidos ensayos de aplicación de las grandes fuerzas naturales…..Uno a uno vinieron los ciclos de investigación y la inteligencia del maestro estuvo siempre alerta para asimilarlos y para transmitirlos a sus discípulos, con ese verbo suyo armonioso y deslumbrante…..Ya en la ancianidad produjo comentarios originales y exégesis profundas sobre los más avanzados desarrollos de la física molecular y sobre los portentosos fenómenos de la radioactividad, que merecieron ser reproducidos y citados con honor en las más respetables revistas del Viejo Mundo”.

El doctor Zerda fue ante todo un magnífico educador, como lo advierte otro de sus discípulos, el doctor Pablo García Medina: “Al enseñarnos las nuevas vías que se iban abriendo a la actividad del espíritu y los sorprendentes descubrimientos que venían transformando las ciencias médicas, nos mostraba la sana filosofía con que debíamos estudiar los fenómenos de la vida, y nos hacía comprender cuánta parte tenían en esos progresos las investigaciones anteriores, demostrándonos que la labor de hoy es hija de la de ayer”. Estimulaba así a la juventud para continuar sus estudios y para hacer investigaciones que sirvieran al progreso de la ciencia en Colombia.

En 1865, en compañía del doctor Antonio Vargas Reyes y bajo la dirección de éste, fundó con otros distinguidos médicos la Escuela de Medicina Privada, precursora de muchas de las facultades de medicina de carácter privado que existen en la actualidad. La Escuela de Medicina Privada duró apenas unos pocos años y tuvo como órgano de difusión la “Gazeta Médica”. En esos años, el doctor Zerda publicó trabajos tales como los “Estudios sobre la Coca y el Opio bogotano”, un “Análisis de las aguas potables de Bogotá” y un “Método para blanquear y purificar los aceites grasos”, además de su primer libro, titulado “Hipiátrica. Tratado de medicina del caballo y mejora de sus razas”.

En 1867, por iniciativa del médico y parlamentario Manuel Plata Azuero, se presentó al Congreso el proyecto de Ley por el cual se creaba la Universidad Nacional, el cual fue aprobado y recibió la sanción del presidente Santos Acosta quien además de militar era médico. La Universidad Nacional contaba entre sus dependencias con la Escuela de Ciencias Naturales. Por su parte, los naturalistas se agruparon en una Sociedad de Naturalistas Colombianos, a la cual perteneció el doctor Zerda, entidad que vino a incorporarse poco después a la Academia de Ciencias Naturales creada por la misma Universidad.

La labor del doctor Zerda como profesor de varias asignaturas en distintos establecimientos fue inmensa, a tiempo que producía importantes trabajos de investigación tales como el “Análisis de sal gema, sal compactada, sal cristalizada y de agua de las principales fuentes salinas de la República”, la “Determinación de la presencia del iodo en el pescado del río Funza”, el “Análisis químico y estudio de las aplicaciones medicinales de varias aguas minerales naturales”, y su “Análisis sobre muestras de hulla de la Sabana de Bogotá, Zipaquirá y Riohacha”, galardonado con Medalla de Oro en la Exposición Nacional organizada por don Salvador Camacho Roldán.

A comienzos de enero de 1873, por iniciativa de Plata Azuero y con la participación de los doctores Abraham Aparicio, Nicolás Osorio, Leoncio Barreto, Evaristo García y Liborio Zerda, se creó la Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales que posteriormente se transformaría en la Academia Nacional de Medicina. El doctor Zerda fue encargado de elaborar el reglamento de la nueva sociedad. Pocos meses después se fundaba la “Revista Médica”, publicación mensual y la primera de carácter científico en el país, como órgano de difusión de la Sociedad, cuya existencia se prolongó por varios lustros y de la cual fue Director el doctor Zerda por espacio de tres años.

En 1878, Zerda fue elegido presidente de la Sociedad y tomó posesión de su cargo en ceremonia solemne presidida por el Jefe del Estado, el Arzobispo Arbeláez y numerosos dignatarios. Un año más tarde fue designado Rector de la Escuela de Medicina y Ciencias Naturales en reemplazo del doctor Andrés María Pardo, quien había fallecido, y su gestión, considerada como excelente, se prolongó por espacio de varios años. En 1886, comentó el doctor Zerda, “se abrieron reglamentariamente los estudios de las Facultades de Ciencias Naturales y Medicina, bajo el influjo de la paz y de la nueva organización que el Gobierno principió a darle a la Universidad Nacional”. En efecto, todo había cambiado: atrás había quedado el sistema federal, las libertades absolutas, el desafecto oficial hacia la iglesia y muchas otras cosas, como lo ha señalado el historiador Humberto Cáceres en su obra inédita sobre el doctor Zerda.

La Ley 71 de 1890 transformó la Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales en la Academia Nacional de Medicina, con el carácter de órgano consultor del Gobierno, que todavía conserva, en las áreas de las ciencias médicas y naturales. La Academia se instaló el 25 de abril de 1891, en solemne ceremonia presidida por el Designado don Carlos Holguín quien venía reemplazando al Presidente Rafael Núñez en el ejercicio del Gobierno Nacional. Tomó posesión en esa sesión su primer Presidente, el doctor José María Buendia, quien por invitación del doctor Zerda instaló su sede en la Facultad de Medicina en la planta baja del claustro de Santa Inés.

La actividad científica del doctor Zerda no disminuyó en esos años. Publicó el “Estudio químico patológico e higiénico de la chicha, bebida popular en Colombia”, “Iones y electrones”, “El radium y sus propiedades maravillosas”, “Las moscas transmisoras de enfermedad” y otros muchos estudios científicos, a tiempo que continuaba siendo catedrático en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario del cual además fue conciliario. A pesar de no ser jurista, el vicepresidente Miguel Antonio Caro le nombró en 1897 en el cargo de Consejero de Estado, Corporación de la cual fue por algún tiempo también su Presidente.

Su trabajo sobre la chicha es de mucho interés porque menciona cuadros clínicos similares a la pelagra por ingestión de chicha fabricada con maíz contaminado por un hongo, “cuyo desarrollo es favorecido por la humedad y por los cambios de temperatura”. Concluye su estudio sobre la chicha diciendo: “No sería conveniente dictar medidas prohibitivas para destruir esta inveterada costumbre pero sí es posible una reglamentación de la manera de confeccionar la chicha, para evitar en gran parte el daño que causa. La chicha que se fabricaba en tiempos de la colonia no debió ser tan dañosa como la de hoy…..La chicha es una bebida alimenticia en un grado superior a cualquiera de las otras conocidas….pero todas estas cualidades quedan anuladas con el principio tóxico que fermentaciones innecesarias desarrollan en ella”. (H. Cáceres. “Liborio Zerda”, inédito).

Los intereses intelectuales del doctor Liborio Zerda se orientaron también hacia el estudio de la Cultura Chibcha. Invitado por el Redactor del Papel Periódico Ilustrado, comenzó a publicar quincenalmente durante cuatro años, artículos sobre la historia de la civilización de los muiscas, sus costumbres, sus tradiciones y su religión hasta completar un libro, “El Dorado”, cuya última edición en 1947, fue publicada por el Ministerio de Educación, como volumen 113 de la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana. Es una obra de divulgación educativa, escrita con sencillez y donosura y que en el campo de la Antropología nacional debe ser considerada como uno de los primeros intentos científicos para estudiar esa cultura.

Complementó su libro con las observaciones hechas por el canónigo don José Domingo Duquesne, quien había hecho estudios de gran interés sobre el calendario de los chibchas y sus jeroglíficos, a finales del siglo XVIII, y quien se había interesado “por los datos necesarios para escribir la historia religiosa de aquellos pueblos, consultando las relaciones de los antiguos cronistas; también para reorganizar la memoria de su lenguaje, casi extinguido entonces y escribir una gramática del idioma muisca”. Los últimos capítulos de “El Dorado” tratan en forma un tanto ingenua sobre los orígenes del hombre americano, aportando las ideas de Duquesne y sus propias consideraciones. Basaba sus opiniones acerca del origen de los pueblos americanos en las similitudes que encontraba entre figuras de orfebrería y de cerámica chibchas que él poseía con otras procedentes de Africa y Asia, lo que le llevaba a conclusiones que hoy en día nos parecen poco aceptables. El libro, sin embargo, a pesar de la ingenuidad indudable de muchas de sus afirmaciones, se lee todavía con mucho interés.

En 1910, el doctor Liborio Zerda fue recibido en la Academia de la Lengua por su discípulo y Rector del Colegio Mayor del Rosario, Monseñor Rafael María Carrasquilla, quien en su discurso afirmó que el doctor Zerda merecía el nombre de sabio en el sentido cristiano de la palabra. Se expresó así Monseñor Carrasquilla: “Le corresponde también este dictado como cultivador insigne de varios ramos del humano saber, en especial en lo físico y natural, que en estos tiempos que corren quiere usurpar para sí solo el glorioso nombre de ciencia. No niego ni escatimo este blasón a la química y la geología, a la zoología y la botánica, ni a las modernas disciplinas que apellidan con voces no siempre bien derivadas, bacteriología, micrografía, radiografía y cien nombres más. Pero si ciencia es conocimiento cierto de un ente por sus causas, antes de la que averigua las inmediatas, está la filosofía que se remonta a las supremas; y sobre ella la teología sagrada que las investiga, no a la luz de la sola razón, sino con el auxilio de la fe, que es al entendimiento del cristiano lo que el telescopio a los ojos del astrónomo”. Y terminó diciendo: “Para admitir un sabio en nuestro gremio es preciso que sepa comportarse con la lengua de Castilla como se lo merece tan excelsa señora. Vosotros conocéis los escritos del señor Zerda y acabáis de oír su gratísimo discurso. El vocabulario del nuevo académico, sin ser rico, es limpio y decoroso; su estilo correcto, claro, como corresponde a un catedrático y maestro…”. (H. Cáceres, ibid).

Al final de su vida, cuando su organismo estaba debilitado y enfermo y la ceguera se hacía cada vez más evidente, por medio del Decreto Legislativo 45 de 1905, se le concedió una pensión vitalicia de ochenta pesos mensuales como reconocimiento a una vida consagrada por entero a la ciencia y la educación. Cuando ya había cumplido ochenta y cinco años, falleció en Bogotá el 9 de noviembre de 1919 y en sus exequias habló el ministro de Gobierno, médico también y discípulo de Zerda, el doctor Luis Cuervo Márquez, quien al referirse al Maestro dijo: “Amó la ciencia por la ciencia misma, la amó con la pureza y el desinterés con que sólo puede amar el más excelso idealismo. A ella sacrificó juventud y edad madura, y vejez provecta. Nada exigió de ella, salvo quizá el tímido alborozo de las íntimas pasiones. La ciencia en cambio fue pródiga con el maestro; iluminó con su inextinguible antorcha el camino de su vida trazándole la senda de su adolescencia, vigorizando su espíritu y espiritualizando su ancianidad con albores de futuras claridades”. (H. Cáceres, ibid).

Fue una vida fecunda la del doctor Liborio Zerda, quien a su calidad de médico y de naturalista, añadió su preocupación por la salud pública y su interés por estudiar y conocer la historia y las características culturales de las antiguas poblaciones del altiplano cundiboyacense. Su generosidad sin límites para con sus discípulos y su abnegada dedicación al estudio y a la enseñanza lo catalogan como uno de nuestros más eximios educadores en el siglo pasado.

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