Doctor José María Lombana Barreneche

El doctor Lombana Barreneche nació en Santa Marta en 1854 y murió en Bogotá en 1929. Era hijo del doctor Cayetano Lombana, médico de gran valía, a cuyo lado en la ciudad de Ambalema adquirió los primeros rudimentos de la profesión médica. En 1870 se matriculó en la recién constituida Universidad Nacional, regentada por el doctor Antonio Vargas Reyes, en donde obtuvo su grado de doctor en Medicina cuatro años más tarde, con una tesis calificada como sobresaliente. Ejerció la profesión en Ambalema durante quince años y participó como médico en algunas de las guerras civiles de la época de las cuales volvía a su refugio de Ambalema a mejorar a través del estudio sus conocimientos médicos, lo que hizo que su fama profesional se extendiera por toda la comarca circundante.

En uno de sus viajes a Bogotá, como lo relata su biógrafo, el doctor Roberto de Zubiría Consuegra, citando un artículo del doctor Julio Manrique, se le invitó para que dictase unas conferencias sobre enfermedades del corazón, en las cuales los estudiantes pudieron apreciar “el profundo conocimiento del asunto, la precisión en la exposición, la agudeza del concepto, y algo propio, enteramente original en la manera de apreciar los síntomas y en el modo de hacer la síntesis final, el diagnóstico, lo que cautivó a sus oyentes que desde entonces anhelaron ver al joven profesor regentando una cátedra en la vieja Facultad”. (R. De Zubiría. “José María Lombana Barreneche. Estudio preliminar”. 1990).

Años más tarde, como profesor de Anatomía Patológica, Lombana orientó sus conferencias hacia los grandes problemas de la medicina: la infección, la inflamación, la herencia y las relaciones ambientales de los seres vivos. Después, como profesor de Patología General y de Clínica Médica, sus vastos conocimientos y sus excelentes dotes de expositor y de maestro, lo convirtieron en uno de los más avezados clínicos de la época y en el fundador de la Medicina Interna en el país. Para honrarlo, la Asociación Colombiana de Medicina Interna creó hace treinta años la “Conferencia José María Lombana Barreneche”, que se dicta cada dos años como homenaje al Maestro desaparecido y que constituye una gran distinción para los profesionales de todo el país a los que se les ha hecho el honor de ser designados para dictarla.

Los temas de la “Conferencia Lombana Barreneche” son escogidos libremente por sus ponentes. Su revisión muestra que la mayor parte de los conferencistas se han orientado a disertar sobre temas generales de la medicina, del tipo de la Etica médica; la Investigación médica en Colombia; las características del médico internista; la persistencia del pensamiento mágico en la medicina moderna; el panorama de la medicina contemporánea; el futuro de los transplantes de órganos desde el punto de vista de la deontología profesional, y el estudio de la incógnita que se ha planteado acerca de si es el hombre biológicamente el elemento más importante de la vida, o si lo es la cadena del DNA que a través de millones de años constituye el elemento fundamental de la evolución de los seres. Temas estos que muy seguramente le hubiera gustado escuchar al profesor Lombana, tan interesado como siempre estuvo en los grandes temas de la Patología, de la Etica y de la Medicina.

En los primeros años del siglo XX se entabló una interesante polémica sobre si la Fiebre Tifoidea y el Tifo Exantemático eran una sola enfermedad o si eran entidades separadas. Entre 1901 y 1902, el doctor Lombana publicó en la Revista Médica de Bogotá, cinco artículos titulados “Tratamiento de las miocarditis tíficas”, “Profilaxis de la fiebre tifoidea”, “Septicemia eberthiana”, Fiebres tifoideas con sudores profusos” y “Epidemiología”, en los cuales sostenía la posición unicista, secundado años después por su discípulo el doctor Edmundo Rico. Fue tan general la aceptación por los médicos de las doctrinas del profesor Lombana, respaldadas por su inmenso prestigio como clínico, que los informes estadísticos de mortalidad que daban cifras del orden de 3000 casos de tifo exantemático en los diez años anteriores a 1901, bajaron a menos de doscientos en las primeras dos décadas del siglo, al diagnosticarse como tifoidea casos que muy posiblemente eran de tifo. Una de las tesis sostenidas por el doctor Lombana era la de que el tifo exantemático sí había existido con caracteres epidémicos durante la Colonia pero que a comienzos del siglo XX no se le encontraba en la sabana de Bogotá. (R. De Zubiría, ibid).

Ya por entonces se podía confirmar el diagnóstico de las fiebres tifoideas, gracias a los hemocultivos y al serodiagnóstico de la enfermedad, que se hizo posible desde 1897 al realizarlo por primera vez en nuestro medio el doctor Luis Zea Uribe. Hasta 1916 el cuerpo médico había seguido fielmente las doctrinas de Lombana y parecía que se había olvidado totalmente del tifo, cuando el doctor Carlos Esguerra, un clínico sagaz, encontró que algunos casos supuestamente de fiebre tifoidea grave que él atendía en la Casa de Salud de Marly mostraban hemocultivos y serodiagnósticos negativos para esa enfermedad. Entonces se preguntó con sus discípulos si no se trataría más bien de casos de tifo exantemático. Luis Patiño Camargo, discípulo de Esguerra, en su tesis de 1922 demostró finalmente la existencia del tifo exantemático en Bogotá y la verdad de la tesis dualista preconizada por el doctor Esguerra. Posteriormente, sus trabajos sobre ricketsias en Tobia y Villeta mostraron con mayor precisión la existencia de ese tipo de fiebres exantemáticas, producidas por “virus” y transmitidas por parásitos, diferentes a la tifoidea clásica que se contagia por aguas contaminadas por el bacilo de Eberth con lo cual quedaba definitivamente dirimido el litigio al aclararse que se trataba de dos entidades diferentes y no de una sóla enfermedad como lo había sostenido por muchos años el profesor Lombana. Este, ya bastante retirado del ejercicio de la medicina, salvo por sus clases en San Juan de Dios, no tomó parte activa en una polémica que venía a entablarse casi veinte años después de su equivocada suposición de la unicidad de esas enfermedades, y la defensa de su punto de vista estuvo a cargo de su discípulo, el doctor Edmundo Rico.

El carácter integérrimo del profesor Lombana se puede apreciar al recordar los hechos que se presentaron en 1902 cuando siendo Ministro de Instrucción Pública del gobierno del presidente José Manuel Marroquín, el doctor José Joaquín Casas, distinguido literato y aguerrido político, convocó a todos los profesores de la Facultad de Medicina para informarles que según el Concilio reunido en esos días en Roma, los profesores de los países católicos debían hacer profesión de fe católica. La nota del Ministro al Rector doctor Nicolás Osorio decía así: “La anunciada profesión de fe se verificará el domingo 29 de junio de 1902 a las 8 a.m. en la capilla del Sagrario; lugar de reunión, el atrio de esa misma iglesia, a las 8 menos cuarto. Sírvase citar escrupulosamente a los profesores, haciéndoles saber que la no asistencia, salvo excusa legítimamente comprobada, será considerada como renuncia de la cátedra. Dios guarde a usted. José Joaquín Casas”. A lo anterior, Lombana renunció acompañado en su protesta por los profesores Juan David Herrera, Eduardo Herrera y Luis Zea Uribe. Sólo asistieron a la cita con el Ministro, el rector Nicolás Osorio, su secretario Rafael González Pardo y los doctores Liborio Zerda, Wenceslao Sandino y Agustín Uribe. Dejaron de asistir, y fueron por lo tanto excluidos de la Facultad, los profesores Luis María Herrera Restrepo, Luis María Rivas Merizalde, Pompilio Martínez, Francisco J. Tapia, Luis M. Escobar, Luis Felipe Calderón, Abraham Aparicio, Leoncio Barreto, Gabriel Durán Borda y Luis Cuervo Márquez. Un año más tarde logró integrarse de nuevo el cuerpo de profesores de la Facultad de Medicina.

En 1908 el profesor Lombana fue elegido presidente de la Academia Nacional de Medicina y en 1910, como parlamentario, ejerció la Vicepresidencia de la Asamblea Constituyente y Legislativa reunida ese año en la ciudad de Bogotá. Es por esa época cuando las inquietudes del doctor Lombana le llevaron por el rumbo de la política, entendida ésta como un buen sistema para lograr máximos beneficios para la comunidad. Fue Lombana un político liberal intachable que presidió la Unión Republicana, y candidato a la Presidencia de la República en 1918 con el respaldo de los viejos radicales. En esa oportunidad, Lombana aspiraba a ser un testimonio histórico nada más, frente a la coalición bipartidista que respaldaba la candidatura del maestro Guillermo Valencia frente a la candidatura hegemónica y oficial de don Marco Fidel Suárez quien finalmente alcanzó la Presidencia.

Las ideas del doctor Lombana Barreneche que como profesor de patología general se orientaban hacia los grandes problemas de la medicina, en el campo de la política se dirigieron hacia los graves problemas de la sociedad de su época, en forma análoga a la otro profesor de patología, Rudolf Virchow en Alemania, para quien, como se mencionó atrás, la política era medicina en grande escala. Fue finalmente derrotado en su ambición de llegar a la Presidencia y volvió de lleno al ejercicio y a la docencia de la medicina.

En 1923, al profesor Lombana Barreneche se le tributó un homenaje de gratitud y admiración por sus innumerables discípulos quienes le entregaron una placa de oro con una inscripción en la cual lo declaraban Maestro de la Juventud. Practicó la Medicina hasta el final de sus días, en su consultorio particular y en el nuevo Hospital de San Juan de Dios, a donde llegaba puntualmente en tranvía por no disponer de automóvil y en donde dictó sus últimas conferencias médicas en el año de 1929 muy pocos días antes de su fallecimiento.

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