Doctor Juan Bautista Montoya y Flórez

El doctor Montoya y Flórez nació en Titiribí el 21 de abril de 1867 en el hogar de don Plácido Montoya y doña Dolores Flórez; fue uno de los mayores entre once hermanos y descendía de don José María Flórez, el primer juez pedáneo de la población, que alcanzó a vivir ciento diez años. Pasó su niñez en Titiribí, recorriendo palmo a palmo sitios familiares de la región, como las minas del Zancudo, Sitio Viejo y La Mina, y asomándose a balcones naturales gigantescos como La Canela. “Debo a mi madre el haberme educado, dice el doctor Montoya y Florez, pues mi padre quería siempre que le ayudara en sus faenas en la empresa de “El Zancudo”, pero siempre ella me enviaba obstinadamente a la escuela desafiando las iras paternas”

Su primer contacto con la medicina se hizo cuando sirvió como boticario de don Jesús María Isaza. Se interesó, ademas de los estudio médicos llevados a cabo en Bogotá entre 1886 y 1891, por las ciencias naturales, en especial la zoología y la botánica, como era muy frecuente en los estudiantes de medicina de la época. Su tesis de grado versó sobre el tema de “La Electrología médica”. A su regreso a Antioquia, en donde inició su práctica profesional en la ciudad de Medellín, se aplicó al estudio intensivo del Carate, lo cual le fue muy útil posteriormente en París en donde presentó una tesis titulada “Recherches sur Carates de la Colombie”.

Sus investigaciones médicas en los años siguientes se orientaron hacia la lepra y su profilaxis, enfermedad sobre la cual publicó varios artículos; las filarias de los sapos, algunas de las cuales fueron descubiertas por él, y los hongos que pensaba que eran los agentes causales del Carate. Esas clásicas investigaciones de Montoya y Flórez hicieron que Castellani bautizara una variedad de “aspergilus del carate” con el nombre de Montoyela, en honor del doctor Montoya. Años después se descubrió que el Carate no era causado por hongos, como lo había pensado el médico antioqueño, sino por una espiroqueta muy parecida a la de la sífilis; sin embargo, sus investigaciones sobre la enfermedad, aunque equivocadas en cuanto a su etiología, se consideran clásicas y dignas de estudio en la historia de la medicina nacional.

También se equivocó Montoya y Flórez al afirmar que el Hematozoario de Laverán no era el único agente etiológico del Paludismo, en estudio presentado a la Academia de Medicina de Medellín y discutido en Bogotá por el doctor Luis Zea Uribe, quien demostró el error del doctor Montoya debido al método bacteriológico inadecuado que había utilizado.

Fue Montoya y Flórez un cirujano de valía y a su lado se formó una importante escuela quirúrgica en la cual figuraron algunos de los más importantes cirujanos antioqueños. Publicó numerosas contribuciones en ese campo, entre otras, sobre nuevos sistemas para el tratamiento radical del hidrocele y para la reconstrucción del perineo. Su inmensa actividad educativa como forjador de las nuevas promociones médicas y quirúrgicas de su departamento le convirtieron en Maestro respetado y admirado por sus discípulos y por sus compañeros de generación. Años más tarde, siendo secretario de la Embajada de Colombia en París, fue hecho miembro correspondiente de las Sociedades de Cirugía y Ginecología de esa ciudad.

El interés de Montoya y Flórez no se centraba únicamente en la medicina y en las ciencias naturales. Fue muy aficionado a la historia, área en la cual publicó diversos artículos sobre Gobernadores de la Provincia de Antioquia, y presidió la Academia de Historia de su departamento entre 1920 y 1922. Escribió un ensayo sobre la “Génesis étnica de nuestros aborígenes”, en el cual sostiene teorías, hoy revaluadas, sobre el poblamiento de América por egipcios y diversos grupos asiáticos, en razón de la similitud que él encontraba entre cerámicas y momias de este continente y las halladas en Egipto y algunas regiones del Asia. Así mismo publicó investigaciones sobre cerámicas antiguas y sobre falsificaciones de cerámicas antiguas en Medellín.

Médico y cirujano eminente con amplia información sobre las ciencias naturales, Montoya y Flórez no fue muy afortunado en su investigación sobre la etiología del Carate o en sus estudios sobre los orígenes del hombre americano. Pero su honestidad espiritual, su indudable talento y su dedicación a la enseñanza, le permitieron sobresalir como educador y maestro en el terreno de la medicina, con amplia visión en el campo de la antropología, ciencia que aún no había tenido en nuestro país los admirables desarrollos de la actualidad. Antioquia lo consideró como uno de sus hijos predilectos y su busto ennoblece una de las esquinas de la plaza mayor de Titiribí, su tierra natal, en donde se encuentran también los de Luis Zea Uribe, Antonio José Restrepo y Antonio José Cadavid.

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