Don José Celestino Mutis

Don José Celestino Mutis nació en Cádiz, antigua ciudad española fundada por los fenicios, el día 6 de octubre de 1732, en el hogar de don Julian Mutis y doña Gregoria Bosio. Hizo sus primeros estudios médicos en Sevilla, de donde volvió a Cádiz para completarlos y hacer su práctica reglamentaria de dos años bajo la dirección del doctor Pedro Fernández de Castilla. Se graduó de doctor en Medicina ante el Protomedicato de Madrid el 5 de julio de 1757, uno de cuyos examinadores era don Andrés Piquer, connotado profesional que habría de ser posteriormente médico de cabecera del rey don Carlos III. Entre los años 1757 y 1759 trabajó en el Jardín Botánico, bajo la dirección del científico Barnades quien seguía ya los sistemas modernos de la escuela Linneana. A la edad de 26 años se embarcó para América y llegó a Cartagena el 29 de octubre de 1760, acompañado por el cirujano don Jaime Navarro, con quien siguió a Santafé a donde llegó el 24 de febrero de 1761. En la lista de viajeros del barco en que arrivó al Nuevo Reino figuraba como “el cirujano José Mutis”.

Los viajes de Mutis, desde su salida de España en 1760, y por todo el territorio del Nuevo Reino de Granada hasta 1790, quedaron reseñados en su “Diario de Observaciones”, amplios fragmentos del cual fueron publicados por el Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, en 1957, con prólogo y notas de don Guillermo Hernández de Alba. La revisión de este extenso Diario es de gran importancia, pues además de mostrar los aspectos más sobresalientes del naturalista, revela muchas de sus observaciones sobre la medicina de los territorios que exploraba y el inmenso interés que tenía por adquirir el máximo de conocimientos sobre el reino natural en América. Hernández de Alba en el prólogo de la obra señala: “Nada le fue indiferente. Estudió al hombre, la sociedad, sus usos, costumbres y cultura con la misma curiosidad científica, jamás satisfecha, con que durante los años más felices de su vida, los que corrieron de 1777 a 1782 en las soledades magníficas de su establecimiento minero de “El Sapo”, en la jurisdicción de Ibagué, empleó febrilmente en el conocimiento de la apasionante vida de las hormigas y sus congéneres, a las que consagró el más logrado estudio, realizado a instancias de Linneo, y que al ser conocido habrá de colocarlo en lugar eminente entre los sabios entomólogos de todos los tiempos”. (G. Hernández de Alba. En “Diario de Observaciones” de J.C. Mutis. 1957).

Mutis señala curiosas creencias de los bogas del río Magdalena para quienes, por ejemplo, la carne de tortuga, uno de sus manjares predilectos, era nociva cuando padecían de forúnculos o cualquier clase de tumoraciones de origen infeccioso; la idea que tenían sobre la causa de las erupciones cutáneas y otras enfermedades que afectaban a indígenas y españoles, que pensaban que se debía al humedecimiento de los pies; y la influencia no-civa del “sereno”, más fuerte desde las cinco de la tarde hasta las ocho de la noche, sobre todas las afecciones, tal como aún se cree en los medios culturales más diversos en los que se aconseja a las gentes “que no les dé el sereno” para no enfermarse.

A tiempo que hace esas pequeñas observaciones médicas, encuentra la canela que le es presentada por don Miguel Merizalde y Santiesteban y recibe cartas encomiosas de Linneo, que le “franquea el honor de ser académico en la Academia de Ciencias de Upsala”, le solicita entablar con él correspondencia, y en 1770 le encarga que “trabaje en describir las especies de hormigas, sus costumbres y economía y que al punto le remita mis trabajos, para ser admitido en el número de aquellos sabios”. (J.C. Mutis, ibid).

Menciona, sin darles credibilidad alguna, las ideas de algunos naturales acerca de que el excremento humano ingerido es remedio eficaz para extinguir los cotos, al igual que el agua del arboloco, y que la auyama viche es útil para el tratamiento de las gangrenas. Pero al mismo tiempo comienza a usar científicamente el termómetro y el barómetro y logra hacer experimentos científicos con estos instrumentos que en ocasiones se le dañan cuando las cajas en los que están contenidos sufren golpes por el bamboleo de la marcha de las mulas en terrenos escarpados. Rechaza procedimientos tales como “aplicar en los cotos los orines de un perro negro, por la falsedad de estos remedios inútiles y aun a veces supersticiosos”. En el mes de noviembre de ese año de 1771, don Miguel Merizalde y Santiesteban le presenta el árbol de Quina, a un día de camino de Santafé, cerca de la Mesa de Juan Díaz. Desde entonces aplica todo su entusiasmo al estudio de las diversas variedades de este árbol, las clasifica y compara con las quinas de la provincia de Loja en el Ecuador y años después presenta su tratado sobre Quinología por el cual es considerado por muchos como descubridor científico de la quina y de sus aplicaciones médicas en América.

El descubrimiento de la Quina, en las cercanías de Santafé, le será disputado por el doctor Sebastián López Ruiz, médico que ejercía la profesión en ese entonces en la ciudad. López Ruiz había solicitado del Virrey Manuel Antonio Flórez que se le reconociera como el descubridor de las quinas del Nuevo Reino de Granada; sostenía que había hecho el descubrimiento en 1774, (dos años después de la primera mención del sabio Mutis), en las vecindades de Santafé y que su solicitud al Virrey la había hecho sólo después de haber experimentado las quinas en el tratamiento de varios enfermos. El largo pleito que se originó por las pretensiones del doctor López Ruiz llegó hasta España y finalmente, Mutis fue vencedor en el litigio con lo cual el problema quedó aparentemente resuelto. El estudio del sabio gaditano sobre los aspectos médicos de la quinología fue después publicado por entregas, en 1793 y 1794, en el “Periódico Ilustrado” de Santafé de Bogotá, con el título de “El arcano de la Quina, o discurso de la parte médica de la Quinología de Bogotá”, simultáneamente con otro estudio suyo titulado “Reflexiones sobre la enfermedad que vulgarmente se llama coto”. Un resúmen del arcano de la Quina, fue el estudio publicado en Madrid en 1800 por don Francisco Antonio Zea, con el título de “Memoria sobre las Quinas”.

Mutis se manifiesta escéptico en relación a los medicamentos. Se expresa así: “Son muy pocos los remedios eficaces y universales que posee la medicina; quiero decir que son poquísimos los específicos, los cuales aunque verdaderamente específicos, piden la sabia administración de un médico prudente, sin lo cual en manos de los ignorantes suelen volverse inhábiles, y de la misma virtud que cualquiera otra medicina o droga, si no es que dañosos y mortales en ciertas circunstancias”. (Mutis, ibid). Quizás piensa ya en ese entonces en la necesidad de formar buenos médicos en el territorio del Virreinato, idea que plasmará años más tarde al lograr el establecimiento en Santafé de la Escuela de Medicina del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario.

La atención a los pacientes que acuden a él en todas partes buscando sus cuidados le abruma sobre manera; en muchas ocasiones se queja de que el ejercicio de la medicina le quita un tiempo precioso que quisiera dedicar con exclusividad al estudio de la naturaleza. Así se expresa: “Aunque la naturaleza del país me prometió desde luego abundante materia para mis exercicios botánicos, la novedad del nuevo médico, junta á la escasez de facultativos, cortó el vuelo de mis ideas. De día en día me vi empeñado en la atención de muchos enfermos, y los más del mayor cuidado. Unos cuidados de tan grande importancia, con el trabajo material de pasar de casa en casa, me quitaron todo aquel ocio que pide un estudio serio. Esta faena que me ocasionaba tanto atropellamiento….con las intolerables variaciones de calor y frío, y las distancias larguísimas de uno á otro enfermo, por calles de piso rudo y muchas de ellas pendientes”. (J.C. Mutis, ibid).

Sin embargo, no deja de atender a sus pacientes y en una carta que escribirá el 19 de febrero de 1790 a uno de sus condiscípulos españoles, el doctor Francisco Martínez Sobral, se refiere al orgullo que siente de ser médico y de poder prestarle a sus semejantes servicios de importancia aun en las condiciones más precarias y difíciles. Habla Mutis con las siguientes palabras: “En nueve años que he exercitado la medicina en los Desiertos, donde no se conocen más remedios que las yerbas del campo, acabé de confirmar mis antiguas reflexiones sobre este interesante punto a la Humanidad. Era un prodigio ver el éxito felicísimo de mis recetas…Jamás tuve mayores satisfacciones, ni jamás tuve motivo de arrepentirme de mi carrera como frecuentemente nos ocurre en las Cortes y en las ciudades populosas”. (A. Soriano Lleras. “La Medicina en el Nuevo Reino de Granada durante la Conquista y la Colonia”. 1966).

El ejercicio médico, por otra parte, le produce ingresos superiores a su sueldo como médico de la corte virreinal que relaciona así: “Mi sueldo a razón de 700 pesos por año a correr el día primero de noviembre del año 1760 hasta el último de diciembre de 1761, 816 pesos; la botica, parte administrada y parte vendida, 500 pesos; producto de las tareas médicas, 1.200 pesos. Todo sube a 2.516 pesos”.(J.C.Mutis, ibid).

En el campo médico, Mutis fue un abanderado de la salud del pueblo neogranadino en materias tales como el establecimiento de la práctica de la vacunación contra la viruela, las condiciones que debían tener los cementerios que estudió especialmente en Mompós, las requeridas para hacer las inhumaciones y la forma de controlar ciertas plagas.

Muchos de los conceptos médicos de Mutis fueron escritos como los aforismos de Hipócrates o los de Boerhaave y expresados con absoluta claridad. Algunos de esos aforismos sirven como ejemplo de su modo de pensar y su manera de expresarse: “La misión del medicamento es: seguir y facilitar los movimientos de la naturaleza, cuyo designio es preparar, cocer y disponer los humores morbosos hasta verificar su expulsión los días críticos para conseguir crisis favorables”, frase ésta en donde está sintetizada toda la fisiopatología de la época. “En la peste, la sangría muda el genio epidémico de esta furiosa enfermedad y puede ser sometida a la virtud de la quina”. “Los pueblos primitivos ocupados siempre en las necesidades recientes jamás se ocupan de lo venidero y no atormentándoles los males futuros no aplican a sus enfermos otros remedios que los muy sencillos que en tales aprietos les proporcionan las plantas de sus montes”. En relación a las sangrías afirma: “Es rara la enfermedad aguda que permita pasarse sin sangría en los países altos y no es menos rara en los que se sufren en los países bajos. Por ello creemos que se prodiga demasiado la sangría del género humano y aconsejamos sobriedad en el derramamiento de sangre humana en los climas de nuestra zona. Pero condenar la sangría en las verdaderas inflamaciones sanguíneas se opone a toda razón, tanto como aprobarlas en las calenturas pútridas y malignas”. “Es inestimable el tesoro de la Quina con que Dios ha enriquecido los dominios del monarca español en América, cuyas minas y metales preciosos interesan menos a la humanidad”. (A. Soriano Lleras, ibid).

Veinte años después de llegar a la Nueva Granada, el 29 de abril de 1783, en compañía del Padre Eloy Valenzuela y precedidos “con la crecida familia de compañeros y criados”, parte Mutis con destino a la población de La Mesa de Juan Díaz, “sitio elegido para la pronta colección de producciones naturales”, dando comienzo a la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, constituida en buena hora por el Arzobispo-Virrey don Antonio Caballero y Góngora.

Como lo señala Guillermo Hernández de Alba, “esparcidas va dejando en su Diario la reconfortante lección de su vida de sabio; el relato del quehacer de ese enjambre humano que bajo su magistral conducta, recolecta, descubre, describe y copia con incomparable belleza la magnificencia de la naturaleza neogranadina, y al hacerlo, en la recoleta ciudad de Mariquita y más tarde, desde 1791, en Santafé de Bogotá, se ve crecer, espontaneo, en su huerto, el árbol sacrosanto de la libertad, que constituye el más logrado fruto de la sabiduría criolla regado, en 1816, con la sangre de sus mismos jardineros: Caldas, Lozano, Rizo, Carbonell, Ulloa, Pombo….”. (J.C. Mutis, ibid).

La monumental empresa de la Expedición Botánica, cuyos estudios sobre la Flora de Bogotá y otros temas científicos el sabio Mutis hubiera querido publicar simultáneamente en 24 libros, ha sido motivo de sesudos e interesantes análisis por multitud de gentes estudiosas que han escudriñado las labores del sabio gaditano y sus múltiples facetas como naturalista, astrónomo, físico, matemático y médico.

Mutis, dentro de su amplia cultura, se interesó también por las lenguas indígenas y organizó tres escritos sobre lengua chibcha, en cumplimiento de una Cédula real del 13 de noviembre de 1787, que pedía el envío a España de manuscritos sobre idiomas de los naturales que el monarca español Carlos III quería enviarle a Catalina II de Rusia, por solicitud que ésta hizo, para suministrárselos como materiales lingüísticos al sabio Pallas quien preparaba una obra monumental titulada “Linguarum totius orbis vocabularia”. Los manuscritos, según lo señala el académico Emilio Robledo, fueron enviados por Mutis a España al cuidado de don Antonio Caballero y Góngora, quien regresaba a la península, pero al parecer nunca fueron remitidos a Rusia; algunos de ellos, a excepción de los correspondientes al idioma chibcha, llegaron a ser publicados tan sólo en 1928, bajo el título de “Lenguas de América, Manuscritos de la Real Academia”.

Para cumplir con la orden del Arzobispo Virrey, Mutis reunió veintiún manuscritos de lenguas indígenas, de los cuales sólo se conocen algunos títulos, que hacen relación con diversas lenguas como la chibcha, la achagua, la siona, la andaquí, la pariagota, la aruaca, etc. Los manuscritos, entregados por Caballero y Góngora al ministro Marqués de Bajamar para ser enviados a la corte de San Petersburgo, fueron a parar a la Biblioteca Real de Madrid en donde permanecieron archivados cerca de siglo y medio. Señala el historiador Sergio Elías Ortiz: “Es de notar que mientras una soberana extranjera demostraba interés por las lenguas indígenas de América, hacía cuatro años que el mismo Carlos III , a quien se solicitaba textos de ellas, por real cédula de 10 de mayo de 1783 había prohibido drásticamente su uso por los naturales para obligarlos a hablar el castellano, y dispuesto el cierre de las escuelas donde se enseñaba en los idiomas vernáculos, que sus antecesores, con más amplia visión de los derechos del indio a conservar por lo menos su idioma, habían creado y hasta elevado el chibcha a cátedra universitaria”. (S.E. Ortiz. “Lenguas y dialectos indígenas de Colombia”. 1965).

Mutis poseía dos gramáticas manuscritas de lengua chibcha que habían pertenecido al Colegio de los Jesuitas de Tunja, de donde fueron tomadas en 1774 pocos años después de la expulsión de la Compañía. “Mi fin, dice Mutis, se dirigía a depositar estos tesoros en alguna Academia de Bellas Letras, recelando cuán precipitadamente caminaban estos idiomas á la región del olvido, con la extinción de estas bárbaras naciones, y viendo al mismo tiempo desde lejos que debía renacer el gusto por estas preciosas antigüedades; pero, tal vez, con el desconsuelo imponderable ni de hallarlas ni de saber si existieron. Sería historia larga contar mis afanes y mis correspondencias con los misioneros á este fin”.

La obra del sabio Mutis es testimonio de lo que fue su espíritu humanista sin parangón en la América de esas épocas, en la cual, sólo la figura de Francisco Hernández, dos siglos antes, había desarrollado una empresa de características análogas. Pero el inquieto espíritu de Mutis no descansa a finales del siglo a pesar de los quebrantos de su salud física ocasionados por las penurias, los climas insalubres y el exceso de trabajo que se impone, porque, “no hay manos para dibujar todo lo que yo quisiera, ni tengo tiempo para describir yo cuanto veo”. En Santafé, tendrá por delante otra empresa de importancia: la educación y preparación científica de los médicos, cuya necesidad había avizorado ya en el año de 1760, empresa a la que dedicará todas sus energías hasta su muerte, el 12 de septiembre de 1808. Fue enterrado en la iglesia de Santa Inés, en donde su tumba fue identificada por el doctor Luis Duque Gómez, y sus restos fueron trasladados a la Basílica Primada y posteriormente a la Capilla de La Bordadita del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en donde reposan desde entonces.

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