La Medicina del Colegio Mayor del Rosario

A comienzos del siglo XIX, en el Virreinato de la Nueva Granada, se fundó en 1804 la primera Facultad de Medicina en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en la ciudad de Santafé de Bogotá, durante el gobierno del Virrey Mendinueta, y se establecieron los requerimientos de estudios filosóficos previos a la carrera de medicina. En otro escrito he relatado cómo se diseñó la enseñanza de la medicina en Santafé siguiendo el modelo de las universidades europeas de la época, en un intento por superar el atraso que en materias de medicina había imperado durante los años de la Colonia, y la forma como se hacía la práctica de la profesión que de modelos empíricos se fue transformando paulatinamente en un sistema más acorde con los conocimientos que en ese entonces regían en Europa. (A. de Francisco. “El doctor José Félix Merizalde y la Medicina de comienzos del siglo XIX en Santafé de Bogotá”. 1997).

Don José Celestino Mutis, la figura científica más importante de su época en el Virreinato, veía con preocupación el estado de la medicina que se practicaba en Santafé y la pobrísima formación de los discípulos del doctor Román Cancino. Durante largos años rehusó regentar la Cátedra de Prima de Medicina, que ya desde 1761 le había sido ofrecida por el Rector León y Herrera, prefiriendo conservar su libertad para el ejercicio de la profesión en la ciudad y en el campo y para iniciarse en las inmensas labores que le esperaban en la Expedición Botánica. (A. Soriano Lleras, ibid). Por otra parte le interesaba mucho hacer progresar la cátedra de matemáticas del Colegio Mayor del Rosario, en la que se habían enseñado por primera vez en Santafé las doctrinas de Copérnico, tesis reputadas como erróneas y anticatólicas por los padres dominicanos, y se habían explicado los postulados de Newton en relación a la fuerza de gravedad y a la composición de la luz.

En forma privada se dedicó a la formación de un par de discípulos que vendrían a ser los fundadores de la medicina científica en el Virreinato: el clérigo Fray Miguel de Isla y el diácono Vicente Gil de Tejada. Su preocupación por el panorama desolador de la medicina le llevó a tomar parte activa en la elaboración de los planes de estudio, que habían sido propuestos por el fiscal don Francisco Antonio Moreno y Escandón, durante los Virreinatos de don Pedro Messía de la Zerda y don Manuel Guirior y poco después por el Arzobispo-Virrey don Antonio Caballero y Góngora, en los cuales el estudio de las ciencias naturales y de la medicina ocupaban destacado lugar.

Don Francisco Antonio Moreno y Escandón, un intelectual de altos quilates y un reformador nato, es considerado por los historiadores como el neogranadino de mayores talentos, preparación y agilidad mental de cuantos figuraron en la administración colonial de la segunda mitad del siglo XVIII. A raíz de la expulsión de los padres jesuitas de España y sus dominios de Ultramar en 1767, Moreno y Escandón fue encargado por el Virrey Messía de la Zerda para redactar un proyecto de manejo y destino de los bienes de los que se les desposeía, lo que realizó el Fiscal Moreno con el criterio de aprovechar esos bienes en beneficio de la cultura del país con el título de “Plan de ocupación de la temporalidad de la Compañía”.

Las iniciativas de Moreno y Escandón contemplaban cuatro aspectos: la reforma fundamental de los programas de educación del Virreinato mediante un plan atrevido para su época, titulado “Método provisional e interino de los estudios que han de observar los colegios de Santa Fe por ahora, y hasta tanto que se erige Universidad pública, o Su Magestad dispone otra cosa”; la iniciación de la Universidad Pública; la fundación de los Reales Hospicios, y el establecimiento de la Real Biblioteca Pública. De estos programas solamente tuvo éxito la creación de la Biblioteca Pública, con una dotación inicial de 4.182 libros, ya que la iniciación de la Universidad Pública y las reformas de la educación se vieron dilatadas al no aprobarse como se hubiera deseado el plan propuesto por Moreno y Escandón.

Posteriormente, el Fiscal Moreno fué comisionado por el Virrey don Manuel Guirior para elaborar un concreto y moderno programa de estudios que no tuviera en cuenta los establecimientos de segunda enseñanza, que habían dirigido los padres jesuitas, y otros centros de instrucción de igual carácter que con la Pragmática habían dejado de existir. En este programa se contemplaba la conservación de las facultades de teología y jurisprudencia y se posponía la de medicina hasta que se pudiera organizar en forma debida esta rama del saber humano. Moreno rechazaba tomar partido en la enseñanza, para evitar el escolasticismo “que se intentaba desterrar como pestilente origen del atraso y desórdenes literarios, porque siempre que hubiese aligación a escuela o a determinado autor, ha de haber parcialidades, preocupándose los entendimientos no en descubrir la verdad, para conocerla y abrazarla, sino aun sostener contra la razón su capricho”; aconsejaba que se adoptase en filosofía el eclectisismo, particularmente en la física, que debía adelantarse a base de observaciones y experiencia. Sus programas fueron aceptados por el Virrey, por el sabio Mutis y por don Félix de Restrepo y fueron reprobados rotundamente por el Consejo de Indias. Sin embargo, la reprobación definitiva impartida por los Consejeros de la Corona tardó dos años en producirse y ya para entonces los buenos resultados eran en extremo favorables para el Virreinato de la Nueva Granada. Posteriormente, el Arzobispo-Virrey Caballero y Góngora también se mostró partidario de una reforma completa de los sistemas educativos vigentes a los que consideraba inadecuados e inoperantes.

En la Relación de Mando sobre el estado del Nuevo Reino de Granada que hace el Virrey Caballero y Góngora, obispo de Córdoba, dirigida a su sucesor, don Francisco Gil y Lamus y fechada el 20 de febrero de 1789, señala lo siguiente: “Cuando tomé las riendas del Gobierno a mi cuidado, mis primeros pasos fueron lentos y muy pausados, como de quien caminaba sobre ruinas y escombros y ponía la mano sobre una llaga apenas cicatrizada. Con todo, me valí del mismo desorden y confusión, para introducir novedades convenientes y sedimentar más oportunamente los varios Cuerpos del Estado…. Convertí todo mi cuidado en el establecimiento de empresas útiles abandonadas, a la ejecución de importantes proyectos largamente meditados y jamás verificados, al fomento de un Reino en que la naturaleza reunió cuanto hay de más precioso en los dominios del Rey, y aun singu-larizó con riquísimas producciones exclusivamente suyas”. (F. Posada y P.M. Ibáñez. “Relaciones de Mando”. 1910).

En su Relación de Mando, Caballero y Góngora critica acerbamente la forma como los misioneros intentaban educar a los indígenas en los principios de la religión católica y pide que se busquen otros métodos más afines a las inclinaciones de la naturaleza humana. Señala que se deben aprovechar “los momentos en que obligados los indios de la necesidad, o movidos alguna vez de esta propensión natural del hombre a vivir en sociedad, salen a buscar a nuestros Misioneros. Sígase el hilo de estos esfuerzos de su oscura racionalidad y no se trate sino de hacerles gustar las comodidades y ventajas que proporciona la vida civil y política; aprendan nuestra lengua y costumbres; salgan de ser brutos y empiecen a ser hombres, y elévense después a ser cristianos…. Aquellas almas embrutecidas no se hallan en condiciones de conocer las sublimes verdades del Cristianismo: es necesario disipar las tinieblas en que están sumergidas, por medio de ideas y conocimientos análogos a su actual situación, y conducirlas como por grados hasta la luz del Evangelio”. (F. Posada et al., ibid).

Pero el interés del Arzobispo-Virrey no se limitó a indicar la necesidad de la educación de los indígenas, que como lo expresa en su Relación de Mando, “están prontísimos y siempre dispuestos para sus bailes, juegos y funciones, entregados a la ociosidad, a la que ayuda la fertilidad del país, bastándoles muy poco trabajo para satisfacer sus cortas necesidades”. Se interesa también en solucionar el problema de que a pesar del crecimiento de la población, “sólo crece el número de tan inútiles vasallos, que a largos pasos se van precipitando en la misma barbarie de sus primeros habitantes”.

El Virrey va más adelante y considera de máxima importancia la instrucción de la juventud, para lo cual propuso el establecimiento en Santafé de la Universidad Pública mediante un bien diseñado plan de estudios. “Todo el objeto del plan, dice el Virrey, se reduce a sustituir las útiles ciencias exactas en lugar de las meramente especulativas, en que hasta ahora lastimosamente se ha perdido el tiempo; porque un Reino lleno de preciosísimas producciones que utilizar, de montes que allanar, de caminos que abrir, de pantanos y minas que desecar, de aguas que dirigir, de metales que depurar, ciertamente necesita más de sujetos que sepan conocer y observar la naturaleza y manejar el cálculo, el compás y la regla, que quienes entiendan y discutan el ente de razón, la primera materia y la forma sustancial”. (F. Posada et al., ibid).

| Muy posiblemente el Arzobispo-Virrey Caballero y Góngora, sus antecesores los virreyes Guirior y Flórez y el señor Moreno y Escandón, habían leído los escritos del padre benedictino don Benito Feijóo, eminente hombre de ciencia español, quien había dicho en relación a su país: “Mientras en el extranjero progresan la física, la anatomía, la botánica la geografía y la historia natural, nosotros nos quebramos la cabeza y hendimos con gritos las aulas sobre si el ente es unívoco o análogo, sobre si trascienden las diferencias, sobre si la relación se distingue del fundamento”. (P. Laín Entralgo, ibid).

Los esfuerzos de Caballero y Góngora y los de Mutis, culminaron felizmente en 1802 al ponerse en práctica el Plan de Estudios para la Medicina, casi veinte años después de la constitución de la Expedición Botánica para la América Meridional, empresa dirigida por el sabio gaditano por disposición del Arzobispo-Virrey.

En una de sus cartas al rey de España, que se conservan en el Archivo Nacional, Mutis propuso la creación de ocho cátedras para comenzar la enseñanza de la medicina y mencionó los nombres de las personas idóneas para regentarlas: para la de matemáticas, don Fernando Vergara; para las de anatomía y cirugía práctica, don Honorato Vila; para la de medicina teórica, su discípulo don Vicente Gil Tejada; para las de clínica y medicina clínica, don Miguel de Isla; para la de botánica, don Francisco Antonio Zea y para la de doctrinas hipocráticas, don Sebastián López, a quien se daba ese derecho por ser un profesor anciano. Una Cédula real de 1801, añadió el nombre de don Jorge Tadeo Lozano para la cátedra de química y mineralogía. (R. Martínez Briceño y G. Hernández de Alba. “Historia de la Medicina Colombiana”. 1966). Debe señalarse como hecho importante que don Miguel de Isla y don Vicente Gil Tejada eran médicos bien impregnados de las doctrinas vitalistas a través de la lectura de las obras de Boerhaave y practicaban la medicina de acuerdo a esas doctrinas.

Mutis tenía bien claras sus ideas acerca de la formación del profesional de la medicina. Basado en los principios fundamentales enunciados casi doscientos años atrás por fray Cristóbal de Torres, afirmaba con certidumbre: “Si el médico debe comenzar por donde acaba el físico, es consiguiente que al estudio de la filosofía suceda el de la medicina”. En consecuencia, pedía “el estudio previo de la filosofía natural que comprende las ciencias matemáticas y físicas. Al médico que careciera de esta necesaria instrucción le sería imposible penetrar los profundos arcanos que ocultan las funciones de la economía animal ni comprender en lo posible los admirables designios a que se dirigen la organización y mecanismo de la mejor máquina del universo, cual es el hombre, para cuya inteligencia y aplicación se ha reclamado también el auxilio de estas ciencias”. (R. Martínez Briceño et al., ibid). Mutis muestra la influencia de las doctrinas mecanicistas cartesianas del hombre como máquina, ideas que habrían de ser cambiadas después por sus discípulos por las doctrinas vitalistas consideradas como más modernas, más adecuadas y avanzadas.

En los estudios preparatorios para el Curso Médico, Mutis señalaba la necesidad de que el futuro médico “tuviera la suficiente instrucción en el idioma latino y algún conocimiento del griego. La filosofía racional, que incluye la lógica y la ética, se han considerado siempre necesarias para cualquier facultad mayor. La inteligencia de las lenguas vivas, inglesa, italiana y principalmente francesa, que sirven de ornamento a cualquier literato, sería incomparablemente más útil al médico, por hallarse publicadas en ellas los progresos más recientes de la Medicina y de las otras Ciencias Naturales, sus auxiliares”. (R. Martínez Briceño et al., ibid).

El ambicioso proyecto que Mutis logró llevar a la práctica, comprendía cinco años de teoría y tres de práctica, después de los cuales los estudiantes podían obtener la llamada “licencia de curar”. Sucesivas modificaciones al plan de estudios contribuyeron a mejorarlo y hacerlo más adecuado a las necesidades crecientes de la medicina de la época.

Llama la atención la amplia visión humanística del sabio gaditano. El médico concebido por Mutis no debía ser formado con exclusividad en las ciencias relacionadas directamente con la medicina. Debía tener además bases muy firmes en ética y en filosofía general a la par que buenos conocimientos de idiomas antiguos y modernos. El médico, para Mutis y sus colaboradores y discípulos, debía tener una formación y unos conocimientos que llegaran más allá de lo que la medicina misma podía ofrecerles, y en ese sentido, al igual que los griegos de la antigüedad y los árabes del siglo XII, pensaba que el sólo conocimiento de la medicina producía practicantes de la profesión pero no médicos en el sentido cabal de la palabra. Los médicos que se formaran en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario debían poseer bases humanísticas suficientemente fuertes y adquirir además conocimientos científicos avanzados en el campo de su profesión. A estas ideas, añadirían algunos de sus discípulos, en especial el doctor José Félix Merizalde, la conveniencia de que los profesionales rosaristas tuvieran también conocimientos amplios de la historia, tanto de la profana como de la sagrada y que no ignoraran la historia y evolución de la profesión médica.

Entre los discípulos de Mutis figuraron muchos de los que habrían de ser figuras sobresalientes de la medicina nacional en la primera mitad del siglo XIX. La lista de alumnos rosaristas, al decir de Martínez Briceño y Hernández de Alba, “constituye el mejor elogio de la responsabilidad científica de los estudios médicos realizados en el Colegio Mayor del Rosario, en los primeros lustros del siglo XIX, en medio de la incertidumbre de la guerra de la independencia, los trágicos días del terror y los fallidos ensayos oficiales por establecer una escuela de medicina autónoma, proyecto triunfante finalmente al organizarse la República”. Entre ellos se destacaron los siguientes profesionales: José María Valenzuela, José Fernández Madrid, José Félix Merizalde, Ignacio Durán, Gregorio Posada, Pedro Lasso, Miguel Ibáñez, Joaquín Cajiao, José María Fernández de Córdoba, Federico Rivas, José Joaquín García, Benito Osorio, Joaquín Maldonado, Rafael Flórez, José María Unda, fray Antonio Macari, Miguel Domínguez, Esteban Quintana, Joaquín Durán, Juan Pardo, José Joaquín Sánchez, Isaac Calvo, Joaquín Moya, Juan Gualberto Gutiérrez, Francisco Antonio Mendoza y Jorge Vargas, para mencionar sólo unos cuantos. (R. Martínez Briceño et al., ibid).

Fue de tal importancia la formación humanística de los médicos del Colegio Mayor del Rosario, que en el año de 1817 el doctor Pablo Fernández de la Reguera, médico y ciru-jano, químico y boticario mayor del Ejército Expedicionario del Pacificador don Pablo Morillo, siguiendo las órdenes del brigadier don Juan Sámano, en ese entonces Goberna-dor militar y político de la provincia, estableció en Santafé una Real Academia que lleva-ba los nombres del rey Fernando VII y de la reina doña Isabel Francisca de Braganza, en la cual se dieran conferencias al público sobre temas de interés en medicina y cirugía.

Llama la atención la calidad de los temas escogidos por muchos de los conferenciantes, rosaristas casi todos ellos, que se salían del campo estrictamente médico para pasar al terreno de la filosofía: Qué es la vida?, Qué es la muerte?, Qué es el dolor?, Qué es la enfermedad?. Esa Real Academia, precursora de nuestra Academia Nacional de Medicina, tuvo vida efímera y desapareció al triunfar las armas patriotas en la batalla de Boyacá. (R. Martínez Briceño et al., ibid).

Organizada la República, se prestó máximo interés al fomento de la instrucción pública y de los estudios médicos. El Libertador Bolívar, y muy especialmente el general Santander, facilitaron la importación de libros y enciclopedias científicas e insistieron además en invitar a prominentes profesionales europeos para que vinieran al país a dar nuevos impulsos a las ciencias en general y a la medicina en particular. Los médicos extranjeros, no muy bien recibidos por sus colegas en Santafé, ayudaron sin embargo a fomentar las discusiones, muy en boga a la sazón en Europa, sobre las doctrinas vitalistas y mecanicistas y la forma de aplicarlas en el ejercicio de la medicina.

El paso inicial de Mutis y sus discípulos estaba dado y en adelante sólo se necesitaba del avance lento y difícil de una medicina que aún carecía de las bases científicas que años después se dieron en Europa con los desarrollos de la fisiopatología y la anatomía patológica y con el descubrimiento de los microorganismos y su papel en la génesis de las enfermedades infecciosas. Cuando se leen las publicaciones científicas de la época y se analizan sus historias clínicas elaboradas con todo rigor, se comprende la verdad del primer aforismo de Hipócrates que dice: “La vida es breve y el arte es extenso; el instante propicio es fugaz; la experiencia es insegura y el juicio es difícil”.

En los albores de la medicina científica del Nuevo Reino de Granada, al igual que en otras épocas y en otras culturas, el espíritu humanista perdurable a través de los tiempos, y entendido como lo expresara Terencio en su célebre aforismo ya mencionado, “Nada de lo humano me es ajeno”, impregnó la concepción de nuestros antecesores sobre una medicina integral al servicio del ser humano afligido. Una medicina que tomara en cuenta no sólo el hecho mismo de la enfermedad sino al Hombre afectado por ella, con todos sus sentimientos, todas sus esperanzas y todos sus temores, y en la cual, la caridad y la compasión se unieran a una impecable preparación científica de los médicos para lograr el mayor beneficio del enfermo. Una nueva medicina, técnicamente adecuada, pero sobre to-do una medicina humanizada.