Los Estados Unidos de América

En los Estados Unidos de Norteamérica, en el siglo XIX, sólo existían tres escuelas de medicina, una de las cuales era la de la Universidad de Harvard. En ella se presentaron cambios notables en la profesión que culminaron en 1870 con la reforma de la Universidad, cuando, como lo señala Sir William Osler, las autoridades universitarias de Harvard comenzaron a darse cuenta de que la medicina representaba un gran departamento del saber que debía cultivarse como ciencia y fomentarse como arte.

La formación de los médicos en el siglo XIX, se hacía en las Universidades sin que por ese hecho el curanderismo llegara a desaparecer. Helmholtz había afirmado: “La medicina será ciencia natural o no será nada”, y de acuerdo a esa consigna se organizó un curriculum de estudios universitarios en el cual la física y la química eran materias consideradas como básicas, de igual forma que el estudio práctico de la anatomía. Las salas de disección reemplazaron los anfiteatros anatómicos y la “conferencia clínica” como género didáctico alcanzó su máximo prestigio. Se estableció con claridad la diferencia entre la clínica médica y la quirúrgica, a lo cual siguió, poco tiempo después, la enseñanza de la pediatría y de la obstetricia. Aparecieron los Institutos de Investigación y las revistas médicas comenzaron a tener gran difusión. Finalmente, se estableció el sistema de Congresos Nacionales e Internacionales, foros en los cuales se podían exponer y discutir los diversos avances del saber.

En algunas Universidades, médicos humanistas de la talla de Sir William Osler, aconsejaban a sus discípulos que adquieran una “formación interior”, es decir una formación humanística, además de obtener en forma adecuada los conocimientos médicos necesarios para la práctica de la profesión. Sobre las bibliotecas médicas, Osler solía decir: “Los libros han constituido mi encanto ya va para treinta años, y de ellos he recibido beneficios incalculables. Estudiar los fenómenos de la enfermedad sin libros, equivale a navegar por un mar sin cartas marinas, mientras que estudiar libros sin enfermos equivale a no embarcarse”. Para la formación humanística de sus discípulos aconsejaba que durante los años de estudio los estudiantes dedicaran media hora diaria a la lectura de los siguientes libros: La Biblia, las obras de Shakespeare y Montaigne, el Quijote de Cervantes, las Vidas Paralelas de Plutarco, las Meditaciones de Marco Aurelio y algunas de las obras de Emerson y de Oliver Wendell Holmes. (W. Osler, “Aequanimitas”. 1942).

Las conferencias médicas del sabio profesor fueron recogidas en un volumen titulado “Aequanimitas”, término extraído de la República de Platón, e inmortalizado por Osler en su Conferencia Valedictoriana ante la Universidad de Pennsylvania del primero de mayo de 1889, para significar el estado de alma y la doctrina fundamental que debe imbuir la vida del médico. Sus escritos, incluidos en “Aequanimitas”, están frecuentemente salpicados con citas de autores griegos y latinos y de filósofos y literatos de siglos posteriores. Al despedirse de Norteamérica para regresar a Inglaterra, su país de origen, Osler le dijo a sus discípulos: “Durante mi estancia entre vosotros no he amado las tinieblas, torcido la verdad, abrigado engaños o tolerado temores”. Y regresó al país de donde había venido después de dejar establecida en los Estados Unidos la medicina interna a la que dedicó los mejores años de su vida fructífera.

En el ejercicio formal de la profesión médica en la Europa de la primera mitad del siglo, y especialmente en Inglaterra, existían dos maneras de pensar sobre la práctica de las profesiones: algunos apoyaban el control del ejercicio mediante licencia obligatoria para todas las profesiones sanitarias, incluida la medicina, en tanto que otros preferían no exigir requisito alguno, dejando libre la posibilidad de escoger entre las distintas alternativas. Los políticos progresistas creyeron que la regulación legal de la profesión llevaría consigo al predominio de la profesión médica frente a las demás, en tanto que los conservadores pedían como control que sólo los cuerpos oficiales pudieran determinar quién estaba capacitado para tratar a la población.

A mediados del siglo se estableció en los Estados Unidos la American Medical Association, que aunque no logró alcanzar fuerza real sino hacia finales del siglo, además de ser la más importante defensora de la educación médica, luchó por el establecimiento de un código de ética profesional, promovió medidas de salud publica e intentó imponer un status profesional para los médicos. Las influencia de esta Organización en todo el mundo ha sido de la mayor trascendencia desde entonces.

A finales del siglo XIX, cuando se conocía mejor la fisiopatología y se habían descubierto los microorganismos responsables de múltiples enfermedades, lo que permitía que la medicina pudiera actuar sobre bases más razonables, y en razón a que el nivel de vida de los norteamericanos había mejorado en forma apreciable, la medicina americana se hizo más profesional y las especializaciones médicas fueron adquiriendo perfiles más claros y científicos. Su influencia habría de sentirse en forma importante en los países de América Latina a partir de mediados del siglo XX. Hechos similares a los ocurridos en América del Norte en el siglo XIX se presentaron también en los principales países de Europa y contribuyeron al mejor desarrollo de la profesión en esas latitudes.

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