Medicina Europea en el Siglo XIX

Una de las figuras más importantes de la medicina francesa del siglo XIX fue Claude Bernard quien en su “Introducción al estudio de la medicina experimental” fijó las normas para los futuros investigadores. Bernard fue un acérrimo defensor de la objetividad, tal como lo expresó en su consejo a sus discípulos: “Cuando entres al laboratorio, deja fuera tu imaginación como dejas tu abrigo”. Claude Bernard, entre otros de sus conceptos principales, estableció el principio de la homeostasis según el cual, “el medio interno” se mantiene constante en los animales de sangre caliente, y señaló que los mecanismos fisio-lógicos resisten a cualquier factor externo que tienda a producir alteraciones en dicho estado interno. A su muerte, ocurrida en París en 1878, se le rindieron los honores públicos que habitualmente sólo están reservados a las celebridades de la política y de la guerra.

Entre tanto, en Alemania se desarrollaban algunas de las más importantes teorías de la biología moderna. Se sabía que las plantas y los animales estaban formados por comunidades de células y que cada una de éstas tenía una existencia independiente, pero fue a Rudolf Virchow, eminente patólogo y hombre público, a quien correspondió formular la hipótesis de que toda célula proviene de otra anterior y construir una teoría general de la enfermedad conocida como “patología celular”. Allí se originaron los estudios acerca de la histología, la embriología y la genética, trabajos precursores de la moderna biología molecular de nuestros días. Pero además de patólogo, Virchow era un político de alto nivel interesado en los cambios sociales que por entonces se efectuaban en Alemania; consideraba que “la medicina era una ciencia social y que la política no era otra cosa que la medicina en gran escala”. (P. Laín Entralgo, ibid).

Finalmente, deben destacarse dos hechos importantes en la medicina del siglo XIX: El primero de ellos fue la fundación de la Cruz Roja Internacional, debida al banquero suizo Jean Henri Dunant, quien después de visitar el campo de batalla de Solferino, luego de la cruenta lucha de las tropas francoitalianas contra los austríacos, pensó en la necesidad de crear una asociación de carácter humanitario, independiente de los gobiernos y de la política, que sirviera tanto a los combatientes heridos como a población civil afectada por las guerras. Su libro, titulado “Un recuerdo de Solferino”, publicado tres años más tarde, constituyó un verdadero reto para los líderes políticos y sirvió a Víctor Hugo, a los hermanos Goncourt y a Ernesto Renán, para pregonar el humanitarismo internacional. Esta Organización internacional, que rápidamente se extendió por el mundo entero, recibió el primer Premio Nobel de Paz en 1901.

El segundo hecho de importancia en el siglo XIX, fue el desarrollo de la enfermería, gracias a la nobleza y al esfuerzo infinito y bondadoso de Florence Nightingale. Los soldados heridos en la guerra de Crimea decían en el campo de Escutari: “Yacíamos allí por centenares, pero podíamos besar su sombra que se proyectaba sobre nuestras cabezas, y descansábamos tranquilos”. Su frase favorita era la siguiente: “El arte de la enfermería consiste en atender al enfermo, no a la enfermedad. Esta es la razón por la cual la única forma de aprender enfermería, es junto a la cama del paciente o en los pabellones de enfermos. Las clases y los libros son accesorios de valor”. Después de la guerra fundó la primera escuela inglesa de enfermería con la colaboración del Hospital de Santo Tomás en la ciudad de Londres. Falleció en 1910 después de una vida fecunda caracterizada por el amor a sus semejantes y una dedicación apostólica integral y sin igual para servir a los enfermos. (P. Laín Entralgo, ibid).

En la medida en que la medicina se iba haciendo más técnica, la sociedad esperaba del médico la curación de las enfermedades, la prevención de las mismas y un cierto conocimiento del hombre. Esta triple expectativa se fue intensificando a lo largo del siglo porque el médico curaba mucho más y con mayor seguridad, ampliaba las posibilidades de prevenir las enfermedades y había alcanzado saberes antropológicos que se extendían, desde la citología y la bioquímica del organismo humano, hasta la psicología. En consecuencia, empezó a prosperar de manera ostensible el status del médico en una sociedad que confiaba en él y se sentía ayudada por él. La medicina que se practicó en ese siglo fue fundamentalmente de carácter privado aunque los médicos se vinculaban tambien a los hospitales públicos, sin cobrar honorarios, especialmente si tenían el carácter de universitarios; fueron ellos centros de salud en los que el trabajo de tiempo parcial del médico no era remunerado con dinero, ya que representaba para el profesional prestigio y permanentes oportunidades de aprender y de enseñar sus conocimientos. Esta modalidad de ejercicio se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX cuando la medicina socializada y la tecnológica irrumpieron vigorosamente en el campo de la práctica de la profesión y la modificaron en forma sustancial.

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