La Ciencia en el Siglo XIX

El mundo científico del siglo XIX presenció avances de importancia en el desarrollo de ciencias físicas como la astronomía, en el perfeccionamiento de la mecánica clásica, en la elaboración de la teoría cinética de los gases, y en el campo de la electricidad y de las radiaciones, que culminaron con el descubrimiento de la radioactividad por Henri Becquerel en 1896. En esa época se inició la declinación de la física clásica y aparecieron nuevos conceptos que conducirían a la teoría de la relatividad de Einstein, entre 1905 y 1915, a la mecánica quántica de Planck, y a la postulación del principio de incertidumbre por Werner Heisenberg en 1928. La química tuvo adelantos importantes al formularse hipótesis que permitían explicar la dinámica interna de sus combinaciones; posteriormente, el desarrollo de la química orgánica y el de la físicoquímica permitieron unificar la ciencia química con el saber físico general.

Fue en el campo de la biología en donde se produjeron los mayores descubrimientos, que condujeron a controversias apasionadas que cien años más tarde no han cesado en presentarse. A comienzos del siglo, Cuvier había clasificado al hombre en el primer orden de los mamíferos y lo había descrito en sólo veinte páginas de su obra como una simple especie zoológica. Años más tarde, Etienne Geoffroy SaintHilaire, miembro de la expedición científica que Napoleón llevo a Egipto, concibió la evolución de los mamíferos a partir de los peces, y fue el primero en aplicar el término “evolución” a la aparición de nuevas especies, vocablo que antes solamente se relacionaba con el desarrollo embrionario de los individuos.

En 1809, Jean Baptiste de Monet, caballero de Lamarck, en su célebre obra “Filosofía Zoológica”, dio comienzo a la doctrina biológica del evolucionismo o transformismo, al afirmar que las especies animales proceden unas de otras por obra de tres mecanismos que sintetizó en leyes: la influencia del medio, la ley del uso y el desuso, y la herencia de los caracteres adquiridos.

A esta teoría evolucionista, se añadieron las postulaciones del naturalista Alfred Russell Wallace, quien además de buen conocedor de las ciencias naturales era espiritualista y había publicado un controvertido libro sobre el espiritismo, teoría filosóficoreligiosa muy en boga en ese entonces, en el que sostenía la evolución espiritual de los seres humanos a través de las vidas sucesivas. Sus ideas evolucionistas en el campo de las ciencias naturales, fueron consignadas en una breve monografía de 1858 titulada, “Sobre la Tendencia de las Variedades a separarse del tipo original”. Al igual que Darwin, Wallace, había leído a Malthus y había reflexionado sobre “los controles positivos del crecimiento” señalados por ese autor. Se preguntó entonces, según su relato de 1858, en “por qué mueren algunos seres y otros viven” y su respuesta fue muy clara: “Vivían los mejor dotados; escapaban de los efectos de la enfermedad, los más sanos; huían de los enemigos, los más fuertes, rápidos y astutos; se defendían del hambre los mejores cazadores o los que digerían mejor los alimentos. Entonces, dice Wallace, se me ocurrió de repente que éste proceso automático necesariamente habría de mejorar la raza, porque de cada generación inevitablemente morirían los inferiores y quedarían los superiores, es decir, que sobrevivirían los mejor dotados”.

Pero, el verdadero triunfo del evolucionismo biológico sólo se produjo al año siguiente con la aparición de un libro decisivo en la historia del pensamiento humano, “The Origin of Species” de Charles Darwin, seguido doce años más tarde por otro no menos importante, “The Descent of Man”. El evolucionismo darwiniano puede sintetizarse en tres tesis principales: Todas las especies vivientes proceden de la paulatina transformación de otras que les son anteriores; esa transformación tiene su causa en la lucha de los individuos por la existencia y en la supervivencia de los más aptos; y finalmente, los caracteres morfológicos y fisiológicos adquiridos se transmiten por herencia a los descendientes.

Darwin había utilizado la metodología seguida por su amigo y mentor, el profesor Lyell, en el campo de la geología y los principios del método experimental enunciados por Bacon. En relación a sus doctrinas biológicas se expresó de la siguiente manera: “Pronto me di cuenta de que la selección era la piedra angular del éxito obtenido por el hombre a la hora de conseguir razas útiles de animales y plantas. Pero el cómo podía aplicarse la selección a organismos que sobrevivieran en estado natural siguió siendo un misterio para mí durante algún tiempo. En octubre de 1838, es decir quince meses después del comienzo de mi estudio sistemático, leí casualmente y por gusto el “Ensayo sobre el principio de la población” de Malthus, y estando preparado para apreciar la lucha por la existencia que se libra en todas partes, gracias a las largas observaciones de los hábitos de los animales y de las plantas, se me ocurrió de inmediato que bajo estas circunstancias las variaciones favorables tenderían a ser conservadas y las desfavorables a ser destruidas. Ello daría como resultado la formación de especies nuevas”. (V. Blackmore. “Evolution. The Great Debate”. 1989).

Wallace y Darwin habían llegado a conclusiones idénticas en relación a la evolución de las especies y expresaron sus puntos de vista con palabras similares. Sus trabajos de investigación fueron presentados simultaneamente en una sesión de la Royal Society de Londres, lo que condujo posteriormente a agrias e intensas discusiones entre los evolucionistas que se iban constituyendo en grupo sólido y los tradicionalistas, enemigos de la evolución, que no veían con buenos ojos el cambio tan definitivo de sus paradigmas.

El prestigio científico y popular del darwinismo fue estruendoso. Como lo ha señalado Laín Entralgo, la idea de la lucha por la existencia, sugerida por los escritos del economista Malthus, pertenecía a los presupuestos vitales de la victoriosa y dominante burguesía, y la doctrina de un origen “natural” y “científicamente explicable” de las especies pareció ser una respuesta decisiva de la ciencia al relato tradicional del Génesis. “Se formó así, no sólo una biología sino una antropología, una ética, una sociología, y una historiología de cuño darwinista; y aunque el nivel científico de los adversarios del transformismo fuese muy considerable, la virtualidad esclarecedora de la doctrina del pensamiento darwiniano y el esforzado entusiasmo de sus adeptos, logró hacer de aquél, en las postrimerías del siglo XIX, una suerte de credo universal”. (P. Laín Entralgo, ibid).

Decenas de científicos han estudiado y modificado desde entonces las ideas de Darwin. En las controversias planteadas, han tomado parte naturalistas, hombres de ciencia, filósofos, estudiosos de la ética, y políticos de distintas vertientes, desde los acérrimos defensores materialistas del darwinismo hasta los belicosos fundamentalistas, que en nuestros días, han llegado a exigir legalmente, en algunos estados de los Estados Unidos, la enseñanza obligatoria de la creación tal como aparece relatada en el Génesis.


La evolución de la sociedad y los cambios de la cultura en la Edad Moderna que hemos venido relatando, tenían naturalmente que reflejarse en el desarrollo y las características de la medicina de la época que no podía sustraerse a sus influencias permanentes. En las primeras décadas del siglo XIX, la profesión de la medicina continuó practicándose de acuerdo a los logros obtenidos en siglos anteriores, pero su evolución se vio modificada por dos hechos paradigmáticos que dieron un vuelco total a las ideas que se tenían sobre la etiología de las enfermedades y sobre el tratamiento y prevención de las mismas. Los nuevos paradigmas fueron el descubrimiento de los microorganismos como agentes causales de la enfermedad, y el desarrollo y aplicación práctica de la anestesia. Estos nuevos hechos tendrían a su vez repercuciones importantes en el pensamiento de intelectuales y filósofos.

Antes del establecimiento de los paradigmas de Pasteur y Koch, estaba muy extendida la idea de que la vida procedía de la sustancia inanimada y que los gusanos que se encontraban en materias en descomposición se originaban en la fermentación y la putrefacción de las mismas y se producían por generación espontanea; esta idea estaba muy arraigada en el pensamiento científico. Hacia 1661, el sacerdote jesuita Kircher, utilizando un microscopio imperfecto de su época, había hablado de formas imperfectas de vida observables en carnes y quesos putrefactos. Cuatro años después, el mercader de telas Antonio van Leeuwenhoek, perfeccionó los lentes de los microscopios para observar “pequeños animánculos” en el agua de la lluvia, la saliva y el contenido intestinal. Pero fue Louis Pasteur, químico de las Universidades de Estrasburgo y de París, quien en 1867 y en forma simultánea, demolió la creencia en la generación espontánea; explicó la efectividad de la asepsia preconizada en las parturientas por Ignaz Semmelweis en el siglo anterior y la de la antisepsia de John Lister; y finalmente, al establecer el origen bacteriano de algunas enfermedades como el carbón bacteridiano, sentó las bases para su futura prevención y tratamiento.

Robert Koch, a su vez, demostró el origen bacteriano de la tuberculosis y el cólera, y siguiendo a Henle, estableció los requisitos, hoy llamados postulados de Koch, necesarios para demostrar que un microorganismo es la causa de una enfermedad. La tuberculosis fue la enfermedad más temida del siglo XIX. Durante todo el siglo, pero sobre todo en sus décadas románticas, fue el prototipo de la “enfermedad que distingue y mata”, como quedó plasmado en dos resonantes novelas: “La Dama de las camelias”, de Alejandro Dumas hijo, publicada en 1848, y “La Montaña Mágica”, de Thomas Mann, de 1924.

A esa pléyade de hombres ilustres en el campo de la microbiología siguieron otros que continuaron la investigación de los orígenes microbianos de muchas enfermedades e iniciaron los estudios de los agentes antimicrobianos. Paul Ehrlich, a la cabeza de ellos, encontró la forma de tratar la sífilis mediante arsenicales sintéticos. Este tipo de investigaciones y hallazgos, habría de culminar en el presente siglo con el descubrimiento de los los antibióticos del tipo de la penicilina, aislada por los doctores Sir Alexander Fleming y William Florey, y de la estreptomicina, obtenida mediante los brillantes estudios de Waksman.

La cirugía de comienzos del siglo XIX avanzada lentamente limitada por las devastadoras infecciones postoperatorias. Estas comenzaron a controlarse gracias a los sistemas de asepsia y antisepsia señalados atrás y al conocimiento de los agentes microbianos que las causaban. Pero existía otra limitante para la cirugía: la incapacidad de controlar el dolor, a pesar del uso de agentes analgésicos, hipnóticos y narcóticos como los opiáceos y otras plantas y del empleo del alcohol, que sin embargo no producían en el paciente el sueño profundo que permitiera un margen de seguridad suficiente con el cual evitar el exceso de velocidad en las maniobras operatorias. Se conocía la existencia del óxido nitroso o gas de la risa, empleado jovialmente en reuniones sociales; se sabía de los efectos del éter y del cloroformo, pero no se les había utilizado en la práctica médica. Los dentistas Horace Wells y William Morton, de la ciudad de Boston, fueron los primeros en emplear científicamente el cloroformo, y en modificar de un tajo, paradigmáticamente y en forma humana y segura, los procedimientos quirúrgicos utilizados hasta entonces.

El siglo XIX estuvo señalado por el comienzo de la medicina científica. Bichat en París hacia 1801, situó el asiento de la enfermedad, no en los órganos sino en los tejidos o material de que estaban compuestos éstos, y dio un ímpetu extraordinario a la investigación de la patología. El descubrimiento del arte de la auscultación por Laennec, en virtud del cual, por medio de las alteraciones de los ruidos normales del tórax podían reconocerse varias enfermedades del corazón y los pulmones, dio gran impulso a la investigación clínica. Laennec, tenía la ventaja de ser músico, además de médico, lo que le sirvió para su clasificación de las características de los ruidos del corazón y del pulmón tanto en estado normal como patológico. Como se mencionó antes, conducía las sesiones de revisión de sus enfermos en un espléndido latín, lengua que consideraba que todo médico debía conocer adecuadamente.

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