El Siglo XVIII en España

En España, el siglo XVIII fue de gran importancia para la medicina y estuvo caracterizado por el desarrollo vertiginoso de una serie de cambios en el pensamiento y en la acción del gobierno de la península y de los intelectuales españoles. Las políticas que habían imperado durante el reinado de Felipe II, que condujeron al aislamiento de España durante más de dos siglos, se modificaron con el advenimiento al trono español de Carlos III, cuyas reformas fueron de gran impacto tanto en su país como en los territorios españoles de ultramar. La llegada al poder de este monarca borbón, sometido a las influencias italianas y francesas de mediados del siglo XVIII, se señaló por la disminución del poder de los nobles y el ascenso a las plazas vacantes del Consejo de Castilla de personas de mérito, procedentes de la clase media y educadas en las universidades, al margen de los colegios mayores que habían llegado a convertirse en cotos cerrados de la aristocracia. El atentado más serio contra los privilegios de los nobles tuvo lugar en 1771 con la creación de la orden de Carlos III, que venía a igualarse con las grandes órdenes militares del reino, para ingresar a la cual se suavizaban tanto las pruebas genealógicas de entrada, que en la práctica sólo se necesitaba la limpieza de sangre, es decir, no tener ascendencia ni de moros ni de judíos. (P. Voltes. “Carlos III y su tiempo”. 1964).

Mediante una Pragmáticasanción fechada el 27 de febrero de 1767, el rey había expulsado de España y sus dominios a la Compañía de Jesús, mandato que debía cumplirse en el Virreinato de la Nueva Granada a partir del primero de agosto de ese año. En la parte pertinente del Decreto dice el monarca: “Estimulado de gravísimas causas, relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi real ánimo….he venido a mandar se extrañen de todos mis dominios de España, Indias e Islas Filipinas y demás adyacentes, a los religiosos de la Compañía, así sacerdotes como coadjutores o legos, que hayan hecho la primera profesión y a los novicios que quisieran seguirles; y que se ocupen todas las temporalidades de la Compañía en mis dominios….”. (P. Voltes, ibid).

En el campo de la enseñanza universitaria, Carlos III, en 1771 dictó dos Cédulas reales destinadas a lograr una rigurosa reorganización de los colegios mayores. La agitación que se produjo fue enorme. Los colegiales de Salamanca hicieron una procesión fúnebre en la que se representaba el entierro de los cuatro colegios de aquella ciudad. Tanto los colegios como sus patronos intentaron estorbar la obra del soberano señalándole escrúpulos de conciencia, pero el monarca se mantuvo firme durante seis años y manifestó que su conciencia estaba tranquila y que no cejaría en sus esfuerzos por lograr la completa reforma que eliminara los abusos que hasta entonces se habían cometido en los colegios mayores.

La reforma universitaria de Carlos III fue paralela a cambios en la administración pública, en la economía y en la agricultura, desarrollados mediante legislaciones de avanzada que, sin embargo, no en todos los casos produjeron los resultados apetecidos. El interés del monarca por la cultura se había manifestado ya cuando, siendo rey de Nápoles, había iniciado las excavaciones de Pompeya y Herculano lo que le condujo posteriormente a ordenar los estudios arqueológicos correspondientes en las ruinas incaicas y preincaicas del territorio del Perú. Es curioso, sin embargo, que su preocupación por las culturas antiguas de América no le hubiera llevado a proteger las lenguas que se hablaban en el continente y que fuera precisamente durante su gobierno cuando se prohibió la enseñanza en lenguas vernáculas y se hiciera obligatorio solamente español.

En el caso particular de la medicina, tuvo por esa época gran importancia el libro del padre Luis Antonio Verney, titulado “Verdadero método de estudiar”, en el cual se hacía una crítica demoledora a los sistemas de enseñanza aún vigentes en Europa y se proponía para el conocimiento real de la medicina el estudio de la anatomía y la práctica hospitalaria. Como resultado concreto es menester señalar el proyecto de reforma elaborado por Mayans en Sevilla, que propendía por la modernización de los textos de estudio y la actualización del pensamiento de los médicos de la antigüedad.

Este tipo de inquietudes, fruto de la Ilustración que había llegado a España, alcanzó rápidamente al nuevo continente. Como lo señala acertadamente don José Prat: “Sorprende la simultaneidad con que aparece en Europa y en América el espíritu de las luces. En una y otra se advierte con ninguna o escasa diferencia de años que hombres ilustres, devotos de la Ilustración, trabajan diligentemente en el estudio de la naturaleza, en la aplicación de sus iniciativas al bienestar público, en la atención hacia un porvenir colectivo, fundado no en los datos tradicionales, sino en los postulados de la razón. El siglo XVIII, concluye Prat, fue una época lanzada generosa y ambiciosamente hacia el porvenir”. (P. Voltes, ibid).

Esta simultaneidad de los acontecimientos producidos en ambos mundos, trajo consigo una nueva afinidad entre América y España, paralela a las que en la misma época y ambiente propiciaron las reformas administrativas y económicas, afinidad que se hizo sentir tanto en México como en Buenos Aires, en Santafé de Bogotá, en Quito y en Lima.

A finales del siglo XVIII y a comienzos del XIX, la modernización de las facultades de medicina era ya una realidad en casi toda España y ello habría de influir decisivamente en los estudios médicos de los territorios de Ultramar. Se retornó a la tradición hipocrática de la enseñanza de la medicina, basada en la observación y en la experiencia; se aceptó la autoridad de Boerhaave, el célebre clínico de Leyden, reputado como uno de los más notables médicos que seguían la corriente vitalista y quien recogía en sus libros lo más selecto de los autores griegos y latinos y lo más reciente de los progresos de su época; se incorporó además el hospital a la enseñanza, “porque suministraba un número adecuado de enfermos para las prácticas médicas y una cantidad suficiente de cadáveres para las demostraciones anatómicas”. La producción editorial médica en España aumentó notablemente por esas épocas, lo que es trasunto de la efectividad de las reformas universitarias de Carlos III. Por otra parte, la traducción ya permitida de las obras de los médicos ingleses, franceses e italianos, puso al día a la península en los notables avances de la medicina de esos tiempos.

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