Amenaza y construcción colectiva

DIEGO MIGUEL SIERRA BOTERO

Pasado el XI Congreso Avícola y casi a punto la definición estructural de la posición negociadora de Colombia para el Alca, la avicultura colombiana entra en una nueva etapa: la construcción acelerada de su competitividad en el contexto de la economía hemisférica.

Los recorridos recientes en materias arancelaria y de negociación Comunidad Andina de Naciones, CAN, Mercosur y Area de Libre Comercio de las Américas, Alca, más allá de las discrepancias internas de las cadenas productivas, han vuelto a destacar la posibilidad de unirnos por la vía de la amenaza.

En una conversación breve sobre estas posibilidades con Luis Carlos Villegas, presidente de la Asociación Nacional de Industriales, Andi, se repitió aquel concepto que dice que en Colombia las acciones colectivas son más difíciles por nuestra poca propensión a lo colectivo, y en este caso, de cara al Alca, la posibilidad de unirnos se incrementa más por la amenaza que por la convicción.

Se repite aquí la aseveración del profesor japonés, matemático al servicio de la Universidad Nacional, citado por politólogos y prospectivistas en Colombia, que dice “que un colombiano es más inteligente que un japonés, pero que dos colombianos son menos inteligentes que dos japoneses”.

Este preludio para ligarlo al discurso de clausura el sábado 16 de noviembre en el XI Congreso Avícola en Cartagena, que llamó la atención sobre la urgencia de avanzar en los propósitos unitarios de la cadena avícola, en un desborde de las fronteras institucionales de los gremios particulares como Fenalce, Cámara de Alimentos Balanceados de la Andi, Federal, ACP y, por supuesto, Fenavi.

Pasado el XI Congreso Avícola y casi a punto la definición estructural de la posición negociadora de Colombia para el Alca, la avicultura colombiana entra en una nueva etapa: la construcción acelerada de su competitividad en el contexto de la economía hemisférica.

Por subsectores, la incubación ha sido de por sí abierto, vinculada al proceso de concentración mundial por razas y casas genéticas, con un arancel de importación bajo y en el que la tendencia pareciera orientarse hacia la concentración interna, con tres o cuatro jugadores finales, que lo mismo actuarán desde Ibagué o Piedecuesta, que desde Santiago, México, D.F. o Edimburgo.

En huevo tampoco parece hallarse el quid del futuro competitivo, pues aunque hay diferencias apreciables de tamaño entre las avícolas colombianas y las del resto, los precios finales del producto colombiano exceden los del hemisferio en 15%, aparentemente más por el mayor margen de ganancia en el exterior que por otras diferencias. No obstante, preocupa conocer los recientes negocios de Estado Unidos hacia Cuba, por US$10 millones semanales de huevo, a US$0.03 la unidad.

Donde la situación es dramática y amenazante es en pollo. Más allá del asunto de los trozos de pollo americano y su venta como segundas a muy bajo precio (lo que podría tener tratamiento de excepción por antidumping en el Alca), el pollo brasilero, con 40% menos al por mayor, amenaza el alivio arancelario de las materias primas importadas e impulsa a que los colombianos encontremos nuevos caminos en la producción nacional de maíz-soya-yuca antes de seis años.

Resolver en un número corto de años, 30 puntos de competitividad, no sólo demanda ingenio y capital, sino arrojo para integrar compañías, lograr economías de escala significativas, investigación agronómica, aparte de mucho trabajo y dedicación, más de los que se han tenido durante los primeros cincuenta años de la avicultura colombiana.

Lo colectivo, lo más difícil

De nuevo aquí, como en todo lo cívico y empresarial del país, los asuntos colectivos son más difíciles que los individuales.

Lograr un proceso exitoso en la nueva agricultura tropical de ciclo corto en maíz-soya-yuca, para disminuir 20 puntos de aquellos 30, sólo se logrará por una transformación de cadena de los interesados en Fenalce-Acosemillas-Coagro-Prosoya-Agameta-Federal-Andi-Fenavi. Lograr, además, éxitos con los entes de investigación como Corpoica, Ciat, Clayuca y Embrapa, sólo será posible en un nuevo ordenamiento de cadena, en la que las inversiones y acciones tengan por objeto disminuir significativamente el costo de producción, después de haber demostrado en Cartagena su viabilidad.

Ni qué decir del propósito colectivo por la bioseguridad y el control y erradicación del Newcastle. Esta enfermedad, de obligatorio control oficial, objeto de un plan a nueve años, mediante convenio ICA-Fenavi-Fonav, exige una revisión cuidadosa y unas acciones de diagnóstico, caracterización epidemiológica y control en campo, tal como lo hemos planteado al Ministerio de Agricultura y confiando en sacar adelante la red universitaria de laboratorios.

Por último, las acciones administrativas de control (modelos de gestión administrativa de Argentina, el software de Open Solutions, Avicotel, etc.), el esfuerzo sobre las operaciones logísticas (casi 7% del costo de producción) y la valoración de los logros ambientales, explicarían los otros 10 puntos del objetivo de la situación competitiva ideal para el 2010 (¡a apenas ocho años!).

Epílogo

El Ministro Cano habló de la “locomotora avícola” para la cadena agroindustrial, y la viceministra Uribe de uno de los pocos sectores crecientes en la última década. Cuánto desearíamos que los colombianos de mañana hablen de una generación de productores de la cadena que fue capaz del logro colectivo de la transición y de obtener 30 puntos de competitividad entre el 2002 y el 2010

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