De Mujeres Cuidadoras a Enfermeras

Apartes de la Historia de una Disciplina

Celmira Laza Vásquez*

Abstract

The structuring of nursing as a discipline and a profession has been determined by the history of mankind and its needs. It developed from the task of domestic care exercised by women, to a discipline with its own body of knowledge. Thus, the history of nursing can be parted into two stages: that previous to the French and the industrial revolutions, when we find the predecessors of the nurse: the domestic caretakers, the consecrated women, and the physicians´ aids. Later Florence Nightingale defined the objective of the nurses´ doing, and Ethel Fenwick achieved the start of the social recognition of the budding nursing discipline and profession.

Key words: nursing history, nursing profession, nursing discipline, nursing care

Resumen

La constitución de la Enfermería como disciplina y profesión está marcada por la historia de la humanidad y las necesidades que en ésta se han ido sucediendo para dar lugar al paso del oficio doméstico de cuidar desarrollado por las mujeres, a una disciplina con un cuerpo propio de conocimientos. Así, la historia de la disciplina se divide en dos etapas: previo a la Revolución Francesa e Industrial; en la cual encontramos las antecesoras de las enfermeras: las cuidadoras domésticas, las mujeres consagradas y las auxiliares de los médicos. Posterior a este período, Florence Nightingale define el objeto del quehacer enfermero y Ethel Bedford Fenwick, marca el comienzo del reconocimiento social de la naciente disciplina y profesión.

Palabras clave: enfermería, disciplina, profesión, cuidado.

Etapa Pre Moderna: Raíces de la Enfermería

La etapa pre moderna del desarrollo de la Enfermería se ubica en el período previo al advenimiento de la Revolución francesa y la Revolución Industrial. Así, durante este período de la humanidad, el cuidado ha pasado por diferentes etapas según los propios cambios de la humanidad. En esta gran etapa, se reconoce inicialmente la mujer como cuidadora y constructora de forma empírica de una cantidad de saberes referentes al poder de las plantas para la curación de las enfermedades.

Este saber acumulado de la mujer que se convirtió en cuidadora fue posible por un evento que ha marcado la vida de las mujeres a lo largo de la historia de la humanidad: la división social del trabajo. Por éste, a la mujer, concebida por la fragilidad y delicadeza desde lo físico y por el fenómeno de dar continuidad a la vida mediante la maternidad; le son asignadas las tareas que requieren poco esfuerzo y fuerza como son el cuidado de lo doméstico y la agricultura; designando al hombre, las tareas como la caza y los trabajos para los cuales se necesitaba la utilización de la fuerza física. Además de la división social del trabajo en los grupos humanos en ese momento, tuvieron importancia las religiones politeístas, en las cuales existían los dioses masculinos y femeninos.

Estos últimos, representaban la feminidad, el amor, la maternidad, la agricultura y el cuidado de los alteres y las casas. Por el contrario, los dioses masculinos, eran los actores de la guerra y el trabajo que exigía esfuerzos físicos importantes. Ejemplo de esto, se cita en la mitología griega y romana a Ceres la diosa de la agricultura, Palas ateneas de la sabiduría, la ciencia y el hogar y Afrodita, del amor; y el dios de la guerra, Martes y a Vulcano, dios del fuego.

Así es como, mediante las prácticas relacionadas con el cuidado del cuerpo, básicamente durante la gestación y el parto y los cuidados en torno a la alimentación, algunas mujeres desarrollan todo un aprendizaje personal que es trasmitido de mujer a mujer sobre los secretos de las plantas, no sólo para asegurar la supervivencia y subsistencia de su grupo humano, sino que además, se desarrolla un conocimiento empírico sobre las propiedades de las plantas para la curación de las enfermedades. Esto último es el origen de la farmacopea.

En dicha época, el conocimiento de las propiedades curativas de las plantas convirtió a la mujer en la sanadora. Poseedora de secretos y conocimientos adquiridos de forma empírica, que se transmitían mediante la tradición oral, de generación en generación; y que éste sólo era posible por la experiencia vivida por la gestación y el parto. La maternidad, según Colliere (1997) “Crea una unión que se prolonga, no sólo por las manos, el tacto, sino también por la utilización de elementos simbólicos de vida: agua, plantas y sus elementos derivados: aceites, lociones, perfumes que a su vez les unen al universo y les asegura una protección”.(1) Así, los cuidados eran asumidos desde la corporalidad y la relación del cuerpo con el universo. Por esto, el cuidado era concebido como la consolación entre el bien y el mal que se expresaba en el cuerpo y éste era considerado bienestar e implicaba un impacto positivo en el espíritu.

El cuidado, en una economía de subsistencia como la imperante en aquella época, era considerado una actividad de servicio al que todos tenían derechos y era pagado mediante el intercambio de especies, implicando reciprocidad y solidaridad y nunca un servicio de caridad o beneficencia. Esto, desde las definiciones de las formaciones económicas sociales precapitalistas como la comunidad primitiva y el esclavismo, no significaba una actividad de valor económico. Sin embargo, tenían un alto valor y reconocimiento social por su necesidad para la subsistencia de los grupos humanos.

Con la caída del imperio grecorromano y el advenimiento y consolidación del cristianismo, la designación de los roles de las mujeres ya no era sólo cosa de la división social del trabajo cuyo referente fue la delicadeza de la mujer y la consideración a ésta por ser procreadora de la vida. En esta etapa esto se convirtió en un problema del poder del hombre sobre la mujer.

En la Edad media, al inicio del siglo V, y con el feudalismo como sistema imperante, la Iglesia Católica tomó un poder incontrolable. Así, se afianzaron las connotaciones de pecado que tiene la religión JudeoCristiana y los intereses económicos y políticos sobre la mujer. Durante esta época, la mujer fue relegada y despreciada, desde una explicación de la simbología del pecado y la suciedad que el cuerpo femenino enmarcaba; relegando el cuidado del cuerpo como emblema; y pasando a ser despreciado y a cobrar valor el cuidado del alma.

Por esto, y por la necesidad de anular a la mujer de todo su valor en la sociedad, la Iglesia Católica, se dio a la tarea de aniquilar a las mujeres que poseían el poder de la sanación, entregar este poder a los hombres, inicialmente a los representantes de la iglesia (sacerdotes y clérigos) y después a los médicos; y ceder la actividad del cuidado a los cuerpos libres de pecado como eran los de las religiosas. A partir de este momento se emprende lo que se conoció como “la cacería de brujas”, mediante la cual se pretendió acabar con el poder que encarnaban las mujeres cuidadoras.

Primera Enfermera

El cuidado pasó de ser, desde la simbología del cuerpo a la del alma enferma, del basado en todo un sistema de conocimientos aprendidos y que era necesario para la supervivencia de los grupos humanos, al cuidado sólo del hombre que encarnaba el pecado en su cuerpo y la enfermedad que era fruto de éste; sin ningún conocimiento pues para aliviar las almas enfermas, sólo la fe en Dios bastaba.

Fue así, como durante esta época el cuidado se brindó de forma selecta a las personas pobres y pecadoras, siendo sólo los que poseían riquezas los que podían acceder a la curación de los médicos. El cuidado a las almas pecadoras fue suministrado por las religiosas, destacándose, entre otras, la comunidad de las Hermanas de la Caridad. Esta etapa supuso un retroceso y oscurantismo en la historia de la humanidad y del cuidado.

Asumida la enfermedad, según los dogmas de la Iglesia Católica, como la necesidad de conocer el sufrimiento y el dolor para la redención de las almas y el cuerpo como el depósito de la suciedad y la enfermedad; el conocimiento y el saber empírico acumulado por las mujeres en épocas anteriores fueron relegados y consignados al olvido. Así, el cuidado llevó consigo una fuerte carga religiosa para la salvación de las almas y como forma de llevar el mensaje cristiano al pueblo. El retroceso del cuidado, al perder el cuerpo y la corporalidad su importancia también se reflejó en los hábitos higiénicos que perdieron su valor como parte de la práctica del cuidado del hombre.

La vida religiosa de las mujeres consagradas dedicada al cuidado y redención de las almas era asumida como forma de emancipación social de la mujer pero a la vez, significaba la degradación y utilización de ésta como un medio para los planes de poder de la Iglesia Católica.

En este momento de la historia, fue importante el desarrollo de varias guerras santas en diferentes partes del mundo. Esto llevó a la formación de órdenes religiosas masculinas para la atención de los heridos y enfermos en las batallas.

Este hecho estuvo marcado por la orden de la Iglesia Católica de la clausura de la vida religiosa femenina, reafirmando nuevamente la división social del hombre y la mujer: el primero, en actividades que se realizaban fuera de lo doméstico y lo segundo, las actividades en los sitios cerrados como los conventos y hospitales. Esto, además de la monopolización de la educación por parte de la iglesia, consolidó no sólo el poder de la iglesia, sino también, el manejo de los destinos de la mujer y el poder que desde lo institucional se ejercía sobre ésta.

La aparición de la comunidad de las Hermanas de la Caridad, fundada por Vicente de Paúl fue fruto de la necesidad de contar con un personal que brindara cuidados fuera de los conventos y hospitales; marcando un hito en la historia de la enfermería al asumir el cuidado fuera de estos lugares; es decir, en los barrios pobres de las ciudades y las zonas rurales. También marcó la desaparición de las congregaciones laicas hospitalarias y de las diaconisas. Dio lugar a la toma, por parte de las religiosas, de la administración de los hospitales. Por lo anterior, a las Vicentinas se les acusó de obstaculizar el desarrollo de los farmacéuticos y de los servicios de cuidado a domicilio.

En esta funesta etapa de la humanidad y que marcó de forma tan negativa la historia del cuidado y del nacimiento y desarrollo de la Enfermería, éste fue considerado un servicio de caridad y beneficencia, donde el sujeto de cuidado no era considerado el fin de la actividad sino el medio para la redención de las almas de los enfermos y de las mujeres consagradas. Por esto, además de ser una actividad selectiva y encaminada a lo considerado como lo más despreciable de la humanidad, los pobres y pecadores, no era remunerada pero tampoco reconocida socialmente.

Las religiosas, además del mensaje oscurantista que transmitían, eran mujeres sumisas y con poca formación, a costa de las cuales, la jerarquía de la Iglesia Católica, recibió grandes beneficios económicos producto de las donaciones de caridad que a ésta realizaban los señores feudales para salvar sus almas. Dicho aporte monetario se potenció ya que las mujeres consagradas no significaban un gasto para la iglesia. En su afán de redimir su alma, no sólo no cobraban por sus servicios, sino que sus gastos de subsistencia eran mínimos al igual que sus condiciones de vida.

Ethel Bedford Fenwick

El cuidado en esta época, además de no tener valor económico, no tenía ningún valor social ya que por la noción de sacrificio que encarnaba para las mujeres consagradas era de poco valor y considerado como una obligación moral.

También, la escasa formación y la procedencia humilde de estas mujeres, no sólo ayudaron a desvalorizar la actividad, que en épocas anteriores había obtenido el arte de cuidar, sino del mismo modo, ayudó a consolidar el poder económico y el valor social de los hombres como sanadores o curadores de la enfermedad.

Sin embargo, por eventos como el desarrollo de diferentes conflictos bélicos, la Reforma y Contrarreforma de la Iglesia y el atraso que significó el Feudalismo como sistema económico, aparece la imagen de la enfermera como auxiliar del médico a finales del siglo XIX.

Ésta también nace en una época marcada por los cambios como consecuencia de la pérdida y hegemonía de la Iglesia Católica, la separación de ésta de las funciones del naciente Estado moderno y el advenimiento del capitalismo como nueva forma económica.

La figura de las mujeres consagradas como cuidadoras desaparece parcialmente y da paso a una nueva: la auxiliar del médico, producto de la necesidad que tuvieron los médicos de contar con un personal de ayuda para cumplir con su función de curar. La auxiliar del médico tiene una doble filiación: la conventual y la médica.

La figura de la mujer auxiliar del médico, según Colliere, estuvo muy marcada por la figura de la mujer consagrada, heredando la función servil, ya no sólo de servir a Dios, sino igualmente a los enfermos, a las instituciones y a los médicos. Para cumplir con esta función, debía poseer unas cualidades especiales para la renuncia y el olvido de sí mismas. La consagración de estas mujeres era considerada una llamada que las hacía elegidas para desarrollar la vocación de cuidar a los enfermos y necesitados. Además de la vocación, otros elementos que heredaron de las mujeres consagradas fueron el uniforme y el vocabulario de las órdenes religiosas; y la renuncia a la maternidad y a constituir una familia como sinónimo del celibato y como símbolo de dejación de la vida. La rígida conducta moral a la que estaban sometidas era otra de sus características más importantes.

La otra filiación, la médica, relacionaba que el cuidado que estas mujeres prestaban era definido por el precepto y las órdenes médicas. Eran formadas técnicamente por los médicos quienes les impartían mínimas nociones y elementos de anatomía, medicina y cirugía, siendo en consecuencia una formación muy limitada y progresiva. Esta capacitación estaba basada en las necesidades del médico y en la enseñanza de prácticas que le facilitaran el trabajo, por lo cual no existía una transición adecuada y completa de conocimientos del médico a la auxiliar de este. La formación no implicaba un proceso formal.

Esta doble filiación dio como resultado un personal femenino servil, con unas nociones muy pobres sobre cómo cuidar a los enfermos y con unas cualidades morales desde la visión religiosa. Por esto último, era considerada como neutra en su actividad y sin ningún tipo de derechos, sólo con la obligación de servir al médico y al enfermo.

El cuidado pasó nuevamente al cuerpo enfermo, pero sin reconocimiento social de esta figura y éste era definido(1,2) como la ejecución, por parte de la enfermera, de las decisiones del médico, desarrollándose una práctica totalmente tributaria del ejercicio médico, y facilitando considerablemente el ejercicio de ésta.

Adicionando que las mujeres que actuaban como auxiliares de los médicos eran de procedencia humilde y con una educación mínima; y asumían una posición servil, el valor social del cuidado en esta etapa era casi nulo. A pesar de su consagración y renuncia a una vida propia, y de convertirse en una colaboradora de indiscutible importancia para el quehacer del médico, su actividad, no era reconocida con el valor que esta suponía; ayudando con ello a la consolidación social y económica del médico.

Gran parte de la desvalorización del cuidado en esta etapa ocurrió porque quien lo brindaba no poseía un conocimiento adecuado que le diera la posibilidad de tener un juicio crítico sobre su quehacer y situación; por el sometimiento a la figura masculina que era percibida como el que tenía el poder sobre la vida y la muerte y, finalmente, por los estereotipos que la sociedad tenía de la mujer y que aún perduraban producto de la condición que la Iglesia Católica había consolidado sobre ellas.

Así, la mujer seguía siendo considerada como un sujeto con más deberes que derechos, con unos roles muy demarcados con referencia a los hombres y que por su bajo estatus social podía cumplir una función que no significaba el traspaso de poderes del hombre a ésta. Razón por la cual, y por ser el cuidado de los enfermos considerado algo innato de la mujer, debía realizar como parte de sus funciones y sin ningún reconocimiento económico.

La labor de las auxiliares de los médicos era retribuida con la comida y el alojamiento que le brindaban; además, servir al médico y aprender algo de él se consideraba un privilegio muy importante. Es significativo señalar que todo esto transcurre en el nacimiento del capitalismo, se habían abolido las formas de intercambio de especies como pago y la moneda era la forma en la que se hacían todas las transacciones económicas, entre las cuales se encontraba la curación de los enfermos que realizaban los médicos.

A pesar de que las mujeres auxiliares de los médicos ayudaron a consolidar el poder y hegemonía social, política y económica de los hombres, también significó un pequeño avance en todo el proceso de emancipación de las mujeres. Poder contar con un oficio digno y salir de lo doméstico a desarrollar otros roles fueron pasos necesarios para la mujer en su lucha por el reclamo del derecho a la equidad de oportunidades que no fueron muy trascendentales en este momento pero que sí influyeron en épocas venideras.

También lo fue para la constitución de la enfermería como disciplina.


* Enfermera. Especialista en Epidemiología General Universidad del Bosque. Docente Investigadora del Centro de Investigación y Desarrollo / Facultad de Enfermería. Fundación Universitaria del Área Andina, Bogotá – Colombia.
Correspondencia: [email protected]
Recibido: enero de 2007
Aceptado para publicación: febrero de 2007
Actual. Enferm. 2007;10(1):36-41

2 COMENTARIOS

  1. Buen dia

    Excelente documento historico que lo tegno de referente para la Electiva de Proceso Enfermero

    -Favor enviar correo de Autora

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