Homenaje: Hernando Groot Liévano, Académico y Maestro

Académico Efraím Otero-Ruiz*
* Sesión solemne del 22 de mayo de 2003.

Hernando Groot LiévanoJuan Mendoza Vega, Presidente de la Academia, me ha pedido que haga una remembranza de Hernando Groot en sus años como profesor universitario.

Le digo Hernando pues nos une una amistad de más de 30 años, cuando luchábamos, él como investigador y profesor ya reconocido nacional e internacionalmente y yo como investigador principiante, para que el Gobierno creara a COLCIENCIAS. Inaugurada la entidad, en 1969, un año después de haber ingresado yo a la Academia Nacional de Medicina, fuimos nombrados miembros del primer Consejo Asesor de Investigaciones y allí me pidió que lo tratara, nó como “profesor” o “doctor Groot” sino que nos llamáramos simplemente por nuestro primer nombre; así, procedí a llamarlo Hernando, pese al respeto y la admiración que le profesaba desde que fui su alumno.

De ahí siguió una colaboración estrecha que se prolongó después durante los 11 años en que yo dirigí dicha entidad y desde donde pude seguir su trayectoria fulgurante, primero como investigador de la OPS-OMS y luego como Rector de la Universidad de los Andes, como Presidente cuatrienal de esta Academia y Secretario Perpetuo de la misma. Pero de esas luminosas partes de su carrera ya se ocuparán otros en sus notas biográficas.

Hernando Groot se incorporó a la naciente Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana hacia mediados de la década de los cuarentas siguiendo ese llamado que el Padre Félix Restrepo y su Consejo de fundadores hiciera a lo más granado de la juventud médica colombiana para ocupar allí diversas cátedras.

Indudablemente, fuera de sus relaciones personales o institucionales con muchos de los profesores ya vinculados o en vía de vincularse, creo que mediaría también la curiosidad por participar en el experimento de una nueva educación médica, de carácter privado, que desafiaba, por así decirlo, la todopoderosa y predominante Universidad Nacional, establecida setenta años atrás. A sus 30 de edad, no sólo era Hernando ya un parasitólogo y especialista en endemias tropicales ampliamente reconocido, sino que había sido alumno, amigo y colaborador de dos de las figuras más importantes de nuestra medicina tropical en la primera mitad del siglo XX: Luis Patiño Camargo y César Uribe Piedrahita.

A aquél lo había acompañado a detectar e identificar el germen de la verruga peruana en las hondonadas del Guáitara, en Nariño; y a éste lo había acompañado y seguido por los Llanos orientales y por gran parte del territorio colombiano en búsqueda de los elusivos brotes de fiebre amarilla, de malaria o de tripanosomiasis, con un grupo que ya para esa época había sentado sus reales en el antiguo Laboratorio Carrión del viejo Hospital de la Hortúa y en la estación experimental de Villavicencio, que con los años pasaría a llamarse el Laboratorio Roberto Franco. En esas labores lo acompañarían sus amigos Santiago Rengifo, Carlos Sanmartín, Ernesto Osorno Mesa y Augusto Gast Galvis, para mencionar apenas los más cercanos. Varios de ellos habían creído describir una nueva cepa de Tripanosoma llanero, el llamado por ellos T. Ariari, en esos momentos motivo de fuerte discusión en los círculos pasasitológicos; y con Sanmartín acababan de estudiar la encefalitis equina en el Tolima y la fiebre amarilla en las vecindades de San Vicente de Cuchurí, en Santander.

Uribe Piedrahita había también, desde finales de los años treintas, acercado a ese grupo de jóvenes a la creación y puesta en marcha de su laboratorio CUP, encaminado a producir medicamentos de fácil acceso a las clases más necesitadas, dirigidos preferentemente a tratar las dolencias de nuestros trópicos, pero que era ante todo un gran centro de investigación, un tanque de pensamientos o “think-tank”, como se dice hoy día, en torno a esas “grandes olvidadas del mundo”, como llamaría la Fundación Rockefeller a las enfermedades tropicales. Gracias a ellos se iniciaba también, anexo al Laboratorio Samper Martínez, el Instituto Carlos Finlay de investigación en esas materias, principalmente fiebre amarilla e infecciones virales.

La Facultad de Medicina de la Javeriana apenas se estaba medio organizando en el vetusto claustro de San Ignacio, después de una diáspora inicial que había incluído clases dictadas en garages y casas de alquiler de la vecindad. Y se estaban dando pasos acelerados en la construcción del anfiteatro de anatomía de la calle 24-Sur (hoy Barrio Restrepo), desde donde se visualizaban los amplios terrenos vacíos que circundaban la ya iniciada obra del Hospital Antituberculoso de San Carlos. Para 1948, año en que yo inicié mis estudios de medicina, ya se había concluido la formidable estructura en concreto del futuro Hospital San Ignacio de la calle 40, que continuaría así por más de una década.

En cuanto al claustro de San Ignacio, oigamos la descripción que hice del mismo en la nota necrológica que escribí sobre mi amigo Jorge Guzmán Toledo (“Boliche”) y que fue publicada en 1997 en la revista “Estetoscopio”: “La Facultad de Medicina de la Javeriana tenia como sede el viejo caserón anexo a la iglesia de San Ignacio y el Colegio de San Bartolomé, en la esquina sur-oriental de la plaza de Bolívar, frente al Capitolio Nacional. Ese caserón ya fue demolido hace muchos años y dio lugar a una elegante plazoleta que complementa la muy linda de palmeras centenarias, situada frente a la iglesia y enmarcada por la casa donde imprimió Nariño los Derechos del Hombre. Justamente por ese ‘apiñuscamiento’ de los alumnos de los tres primeros años en el viejo edificio –los de los tres últimos ya se diseminaban por varios hospitales de Bogotá- la estratificación entre un curso y otro no era muy estricta y todos compartíamos el espacio en un primitivo ‘café’ del primer piso, junto al patio colonial, o en la pequeña tienda donde Candelaria, una antigua y venerable servidora, nos vendía sus golosinas.

En el patio se jugaba, en los intermedios entre clases, la famosa ‘cascarita’, que las nuevas generaciones ya no recuerdan y que consistía en patear, con la parte lateral e interna del pie y sin dejarla caer al piso, un cuarto de cáscara de naranja doblada por la mitad y que pronto adquiría una especie de consistencia de cuero elástico.

Las naranjas en esa época eran mucho más comunes no sólo por el consumo popular sino porque los emboladores las usaban como fase imprescindible del proceso de limpiar y lustrar zapatos y, ya usadas, arrojaban sus cáscaras por todo el entorno del centro de la ciudad, Era perdedor, por supuesto, el individuo o el bando que la dejara tocar el suelo! Y hablamos en género masculino porque en esos primitivos años la educación médica en la Javeriana era totalmente misógina. Las mujeres sólo llegarían a los claustros finalizando la década de los años cincuenta.”

En ese ambiente, pues, fuí alumno yo de Hernando Groot en 1950. La clase de Parasitología se dictaba a las 8 am. en un estrecho y alargado salón del segundo piso en el ala sur, con un amplio ventanal que daba al patio antes mencionado y al que se accedía, después de la escalera, por un corredor de unos cinco metros. Allí también se tomaban los exámenes orales o escritos sobre la materia. Hernando llegaba, muy parsimonioso y elegantemente vestido, después de haber estacionado su flamante cupé Oldsmobile de 1949, de color verde, en la misma calle, frente a la iglesia.

Desde que ingresaba al corredor comenzaba a esculcarse sus bolsillos y al entrar, con gran ceremonia, al salón de clase y ocupar la mesa profesoral los iba desocupando lentamente: anteojos, lapiceros, cigarrillos, encendedor, llaves, depositando todo sobre la mesa. Era como una llamada de atención para todos ponerse firmes y en silencio. En seguida, sin llamar a lista ni nada, iniciaba su clase con esa voz firme y bien modulada, con esa cuidadosa y pulida dicción que lo ha acompañado toda su vida.

Nosotros lo seguíamos con fascinada atención, pues aunque afable tenía fama de estricto, recorriendo con él los más accidentados parajes de la geografía nacional e internacional de donde describía las enfermedades, los parásitos, los vectores locales comparados frente a los de otras latitudes (la Leishmania donovani frente a la L. brasiliensis, el Rhodnius prolixus frente al Triatoma mejistii, el Anopheles pseudopunctipennis frente al A. albimanus o el Stegomyia fasciata frente al Aedes aegypti) pronunciando o escribiendo los nombres en latín con inmaculada perfección. Nos contaba cómo en las matas de monte del llano, después de destruír las larvas en los charcos del suelo y ver cómo persistían los mosquitos, él y otros se habían encaramado a las copas de los árboles para ver cómo cerca de ellas, en las copas formadas por plantas parásitas y llenas de agua por las lluvias, o en los pecíolos de las palmas, se habían formado nuevos criaderos. Era una clase al tiempo científica y humana, clínica y ecológica, dictada con una gran sensibilidad social y al tiempo como gran estímulo a la curiosidad investigativa sobre esa nosología que, en los albores de la era antibiótica y antiparasitaria, se planteaba como la nueva frontera del conocimiento médico mundial.

De él se decía que, dos o tres cursos anteriores al mío, siendo él quizás el profesor más joven, casi de la edad de sus propios alumnos (algunos de los cuales, en esa época, iniciaban sus estudios ya bastante mayores) había sucedido una anécdota que se relataba con gran hilaridad. Por esos primeros años el Decano de Disciplina era un jesuíta, el Padre García Barriga, descendiente de ilustres apellidos de la capital y hermano de quien era el profesor de Botánica Médica en el primer año, el profesor Hernando. Era un jesuíta musculoso pero delgado, con un cuello largo y protuberante que hacía que los alumnos le tuvieran, en secreto, el apodo de “Vertebrita”. Fiel a su papel como Decano disciplinario, era bastante psicorrígido en cuanto a las horas de entrada a los exámenes, parciales o finales, y pasados diez minutos de la hora señalada les impedía la entrada a los retrasados pero en forma más o menos cordial, haciéndoles notar su incumplimiento.

Pues bien, parece que él no conocía bien al nuevo profesor de Parasitología y al llegar éste a presidir el examen, como lo vió tan joven, se le avalanzó, lo agarró por los hombros y lo detuvo diciéndole, como solía: “mi querido viejo, ya no es hora de llegar, entraste tarde”. Hernando entre sorprendido y disgustado por tan repentina detención, vuelve a calarse los anteojos, se quita las manos de los hombros y le responde mirándolo fijamente: “pero sucede reverendo padre que yo soy el profesor titular de la materia”. La carcajada de los alumnos no se hizo esperar y el padre entre mohíno y apenado hubo de disculparse públicamente.

Pero si las clases teóricas las dictaba en un ambiente cordial y distendido, estimulando las preguntas y la discusión de ciertos temas, en cambio en el “sancta sanctorum” del laboratorio de Parasitología –

Entomología reinaba como absoluto monarca del silencio. Como escaseaban, tanto los microscopios como el tiempo para que todos los alumnos los aprovecháramos, exigía que cada uno se concentrara en su tarea de identificar parásitos (en sangre, en heces, en tejidos) en absoluto silencio, que sólo se podía interrumpir para consultarle en voz baja a él o a su jefe de trabajos (el futuro Académico Carlos Sanmartín, quien tendría después una carrera nacional e internacional tan brillante en el campo de los virus patógenos) sobre posibles problemas de interpretación de las láminas, cuidadosamente preparadas por ellos. Eso sí, permitía que uno llevara el texto o textos que juzgara convenientes para ilustrarlo (yo llevaba siempre conmigo el texto en francés de la Parasitología de Brumpt, editado por Masson et Cie., que había adquirido con enormes sacrificios). Fuera de ello el silencio debía ser tal que se podría oír volar una mosca.

Pues bien, en ese ambiente oscuro y sacramental (era un salón con pocas ventanas cubiertas de pesadas cortinas oscuras en el segundo piso de la parte norte del antiguo claustro, bordeando la calle 10a.) estábamos una mañana revisando nuestras láminas cuando uno de mis compañeros, un vallenato no por cierto brillante, excepto para imitar los bongoes y las guacharacas con las tapas de los pupitres cuando cantaba sones de su tierra natal, le grita de golpe con voz aguda al profesor Groot:

-“Doctooor….no veo!”.

Hernando se acerca pacientemente a la mesa de trabajo y al microscopio del “invidente”, revisa las cosas y de golpe, con su voz estentórea pero calmada le replica, como para que todos pudiéramos oír:

-“La trilogía de su fracaso estriba: en que el microscopio no tiene luz, la placa está al revés y está mirando con el lente de inmersión!”.

Nueva carcajada general que hizo que todos miráramos al autor de la imprudente pregunta como más ignorante de lo que en realidad era. Pues al final del curso llegó a convertirse ya en trabajador serio y dedicado, y aprobó la materia satisfactoriamente.

Al final de ese año de 1950 nos comenzaron a trasladar, casi que apresuradamente, a unas aulas que se habían improvisado en el primero y segundo piso del futuro hospital de la Calle 40. El espacio era algo mejor que en la Calle 10 pero el salón no podía oscurecerse tan bien como el viejo laboratorio. Hernando, como novedad tecnológica impresionante, insistía en proyectarnos láminas parasitológicas empleando el mismo sistema que yo después he descrito en mi libro sobre la historia del Instituto Nacional de Radium, y que consistía en una lámpara de arco voltaico localizada en el sitio que correspondería a la fuente de luz del microscopio. Con prismas especiales, a través del ocular del mismo, podía proyectarse la imagen sobre una pantalla para que todos los alumnos la vieran. El artefacto producía calor y un olor a chispa eléctrica que a veces se hacían insoportables, pero la resolución obtenida en la pantalla-si esta era reflectora y adecuada-era bastante buena.

Hernando insistía en proyectar en el nuevo salón de la calle 40, donde la luz –que se entraba por los amplios ventanales orientados al nor-oeste– apenas podía bloquearse con unas sábanas viejas aportadas de la residencia de los padres jesuítas. No había pantalla y la imagen proyectada en la pared del salón era desastrosa. Ya para entonces teníamos como nuevo Decano de Disciplina a un médico y jesuíta antioqueño, el Padre Alberto Duque. Este, ante la insistencia de Groot, hizo traer de San Ignacio, a manera de pantalla, un viejo lienzo encalado que seguramente provenía de los intentos pictóricos de los padres de comienzos del siglo. El profesor se vió forzado a realizar su proyección ante la mirada inquisidora del Padre Duque y, por supuesto, la resolución de las imágenes era pésima. Al fin, desesperado ante una situación que parecía irremediable, nos espetó a todos, con su inevitable voz lenta, profunda y bien modulada:

-“Espero que todos con algo de buena voluntad, incluyendo al señor Decano, puedan ver la forma del trofozoito; aunque a través de el puede apreciarse la naturaleza, sumamente burda, de ese lienzo que nos han traído a modo de pantalla!”. Nueva carcajada, esta vez de solidaridad con nuestro diligente y apreciado profesor.

Hernando Groot fue arquetipo de profesores y académicos, la persona que casi naturalmente, sin esfuerzo, hacía que el alumno le tomase cariño a la materia enseñada y comprendiera la importancia de la misma. Todos pasaríamos al año siguiente a cursar la clínica semiológica en el Hospital San José y todos, al ver los cuadros de amibiasis, de paludismo, de la entonces llamada “anemia tropical” causada por parásitos intestinales, recordaríamos con cariño y con nostalgia las enseñanzas del maestro Groot, que había dejado tan honda impresión en nosotros, los jóvenes universitarios. Ella persistiría a través de la medicina rural y hasta en regiones y ciudades alejadas de nuestra patria.

En mi caso esa impresión, adobada con una pátina de admiración y respeto, persiste casi cincuenta años después de haber abandonado los claustros nutricios y ha inspirado el cariño con que he urdido estas deshilvanadas notas que me ha solicitado el autor de esta biografía.

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