Artículos Científicos, En la Encrucijada del Ejercicio Profesional, la Administración y la Política.

“Un testimonio de vida”

Académica María Teresa Forero de Saade*
* Sesión Solemne del 27 de febrero de 2003 con motivo de su posesión como Miembro Honorario.

Esta noche nos hemos reunido en este recinto, por amable invitación que me formulara su Presidente, el Doctor Juán Mendoza-Vega, en carta fechada el 18 de Octubre de 2002, a quien debo agradecer la oportunidad de compartir con ustedes un testimonio de vida que si bien, me llevó por caminos diferentes a los tradicionales que debemos recorrer los médicos, no me alejó del humanismo que es inherente a la profesión, que sin lugar a dudas imprime carácter.

Corresponde hoy al doctor Zoilo Cuéllar, darme la bienvenida y debo igualmente agradecer sus generosas palabras, las mismas que en un pasado ya muy lejano, cuando compartimos las aulas universitarias, expresaba con la caballerosidad que lo caracteriza, con la galantería del profesional conciente de la delicadeza que le merece el trato de colegas del género femenino.

Es inevitable, que en la ceremonia que comienza, se deslicen nostalgias y recuerdos, que retornan hasta el instante en que abandonamos el claustro universitario, Usted para hacerse oftalmólogo e investigador, como era su deseo y además obedeciendo el mandato genético que prevalece en su muy ilustre familia y yo por los caminos de la pediatría que sin lugar a dudas ha influenciado todas las actividades que se me han encomendado.

Resulta para mí, muy honroso ingresar a la Academia Nacional de Medicina en calidad de Miembro Honorario, no sólo por haber tenido la oportunidad, digamos que circunstancial, de ser Ministra de Salud, sino muy especialmente por el reencuentro con quienes fueron mis Maestros, en tiempos universitarios y de quienes aprendí inmejorables lecciones, dadas con el ejemplo; además de la palabra pronunciada con elegancia idiomática en las aulas del claustro de mi Alma Mater: la Pontificia Universidad Javeriana.

Me es imprescindible recordar, que eran otros tiempos en los cuales nuestra formación estaba regida por principios éticos, no negociables ante ninguna circunstancia; humanismo era la condición sine qua non para establecer relaciones médico-paciente, compromiso con la comunidad y de ella los grupos vulnerables los prioritarios, cumplimiento de nuestra obligación de servir aún a costa de la seguridad personal o de las conveniencias sociales, económicas o de cualquier otra índole, en fin, entrega total y absoluta a esa bella profesión que escogimos libremente la medicina, para constituirnos en instrumentos de Dios, quien es en últimas el ÚNICO dueño de la vida y de la muerte.

No soy yo quien pueda juzgar los hechos, pero me temo que los tiempos han cambiado y también los paradigmas que fueron nuestros faros. Por fortuna con muy honrosas excepciones he visto como al calor de las reformas hemos ido perdiendo el protagonismo que otrora se constituyó en el orgullo del ejercicio profesional cuya meta principal, por no decir que única, eran nuestros pacientes, para quienes fuimos consejeros, amigos, orientadores, además de sanadores de las enfermedades del cuerpo y muy especialmente de las del alma.

Pasamos desapercibidos los cambios, que se iniciaron por allá en la la década del 60, del siglo pasado, cuando la medicina se socializó y de ser una prestación individual que el Médico ofrecía en la intimidad de su consultorio, pasó a ser la prestación de servicios institucionalizados por las Entidades a cargo de la seguridad social: ISS, Cajanal y las Cajas de Compensación Familiar, amén de las cajas departamentales y municipales de previsión que desde esa época pulularon por todo el territorio nacional.

Sumergidos como era la costumbre, en la ciencia, la tecnología, la clínica y en el ejercicio puro de las especialidades, nos parecía un tanto deleznable el accionar de algunos colegas que impelidos por las circunstancias originadas en los cambios, iniciaron actividades en la administración de servicios de salud y de seguridad social, adelantándose a la propia academia que sólo años más tarde inició la capacitación universitaria en las ciencias relacionadas con la Administración, al descubrir que no bastaba el sentido común y la intuición para lograr a través de instituciones, la masificación de la prestación de servicios de salud.

Para entonces, pensábamos que esos colegas habían encontrado un “escape” a su incapacidad de ser buenos clínicos. ¿Qué hubiese pasado si más médicos hubiésemos intervenido en la definición de políticas públicas, en la formación de entidades aseguradoras y prestadoras de servicios, en la escogencia de parlamentarios y concejales que nos representaran en los recintos donde se fabrican las leyes y acuerdos que después nos competen cumplir con carácter obligatorio, aun sin haber expresado nuestra opinión, ni conocer los textos aprobados? Muy seguramente, no se hubiera perdido ese liderazgo que ahora nos inspira lamentos, pero que aún no nos impele a ser más activos en esos menesteres, que si bien nos alejan transitoriamente del ejercicio profesional, también nos permiten asumir responsabilidades para defender el derecho a ser médicos respetados y respetables, capaces de proporcionarnos una vida digna, útiles para la sociedad que conformamos y dueños del acto médico sin interferencias distintas a nuestro leal saber y entender y al de nuestra propia conciencia.

Han pasado ya cuatro décadas desde entonces, tiempo en que llegaron profesionales de otras disciplinas y decidieron sin nosotros cuál sería el destino de nuestra profesión, cuál nuestro rol en la sociedad, cómo ejercer y aplicar nuestros conocimientos, qué formular y a quién atender.

Vale la pena aquí y ahora reconocer que cometimos el error de no dejarnos convocar, de creer que la política es sólo para politiqueros, en contravía de considerarla una ciencia para servir a la comunidad, no para servirse de ella, tan afín a nuestra vocación de servicio.

Así las cosas, fueron llegando cambios y ni los médicos fuimos entrenados en ciencias económicas, ni a los economistas les enseñaron sentido social.

Fuimos comprendiendo que perdíamos la connotación de semidioses y aprendiendo que, sólos, no nos era posible mantener el carácter de médicos, tan esenciales a la vida de la comunidad, como lo son los maestros, los jueces y los sacerdotes.

Supimos que gustárenos o no, era imprescindible interactuar con otros profesionales de la salud, y aún, con tecnólogos que en otra época considerábamos de menor rango, debiendo entender que todos son importantes, porque todos son necesarios; nos llevó un tiempo precioso que ahora intentamos recuperar, para lograr objetivos comunes y afianzar el liderazgo, que sin discusión, debe estar en manos de médicos.

Y también resultó un tanto doloroso, someternos al aprendizaje de otros lenguajes ajenos al técnicocientífico propio de nuestra disciplina, para poder interactuar con otros profesionales como son los abogados, que ahora nos defienden de la mala práctica, o de lo que personas ajenas al medio piensan que son nuestros errores y, que además, son los encargados de redactar leyes, decretos, resoluciones y acuerdos que estamos obligados a acatar, recordando que la ignorancia de la Ley no nos exime de la culpa.

Y con los economistas, ante los cuales nos vemos obligados a defender presupuestos institucionales y privados, a justificar costos y gastos, a analizar cambios que nos afectan, a elaborar o interpretar estadísticas que entre quintiles y percentiles nos presentan como causa o efecto del accionar propio de la medicina, para justificar reformas y reformadores, sin olvidar que ya no es válida la crítica subjetiva, sino la razón de los argumentos sustentados, para imponer opiniones.

Con los ingenieros de sistemas y tecnólogos afines, que ya se posesionaron de nuestro campo, cuando tienen que fabricar software para el manejo de historia clínica, para la ordenación de exámenes de laboratorio e imágenes diagnósticas, para formulación de medicamentos, y también para el cobro y pago de honorarios médicos, además del control de nuestra contratación laboral y cumplimiento de las prestaciones que se derivan de este vínculo.

Con los expertos en ventas y en compras de medicamentos, insumos y equipos de alta tecnología, porque en razón de la especialidad de cada quien será necesario dar opiniones, para adquirir elementos adecuados y cada vez mas modernos, propios de nuestro particular ejercicio profesional.

Y quienes trabajan con Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud, públicas o privadas, tendrán que poder actuar con arquitectos e ingenieros responsables de la seguridad de su entorno, de la funcionalidad y buen uso de la infraestructura arquitectónica y de los servicios propios de cada hospital y ahora con los ingenieros mecatrónicos de cuya existencia no conocíamos hasta hace poco, encargados del mantenimiento y conservación de los equipos con tecnología de punta, ya tan comunes en centros, puestos de salud y hospitales y clínicas de todos los niveles de complejidad.

Me haría interminable si continuara con este ejercicio, pero es una manera de ver y entender que a estas alturas del 2003 la ciencia médica se globalizó, que la medicina basada en la evidencia nos muestra cambios de paradigmas, que la realidad del entorno es otro distinto en el cual nos formaron y que es nuestro deber aceptarlo para poder seguir teniendo claro que servir a una persona es muy importante, pero servir a muchos es un privilegio.

Estos cambios implican la urgente necesidad de reformar nuestra visión sobre el ejercicio profesional, para adaptarnos a circunstancias ajenas para las cuales fuimos formados.

Entramos ahora en el tema de la educación y formación de médicos que ha sido tan esencial para los académicos aquí presentes y para todos los colegas que han tenido la fortuna de enseñar en el aula o en el quirófano, bien sea con el uso de su palabra o con el silencio de su ejemplo y de sus actitudes, para quienes también los cambios han sido arrolladores, desde la aplicación de la tranquila vocación para la enseñanza, hasta llegar a la especialización en pedagogía ahora exigida en las universidades nacionales y extranjeras.

Pasando por los convenios docente-asistenciales regidos por las Leyes 30 de 1992, 115 de 1994 y el Decreto 190 de 1996, que establecen las relaciones entre las Facultades de Medicina y de otras ciencias de la salud y los Hospitales y Clínicas particulares y públicas y determinan las responsabilidades laborales, económicas, financieras e inclusive de carácter penal surgidas de la actividad relacionada con la enseñanza en este campo.

El hecho de haber pasado de 23 Facultades de Medicina en Colombia, a 49 hasta ahora, si es que en este momento no se está fundando una nueva en algún rincón de la patria, aún sin tener en cuenta si existe infraestructura para la enseñanza de ciencias médicas, profesores idóneos para lograrlo, ni examinar las necesidades de estos profesionales que tiene el país, para no lanzarlos a un extraño mundo que no los necesita o donde no pueden competir con los que están mejor formados, obligándolos a situaciones frustrantes, que oscilan entre convertirse en conductores de taxi, como ya ha pasado en países cercanos, o a enrolarse con grupos ilegales alzados en armas, donde además aprenderán a torturar o a seleccionar arbitrariamente a quién curan y a quién dejan morir o simplemente matan.

Debo advertir que hay excepciones muy importantes y honrosas de nuevas facultades de medicina, creadas por universidades serias y con maestros insignes que ya empiezan el cambio en la formación de nuevos profesionales que se adapten al mundo real y no al virtual, que nuestra sociedad requiere. Para ellos el estímulo de las autoridades competentes, de los gremios y los profesionales médicos y el deseo de todos nosotros porque tengan buen viento y buena mar.

Al no tener ya nada que ver el Ministerio de Salud en la creación de Facultades de Medicina, se hace necesario que los médicos se apresten a dar su concurso para que las que vengan y las que están en proceso de cambio sean cimentadas en la vocación de servicio, con la intención de especializar a las comunidades académicas en bioética y humanismo y en la enseñanza de que el fin último de cada uno de los colegas es el servicio adecuado, eficaz, eficiente, oportuno e individualizado para la PERSONA HUMANA.

En este entendido se hace necesario el cambio del contenido curricular, por todas las circunstancias que he mencionado y que obligan desde la época del pregrado y el postgrado a la enseñanza de las técnicas adecuadas para poder interactuar con profesionales de otras disciplinas; sin olvidar la importancia de las ciencias básicas, clínicas, investigación, actualización permanente de conocimientos y nuevos inventos, descubrimientos y tecnologías, el compromiso de aprender y enseñar durante toda la vida, que son inherentes a esa bella e imprescindible profesión que es la MEDICINA.

De la misma forma se prepararán médicos capaces de ser gerentes, ministros de área diferentes a la propia, de representar intereses profesionales y los de los colegas, puesto que sin proponérselo específicamente, sabrán que el sentido común sumado a conocimientos y aplicado con sentido de justicia, irremediablemente les permitirá ser exitosos en cuanto se propongan.

Médicos-abogados, médicos-economistas, médicos-militares, médicos-consejeros de Paz, médicos-pilotos, médicos-ingenieros de sistemas, etc. ya van por ahí buscando abrir caminos para las nuevas generaciones, pero de manera evidente requieren de su apoyo y de su concurso para que no se queden las personas sin atención médica propiamente dicha, ni deje de haber presencia de colegas en campos que inevitablemente los requieren, justamente porque serán los portaestandartes del sentido social y los que ayudarán a tomar decisiones que favorezcan a todos.

Concluyo diciéndoles que el destino juega con los sueños de las sociedades y de las personas y de vez en cuando se complace en ocasionar ciclones, como cuando designan Ministros de Salud a economistas o abogados con la consiguiente crítica acerba de los colegas, o cuando nombran a una médica, por más señas pediatra, Ministra de Trabajo y Seguridad Social, o Gerente de Empresa y responsable de construir ciudadelas, entre otras actividades, extrañas a su disciplina, con el inevitable y severo descontento de abogados laboralistas que ponen en duda ese perfil y sus capacidades para ejercer tan delicados cargos.

Pasados ya los años, puedo mirar atrás con la serenidad del deber cumplido y esperar tranquila el juicio de la Historia y especialmente el de Dios que define misiones y destinos cuando nos da la vida y confesarles con cierta inmodestia que estoy preparada para trasmitir a quienes quieran oírme las experiencias que no busqué pero me fueron dadas y que hoy agradezco porque tuve ocasiones de servirle a Colombia y devolverle a mi País la oportunidad de pertenecer al 1% de la población que alcanza niveles de educación superior, constituyéndome en una persona que conforma la élite del conocimiento, que muchos de nuestros compatriotas aspiran a alcanzar, sin que desafortunadamente puedan lograrlo.

Espero igualmente no haberlos defraudado con mi accionar como médica, ni esta noche cuando se esperaba que yo presentara una ponencia relacionada con la investigación y el trabajo clínico que estuve a punto de concluir, pero que deseché en razón de la experticia que en ese campo se presenta con frecuencia en este auditorio por parte de colegas muy ilustres, con quienes no tengo méritos para competir.

Sea propicia la oportunidad para agradecer públicamente a mi familia aquí representada por mi madre y en ausencia del padre que nos precedió, por la educación y formación que me dieron ayudándome a realizar el remoto sueño de ser médica desde los albores de mi infancia; a mi esposo y colega, a mis hijos presentes y al que adelantó su regreso a la eternidad por su apoyo y comprensión para que la madre estudiante, la madre-profesional, la madre-gerente, la madre-política, la madre-ministra les robara cantidad, pero no calidad de tiempo y continuaran por siempre considerándome la madre-amiga, la madre en todo el espléndido sentido de esa hermosa palabra.

Gracias también, a mis profesores y maestros, muchos de ellos aquí presentes, porque sus enseñanzas no se limitaron a la transmisión de conocimientos, sino muy especialmente contribuyeron con la filosofía de vida de la cual me enorgullezco. A los superiores inmediatos que creyeron en mí para concederme responsabilidades laborales que parecían lejanas a mi experiencia y formación. A los Presidentes de la República que en tres gobiernos diferentes me dieron la opción de acompañarlos para ejecutar tareas dificilísimas que espero hayan contribuido a mejorar la calidad de vida de muchos compatriotas y a todos y todas las personas que de una u otra forma me acompañaron a conformar los equipos que fueron responsables conmigo de la gestión que se me encomendara.

Ellos son los que realmente merecen reconocimiento.

Con todos, quiero compartir esta noche solemne en que ingreso a la Academia Nacional de Medicina, porque obedece no sólo al mandato de disposiciones estatutarias vigentes, sino a un logro que con todos ustedes labramos desde ya hace muchos años.

Como la pediatría sigue siendo protagonista principal en el devenir de mi vida, debo aceptar en la plenitud del desarrollo personal, que es perentorio confesar en voz baja y coloquial que en mis sueños siento nostalgias por los niños que no se deslizaron por mis manos para el examen médico; para la calificación del Apgar; por los que no palpitaron bajo mi estetoscopio atento a encontrar latidos y soplos premonitorios de enfermedades prevenibles; por los que no pude acallar cuando sufrieron maltrato, intimidación, violencia y hambre y sed de afecto y justicia… ¡aún su llanto desgarrador y triste retumba virtualmente en mis oídos! Por los que murieron sin haber recibido una vacuna que les hubiera salvado la vida, por los que la fuerza del destino lanza a la calle, sin padres para cuidarlos, sin maestros para enseñarlos, sin país que no fue pensado para los niños, los comprenda y proteja, con el fin de que ellos lo trasformen y engrandezcan, como dijera nuestro Nobel García Márquez en su obra “Por un País al alcance de los Niños”.

Porque a pesar de ilusiones y esfuerzos, no siempre comprendidos, no logré disminuir, en los porcentajes que hubiera deseado, los indicadores de mortalidad infantil, ni los de pobreza absoluta que afectan especialmente a la infancia, ni el número de desplazados que añoran el terruño abandonado, ni mejorar los estilos de vida saludable que les hubiese permitido, a legiones de niños completar sus ciclos de vida, para que no se convirtieran prematuramente en ángeles de todas las razas y colores, para marchar mas allá de las estrellas, en esta Colombia que no comprende que es imposible contemplar el deterioro físico, intelectual y moral de sus nuevas generaciones sin que tengamos que pagar un muy alto precio en subdesarrollo y violencia por tan grave causa.

Sea este el momento para pedir perdón a los niños colombianos de todas las razas y rincones de la patria, ante ustedes que son paradigmas de la sociedad que conformamos, por lo que no hice y por lo que quedó sin concluir, advirtiendo eso sí, que en lo que me quede de vida estaré entusiasmando a los que nos relevan para que continúen sin descanso buscando las soluciones para los inmensos problemas que afectan a los niños, recordando que no todo requiere del dinero, sino que también es posible curar con afecto lo que por otros medios no ha logrado la insensibilidad que nos caracteriza.

Si intentáramos orar con el Poeta Rogelio Echavarría, ese bello poema que escribiera para su hijo Juán Fernando, quien coincidencialmente muriera, de manera trágica, poco después de que su padre lo publicara; tal vez pensando que cada niño colombiano, podría ser nuestro hijo, seríamos capaces de dar ternura y de mejorar con ella el País que amamos.

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