Editorial A Propósito de la Eutanasia

Académico Fernando Sánchez Torres

Desde sus inicios, la profesión médica ha tenido como contraparte a la muerte. Precisamente, la razón de ser de la medicina no es otra que evitar que la muerte cumpla su cometido, habiendo posibilidades de derrotarla. Dado que el médico es el instrumento que dispensa medicina, a él corresponde librar las batallas en defensa de la vida humana, tan amenazada siempre por incontables factores patológicos. Puede decirse, por tal motivo, que el médico trabaja familiarizado con la muerte, convive con ella.

Esta convivencia es la que ha permitido que el profesional de la medicina tenga una visión muy particular acerca del significado y trascendencia de la muerte, percepción imposible de alcanzar en actividades ajenas al arte de curar. Para los discípulos de Hipócrates, la vida es el bien más preciado del ser humano, y perderla, cuando todavía tiene sentido vivir, es un asunto que hiere su amor propio, como que su misión no es otra que velar por el bienestar físico y mental de sus congéneres.

Pero, ¿qué ocurre cuando la medicina y su cultor han perdido todo protagonismo en la lucha contra la muerte, vale decir, cuando la enfermedad ha avanzado hasta su etapa terminal, debido a que una y otro fueron impotentes para detenerla? Llegadas las cosas a tal extremo, el médico pierde su condición de combatiente, pero no la de consolador y amigo confidente de su paciente agonizante. Si ya no puede curar, su deber es el de aliviar y hacer más soportable el tránsito final.

En el desempeño de este nuevo papel se pone a prueba el sentido humanitario que pueda acompañar al médico. Consolar y aliviar debe ser la consigna que aliente su actuar profesional. Circunstancias hay -muy raras, por fortuna- en que el consuelo y alivio son poca cosa frente al dolor físico y moral que tosigan al enfermo y que, haciendo uso de su autonomía, lo llevan a implorar una ayuda efectiva, es decir, que su amigo el médico se coloque del lado de la muerte y abra la puerta para darle paso, poniendo así punto final a una agonía sin sentido. Recuérdese que agonía significa lucha, y luchar cuando no hay esperanza, es algo vano, estéril, autodestructivo.

La situación así descrita es la que ha servido de marco a la eutanasia. Como se dijo atrás, el médico es quien mejor puede dar testimonio de que la solicitud de muerte amable, dulce y compasiva, es una realidad. Servir de sujeto activo en semejante trance es un papel que le ha negado la sociedad por conducto de los hacedores de leyes, de seguro por el temor que existe de que tal licencia pueda desbordar los límites y los condicionamientos que lleguen a establecerse para practicarla. Es probable, asimismo, que cuando el médico reciba autorización legal para quitarle la vida a sus enfermos, la misma sociedad comience a desconfiar de él.

En encuestas practicadas en varios países, se ha puesto de presente que la eutanasia tiene entre los médicos más simpatizantes de los esperados. No obstante, en ninguna parte ellos han llevado la iniciativa para que se despenalice la muerte por piedad -la iatrotanasia piadosa-, precisamente por considerar que tal dispensa puede llevar a excesos, que contribuirían a desprestigiar la profesión.

El médico ciñe su actuar profesional a los principios y normas que ha establecido la costumbre, y que constituyen la moral objetiva, de obligado cumplimiento. Uno de esos principios, sin duda el de mayor jerarquía moral, es el respeto absoluto por la vida del paciente, bien el más preciado del ser humano y al que se le han asignado un origen y un final metafísicos y, por lo tanto, ha recibido toques de sacralidad.

Sobre este respeto y sobre el compromiso de no hacer nunca daño, se fundamentó la ética médica hipocrática hace veinticinco siglos. Todas las normas de conducta que en el mundo occidental han regido el comportamiento médico desde entonces, han mantenido la misma línea de conducta. Por eso es imposible que, en principio, la legalización de la eutanasia tenga aceptación en los círculos médicos, particularmente en los caracterizados por su radicalismo vitalista.

Quedaría incompleto el presente comentario si se omitiera un asunto asaz importante. Me refiero a que no todo lo legal es moral, ni todo lo moral es legal. Quiero significar con esto que corresponde a la conciencia de cada quien añadir el ingrediente bondadoso para darle el verdadero sabor ético a un acto determinado. Por eso, frente a una situación en que se contemple la posibilidad de la eutanasia, la conciencia del médico será la encargada de determinar qué es lo más benéfico para su paciente.

Así ha venido ocurriendo desde los inicios de la profesión médica. Bien decía, por eso, don Gregorio Marañón, maestro paradigmático en cuestiones de ética y medicina, que “la conducta (en el quehacer médico) la impone cada caso y la resuelve, si el profesional es digno de serlo, su propia conciencia y nada más”.


. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina de Colombia y Jefe de la División de Educación de la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina (Ascorame).

 

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