La Deshumanización de la Medicina

Académico Gilberto Rueda Pérez*

El arte y la ciencia de conocer la enfermedad y de procurar su prevención o su curación y de aminorar el sufrimiento y el dolor o retardar la muerte del ser humano, ha pasado desde el principio de la existencia del hombre por diferentes etapas, que el análisis retrospectivo nos facilita reconocer y que se imbrican y entrelazan a través de los tiempos y del cambiante desarrollo de las ciencias, a medida que el hombre evoluciona, desde su ignorancia absoluta de los fenómenos de la naturaleza que lo rodean, hasta la época actual que lo ha llevado a conocerse -así sea parcialmente- a sí mismo y a comprender, e inclusive a tratar de manipular las estructuras de los seres vivientes y a adentrarse en ese universo infinito que ha fascinado al hombre desde siempre.

Al principio el arte de curar se basaba exclusivamente en la observación de los fenómenos orgánicos causados por el trauma de las guerras, los terremotos, por las grandes epidemias y por los procesos que rodean el nacimiento de los seres humanos que, permanentemente o por agudizaciones periódicas’ diezmaban prematuramente a los pobladores del planeta.

La muerte constituía un fenómeno natural inherente a estos procesos y era esperada, temida y respetada como un fenómeno producido por la voluntad de Dios, al que no podía el hombre de ninguna manera, ni debería, oponerse. La enfermedad asimismo era producto de la ira de Dios como castigo al pecado de los hombres y así por siglos se aceptó este designio con acatamiento y obediencia, al tiempo que se castigaba al enfermo, o mejor al pecador, con el aislamiento, el destierro y la incineración de sus haberes como sucedía con aquellas enfermedades llamadas vergonzantes.

Pero la mente del hombre evolucionó para superar estas primitivas creencias. Su poder inquisitivo basado en su irrefrenable deseo de conocimiento hizo que de entre los sanadores y los curanderos que habían surgido como consecuencia natural de las necesidades impuestas por los sufrimientos del hombre enfermo, se destacaran los  médicos quienes tratarían de hallar en el organismo humano los fenómenos causantes de la enfermedad y así, como elemento primario y fundamental, surgió el estudio de la anatomía humana, en forma clandestina primero, y por siglos, y luego poco apoco como una ciencia y un arte cada vez más completos y exactos, hasta llegar al dominio de todos y cada uno de los elementos orgánicos que constituyen al hombre y así surgieron los grandes anatomistas de otras épocas, encabezados por Vesalio hacia 1543, que con su gran descripción de la Fábrica humana, había de avanzar en el conocimiento del organismo hasta llegar a través de sus discípulos a la descripción milimétrica de todas y cada una de las estructuras orgánicas.

Dentro del avance de este conocimiento y con el advenimiento del microscopio de Leuwenhoek, los médicos pasaron al estudio detallado de los tejidos orgánicos y de las células que los componen, y se desarrolló la histología humana en toda su maravillosa dimensión hasta llevar su conocimiento con las técnicas biofísicas y bioquímicas modernas al dominio prácticamente total, no sólo de las células sino más aún, de sus componentes ultra celulares y sus propiedades físicas y químicas y hasta su manipulación ad infinitum como presagian los avances de la genética y la bioingeniería.

Pero los anatomistas y los histólogos no se pueden limitar al conocimiento adquirido y paralelamente surge, como es natural, el estudio de los tejidos y de las células en estado patológico, bien sea este estado provocado por la enfermedad o bien al contrario, sea la enfermedad el producto de las lesiones celulares. Y surge la anatomía patológica y la histopatología, y con ellas, el conocimiento, la explicación y el sustrato de la enfermedad y de la muerte y se convierten en las ciencias más técnicas, más precisas, más profundas; atraen para sí y hacen su yos todos los procedimientos que la física, la química, la óptica y las demás ciencias pueden aportar a la delicada misión que lo involucra: La explicación cierta e incontrovertible de las modificaciones celulares y tisulares de los órganos humanos ante la enfermedad y ante la muerte, que conduce a la derrota total de la imaginería, de la charlatanería, del empirismo, basados en la credulidad y la ignorancia y la tendencia a atribuir a lo sobrenatural todo lo que nuestra mente no alcanza a comprender.

Al desarrollo se suman ya en este siglo que ahora termina, los grandes descubridores que habrían de revolucionar el concepto de la medicina de la antigüedad para llevarla poco a poco al enorme avance tecnológico que hoy presenta y asimismo bajo el influjo de las dos grandes guerras mundiales al volcarse el aparato tecnológico hacia tierras de América en los Estados Unidos, los grandes maestros del desarrollo de las técnicas quirúrgicas, de la imagenología, de las comunicaciones, que incorporadas a la medicina han producido en los últimos cincuenta años el avance más extraordinario que en campo alguno de la ciencia humana haya podido presentarse.

Estos hechos habrían de convertir el ejercicio de la medicina en una ciencia basada en el conocimiento de los fenómenos orgánicos y de los procesos reproducibles y demostrables que conducen a la enfermedad pero al mismo tiempo descubren el camino a la prevención, curación, o a la rehabilitación de sus secuelas y siempre por encima de todo al alivio del dolor del ser humano.

Simultáneamente el hombre, no ya el médico, sino el físico, el químico, el biólogo, el científico en general y el técnico, continúa aportando a la ciencia en general todas las innovaciones que nos asombran y que nos llevan a descifrar el gen ama humano y a la cibernética y al conocimiento del universo más allá de la órbita de este planeta que parasitamos y que al paso que llevamos habremos de esterilizar para convertirlo en un pequeño, desértico planeta que continuará girando inútilmente ad infinitum alrededor de un Sol que se extingue.

Todos estos apuntes de la ciencia y de la técnica contribuyen al inmenso avance de la medicina en todos sus campos; sin embargo, estos avances producidos por la mente humana deberán ser puestos por los médicos al servicio del hombre considerado como un todo no como una máquina o como un objeto inerte sino como un ser provisto de mente y por tanto de emociones, de raciocinio, de conciencia y de un interés que supera todos los demás que es el interés de conservar su propia vida y de vivirla en condiciones de bienestar general.

Al mismo tiempo que los avances científicos y tecnológicos mejoran todos los campos de la medicina como ya se dijo son causa simultáneamente del enorme incremento de los costos tanto de los procedimientos que rodean el diagnóstico positivo como de los que constituyen los elementos terapéuticos de todo orden.

El médico trata entonces de convertirse no solamente en protector de la salud de sus semejantes, sino en administrador de los diferentes mecanismos administrativos que esta conservación significa, lo cual está lejos de su preparación humanística y tecnológica; se presenta entonces la discrepancia entre quienes tratan de administrar la salud siendo ajenos a la medicina y el médico que continúa teniendo la imagen que se le ha inculcado de ser la persona única responsable por la prestación de los servicios de salud.

Surge la medicina de tipo social en donde lo primordial debe ser la atención primaria en salud que debe ser prestada a toda la comunidad en general sin distinción de clases ni de orden económico y ejercerla con equidad como parte fundamental de la justicia distributiva, para mejorar el acceso a la atención de las poblaciones de los estratos económicamente más débiles; debe ser un factor fundamental en la promoción de la salud y en la prevención de la enfermedad, pero primordialmente debe fomentar la relación médico- paciente para evitar a toda costa la despersonalización de la atención médica.

No puede el médico, protagonista fundamental de esta nueva medicina social, desprenderse de su ética hipocrática que lo lleva a hacer el bien por el bien; a procurar por todos los medios no solamente adquirir los conocimientos necesarios para actualizar su difícil profesión sino aplicarlos desinteresadamente y sin desviaciones de ninguna clase a todos los pacientes que a él acudan.

Más importante aún, debe conocer e interpretar y ejercer el concepto de la bioética que lo hará observar y tratar al hombre en su entorno, en relación con el medio ambiente en que vive en el cual hace parte fundamental tanto la persona que requiere el servicio, como el médico mismo.

Este debe necesariamente encontrar satisfacción en el ejercicio de su profesión y habrá de encontrarla en la medida que se dé cuenta que su ejercicio profesional, sobre todo en su calidad de médico general lo vuelve a involucrar en el terreno más satisfactorio de todos, en el de consejero, amigo, conductor de la salud no solamente de una persona sino preferiblemente de un núcleo familiar, característica que se ha ido perdiendo en el mundo occidental en gran parte debido a la especialización y a la super especialización creadas por la tecnología de la cual hemos hablado anteriormente.

Tradicionalmente la bioética se define como el estudio sistemático de la conducta humana en el área de las ciencias de la vida y del cuidado de la salud en cuanto dicha conducta es examinada y de los valores y de los principios morales.

Esto quiere decir que se sirve de las ciencias biológicas para mejorar la calidad de vida en su más amplio sentido (Enciclopedia de bioética N.Y, 1978, p. XXXIX). Los principales factores que han dado lugar al origen de la bioética se refieren a:

• Los avances científico-técnicos principalmente en: la ingeniería genética potencial y actualmente capaz de ser aplicada a la biología humana.
• Las nuevas técnicas de reproducción humana.
• Las nuevas fronteras en el trasplante de órganos.
• Los progresos técnicos aplicados en la reanimación del paciente, los diagnósticos prenatales, la desterilización y la contracepción, la creación de drogas estimulantes y supresoras, la tecnología espacial para adecuar la vida humana a condiciones extraterrestres. El uso de instrumentos altamente perfeccionados para diagnóstico, tratamiento y rehabilitación de enfermedades de alto riesgo. La polución del ambiente, la destrucción de la vida
vegetal, la ozonificación de la atmósfera y tantas otras.

Deshumanización de la medicina

La característica del hombre como persona es la conciencia, la cual es a su vez la resultante del proceso de conocer, discernir, escoger, decidir y actuar con libertad y naturalidad plena en todas y cada una de las etapas de su vida consciente.

Esa libertad tanto de escoger, de definir una conducta debe ser respetada a toda costa en todas las circunstancias de la vida y con mayor razón aún en lo que respecta al más primitivo y fuerte de sus anhelos vitales, cual es el de la conservación de la salud y la prolongación de su vida útil.

Toda conducta atentatoria de las dimensiones humanas puede considerarse como deshumanizada. En el campo de la medicina la actividad inhumana o deshumanizada puede ocurrir durante el acto médico en sí o ser exterior a él teniendo en uno y otro casos al paciente como víctima receptora de este hecho.

La ocurrencia exterior al acto médico se produce generalmente a nivel institucional, a consecuencia de normas de reglamento para la atención de los pacientes, en circunstancias muy frecuentes que se encuentran en forma prácticamente inherente a la medicina de tipo social de que hemos estado hablando. Pueden resumirse estas actitudes en las siguientes:

Atención por un profesional no escogido por el paciente y sus familiares sino impuesto por la institución. Atención demorada inmisericordemente debido a las condiciones y masificación del ejercicio de la medicina. Las largas y penosas filas a las que debe acudir el paciente en busca de la cita con el profesional, luego para la práctica de los exámenes de laboratorio, de la entrega de las prescripciones y, lo que es peor aún, de la cita para su tratamiento, específicamente cuando éste ha de ser quirúrgico.

La referencia del paciente de un centro de atención y a otro hasta llegar por fin al hospital en el que ha de ser tratado; la designación del paciente no por su nombre sino por un número que puede ser el de la ficha o el de la cama; la falta de amabilidad y de cariño en el trato tanto del personal auxiliar como del médico mismo y la enfermera muy frecuente en este tipo de medicina por volumen.

Estas son algunas de las condiciones presentes cuando analizamos el recorrido que debe hacer un paciente entre la presentación de sus síntomas, la atención de su enfermedad y su rehabilitación; muchas otras podrían citarse, algunas peculiares a cada país y a cada región; sin embargo, cabe la pena destacar otras que conllevan a igual deshumanización o peor aún puesto que interfieren directa y claramente con el ejercicio de una profesión ética y justa.

Hemos visto cómo la ciencia y la tecnología aplicadas a la medicina han llevado a ésta a un estado absolutamente ajeno a las antiquísimas prácticas mágicas y esotéricas con las que se inició, para pasar a ser una profesión de la más alta calidad dentro de las ciencias que practica actualmente el hombre, por el hecho de tener como sujeto de esa práctica al ser humano en su categoría total, tanto física como psicológica, pues no podemos olvidar esta parte primordial del ser humano que hace que nunca, bajo ningún concepto, en ninguna circunstancia, pueda desprenderse su parte física de su parte psicológica; toda enfermedad repercute sobre el estado emocional, mental y psíquico de la persona que la padece y a su vez todas las circunstancias psicológicas adversas repercuten necesariamente en el bienestar del hombre.

Bajo ninguna circunstancia podrá el médico olvidar esta simbiosis. Pero éste es solamente un aspecto del enfoque hacia el paciente; el médico deberá tener presente siempre que habrá de atenderlo en las mejores condiciones científicas y técnicas.

Y estas condiciones se refieren específicamente al conocimiento de la materia médica relacionada con la enfermedad, al análisis de su paciente, a la disposición a su alcance de los métodos y elementos más seguros, precisos y prácticos aportados por la ciencia en todos los campos para prevenir la enfermedad, para hacer el diagnóstico correcto cuando ya la enfermedad se haya presentado, para curarla, tratar sus secuelas y para rehabilitar al paciente, o bien para acompañarlo en su última enfermedad y en sus últimos momentos con toda la consideración y el respeto que merece el moribundo sin abusar, téngase muy en cuenta esto, sin abusar de esa misma tecnología para alargar la vida del paciente en forma dolorosa e inútil ante la muerte inexorable.

El médico así como aprende a conocer la vida, debe aprender a reconocer la muerte cuando llega.

Considero personalmente que no es ético, que no es ni siquiera lógico dividir la enfermedad y los recursos para contrarrestarla en escalas de diferente aplicación; no encuentro válida la razón que para extender a toda la población de un país o de un territorio los beneficios de la salud, deban reducirse los métodos, elementos y recursos tecnológicos, de diagnóstico o terapéuticos de acuerdo con la capacidad socio-económica del paciente.

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