José Asunción Silva a Través de su Poesía

Silva fue un tributario del romanticismo, igual que Gustavo Adolfo Bécquer con quien comparte muchas afinidades. Fácilmente olvidamos que el romanticismo fue tardío en España e Hispanoamérica. Para Rafael Maya Silva “siendo el último romántico es el primer poeta modernista” en nuestra lengua. (19). Javier Arango Ferrer lo matricula de lleno en el romanticismo. (20). Quizá sea mejor definirlo como romántico en la esencia y modernista en la forma. La ruptura del romanticismo con el clasicismo se debió al abandono de la realidad sensible para quedarse en lo puramente emocional, con o sin punto de apoyo en aquella. Una de sus causas estuvo en la crisis que se le planteó a la cultura occidental cuando la ciencia moderna empezó a golpear las creencias religiosas que le daban al hombre una concepción del mundo, de sí mismo, de su destino. El pesimismo cristiano que nos enseña que vivimos en un valle de lágrimas, nos propone como consuelo la creencia en una vida mejor. Los románticos se quedaron con el primero pero dejaron de confiar en la segunda. Eso explica el escepticismo en que cayeron todos, el nihilismo de Nietzsche, el pesimismo de Schopenhauer, el subjetivismo de Fichte. No olvidar que el romanticismo nació en el convulsionado final del siglo XVIII y tomó cuerpo en el inestable XIX. H.G. Schenk ha escrito un excelente ensayo sobre “la enfermedad romántica del alma”. El autor hace hincapié en el autoanálisis atormentado, el malestar incesante, el infortunio que caracterizó a tan importante generación. Los modernistas dejaron de lado el retoricismo de los románticos y expresaron los mismos sentimientos sugiriéndolos con palabras e imágenes sobresalientes por su sencillez y simplicidad.

Silva definió muy bien la situación crítica, creadora del romanticismo en el “Mal del Siglo”:

Doctor, un desaliento de la vida
Que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
El mal del siglo … el mismo mal de Werther
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.

“Un cansancio de todo, un absoluto
Desaprecio por lo humano … un incesante
Renegar de lo vil de la existencia
Digno de mi maestro Schopenhauer;
Un malestar profundo que se aumenta
Con todas las torturas del análisis …

Rafael Maya escribió con toda razón que la poesía silviana está hecha de muerte y pasado, temas propios del romanticismo. Es frecuente que los románticos llevaran sus personajes al suicidio, como ocurre con Ruy Gómez en el “Hernani” de Hugo, el Werther de Goethe, el Manfredo de Byron, el Rafael de Lamartine, el Rolla de Musset. Son célebres las crisis depresivas de Leopardi y Bécquer. Algunos de los autores cayeron en el suicidio, verbigracia, Mariano José de Larra, Gerardo de Nerval y, entre nosotros, Silva y Candelario Obeso. No es de extrañar que en la poesía romántica no brille el sol, sino en los momentos crepusculares y, una que otra vez, cuando aparece en el horizonte. Esa poesía se ilumina apenas con los rayos de la luna y las estrellas. La mayor parte del tiempo todo se pasa en ella al amparo de la oscuridad. Con frecuencia asoma la desnuda calavera, cuando no permanece discretamente oculta en los sepulcros.

La tristeza se da a manos llenas por el peso de la vida y las flores siempre están marchitas. Ocasionalmente la desesperanza suele expresarse en ironía agresiva contra los seres y las cosas. La melancolía, los sollozos y las lágrimas son de regla, cuando no el tedio, la ansiedad, los desengaños, la desventura, los suspiros. Don Miguel de Unamuno definió la poesía de Silva como sigue:

“Lo primero, ¿qué dice Silva? Silva no puede decirse que diga cosa alguna; Silva canta. Y ¿qué canta? He aquí una pregunta a la que no es fácil contestar desde luego. Silva canta como un pájaro triste, que siente el advenimiento de la muerte a la hora en que se acuesta el sol”.

“Y puros, purísimos son por lo común los pensamientos que Silva puso en sus versos. Tan puros que como tales pensamientos no pocas veces se diluyen en la música interior, en el ritmo. Son un mero soporte de sentimientos” (21).

Repasé cuidadosamente Intimidades, los primeros poemas de Silva, rastreando los temas anteriormente mencionados. Son cincuenta y cuatro poesías originales y seis traducciones. De las primeras sólo ocho escapan a la maldición pesimista, no obstante el tono de algunas de ellas, a saber: “Adriana”, “La primera comunión”, “Fragmento de una carta”, “Infancia”, “Los demasiados felices”, “Alas”, “Notas perdidas”, VIII y XI. De las traducciones únicamente dos respiran paz, “Huyamos de Solaña” de Víctor Hugo y “La estrofa” de G.A. Bécquer.

Igual escrutinio hice con “El Libro de Versos” en el cual figuran cincuenta y nueve poemas, descontados seis publicados en “Intimidades”. Pues bien, cuarenta y dos corresponden a la temática propia del romanticismo, incluidas las versiones de “Las voces silenciosas” de Lord Tennyson y “Realidad” de Hugo.

Las excepciones son “Crepúsculo”, “Obra humana”, “Ars”, “Mariposa”, “…?” (“Estrella que entra los sombríos” …), “Serenata”, “Taller moderno”, “Paisaje tropical”, “Madrigal”, “Futura”, “Egalité”, “A Diego Fallón”, “Sus dos mesas”, “Nocturno” (“Oh! dulce niña pálida, que como un montón de oro …”), “Poesía viva”, “A un pesimista”, “…?” (“Por qué de los cálidos besos …”), “A ti (“Tú no lo sabes, más yo he soñado”), el otro “A ti” principia:

De luto está vestida,
sembrada está de abrojos
la senda de mi vida,
sin luz y sin placer.

Es de observar que en la poesía de Silva no aparece la madre sino la abuela y con mayúscula, y que el niño sólo recuerda los cuentos infantiles. Nada sabe ni del amor ni de las caricias maternales.

Veamos algunos ejemplos tomados de “El Libro de Versos”. En “Al oído del lector” nos encontramos con que la dicha se traduce en tristeza:

Pasión hubiera sido
En verdad; estas páginas
En otro tiempo más feliz escritas
No tuvieran estrofas sino lágrimas.

Cuando hay dicha las ideas dolorosas vienen a perturbarla, tal como ocurre en “Los Maderos de San Juan”:

Y en tanto en las rodillas cansadas de la Abuela
Con movimientos rítmicos se balancea el niño
y ambos conmovidos y trémulos están,
La Abuela se sonríe con maternal cariño
Mas cruza por su espíritu como un temor extraño
Por lo que en lo futuro, de angustia y desengaño
Los días ignorados del nieto guardarán.

Nada tan característico del Silva predispuesto a la melancolía, como “Al pie de la estatua”, el poema en que canta a Bolívar. El poeta se advierte a sí mismo que no cante al Libertador victorioso contra España en cien combates, ni siquiera al joven cuando juró hacerlo en el Aventino, ni al guerrero afortunado en medio del fragor de las batallas, ni al gozador incansable de la “opulenta Lima”.

No, no lo cantes en las horas buenas
En que, unido a los vítores triunfales,
Vibró en su oído el son de las cadenas,
Que rompió, de los tiempos coloniales:
Cántalo en las derrotas,
En la escena de grave desaliento
En que sus huestes considera rotas
Por las hispanas filas …

Y la tristeza exalta
De tenebrosa noche de septiembre,
Cuyos negros recuerdos nos oprimen …

Muy pocos poemas pueden compararse a “Día de difuntos” en los sentimientos desolados que inspira. El tema, el paisaje, el doblar de las campanas, la adolorida ‘intimidad familiar, la insistencia en la muerte, las referencias al suicidio, todo es de una “letal melancolía” pocas veces mejor lograda.

La luz vaga … opaco el día
La llovizna cae y muja
Con sus hilos penetrantes la ciudad desierta y fría.
Por el aire tenebroso ignorada mano arroja
Un oscuro velo opaco de letal melancolía,
y no hay nadie que, en lo íntimo, no se aquiete y se recoja
Al mirar las nieblas grises de la atmósfera sombría,
y al oír en las alturas
Melancólicas y oscuras
Los acentos dejativos
y tristísimos e inciertos
Con que suenan las campanas
Las campanas plañideras que les hablan a los vivos
De los muertos.

En “Don Juan de Covadonga” el personaje ha ensayado todos los placeres de la carne, para librarse de su “tenaz melancolía”, sin lograrlo. Busca entonces el refugio de un convento, donde es prior un hermano suyo, a quien le sugiere que él desearía imitarlo,

¿Orando tú?…, le dijo
Don Juan, con voz monótona y cansada,
Lejos de todo, en la quietud suprema
De la vida del claustro … cuando fijo,
Temblando, una mirada
En el abismo actual de mi miseria,
Sueño también en el retiro …

El prior lo interrumpe y le cuenta:

Oye Juan, mira, hermano … Aquí en la triste
Vida conventual, todo reviste
Un aspecto satánico, mis horas
Tienen angustias indecibles, mira,
Un enjambre de formas tentadoras,
Entre mi celda, por la noche, gira
y huye … De la oración con los empeños
Lo disipo por fin … Ansío el oro…
y yo llegué al convento … ¡Pobre loco!
Triste y arrepentido,
Soñando en fin en descansar un poco,
Yen ansiedades místicas perdido …
Pero dime, ¿A qué vienes … ? “Yo por verte,
dijo don Juan, por verte, a toda prisa,
y por darte noticia de la muerte
De don Sancho de Téllez, tú, mi santo
Por su eterno descanso dí una misa!

En “Gotas Amargas” Silva adopta la ironía y hasta el sarcasmo contra el estado de tristeza en que parece zozobrar. Ejemplo, “Avant-Propos”, en el cual hay una cierta alusión a las fórmulas médicas a que me referí atrás, verbigracia, las gotas amargas que se prescribían a los dispépticos, compuestas con ipeca y genciana:

Pobre estómago literario
que lo trivial fatiga y cansa,
no sigas leyendo poemas
llenos de lágrimas.

Deja las comidas que llenan,
historias, leyendas y dramas
y todas las sensiblerías
semi-románticas.

y para completar el régimen
que fortifica y que levanta,
ensaya una dosis de estas
gotas amargas.

En “Filosofías” el poeta habla de sus propias experiencias para distraer la angustia y curarse del “mal del siglo”, y cita a algunos de sus autores preferidos.

Compara religiones y sistemas
de la Biblia a Stuart Mill,
desde los escolásticos problemas
hasta lo más sutil.

De Spencer y de Wundt, y consagrado
a sondear ese abismo
lograrás este hermoso resultado:
no creer ni en ti mismo.

Deja el estudio y los placeres; deja
la estéril lucha vana
y, como Cakia-Muni lo aconseja
húndete en el Nirvana.

Son contados los poemas en que Silva deja asomar su sexualidad marcada por altibajos. Ejemplo:

… ?
¿Por qué de los cálidos besos,
de las dulces idolatradas
en noches jamás olvidadas
nos matan los locos excesos?
De la carne el supremo grito
hondas vibraciones encierra;
dejadla gozar de la vida
antes de caer, corrompida,
en las negruras de la tierra “.

En “¡Oh dulce niña pálida!” el poeta es tan expresivo como el José Fernández de “De Sobremesa”:

Dime quedo, en secreto, al oído, muy paso,
con esa voz que tiene suavidades de raso:
si entrevieras en sueños a aquel con quien tú sueñas
tras las horas de baile rápidas y risueñas,
y sintieras sus labios anidarse en tu boca
y recorrer tu cuerpo, y en su lascivia loca,
besar todos sus pliegues de tibio aroma llenos
y las rígidas puntas rosadas de tus senos;
si en los locos, ardientes y profundos abrazos
agonizar soñaras de placer en sus brazos,
por aquel de quien eres todas las alegrías,
¡oh dulce niña pálida!, di, ¿te resistirías? …

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