XVIII. Reflexiones sobre el Destino, La Libertad, el Bien y el Mal

Destino, Libertad, el Bien y el Mal

DR. GUILLERMO SÁNCHEZ MEDINA

Introducción

En este capítulo me voy a referir a una serie de hechos que relaciona al destino con los instintos, el determinismo, el azar, el bien y el mal o lo positivo y lo negativo, la unidad de contrarios, la libertad, las coincidencias, el consciente y el inconsciente, el inconsciente co­lectivo, las leyes de la serialidad y sincronicidad y algunos pocos ejemplos tomados al azar y determinados por mis deseos de poner en evidencia diferentes hechos en que se presentan las conexiones causales y acausales, y que también se han develado en las antiguas escrituras y a través de la historia; para todo esto haré una serie de reflexiones con diferentes conceptos.

Otras reflexiones sobre el destino

Conocemos como en el ser humano se generan múltiples informaciones; en alguna de estas es evidente cómo está presente la lógica deducible y en otra está ausente y por conse­cuencia es ilógica o irracional; y, por lo tanto puede ser distorsionada de la misma realidad. La misma organización humana tiene un orden lógico a la vez que sus límites, éstos muy po­siblemente son protectores de otro tipo de información o de hechos del universo.

La primera cubierta protectora del Yo corporal es nuestra piel, con los límites de la percepción, la cual en nuestra especie animal humana, va más allá de los órganos sensoperceptivos de la epidermis y por eso están los del olfato, la vista, el oído, el gusto, las cenestesias, y aún más se encuen­tra la percepción llamada extrasensorial o subliminal y la misma intuición, la formación de preconceptos, los cuales pueden combinarse y aún deformarse para llegar a creencias mágicas y omnipotentes o a las supersticiones, a los mitos que luego pueden convertirse en dogma de fe; estas temáticas serán desarrollados en la obra en preparación titulada: “Ciencia, magia y pensamiento”.

El ser humano no solamente tiene sus protectores ya nombrados sino al nivel biológico se instaura todo el sistema inmunológico con sus anticuerpos y antígenos necesarios para pro­tegerse de microorganismos exógenos; al mismo tiempo se establece toda una interrelación en la interacción de sistemas para equilibrar los funcionamientos que llevan a la adaptación (“Síndrome de adaptación de Selye”) y que son desencadenados por el estrés (ver “Cerebro Mente y Estrés”, 2012).

Desde el punto de vista psíquico inventamos credos protectores basados en construccio­nes erróneas, a veces con total desconocimiento de nuestra misma realidad interna; por ahora no hemos podido franquear y conocer completamente de qué manera se genera, se desarrolla y se perpetua el mismo fenómeno del destino para nacer, para vivir y para morir, siempre y cuando el destino lo marque, o mejor, cuando todos los determinantes y el azar se cumplan para tal fin; es decir se llega a la existencia y al destino.

Es así como estamos encadenados, enlazados y obligados a pensar y a imaginar los lími­tes de nuestra propia condición. De la misma manera nos vemos impulsados a seguir vivien­do, a tomar decisiones acertadas o no, y estamos en la obligación de no negarnos ni mentirnos y sí cuestionar nuestro propio destino, cuyo libreto desconocemos paso a paso; sin embargo, participamos escribiéndolo no sin asombro, cuestionamientos, encantos y frustraciones, más si con ilusiones de cómo el destino es la vida cotidiana plena de belleza y de felicidad de estar vivos; sin embargo, Einstein decía: “la vida es como montar en bicicleta; si quieres mantener el equilibrio no puedes parar; la vida es hermosa, vivirla no es una casualidad”; “lo más bello que podemos experimentar es el lado misterioso de la vida; es el sentimiento profundo que se encuentra en la cuna del arte y de la ciencia verdadera”; “locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados” y “lo importante es no dejar de hacerse preguntas”.

“La única cosa totalmente valiosa es la intuición”, “nada puede ser cambiado en el nivel de consciencia que fue creado… […]… ninguna cantidad de experimen­tación puede probar definitivamente que tengo razón; pero un solo experimento puede probar que estoy equivocado… […]… no podemos resolver los problemas usando el mismo tipo de pensamiento que usamos cuando se crearon… […]…, no podemos engañar a la naturaleza, pero si podemos ponernos de acuerdo con ella… […] … No pretendemos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo.

La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a las personas y países, porque la crisis trae progresos; la creatividad nace de la angustia como el día de la noche oscura. Es de la crisis que nacen la inventiva, los descubrimientos y las gran­des estrategias.

Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. Quien atri­buye la crisis a sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más los proble­mas que las soluciones; la verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones.

Sin la crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méri­tos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos nuestro talento y nuestras habilidades para encontrar soluciones, acabemos de una sola vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla”. “

Hay dos formas de ver la vida: una es creer que no existen milagros, la otra creer que todo es un milago”; “dos cosas son infinitas: el universo, la estupidez humana, y no estoy seguro que el universo” (aquí yo agregaría la ignorancia y la envidia del hombre); “el que no posee el don de maravillarse ni de entusiasmarse, más le valdría estar muerto porque sus ojos están cerrados”; “todos somos muy ignorantes.

Lo que ocurre es que no todos igno­ramos las mismas cosas”. Con respecto a cómo surgió la teoría de la relatividad se expresó planteando dos preguntas: “¿cómo se comportan las leyes de la naturaleza en un ascensor en caida libre?” y, “¿qué sucede si corro detrás de un rayo de luz y lo alcanzo?”.

Aquí me pregunto qué pensaría Albert Einstein de la teoría del azar determinista’ La respuesta se la dejo a los genios para responderla, (522), (523). Todos estos pensamientos son atemporales. ¿Es el destino solamente perteneciente al hombre o se incluyen en él la naturaleza y el uni­verso con todos sus secretos? La respuesta está en la misma pregunta: es de todo y de todos; es lo que viene o va a suceder y a donde se llega. ¿Será que se puede programar?

La respuesta depende y está de acuerdo a cada sujeto y situación, a la vez que a las posibilidades; de todas formas cada cual tiene y/o llega a su puerto del destino en donde se amarra nuestro barco de la vida. ¿Acaso el destino lo podemos detectar con la experiencia, con la fe, con la intuición o la ley de las probabilidades? La respuesta no es exacta porque la experiencia misma determina nuestros actos para decidir si o no; así también ocurre con la fe, con la ley de probabilidades y con la intuición y así mismo con la propia historia.

Imposible saber con precisión cuál va a ser el propio destino; pero sí lo es el contribuir a que se establezca positivamente. Hagamos la siguiente reflexión; entre las millones de galaxias existentes en nuestro uni­verso conocido, solamente conocemos al hombre en el sistema solar, de la galaxia de la “vía láctea”; lo demás son suposiciones y probabilidades.

En la física del universo conocido sabemos cómo indefectiblemente el átomo de hidrógeno tiene un electrón y el de helio dos, el de carbono cuatro electrones en órbita externa y dos en la interna, el oxígeno seis en la externa y dos en la interna y cada átomo tiene sus diferentes órbitas con electrones y así se determina sus valencias y sus enlaces; pasando a la naturaleza, y a los animales; a su vez, el instinto sexual (524) determina la procreación, más en el hombre existe el libre albedrío; éste último ¿pertenece solamente al hombre o es también propio del animal?

Por ejemplo, mu­chas águilas que son longevas y cazadoras tienen un final trágico; al enfrentar el drama de la vida, por que mueren o se dejan morir de inanición, resucitan y tienen la opción del suicidio al dejarse caer en picada sobre las rocas desde gran altura cuando son vencidas en combate; sin embargo, tienen la elección de retardar el final remontando el vuelo y eligiendo un lugar seguro para posarse en una roca e iniciar la tarea terrible degenerativa, picoteando la piedra con su pico hasta destrozarlo y así provocan una regeneración; al poco tiempo crece un pico nuevo y perfecto y emprenden otra desagradable labor y es la de extirpar una a una sus ga­rras, se arrancan sus plumas viejas hasta quedarse en carne viva; luego nacen nuevas blandas plumas saludables y después de 150 días vuelven a volar.

¿Qué ha ocurrido ante el destino del fin? La respuesta es que existe otra fuerza instintiva de auto aniquilación para una auto-regeneración y una nueva vida determinada, en cambio de perecer por inanición cuando su edad determina el fin; ¿será que se puso parte del instinto tanático o fin vital paradógicamente al servicio de la reparación o recuperación (vital)?. ¿He aquí el destino y el libre albedrío en el animal? Libre albedrío, determinismo y destino se confrontan con la decisión de otra elección y por ende con la libertad, ¿acaso el águila no está determinada para esa elección, ese determinismo y ese destino? La respuesta muy posiblemente es afirmativa.

El bien y el mal, la libertad y el destino

Antes de iniciar el breve desarrollo de esta temática veamos la definición de las palabras “bien” y “mal”. El diccionario de la Academia de la Lengua se refiere a que uno y otro son adverbios masculinos.

El primero el bien se refiere en el diccionario de la lengua española “a lo que es debido, con razón, acertadamente, a lo sano, de manera propia y adecuada, con gusto, sin incon­veniente; es un valor positivo útil”; hay diferentes referencias al bien según se asocia con el valor humano, espiritual, socio-económico, político, natural, bio-psicofísico.

Por lo tanto el valor determina el bien, por ejemplo, en la armonía o la belleza, la dignidad, la virtud, la cosa, la acción, la persona, la conducta ética, el sentido. Podemos distinguir dos puntos de vista fundamentales, uno el de la teoría metafísica del bien y otra la subjetiva; en ambos existe una verdad conocida su causa; aquí interviene el ser, la existencia y la ciencia.

Santo Tomás se pronunciaba con respecto al bien de la siguiente manera: “todo ente en cuanto a ente, es bueno” (525). Abbagnano se pronuncia de la siguiente forma: “todas las formas del idealismo y de espiritualismo constituyen otras tantas doctrinas metafísicas del bien, ya que todas iden­tifican el bien con la realidad…”.

La teoría subjetiva del bien es inversa y simétrica a la teoría metafísica; así Aristóteles determina los criterios de que “… lo que es bueno absolutamente es más deseable que lo que es bueno para alguno, por ejemplo, el curar es preferible a sufrir…” (porque puede ser para alguno bueno el sufrir); otro ejemplo es cómo “… la justicia es preferible a lo que es bueno por adquisición”; de tal forma llegamos al bien como un beneficio y no daño; y, aquí se pue­de centrar en la vida, la salud, la fuerza, el ingenio, el arte, la ética, etc.; por lo tanto lo que se construye y crea es bueno y lo que se destruye es malo; sin embargo, se corre el albur de que hay construcciones maléficas; aquí es importante tener en cuenta el sentido y el fin de hacer el bien.

A su vez no todo lo que nos produce placer es bueno y más bien el bien, está ubicado en el equilibrio, la equidad, en la honestidad y en la razón con un “valor objetivo” que nos proporciona felicidad auténtica en que se conjugue el Yo y el nosotros, (Op. cit.). Por su parte el mal indica lo “contrariamente a lo que es debido, sin razón, apetecido o se requiere, de manera impropia, insuficiente”.

Por su parte el mal o lo malo se usa como un sustantivo y es contrario al bien que se aparta de lo lícito y honesto; se entiende que el mal produce un daño y es una desgracia, calamidad, enfermedad, dolencia (dolor), y en suma una destrucción y desorden, pudiendo a la vez presentarse males desordenados y buenas destruc­ciones.

Yendo a los conceptos que significa el término, éste “el mal”, es opuesto “al bien” y tiene una noción metafísica en que se plantea el “no ser” o la “dualidad del ser” (“el ser y no ser”, o “el ser o no ser”); esta noción es filosófica y ya está planteada en el capítulo IX (“Estnon”); la noción subjetivista se refiere al juicio negativo.

El filósofo Plotino identifica “el mal” con la materia y ésta con “el no ser”; y San Agustín escribe: “ninguna naturaleza es mala y este nombre no indica otra cosa que la privación del bien”, (526), (527); Santo Tomas se refirió en el mismo sentido al afirmar que “el mal es la ausencia del bien” (aquí se define por la presencia y ausencia), y Leibniz se pronunció en el sentido que “Dios es la causa material del mal, que consiste en su parte positiva y no en su forma que consiste en la privación”.

Croce afirmó: “el mal cuando es real no existe sino en el bien que contrasta y lo vence y por lo tanto no existe como un hecho positivo”. Aquí nos enfrentamos a la lucha entre dos principios; el modelo de esta concepción es la religión persa de Zaratustra que constituye una solución muy simple en la cual “tanto el bien como el mal tienen su propia causa antitética”. He ahí el dualismo.

Aquí ¿cuál sería la solución? Esta se ha buscado en el idealismo, en el espiritualismo, en la teoría subjetiva del bien (Hobbes, Spinoza, Locke), y, que Kant resuelve diciendo: “Los únicos objetos de una razón práctica son el bien y el mal […] ambos conforme con el principio de la razón”, los cuales no pueden ser determinados independiente de las facultades del hombre y de sus juicios de valor, los que a la vez se han construido con las sensopercepciones del “placer vs el displacer” o dolor o sufrimiento (físicos, psíquicos, sociales, económicos, morales alternantes) a través de la evolución de la vida.

Schelling investiga sobre esta dualidad y busca la esencia en la libertad humana (528), en la cual también se encuentra la tendencia al dolor (masoquismo) y/o algofilia (satisfacción o complacencia con el mal). Existen varias actitudes ante el dolor como la huí­da, el combate y la lucha para conseguir un bienestar; estas tres reacciones parecerían estar determinadas por la naturaleza.

Lo que también hay que tener en cuenta es que no podemos suprimir por completo, ni la necesidad del placer, ni la confrontación ni la evitación del dolor; lo que si podemos lograr es comprenderlo, resignarnos, cambiarlo, justificarlo o manejarlo para producir un orden y un equilibrio. Einstein dijo: “la vida es muy peligrosa, no solo por las personas que hacen el mal, sino y sobre todo, por las que se sientan a ver lo que pasa”; en otra ocasión el mismo autor dijo: “el mundo no está amenazado por las mismas personas, sino por aquellos que permiten la maldad”.

El mundo está hoy en una crisis cuyo alcance aún no se han dado cuenta quienes poseen el poder sobre las decisiones de gran trascenden­cia acerca del bien y del mal”. (Op. cit.) Según el pensamiento filosófico de Leibniz, en el que plantea como “sólo las particularidades son malas”, lo cual es producto de la consecuencia del reconocimiento de la finitud del hombre que hace parte del espíritu, el cual no puede comprender cómo el mal provenga de la Providencia divina; sin embargo, “la existencia de una creación implica forzosamente la existencia del mal, pues un bien absoluto solo podría darse en el caso de un aislamiento de Dios” y “sólo la Causa Primitiva es absolutamente perfecta”, (Op. cit., Abbagnano).

Como vemos el problema del mal ha desencadenado especulaciones filosóficas; sin em­bargo, hay que identificar a qué mal nos referimos, si es el proveniente de la naturaleza o es el proveniente del hombre y en qué momento se presenta en la vida, en la cultura o en la historia, además de la actitud frente al mal y a su circunstancia.

Además téngase en cuenta la calidad, la cantidad, intensidad, frecuencia, magnitud del mal y sus consecuencias. Reflexionemos así mismo cómo “la privación de todo bien equivale a la nada, y luego, sí hay una existencia ella significa que es algo bueno” y “todo lo que es, es bueno”. He ahí la con­clusión de que la existencia, el ser (él “es”) lo consideramos como “bien”.

El mismo Hegel postula “el malcomo la negatividad positiva. He aquí la dualidad. Por su parte es necesario tener en cuenta al “ser” y el “evento” (hecho); el primero (el ser) participa como base (estruc­tura) de hecho histórico en y con toda su evolución. Es así como nos enfrentamos a la dualidad y a la unidad de contrarios planteada por He­ráclito y luego por Parménides y Demócrito. Heráclito de Efeso (535-475 a.C.) (Ferrater & Mora, pág. 430) en nombre de la “sabiduría y la razón se opuso a los mitos de la religión popular”, contra Homero y Hesiodo.

Así encontró un principio en el fuego el cual se trans­forma al condensarse en agua y en tierra. El fuego sería una fuerza viva, un elemento creador y destructor, una ley por la cual se destruye toda desmesura, es decir toda injusticia. “La destrucción y construcción de los mundos, el eterno retorno, es en el fondo, la manifestación de la necesidad de la justicia y razón universales y por esto todo transcurre según la razón y de acuerdo con el destino”.

Esta “fuerza activa creadora se resuelve en lo opuesto en una armonía antagónica como el arco y la lira, el día y la noche, el dolor y el placer, la vida y la muerte, la creación y destrucción, la verdad y la mentira, la materia y antimateria, lo mas­culino y femenino, la izquierda y la derecha, lo alto y lo bajo, el amor y el odio, el orden y desorden, la justicia e injusticia, la comprensión e incomprensión, el optimismo y pesimismo, lo finito y lo infinito en una unidad de contrarios” (complementarios) en donde se establece la existencia y la esencia del ser y su destino, (Op. cit.).

Antes de seguir adelante es necesario volver a la definición del “bien”; éste significa y se refiere a lo que es debido y adecuado, con razón; aquí se incluye la salud, la vida, la felicidad sin inconvenientes o dificultades, lo correcto, lo asertivo, lo perfecto, útil y positivo, benéfico, de valor (de acuerdo a la escala de los mismos), lo ético, estético, lo unitario y equilibrado u ordenado.

Por lo tanto el bien puede ser de distintas clases: material, espiritual, filosófico, psíquico, económico, social, biológico, particular, común, local, general, terrenal o extrate­rrestre y cosmológico; de todas formas llegamos al bien natural. De una u otra manera, nos hallamos con el hombre en su naturaleza, en el mundo y circunstancia con sus valores que posee, hereda, virtudes y dignidad. Todas ellas puestas en acción o no.

En todas esas clases encontramos lo metafísico, lo subjetivo y objetivo; por ejemplo, en este último mencionado (objetivo) hallamos la aparición y evolución del hombre que conoce, es consciente, busca el equilibrio, la verdad, lo ideal, la identificación, la moralidad, el placer y la evitación del dis­placer o dolor, y con ello el no dañar ni dañarse, lo cual equivale también a utilizar el instinto de conservación, la salud y la vida los cuales conllevan el bien y un equilibrio dinámico.

Aquí surge un cuestionamiento: ¿en el defender la vida destruyendo la otra se halla el bien? La respuesta pude ser afirmativa de acuerdo a las circunstancias; sin embargo para el jainismo hindú, no, porque todo lo que es vivo (vida) no debe destruirse. Con respecto a este tópico Locke afirmó: “aquello que tiene la capacidad de producirnos placer es lo que llamamos bien y lo que tiene capacidad de generarnos dolor lo llamamos mal”.

Leibniz clasificaba el bien en: honesto, placentero y útil. Es así como la utilización del mal sería bueno siempre y cuando sea en beneficio de la vida personal y colectiva. Obviamente el bien nos lleva a la verdad y a la razón, a la moral, al valor objetivo y al interés de la conservación de las esencias y con ello a las armonías, aceptando el principio y fin del ser, lo cual comprende los límites individuales y colectivos que también concibe la libertad y su propio destino.

Es así también como podemos decir que el bien, la creación, el amor, la consciencia y la vida van unidos con la verdad en un diálogo entre el corazón y la razón con el propósito de encontrar el camino de la paz y felicidad íntimas; unas y otras se entrelazan con la esperanza de encontrar la libertad y el destino de cada cual. Aquí recuérdese cómo existe la teoría del origen del universo en donde a través de una energía cósmica se produjo la materia y la antimateria y las diferentes partículas subatómicas para conformar un orden, una unidad llamada átomo.

Podría aquí preguntarse y ¿qué produjo la primera energía?, ¿fueron originadas por la misma presencia de los espacios infinitos que originaron el universo? La difícil y supuesta respuesta se dirime entre los físicos nucleares y cosmólogos para comprender y dar explicación a todo lo positivo y negativo del universo. Sin embargo, las explicaciones posibles nos llevan a entender como la intervención de estos opuestos tienen un fin, que es el orden o nuevos órdenes, con la participación de lo antagó­nico para producir una armonía, un equilibrio, una unidad, una igualdad y un todo en que participa la dualidad, del bien y el mal.

Aquí surge un cuestionamiento ¿están el mal y el bien determinados para funcionar como opuestos, como ocurre con la unidad de contrarios? La respuesta es afirmativa; sin embargo, nos encontramos con otra pregunta: si el mal ya está determinado, ¿por qué y para qué se presenta? La respuesta es obvia para la misma unidad y la misma armonía.

Otra interrogación: ¿qué libertad tenemos, si existe la unidad de contrarios determinada por las leyes del orden y el desorden, la complejidad y el caos? La respuesta reside en que nosotros somos parte del todo y estamos abocados con nuestro libre albedrío a facilitar cam­bios y aún más a la aceptación de que las fuerzas creativas puedan participar en el proceso para el cambio del mal al bien.

Igualmente podríamos cuestionarnos: ¿en la unidad o el todo están el bien y el mal? La respuesta es afirmativa, en tanto que y cuando nuestra razón ubique al ser humano como “parte de un todo”, y a éste, como un “principio y fin de los ciclos del universo”, en el cual opera la materia-energía y sus consecuencias. Así con estas reflexiones nos acercamos a la relación del bien y del mal con las ideas de libertad y destino.

Es así también como podemos comprender que el fuego producido por una explosión y dispersión de partículas llevan a otro orden y a la unión con la tendencia a la diferenciación e individualidad y así también tener la posibilidad de una nueva unión (transformación) de ele­mentos primarios, en toda la evolución conocida de los seres humanos; aquí cabría el dicho: “que no hay mal que por bien no venga” y que nada es inmutable puesto que todo se mueve y también todo se repite.

Ahora hagamos otras reflexiones con respecto al destino, el cual significa que éste úl­timo es el encadenamiento de múltiples factores como el amor y el odio, la fuerza y el des­aliento, el valor y el temor, la verdad y la mentira, lo bueno y lo malo, la historia y la cultura, la política, la ética y estética, la capacidad y habilidad, la genética, la filo y ontogenia, la oportunidad y la voluntad, las motivaciones y el interés y el momento oportuno que se da.

Son múltiples influencias y variables ocultas que no conocemos, que pueden presentarse con el concepto de azar y por ende el de determinismo del hecho que acontece en la vida. Desde otro punto de vista el hombre busca y requiere la paz la cual no es plana; el desearla así es quedarse ciego “a” y “en” la vida; el mismo pensamiento no es plano; así mismo la lec­tura no es uniforme como no es la comprensión porque la vida está multideterminada.

Cuando se dice prácticamente “no hay camino se hace camino al andar”, es dejar una esperanza y también negar e ilusionarse porque siempre hay caminos y posibilidades para el hombre con su libertad para escoger por donde caminar.

Téngase en cuenta que nunca resolvemos todo el enigma de la vida; a cada instante se nos presentan preguntas sobre nosotros mismos; es la vida que se vive y la que nos da respuestas y preguntas sujetas al azar determinista, a lo de­terminado e indeterminado, a la consciencia e inconsciencia; a la vez, cada día ordenamos lo nuevo y lo viejo y así también conocemos; siempre hay un camino y éste está para caminarlo y los que aprenden a hacerlo, más fácil llegan a la meta.

La construcción del sí mismo y el descubrimiento de nuestras esencias debe ser el motivo de la vida. El hombre esculpe o talla su ser y su vida cada día. Cúan importante es ser capaz de cuestionarse los paradigmas con razones y fraguas realistas que requieran más preguntas.

Pensemos que la verdad sin amor es estéril, y el bien es (el) amor que nos lleva a la verdad; el amor mueve al bien y a la verdad; unos y otros van de la mano; el amor, la verdad y el bien nos marcan un camino de paz.

Resumiendo, en el ser humano “todo dolor o sufrimiento es forzosamente un mal que tiene que ser explicado o justificado desde cualquier punto de vista”; sin embargo, todos tene­mos que pasar por la experiencia del dolor y frustración natural y aun el psíquico, sociológico y el espiritual pues nos ayuda a ser conscientes a pensar, aprender, adaptarnos y evolucionar.

De aquí se puede concluir que el bien y el mal es un fundamento ontológico y aún cosmo­lógico. He aquí nuestro destino enlazado con el azar y el determinismo teñidos de positivo y de negativo y enfrentados a nuestro libre albedrío (libertad) el cual tiene la posibilidad de encontrar la verdad y la felicidad.


522 Einstein en marzo de 1923, visita a España 523 “Glimpses of the Great”, escrito en 1930 por G. S. Viereck. 524 Curiosamente la diferencia entre varón y hembra es consignado en la genética por los cromosomas XX (femenino) y XY (masculino); a su vez hormonalmente el estradiol (hormona femenina) su diferencia de la testosterona (hormona masculina) solo porque en la primera estradiol tiene un hidroxilo (OH) y la testoste­rona en cambio ha perdido un átomo de hidrógeno (H) y el enlace se hace sólo con el átomo de oxígeno; es decir la diferencia la hace un átomo, de hidrógeno; sin embargo la tendencia y atracción sexual no depende de esto hecho. 525 Abbagnano, pág. 130-131


526 “Esto condujo a San Agustín a definir el infierno (mal), como la ausencia o privación de Dios” (A. De Francisco, 2010) 527 Abbagnano, N., (1997). “Diccionario de filosofía”, Fondo de Cultura Económica, pág. 765, Bogotá -Co­lombia. Cita de San Agustín De Civ. Dei, XI, 22). 528 Op. cit., N. Abbagnano, pág. 765-768

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