I. Introducción

Realmente el “azar” también carece de rigor y firmeza científica, porque no existe com­probación, evidencia y verificación del determinismo (causa-efecto) que lo produzca. A la vez para poder afirmar que un fenómeno pertenece a un principio físico o químico o electrónico o cuántico o psicofísico cuántico, se requiere necesariamente de una explicación y una inter­pretación comprobada, lo cual todavía no se ha logrado. Lo único que se puede realizar son “postulaciones de teoría con hipótesis”, las cuales se tratan de llevar a igualdades a través de las ecuaciones matemáticas. Tengamos en cuenta que es obvio cómo no todo puede explicarse con las mismas leyes y de la misma manera; sin embargo, existe una interrelación con el Todo (fuerza-energía- masa-movimiento/ E= mc²).

Algunos se preguntarán ¿por qué no se enuncia desde un principio la influencia de la cul­tura en el hombre, haciendo alianza con la naturaleza?; esta pregunta se basa en que es una realidad que el medio ambiente (mundo externo) permite al hombre su adaptación, su trans­formación y cambio, a través de la historia para adaptarse y a la vez ser y abrir el camino del pensar sin ignorar los impulsos (fuerza) aún proyectivos de la necesidad. En todo este contex­to opera el principio del desarrollo y evolución de la naturaleza movida por la energía.

Conocemos cómo los milenios han pasado; después de aparecer en las escrituras cunei­formes en Mesopotamia, ciertos hechos que organizaban al hombre en las ciudades y los le­gislaba; de la misma manera, ocurría en Egipto. Los griegos con Homero (800 a.C.), plantea­ron los hechos heroicos construyéndose mitos, leyendas y dioses que promovían contiendas causantes de infinitos males; sin embargo, ya existían los valores de justicia, equidad, honor, dignidad, respeto, jerarquías sociales, ideales, prudencia, muerte gloriosa, cantos, temores, deseos, emociones, hazañas y desdichas, sueños y pesadillas; además milenios antes ya se creía en Dios. De allí se partió 200 años más tarde a Tales (624-547 a.C.), quien planteó la filosofía como “intuición” y la explicación de los fenómenos naturales con explicación causal. Así se llegó a Parménides y Heráclito con la inmutabilidad de las cosas, el incesante movimiento y la unidad de contrarios (Demócfito 480-367 a.C.) así como con el principio de orden de Anaxágoras (500-428 a.C.).

Pitágoras en la Grecia Clásica (530 a.C.), promulgó entre otras cosas el pensamiento mís­tico religioso, y aconsejaba una vida ascética con ritos de purificación, entendiendo básica­mente el cultivo de las matemáticas como purificación moral; su concepción de la naturaleza fue a partir de las relaciones numéricas; por lo tanto, el número era el principio energético de las cosas, responsable de las armonías, lo que implicaba una unidad de multiplicidad de los hechos, entre ellos, los sonidos; así se llegó a un todo ordenado, a lo determinado e in­determinado, a lo unitario y a lo múltiple, a lo finito y a lo infinito, al límite y a lo ilimitado, a lo par e impar; es decir, a una serie de principios opuestos. A todas estas ¿qué es energía y a cuál nos referimos? La respuesta se puede considerar de distintos puntos de vista que son contemplados en el capítulo III.

Entiéndase el término “número” como signo de cantidad en el espacio, tiempo y movi­miento en que se diferencian y se determinan los objetos como unidades para llegar a ser otra unidad. Cuando apareció Sócrates (399 a.C.) con sus postulados sobre la ética, la compren­sión objetiva de los conceptos de justicia, amor, virtud y el “conocimiento de uno mismo”, lo hizo con el concepto de unidad y en especial utilizó la lógica racional para buscar definiciones generales. A este gran filósofo le siguió Platón con la influencia pitagórica y con el postulado de “el no ser también de alguna manera es”; Aristóteles lo cambia con: “es imposible que una cosa sea y no sea”; así se construyó la psicología aristotélica sin poder resolver el pro­blema ontológico del universo. Cuando nos referimos al término “universo”, lo hacemos en relación en una totalidad, a un conjunto, a un todo que la envuelve o lo contiene. Al considerar que en el universo entero hay finalidad, sin poderlo demostrar, pero sí como una inferencia, puesto que el universo sería para “bien de algo” y “todo procedería de la noche” para un orden y bien del universo; así “la única verdad es la realidad o la realidad verdadera”(10); así se llega a la tautología, la cual se refiere a la repetición de un pensamiento expresado en distintas maneras (concepto básico para entender el destino).

Pienso que el destino y el determinismo han sido estudiados desde milenios y con diferen­tes perspectivas, dentro de ellas está la psicoanalítica. En el trabajo del médico psicoanalista E. Matijasevic Determinismo y responsabilidad(2004); por ejemplo, se traen conceptos de la Iliada de Homero y las “alianzas inexorables” entre Zeus, la Moira y las Erinias “cau­santes de todas las desgracias”. He aquí la racionalidad e irracionalidad, la interpretación y la explicación provenientes del mismo hombre; de la misma manera ocurre con los sueños que se forman y aparece la justificación: “esto no he sido yo, sino veo al otro hacer”; (aquí se encuentra, desde el punto de vista psicoanalítico, la identificación proyectiva, la disociación como mecanismo natural para no responder por la culpa y el miedo al castigo sin salvación [muerte-castración]). Es así también como el ser humano se protege de la castración y la muerte producida por el otro y por la desobediencia al otro, a la superioridad del otro y crea un ser supremo omnipotente que regule y controle, al cual se pueda someter protegiéndose de su destrucción y permitiéndole al destino del llamado Dios y a la vez de su propia muerte.

En todo este entendimiento sobre la creación de Dios, desde el punto de vista psicoanalíti­co, están incluidos los conceptos del bien y del mal, el complejo de Edipo, las contradicciones de la vida y de la muerte y la búsqueda de una eternidad ubicada proyectivamente en los dio­ses o en un solo Dios. El “no soy yo si no los dioses”, el afuera (Dios), intenta e implica apla­car la ansiedad producida por el determinismo (causa-efecto). Es así como podemos entender que el psicoanálisis integra, une al Yo y lo hace responsable del Yo soy Yo. Aquí puede surgir la pregunta si ¿el hombre creó a Dios para hacerlo responsable de su creación y destino? Si bien lo pudo crear “con un fin”, también lo puede hacer por que necesita defenderse (el hom­bre) de su ignorancia y “crea el concepto de origen y causalidad” en un ente Dios. Sin embar­go cualquiera podría argüir que Dios no nació o se originó simplemente porque era necesario para “el hombre”, más cuando aquél Dios está más acá o más allá de la lógica y no requiere explicación o interpretación; es por sí mismo y así está (de manera infinita) como “creador y divina providencia”. Con esta manera de conceptualizar los orígenes se termina cualquier cuestionamiento y se determina el principio de causalidad. He ahí la necesidad de responsa­bilizar al otro, por que el Yo no puede responder por el miedo (no fui yo, yo no fui)11.

En la obra citada Ciencia Mitos y Dioses, (2005), traigo algunos pensamientos al respec­to: proveniente del premio Nóbel Francois Jacob que dice: “Nada hay tan peligroso como la certeza de tener razón. Nada resulta tan destructivo como la obsesión de una verdad tenida como absoluta”. K. Friederich Gödel (12) dice: “Como en cualquier ciencia la ausencia de contradicción es indemostrable pero está presente; además ninguna ciencia tiene carácter absoluto, ninguna teoría del ‘todo’ puede justificar la existencia del universo, y ésta, hasta ahora, no se ha encontrado, y es aún imposible porque sería comprender el Todo, lo que significa el infinito de los sistemas formales de complejidad creciente”. Además si existe la creencia y la fe en Dios, no se requiere del pensar más y de pruebas que la sustenten. Si no se cree y no se tiene fe, no hay prueba que valga. A todas estas, criticar es más fácil que asumir el precio del pensar, preguntándose a cada paso, para luego tomar decisiones sobre si creer o asumir una posición distinta. Más aún la ciencia absoluta tendría que ser infinita y por ahora la ciencia que parte del hombre es finita y solamente la infinitud es una posibilidad conce­bida por el hombre, (Sánchez Medina G., 2006), (13).

De todas maneras el hombre sigue cuestionando los orígenes del universo, y a cada paso surge la necesidad de ubicar el principio de causalidad en fuerzas, energías incógnitas o des­conocidas, a las que el ser humano quiere darles un nombre y al no encontrarlo la causa primigenia termina llamándolo Dios. Por lo tanto, a través de los textos se volverá hacer alusión a estas necesidades y conceptos explicativos, en muchas ocasiones incomprensibles, más cuando nos encontramos con lo finito e infinito. Aquí la pregunta: ¿será que la infinitud es sólo probabilidad y corresponde a un concepto que pertenece a lo incomprensible? La respuesta la dejo para la historia y para la confluencia de los pensamientos matemáticos y filosóficos que nos den un explicación, sin entrar en lo taxativo y evidente, más con posibi­lidad de quedarnos en la ambigüedad, en la incertidumbre y en la incógnita, aceptándolas y al mismo tiempo comprendiendo la presencia de los pares antitéticos o contradictorios están presentes constituyendo la dinámica del universo. De tal manera, no hay una sola verdad o principio actuante sino varios o todos a la vez.

De lo anterior se puede concluir cómo el pensamiento científico fue progresando para llegar al estudio de los hechos probabilísticos y deterministicos. Conocemos cómo todas las leyes están ahí puesto que son hechos de la naturaleza y sólo falta descubrirlas, lo cual toma su tiempo; por ejemplo, desde los griegos se conocía el átomo, más no sus estructuras y obviamente nunca se pensaba en las dimensiones nanométricas y las funciones de onda a las cuales nos referimos hoy día. Otro de los ejemplos, son las verdades que la van cambiando; por ejemplo, en tiempo de Galileo la verdad del sistema heliocéntrico fue transformada a otra realidad más; a fines del Siglo XIX, con la comprensión de la física atómica de Boltzmann y todo lo todo lo descubierto en el primer cuarto del siglo XX.

Entiéndase cómo los mismos conceptos filosóficos fueron cambiando y vino la revolución científica con reflexiones epistemológicas, los supuestos acerca de la ciencia, el positivismo lógico del círculo de Viena (que luego desaparecería), la escuela de Frankfurt y cómo se llegó a mediados del Siglo XX, al interés en la teoría científica de las estructuras, sus articulacio­nes, el poder explicativo, las relaciones con otras ciencias, el problema del determinismo que reaparece en la física y fuera de ella, el pluralismo ontológico basado en el realismo interna­lista de Putnam, la teoría del caos, y la teoría ergódica, que llevan a conclusiones contradic torias, acerca del carácter determinista e indeterminista de los sistemas de estudio. Ahora nos enfrentamos a toda la teoría de la física cuántica u ondulatoria para la comprensión de la teoría del caos y la complejidad. Pasaron los siglos y siguieron los filósofos con sus teorías, teoremas, axiomas, paradojas, para luego llegar al cálculo, a la probabilidad, a la estadística, a la matemática y éstas aplicadas a las neurociencias. Todas ellas asociadas con el destino, el libre albedrío con sus consecuencias para tomar decisiones aceptadas o erróneas con varia­bles fijas e inmutables que encadenan las decisiones y por ende al propio destino y con ello a lo trascendente, no sin situarnos en paradojas, sin salidas en “la incertidumbre e incompren­sión en la probabilidad”, y en todos los peligros que cada uno de estos postulados nos pueden acarrear, si es que los consideramos los únicos determinantes de la actuación humana. De una u otra manera, el ser humano siempre trata de llegar a un diagnóstico y aún al diagnóstico de probabilidad con pruebas favorables y los supuestos de probabilidad inicial con los métodos en que también opera los métodos inductivos y deductivos.

Así vino el Siglo XVI y XVII con Copérnico, Kepler, Galileo, Bacon, Newton, Descar­tes, Spinoza, Leibniz y Pascal. A ellos le siguieron los Siglos XVIII, XIX y XX con Goethe, Lavoisier, Newton, Hobbes, Locke, Berkeley, Rousseau, Kant, Schelling, Hegel, Comte, Stuart Mill, Spencer, Marx, Schopenhauer, Nietzche, Whitehead, Darwin, Humbolt, Bernard, Pasteur, Shannon, Poincaré, Husserl, Kierkegaard, Saussure, Piaget, Freud, Jung, Adler, Po­pper, Heidegger, Penrose, Jasper, Sartre, Einstein, Planck, Böhr, Bohm y Born, Schrödinger, Pauli, Pauling, Prigogine, Heisenberg. Todos ellos bien conocidos y nombrados de una y otra manera, han intervenido en el estudio de las ciencias. Aquí viene una pregunta: ¿será que en el Siglo XXI volveremos a toda esa cosmovisión numérica pitagórica para comprobar y co­rroborar cuantitativamente cualquier hecho, o no estaremos ya en ello? La respuesta la dejo a los filósofos de la ciencia que reflexionen al respecto.

Cuando Freud en 1916 -1917 (14), refiriéndose a “los síntomas neuróticos como los actos fallidos y los sueños, un sentido propio y una íntima relación con la vida de las personas en los que surgen”. Esta temática de los “actos fallidos y los sueños”, además de los fenómenos aparecidos en la “Psicopatología de la vida cotidiana” (Freud, S. 1901)15 serán objeto de un estudio más amplio y en ellos aparece el determinismo y el azar específico. El pensamiento científico del Siglo XXI es más de multicausalidad (16). Actualmente nos encontramos con el premio Nóbel del año 2000 Eric Kandel y sus colaboradores y antecesores en el estudio de las neurociencias; de alguna u otra manera en este texto se hará alusión a ellos, así como se hace en el texto que le precede denominado “Cerebro-Mente” (Pensamiento cuántico) (2009) escrito dentro de un equipo de investigación de un médico psiquiatra psicoanalista, un físico matemático electrónico y un químico molecular. Algunas ideas sobre esta temática están en la obra “Ciencia, Mitos y Dioses” (2004). En Colombia en el V Simposio de la Sociedad Colom­biana de Psicoanálisis del año 2004 el médico psicoanalista Eduardo Laverde Rubio presentó

un trabajo sobre el “Determinismo Psíquico. Una hipótesis para refutar”, (17); más adelante aparecieron los trabajos: “Determinismo y Responsabilidad” (18) del médico psicoanalista Eugenio Matijasevic y “Determinismo, explicación e interpretación en psicoanálisis” (19), del doctor Miguel Uribe Restrepo. Estos trabajos me han sido útiles para confrontar ciertos conocimientos, sobre el determinismo, el indeterminismo y el azar.

Aquí quiero hacer una anotación, y es la que se refiere al “determinismo psíquico y a la fatalidad”. El determinismo desde el punto de vista psicológico y aún desde el punto de vista científico es un marcador de causalidad, el cual determina una serie de consecuencias que en el hombre operan, puesto que estamos hechos de materia (físico-química) y energía, más aún cuando entendemos a estas dos como una alternancia y unidad. La “fatalidad” existe si aparece el “si” o el “no” definitivos y no condicionales que provocan diferentes variables; por ejemplo en la fatalidad, de la tragedia, se supone que existe la reacción violenta, las reacción de parálisis, de huida, la no reacción inmediata y luego la consecuencia de búsqueda de otra solución. Entonces ¿qué ocurre? La respuesta es que inexorablemente “deviene el destino” proveniente del impulso de vida o muerte (creación y destrucción); he ahí el determinante. De todo esto partimos a múltiples relaciones con los conceptos científicos de Galileo, Newton, Copérnico y los de finales de Siglo XIX, XX y ahora en el XXI a los que el lector indefectible­mente va a tener que enfrentarse cuando introduzcamos el concepto de la “física cuántica”.

Nos encontramos con ese amplio espacio de las influencias del inconsciente que deter­minan la conducta del hombre y que abandona la racionalidad, la sinrazón oponiéndose a la razón como gran paradoja de la lógica; estas dualidades son contingentes, y operan en la psicopatología, en los fenómenos psíquicos normales o anormales, en el proceso del psi­coanálisis y en los distintos factores que comprenden la serie complementaria y compleja. Podemos deducir que Freud, pertenecía al pensamiento científico del Siglo XIX y luego a las primeras décadas del XX, estaba imbuido por el principio de causalidad y el determinismo; así fue como se encontró con el “concepto del destino” aceptado por el mismo. Con respecto al Complejo de Edipo y el Superyó, S. Freud en su obra: “El problema económico del maso­quismo” (1924), hace alusión a la autoridad que se inicia con los progenitores y escribe: “La última figura de esta serie iniciada con los padres es el Destino, oscuro poder que sólo una limitada minoría humana llega a aprehender impersonalmente. No encontramos gran cosa que oponer al poeta holandés Multatuli, cuando sustituye la Μοτφα de los griegos por la pareja divina Αογοζ χαι Λναγχη; pero todos aquellos que trasfieren la dirección del suceder universal a Dios, o a Dios y a la Naturaleza, despiertan la sospecha de que sienten todavía estos poderes tan extremos y lejanos como una pareja parental y se creen enlazados a ellos por ligámenes libidinosos. En el apartado XV de este volumen (El yo y el ello, 1923) he inten­

tado derivar el miedo real del hombre a la muerte de una tal concepción parental del Destino. Muy difícil me parece libertarnos de ella” (S. Freud, 1924).

No podemos negar la existencia de las dos pulsiones de vida y muerte ya explicitadas por Freud en Más allá del principio del Placer, 1920 (20) y explicadas desde el punto de vista biológico en el Capítulo XX de la obra “Psicoanálisis y la Teoría de la complejidad” (2002), pues como allí lo expongo “parecería que nuestro organismo está diseñado para una auto­rregulación de fuerzas, que, en toda la complejidad de funcionamiento tiende al orden, al equilibrio, el cual puede llegar y llega al desorden y caos para luego repetirse (21).


11 Esta temática está desarrollada ampliamente en la obra Ciencia Mitos y Dioses en el cap. VI en Ideas y orígenes del concepto de Dios, pág. 121, capítulo VII Ciencia y Dios pág. 183, VIII El concepto de poder y su relación con Dios y XV Necesidad de la ciencia y Dios pág. 525. y Freud lo plantea en Moisés y el Monoteísmo, 1939 y en Tótem y Tabú 1913.
12 Lógico matemático vienes del Círculo de Viena (Positivismo Lógico). El Teorema de la incompletud de Gödel se refiere a que toda formulación axiomática de la teoría de los números incluye proposiciones inde­cidibles (la negrilla es mía). Gödel trabajó con A. Einstein los aspectos filosóficos y matemáticos de la teoría general de la relatividad, se ocupó de la cosmología relativista y encontró soluciones a las ecuaciones del campo gravitatorio de la relatividad general
13 Sánchez Medina G., “Ciencia, Mitos y Dioses”, Editorial Cargraphics, 2006.
14 Freud, S., (1916). “Introducción al psicoanálisis y Teoría general de las neurosis”, Standard Edition, Tomo 6, Hogart Press,
15 Freud, S., (1901), “Psicopatología de la vida cotidiana”, Standard Edition, Tomo 6, Hogart Press, 1901.
16 Véase obra citada G. Sánchez Medina, “Psicoanálisis y la teoría de la Complejidad”, 2002.
17 Laverde Rubio, E., “Determinismo psíquico: Una hipótesis para refutar”. Revista de la Sociedad Colom­biana de Psicoanálisis. Vol. 29 No. 4, página 479, 2004.
18 Matijasevic, E., “Determinismo y responsabilidad”. Revista de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis. Vol. 29 No. 4, página 511, 2004.
19 Uribe Restrepo, M., “Determinismo, explicación e interpretación en psicoanálisis”, Revista de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis. Vol. 29 No. 4, página 489, 2004.
20 Freud, S., “Más allá del principio del Placer”, Standard Edition, Tomo 18, Hogart Press, 1920
21 Op. cit., pág. 244

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