El error padre

Error en la crianza de niños

Muchas madres me han preguntado: “¿Cuál es el peor error?”. Ninguno de los que he mencionado —respondí— y sí lo es uno que consiste en detener (y/o) adelantar el crecimiento del carácter del niño. Este error “se pasea” por toda la crianza y empieza a influir casi desde el nacimiento. Debe ser considerado como el error padre, y si se analiza bien, se descubre que opera como el padre de los errores (que por cierto, “está casado” con la madre inmadura). Digo esto porque él es el que altera el transcurso sano y normal de la niñez, edad de (y para) el crecimiento, no sólo el físico sino el psíquico, mental o nervioso.

La madre capaz de abstenerse de cometer este error y de aprender a respetar el crecimiento psíquico, está dentro de la crianza correcta. Bien sé que lograr esto no es fácil, más tampoco difícil. Le bastará con poner la crianza del hijo bajo la protección del sentido común, que continuamente grita: el niño es un organismo en crecimiento físico y psíquico.

La cuestión se resuelve sabiendo situar la crianza en la edad correspondiente. Para analizar esto (o intentarlo, mejor dicho), pueden servir los esquemas del psicólogo estadounidense Arnold Gessel, creador de una escala métrica para la valoración del desarrollo en los primeros años de vida (Gesell Development Schedules) y aplicar esta indiscutible y breve solución o norma:

Al criar a mi hijo siempre tendré presente:

  1. Si lo quiere hacer y está de acuerdo con su edad, debo permitírselo e incluso ayudarlo… aunque me cueste molestias.
  2. Si se negara a obedecerme, antes de insistir debo convencerme que mandé algo que está de acuerdo con la edad de él; esto es: que estoy segura que es propio de su edad
  3. Siempre me cuidaré de distinguir si ordeno o si prohíbo una acción, pues la prohibición de actividad o movimiento casi siempre es errónea y perjudica al niño, pues estorba el crecimiento psíquico y a veces el físico.
  4. Nunca le impediré a mi hijo jugar, moverse, “curiosear”, actuar… para evitarme molestias y estar yo más cómoda.
  5. Pondré gran cuidado al permitir a mi hijo experimentar o sufrir emociones impropias de su edad (en el televisor y en cualquier parte).
  6. El miedo y la cólera serán desterrados de mi casa, igual que el castigo y el llanto.
  7. Si la precocidad sexual apareciera, no la castigaré sino que la analizaré y estudiaré para manejarla adecuadamente con la ayuda de un buen especialista.

¿Quién ignora que durante la niñez y la pubertad cada año, cada mes y, a veces, cada día, traen nuevas y mayores actividades? Impedir su realización equivale a impedir o retardar el crecimiento. Obligar a que el niño las realice antes de tener la edad correspondiente, equivale a adelantar o hacer abortar el crecimiento.

Entiéndase bien este párrafo, que va con las emociones y actividades: Si el niño demuestra ser un superdotado, nada malo le ocurrirá si lo dejan avanzar e incluso lo ayudan, vigilan y dirigen pedagogos de experiencia y de sólida preparación científica.

En los países del primer mundo enseñan álgebra a niños en la escuela elemental. Detener en un aspecto o función y anticipar en otro equivale a deformar el crecimiento. Y esto último no es —repito— raro. En la ciudad se frena la actividad y se impulsa y fortalece la emotividad infantil. Esto es particularmente nocivo.

A muchos ciudadanos les convendría saber que dentro del campo de conducta propio de los pequeñuelos aparecen incluidos —son ejemplos—: la vía libre a la iniciativa, el encargo de deberes fáciles y “cumplibles”, el adiestramiento de la fuerza de voluntad (¿!), tanto para producir el esfuerzo mental como para dominar las contrariedades naturales a esos tiernos años…

Les convendría también recordar a muchas madres algo de lo que cae fuera del campo de conducta propio de sus hijos; por ejemplo, las emociones que defraudan al niño, las de miedo, las pre eróticas, las de ira… el interés por lo sexual desnaturalizado… la mentira, la simulación… y, en suma, todo cuanto sacuda o conmueva el sistema nervioso infantil. Por supuesto, para criar correctamente hay que desterrar de la cabeza la manía de mandar y el gusto de ser obedecida.

Se equivocan las madres que miden el éxito de la crianza por la obediencia. En este difícil terreno, el verdadero éxito de la crianza no se conoce en el momento actual sino en el futuro: cuando los hijos sean adultos.

Sí. El niño es el padre del hombre. Somos hoy lo que comenzamos ayer… La madre debe pensar que el hijo o hija se hará hombre o mujer no por arte de magia, espontáneamente, sino al revés: que el llegar a ser hombre o mujer de verdad es un fruto que se siembra temprano, se cultiva desde la cuna hasta los 17 ó 18 años, y se recoge después… Y no debe sólo pensar todo eso, sino creerlo y actuar en consecuencia.

Esto de criar bien es una tarea, una labor, una empresa: una gran obra. Es natural que imponga deberes y produzca algunas incomodidades… pero la crianza correcta —repito— rinde dividendos de liberación a la buena madre que, al hacer a su hijo equilibrado de nervios, seguro y sereno de ánimo, lo pone desde chico en el camino de la independencia.

Cada año necesitará menos de ella —de su presencia física— y no por eso dejará de amarla, sino que la querrá más y más sinceramente. (Sin eso que se llama ambivalencia —amor y odio— de los afectos familiares).

¿Es cierto que “los niños nacen para ser felices”? ¿Cómo cumple usted ese lema? ¿Y cuántas veces al día o al mes lo cumple bien?

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