La madre o matriz de los errores

La matriz de los errores está en la madre inmadura… en haber dado a luz sin madurez para criar. O dicho de otro modo, en la inmadurez del modo de ser.

La inmadurez de carácter ha sido descrita en largas páginas, tan numerosas que no cabrían aquí. Pero su característica principal es ésta: los procesos o fenómenos afectivos (también llamados irracionales) tienen en las personas inmaduras mucha más fuerza que los procesos y fenómenos intelectivos, racionales, lógicos. Esto se nota porque “padecen” de frecuentes emociones de cólera y miedo, entusiasmo, depresión… padecen de todo lo afectivo o sentimental.

Cualquier cosa las “sulfura” o “hace explotar”. Agrandan y hacen grave lo que las personas maduras toman con calma o no le dan importancia. Son, diríamos, “tremendistas” en las situaciones extraordinarias de la vida y muchas veces en las ordinarias.

Tramitan de modo afectivo todas las cuestiones, y no intelectivamente. Razonan poco y mal, aunque en ocasiones muestren rasgos de inteligencia. Ya se sabe que el trato con esos individuos se hace difícil incluso para los adultos maduros e instruidos, ¿qué no les ocurrirá a los pobres niños, hijos de padres inmaduros (y nietos, y sobrinos, y alumnos)? No es preciso tener mucha imaginación para suponerlo. Sufren, se desaniman, desobedecen, adquieren mil resabios y aprenden muchas tretas para manejar a su modo esa situación.

Pero lo peor no es eso: la inmadurez se transmite por imitación y contagio, no por herencia. Se propaga de generación en generación. La abuela, por lo regular, no es más “suave”. No por ser abuela suele ser más madura, y además, defiende e impone los errores de crianza calificables de anacrónicos o pasados de moda, “porque así me enseñaron”.

La inmadurez de los familiares constituye el cáncer de la crianza de los niños; un cáncer que por su índole tiende a perdurar y a perpetuarse a través de los tiempos y de los cambios…

“De tal palo (inmaduro) tal astilla (inmadura)”, y así sucesivamente.

Si la inmadurez fue ya entendida, no procede seguir ni insistir, salvo para recordar que son más las madres “niñas grandes” de lo que al país le convendría…

Las causas secundarias o menores de los errores. Es de sobra sabido que los errores de crianza ocurren en el “seno de la familia” (que es un núcleo de relaciones), y a él son imputables. Pero en los primeros años de la vida infantil, la madre tiene especial importancia, por lo que procede referirse a ella, sin olvidar el seno de la familia. La familia es la institución más “protegida” por los prejuicios y las rutinas seculares. La “defiende” de los descubrimientos de la ciencia una invisible e infranqueable “muralla china”.

Los cursos de «educación parental» que se dictan en los países ricos, algo hacen, y hacen algo también los buenos libros. Pero no logran, ni mucho menos, lo que la crianza del hombre futuro está reclamando. Ya se sabe a quién correspondería estudiar y resolver este grande y auténtico problema. Es evidente que las madres —las maduras y las inmaduras— piensan y sienten como… aprendieron a pensar y sentir. El método histórico nos forzaría a buscar el origen de todo esto, que es, sin duda, social.

Pero entremos en el asunto. Las causas secundarias de error están supeditadas a la inmadurez, y es por ésta que se producen los peores errores. Por supuesto, en la realidad cotidiana de la crianza es casi imposible el distinguir el error de inmadurez del error de causa secundaria.

Las causas secundarias son innumerables si se describen una por una. Pero si se encuentran las fuentes comunes de estos errores, se verá claro que todo lo que no proviene de la inmadurez se debe, directa e indirectamente, a: 1. La ignorancia; 2. La comunidad.

1. La ignorancia en la crianza se ha de entender en el aspecto de falta de cultura general y de falta de información fisiológica y psicológica en relación con la niñez. La lista de los errores producidos por la ignorancia no cabría en este libro.

2. La ley del menor esfuerzo —Madrastra de la comodidad— no perdona a las madres. Las hay cuidadosas y esforzadas y las hay “abandonadas” y muy cómodas… Soy radical en estos casos: tomarle el hijo es lo indicado. Nada más cómodo para ella y para… él.

Hay también ahora muchas madres sin tiempo (libre) para el hijo. Esto es distinto y no menos complejo que lo anterior, porque eso de no tener tiempo se debe, en primer lugar, a que se mata o emplea mal gran parte del que se tiene, y en segundo lugar, a la falta de maternidad. No se hace esfuerzo por buscar el tiempo… El amor que todo lo hace, también crea tiempo. Debemos recordar que existe el amor maternal.

Una tercera causa secundaria de error, puede ser llamada respeto a la tradición, pero en realidad no es sino habituación rutinaria e imitación ciega. “Así te crié yo”, grita la abuela… Y la madre ignorante, cómoda y “respetuosa”, cede y transmite la “infección”.

También influyen en la producción de los errores de crianza, causas de origen extra familiar o indirectas, que van del errático consejo del pediatra anticuado a las prácticas más o menos mágicas, como el azabache contra el mal de ojos… Pero ninguna influye tanto como la que proviene de la intangibilidad de la crianza. Ahora esta causa ha cobrado vigor, porque la gente piensa: si todo ha cambiado o va a cambiar ¿por qué no se dice ni una palabra de esto?

Todo lo anterior se mezcla con la inmadurez y produce la crianza errónea, en la que un análisis psicológico descubriría factores de actitud, motivos inconscientes; crisis de los papeles parentales, matrimonios caprichosos y divorcios banales; destrucción del régimen familiar antiguo sin otro sustituto, y muchas causas que no son del momento citar.

 

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