La Palabra en el Psicoanálisis

DR. GUILLERMO SÁNCHEZ MEDINA

Comprender en psicoanálisis no sólo quiere decir, ver, imaginarse, mirarse en el espejo del otro, sino significa conocer, comunicarse, relacionarse y vivir la relación entre el sujeto y el objeto, mutuamente; este aspecto ya está explicitado en otra parte.

Ocurre que la relación psicoanalítica o una profunda de la pareja (en el sujeto de inves­tigación o por conocer) se renuncia a cierto grado del narcisismo aceptando que el otro (el analista) pueda ayudar a descifrar sus secretos inconscientes, y en el que analiza, a entrar en ese mundo aceptando sus ansiedades pero con la seguridad de que pueda salir de ellas; es de tal manera, también, como opera en la relación terapéutica entre analista y analizado.

Descifrar lo manifiesto y descubrir lo inconsciente latente, no siempre es fácil; re­quiere un conocimiento de lo propio y de lo ajeno y de la relación de los dos, a más de la técnica para hacer posible esa relación; para realizar este trabajo se requiere de funciones libres y sistemas liberados que permiten el paso de lo consciente a lo inconsciente y vice­versa; este paso ocurre en otra dimensión que es la sombra o el pre-consciente; sombra de imágenes, de representaciones de objetos; los objetos van en última a ser representados por el signo que significan; el significante por lo general, como sabemos, es consciente, no así el significado; pero puede ocurrir un trastorno de este proceso, y es aquel por el cual el objeto y el significante son la misma cosa.

Aquí hay que plantear los trastornos en la diferenciación entre el Yo y el objeto, que en un principio no existen y que en los estados autistas, simbióticos y confusionales y/o impreg­nados de la información mediática tampoco se realiza la diferenciación; en otros términos, en estos casos no hay diferencia entre el símbolo y el objeto simbolizado (por ejemplo, casa, bandera como madre) que para el normal no son la misma cosa, sino equivalentes, y para el psicótico, el autista, el simbiótico, o el confuso, el hipnotizado, sugestionado, sí lo son; aquí ocurre que el primer objeto es igual al símbolo (no son diferentes), es decir, se produce la “ecuación simbólica”.

En el caso normal, el símbolo sustituye y reemplaza a los objetos que son causa de ansie­dades y deseos; sin embargo, es una manera más del aparato yoico de protegerse y controlar las ansiedades, los afectos correspondientes, dejando un signo, una idea simbolizante despro­vista de afecto.

El proceso de simbolización, como ya se expresó, se realiza a nivel inconsciente y bá­sicamente protege al Yo de las ansiedades básicas y sus fantasías correspondientes: fetales, orales, anales, fálicas o genitales. Es importante hacer énfasis aquí acerca de que las tenden­cias mágicas y omnipotentes las observamos en todos los lenguajes, desde el ya nombrado “gesto”, hasta el canto o la música, pasando por la palabra hablada y/o escrita o el lenguaje de los órganos, los síntomas, las actuaciones, y entre estos los silencios (como otra manera de expresión). Cada uno tiene su sentido, su creación, pero es de observar cómo, cuanto más se queda el yo libre para hablar, para sacar y proyectar las imágenes, las representaciones, la música y el ritmo interno, mejor va a ser la realización creadora.

El lenguaje, por otra parte, bien puede no tomar el camino externo sino el interno; es entonces cuando observamos el lenguaje del Yo corporal en la somatización en la hipocon­dría, en las que tanto operan las ansiedades persecutorias y los objetos omnipotentementes encapsulados, obsesivos y paranoicos, utilizando sus tendencias mágicas y omnipotentes en el pensamiento y en la palabra a nivel individual y colectivo, pudiéndose observar las con­versiones (histerias colectivas); es la actuación por dentro del Yo corporal (“acting-inside”), que así lo he denominado (29). El neurótico común o todos nosotros, utilizamos la palabra en diverso grado y en distinta forma; la misma ciencia, la religión, el arte, usan de ella, con su lenguaje propio. El psicoanálisis no sólo estudia esto sino como lo expresó Freud: “Trata de hacer una reducción de la omnipotencia neurótica, cuando no psicótica, a la omnipoten­cia humana al servicio del Yo”. (Freud, 1923).

Pero, ¿qué es la palabra?, ¿qué significa? La palabra, como ya se observó, es la unión de varios signos con una secuencia organizada, articulada, que llevada lo acústico, produce el fonema, es decir, el signo fonético que articulado con otros, significa y le da sentido a un objeto, por ejemplo: M.A. ma – MAMA, (cada lengua tiene sus fonemas).

He aquí el representante gráfico-fonético del objeto mental con características propias (volumen, temporalidad, espacio) y una representación de corporeidad figurada con cuali­dades que están dentro del mundo interno como imagen; esta imagen corporal (por ejemplo MAMÁ) es un objeto particular que está dentro como objeto incorporado y en forma concreta como MI MAMÁ, y en forma de idea general, a todas las madres, como concepto abstracto de MADRE-MAMÁ. A la vez esta idea está asociada y conectada a situaciones, cualidades objetivizadas (adjetivos) como: buena, mala, viva, muerta de placer o displacer, etc. Estas ideas unidas a otra van a formar un concepto que, equivalentemente formulado, dará lugar a un pensamiento con sus connotaciones psico-afectivas en las que se incluyen el placer, el dolor y las ansiedades.

También estos signos en la palabra MAMÁ pueden ser representados o configurados con trazos diversos que simbolizan lo mismo; por ejemplo MAMÁ, y que esboza simplemente, con ciertas configuraciones simbólicas, la idea del objeto original (es diferente la idea de madre, madonna de Da Vinci, a la idea de madre en la cultura pre-colombina y/o en la cultura africana o en las escrituras arábigas, chinas y fenicias). La idea de madre la podemos repre­sentar por un círculo, dos puntos, una raya que termine dividida; todo esto lo hace el aparato mental, que determina la función del objeto que representa y que en el caso de la madre, es el hijo.

Para llegar a esta simbolización y a la palabra (escrita, hablada o plástica) el aparato men­tal ha tenido que sortear una serie de vicisitudes que van desde el objeto primario significado al signo símbolo significante que conlleva la función; esta función la realiza el cerebro en el aparato mental a través de una serie de operaciones en la estructura del Yo, el cual tópicamen­te pertenece a las relaciones sensoperceptivas del Sistema Nervioso Central.

El Yo imagina, alucina, comunica tanto en el sueño despierto o dormido. La comunicación con el mundo externo es más de satisfacción de deseos y relación sin diferenciación y por ende sin interrelación; en cierto sentido sería éste el lenguaje del autista y/o del simbiótico. El histérico, el melancólico y el maníaco, también tienen su lenguaje, sus imágenes, su tono, su ritmo, sus modos y sus maneras particulares de simbolizar.

De todo lo expuesto podemos concluir cómo los sistemas de comunicación en el hombre dependen del pensamiento, y el vehículo que aquél utiliza para relacionar lo interno con lo externo. Es la palabra, que con sus signos, sonidos, fonemas, su ordenación, su forma y su ritmo, hacen posible que un objeto, una función y una idea se puedan significar y simbolizar; los fonemas; por su parte, deben sujetarse a una construcción que se verbaliza o vocaliza. La entonación también muestra la comprensión entre el transmisor y el receptor; y también los gestos de los acompañan, como lenguaje extraverbal en el psicoanálisis. Es obvio que la entonación y gesticulación varía de acuerdo al idioma; por ejemplo, el italiano, el francés, el inglés, el ruso, el alemán, el chino o el portugués.

Los pensamientos, las ideas y las fantasías necesitan de un trabajo en el que está implícita la transformación de la energía y la idea de llegar a ser palabra. La palabra, por lo tanto, es el resultado de varios procesos lógicos y psicológicos a la vez que neuro fisio­ lógicos (neuroquímicofísicos) simultáneos, que aparecen superpuestos interrelacionados y que con la participación de la relación objetal, en sus diferentes posiciones, de acuerdo con el principio de realidad, hace factible la realización de aquella. La representación simbólica, por su parte, adquiere una cualidad, y es específica de la especie humana, a más de que está conectada con el desarrollo de la fantasía y a partir de lo instintual; mientras el animal per­manece ligado a lo concreto de los sentidos y sentimientos con sus significaciones, pero sin la simbolización, en cambio, el hombre significa, simboliza, piensa, abstrae, aprende, hace correcciones, crea y habla con la palabra o se queda en silencio.

Refiriéndome a la expresión psicopatológica, se ve que el trastorno puede estar, entre otros pasos, en la vocalización, en la simbolización, en la comunicación, en la integración y formulación del pensamiento; pero aquel trastorno puede cambiar de un nivel a otro. Durante el trabajo analítico observamos los lenguajes hablados, silenciosos, corporales, internos, los mímicos, las expresiones gráficas, mientras las expresiones por sí solas pueden ser: verbales o extraverbales o metaverbales.

El silencio, por su parte, considerándolo como otro lenguaje, puede entre sus diferentes significados estar mostrando un estado interno; por ejemplo, en el autista, la comunicación es confusa y se realiza entre el Yo y el mundo interno, sin participación del objeto externo, del otro; en éste -el autista- se queda relacionado con sus objetos internos y ahí aparece el silencio. El silencio mostraría la confusión, la parálisis, el temor, el control, o su relación Yo-objeto sin participación del No-Yo, del objeto externo (del otro); es así como se queda el Yo del autista relacionado con sus objetos internos. Aquí es importante tener en cuenta el o los silencios en el psicoanálisis clínico, puesto que ellos pueden usarse como una resistencia transferencial (amorosa o tanática) y el analista caer en una contra-identificación proyectiva dejando el proceso terapéutico viciado, (30).

Otras funciones de la palabra

La palabra, como sabemos, aparece paulatinamente a través del desarrollo del niño en su primera infancia y participa en todos los procesos que ocurren en esa etapa; por lo tanto, como ya se anotó en otra parte, interviene la palabra en las delimitaciones del Yo, No-Yo, del espacio vital corporal o el esquema corporal “self” (mismidad).

Con la palabra se pone límite, distancia al objeto (s) a la vez que se acerca y se expresa o proyecta verbalmente el objeto introyectado y se va construyendo el mundo del mismo conformándolo en el espacio exterior e interior; ubicándolo en sus categorías; dándole su clarificación específica en cuanto a calidad, necesidad, funcionalidad, movilidad, estabilidad, utilidad, afectividad, efectividad, con la connotación de atracción o rechazo, placer o displa­cer. Un objeto puede cargarse de tánatos y convertirse en fóbico y persecutorio con su parti­cular denominación; de tal manera la palabra e imagen o representación, sola, que denomina al objeto fóbico (por temor y rechazo) y se convierte en estímulo de ansiedad.

Algunas veces existen palabras, símbolos del objeto como acto persecutorio y la represen­tación del mismo; la mayoría de las veces aquéllos (objeto-actos) están reprimidos; la palabra conlleva al conjuro, por lo que no puede pronunciarse (verbalizarse). El control de esta situa­ción es posible realizarlo con otra palabra anuladora o neutralizadora, o con el silencio, el cual funciona como contrafobia: esto ocurre por miedo a la retaliación del objeto, atacado con la palabra, pues ella también se utiliza como defensa anti-persecutoria. El silencio es posible se manifieste a la vez, por temor a la respuesta con la palabra del otro (objeto), desde afuera, o dentro de él mismo.

En los sueños observamos claramente cómo suceden algunos de estos mecanismos; sin embargo, rara vez se presenta la palabra hablada en los sueños. El sujeto soñante pone a sus objetos persecutorios en acción y aun con palabras representadas en sensaciones, es ataca­do; entonces el “self” del mismo queda en ocasiones paralizado y silencioso. Recuerdo una paciente que, en sus alucinaciones acústicas y sueños despiertos (o imágenes oníricas), oía que le decían “sucia”, y esto era llevado también a los programas de radio y televisión, es­tando convencida de que aun en los periódicos aparecía la palabra contra ella; la paciente reaccionaba agresivamente, se lavaba en forma obsesiva; costó mucho trabajo llegar a que ella aceptara sus tendencias anales reprimidas y las fijaciones a etapas anteriores. La paciente encontró cómo ella atacaba dentro de sí misma con la palabra -objeto parcial- anal; con su representación verbal en vigilia estando convencida de esa realidad práctica; en ocasiones se aislaba en silencio, o se ponía tapones en los oídos.

La paciente aceptó que lo que oía eran sus propias palabras imaginadas, pero con la pa­labra de otros; después, cuando aceptó que era su propia voz, el oírse a sí misma, el darse cuenta de sus palabras – imágenes en el análisis (el oírle, el interpretarse y el oír sus propias interpretaciones) le ayudaron a integrar su “self”, diferenciándose del objeto persecutorio, del afuera y aceptando el adentro “sucio” (con la representación y la palabra).

El objeto fóbico, en la palabra, puede ser también vivido en el vivir el miedo ajeno, o con el hablar y las palabras pronunciadas y oídas del afuera. Esto le pasaba a la paciente durante el análisis; el oír hablar a su madre, de su padre (con quien hubo una relación traumática in­cestuosa, culposa, la que le producía asco y rechazo posterior a todos los hombres creándose al mismo tiempo una tendencia al aseo; a su padre le llamaba “Kaki” (dentro del análisis se vio que era el diminutivo de “caca”), le producía malestar, miedo, angustia. La madre a la vez tenía temor de pronunciar el nombre de “Kaki” (objeto fóbico) por no hacerle daño a su hija, la que se percataba de esa situación y temía a todo lo relacionado con eso. Las palabras “Kaki” y “Caca” eran análogas, más cuando la paciente de niña oía y decía: “coquita”, foné­ticamente diminutivo de caca y “Kaki” (coqui), deformación del anterior. En otras palabras para la paciente su padre había sido una caca, mierda, al desflorarla.

En síntesis, la palabra puede utilizarse desde el Sí (aceptante) al No (rechazante), pasan­do por la reprobación, el mandato, el consejo, la sugestión, la manipulación, el apoyo, la aprobación, hasta llegar a la explicación, denotación, designación, traducción, información e interpretación, no sin pasar por silencios.

Sin embargo, la palabra y/o el discurso pueden confundir. El sujeto psicótico puede crear neologismos, concretizar la palabra, construir discursos inconexos, incomprensibles, desin­tegrados, sin sentido conceptual; a la vez la palabra le puede servir, como ya se anotó, de ex­presión de impulsos, de conflictos, de defensa de los mismos, o tomar la vía de la creatividad en un nuevo lenguaje discursivo literario o poético musical. He aquí otra de las funciones de la palabra.

La palabra también puede ser vivida como objeto total o como parte de él, debido al me­canismo masivo de la identificación proyectiva, la que es la mayor responsable de las aluci­naciones, de las fobias, de las hipocondrías, porque ella (la identificación proyectiva) produce con la ansiedad persecutoria la escisión de los objetos y la proyección y ubicación espacial de los mismos. Por otra parte, este mecanismo, igualmente, es utilizado en la formación de la palabra; como ya se observó, la palabra puede ser utilizada como contrafobia o funcionar en forma mágica y omnipotentemente o como seducción, o ser vivida como el objeto ideal o como el super-yo. Puede funcionar la palabra como constructiva o destructiva, o como de­fensa, ataque, contención, consuelo, firmeza, ternura, seducción, vehículo y expresión de los instintos tanáticos, amorosos, o dividirlos. En la paciente antes mencionada, la palabra “kaki” representaba condensadamente también los impulsos amorosos y agresivos; el diminutivo era considerar el objeto – padre infantil con posibilidad de quererlo pero con la connotación agre­siva al considerado “caca”; las letras “C”, cambiadas por la “K” eran la conexión colorimétri­ca, y el cambio de la última “a” (de caca) por la letra “i” (kaki) era para hacerlo diminutivo, aceptante y querido a la vez que ubicaba el objeto en su niñez (témporo-espacialmente) con deseo y al mismo tiempo con culpa. Esta construcción lingüística era su defensa y el vehículo de sus tendencias (las que a la vez se censuraba). El padre (Kaki) Súper-Yo no le servía sino de objeto persecutorio; fue más adelante cuando pudo deshacer esta simbolización, aceptar y desear al hombre no persecutoriamente.

Existen muchos ejemplos de la magia y seducción de las palabras; en el discurso, espe­cialmente en los poetas, en los líderes políticos, en los literatos y aún en los científicos, que llevados al análisis los encontramos en el analizado, en las interpretaciones; éstas pueden también sentirse en forma ideal, omnipotente, superyoica, o persecutoria o, por el contrario, ser sentidas (las palabras-interpretaciones) como neutralizantes, comunicativas, anulatorias de lo tanático, reparativas o sublimatorias creativas. De una u otra manera, la significación del objeto y la connotación-afectivo-instintiva en la relación con el mismo, en la relación transferencia contratransferencia, se realiza con la palabra. Es obvio que el análisis debe ayu­dar al autista (en los estados autistas), al simbiótico, al confuso, al psicótico (en sus estados o momentos) a que se permitan la posibilidad de “comunicación” y “relación de lo interno con lo externo”, de integrar sus objetos y así poder verbalizar a través del vínculo (analista-analizado) y del vehículo lenguaje con la palabra.


29 Este término lo utilicé desde 1969 en el trabajo: “Identidad del psicoanalista en la situación analítica”, Presentado en el Congreso Panamericano de Psicoanálisis en Nueva York USA (Sánchez Medina, G. 1969). (Sánchez Medina, G. 1987).

30 “El valor o importancia del silencio es mayor que el que habitualmente se le concede. Es de gran importan­cia en la poesía y a veces caracteriza la forma de expresión de ciertos poetas. Yo lo he encontrado palpable en la poesía de Cecilia Balcázar de Bucher académica en la Academia Colombiana de la Lengua. El silencio conlleva una simbolización; a la pregunta de Pilatos ‘¿qué es la verdad?’ que una vez formulada, le permite a Pilatos alejarse de Cristo sin escuchar su respuesta; Cristo contesta con silencio. Ahí está simbolizada toda una constelación del pensamiento del ser humano de todas las épocas históricas. En los comienzos de la escritura del latín, las palabras no se separaban con intervalos (silencio) sino con un punto a media altura de los textos, como se observa en muchas inscripciones de letras en piedra. Cuando el silencio aparece entre una palabra y la siguiente (así se expresa en los escritos) el sentido de los textos se hizo nítido y brillante. Fue un bello aporte del silencio en la literatura que se desarrolló después”, (De Francisco, 2012).

DÉJANOS TU COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!